Una apuesta entre caballeros Capítulo 3. Dolly
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Capítulo 3. Dolly

Dolly pasaba el trapo por la misma jarra desde hacía un buen rato, aunque ya no le quedaba mugre que quitarle.

Desde la barra podía verlos sin necesidad de girar del todo la cabeza: los dos señoritos seguían en su mesa, riendo de algo que ella no podía escuchar desde donde estaba.

Cada pocos minutos chocaban las jarras de cerveza.

El rubio llevaba el pañuelo del cuello torcido desde hacía rato y no parecía haberlo notado.

El otro, el de pelo oscuro, el que le había hablado de convertirla en una dama, tenía la mirada fija en la mesa, con una sonrisa bobalicona en el rostro.

Una dama. Dolly resopló por la nariz y siguió frotando la jarra.

Aun así, la frase se le había quedado grabada y no podía olvidarse de ella.

Era como esas astillas de madera que se clavaba limpiando las mesas desgastadas: no dolían, pero molestaban.

“Dígame, jovencita, ¿le gustaría ser una señorita elegante?” Como si aquello fuera cosa de querer, y no de nacer en la casa correcta con el apellido correcto.

Como si una pudiera simplemente decidirlo una noche de martes, entre comanda y comanda, con la misma facilidad con la que se cambia un sombrero por otro.

La señora Peck salió de la cocina secándose las manos en el delantal, arrastrando los pies y bostezando sin taparse la boca.

—Yo me recojo ya —dijo, sin más preámbulo—.

Tú te quedas cerrando esto, y como me encuentre mañana la barra hecha un asco te la vas a cargar.

—Se ajustó el chal sobre los hombros—. Cierra bien la puerta de atrás, que la última vez la dejaste medio abierta y cualquier gandul de la calle se nos cuela a dormir la mona.

—Sí, señora.

—Y a ver si esta noche te acuerdas de fregar de verdad, que el otro día los platos parecían haberse lavado con agua sucia. —La señora Peck ya iba camino de las escaleras, sin volverse—. No sé para qué te doy de comer, no sirves para nada.

Dolly no contestó. Nunca contestaba a esa parte. Esperó hasta oír que la puerta de arriba se cerraba. Dejó la jarra en su sitio, junto a las demás, y volvió a mirar hacia la mesa donde los dos caballeros seguían riendo de algo.

***

La taberna se había ido vaciando poco a poco, hasta quedar solo el eco de los ronquidos de los dos borrachos de la esquina, los dos caballeros en su mesa, y el crepitar de la última vela que Dolly no había apagado todavía.

Se había sentado en su silla, junto a la barra, con el cuadernillo abierto sobre las rodillas y la vela lo bastante cerca como para no perderse ni una línea.

Y entonces, lord Ravenswood la tomó de la mano, y en sus ojos ella pudo leer lo que ningún hombre le había dicho jamás: que la amaría hasta el último aliento, sin importar cuna ni fortuna, porque el corazón, quiso decirle, no entiende de esas cosas.

Dolly suspiró, del todo entregada a la página, imaginándose por un instante el roce de los dedos de un caballero sobre los suyos, la voz grave de un hombre diciéndole a ella —a ella, Dolly, con las manos ásperas y el delantal sucio— que la amaría sin importar nada de lo demás.

Alguien que la mirara así, con esa devoción sin condiciones, y le prometiera un apellido y una casa donde nadie volviera a llamarla ladronzuela.

Un ronquido especialmente fuerte desde la mesa del rincón la devolvió a la sala.

Cerró el cuadernillo con cuidado, se lo guardó en el delantal, y se acercó a los dos hombres dormidos.

—¡Vamos! ¡Arriba! —Les sacudió el hombro a cada uno, sin demasiada delicadeza—. A dormir la mona a otro sitio. Se cierra ya.

Uno de ellos gruñó algo ininteligible; el otro abrió un ojo, la miró como si no terminara de entender dónde estaba, y se puso en pie con un tambaleo, dirigiéndose a la salida y chocando con las mesas que se interponían en su camino.

Dolly los acompañó hasta la puerta y se aseguró de echar el cerrojo de la de atrás.

Volvió hacia la mesa donde los dos caballeros seguían sentados.

—Si no van a tomar nada más, tengo que cerrar.

—¿Cerrar? —El rubio miró alrededor, frunciendo el entrecejo al ver la sala vacía—. ¿Ya?

—Llevan aquí un buen rato.

El otro se enderezó en la silla con un esfuerzo visible, aunque seguía tambaleándose un poco.

—¿Tienen habitaciones? —preguntó—. No estamos en condiciones de llegar a ninguna parte esta noche.

—Arriba —dijo Dolly, señalando con la barbilla hacia las escaleras—. Dos chelines la noche, cada uno.

—Perfecto —dijo el rubio—. Por cierto, ya que vamos a pasar la noche bajo el mismo techo, sería una grosería seguir sin presentarnos como es debido.

Sebastian Fitzwilliam, para servirla. —Hizo una reverencia exagerada, sentado, que no le salió del todo bien—.

Y este de aquí, tan callado, es lord Harwood.

William, para los amigos, aunque él prefiere que nadie llegue a esa confianza.

—Dolly —dijo ella, sin ofrecer más.

—Un placer, Dolly. —Sebastian sonrió, satisfecho de la formalidad.

Dolly se quedó de pie junto a la mesa, con los brazos cruzados, sin decidirse del todo a preguntar lo que llevaba toda la noche dándole vueltas en la cabeza.

—¿Iba en serio? —dijo al fin, mirando a William—. Eso que ha dicho antes, lo de convertirme en una señorita.

Sebastian levantó la cabeza tan rápido que estuvo a punto de perder el equilibrio en la silla.

—¡Por supuesto que sí! —Dio una palmada en la mesa, riendo abiertamente—. Completamente en serio.

—¿Y cómo harían eso exactamente?

—¿El qué? — dijo William, mirándola con una expresión confundida.

—Eso que ha dicho, lo de convertirme en una señorita.

—Tendría que dejar usted esto, por supuesto —dijo William muy serio, mientras se balanceaba ligeramente en la silla—.

Tendría que venirse con nosotros, para que la instruyésemos: hablar como una dama, moverse como una dama, sentarse a una mesa sin que nadie sospeche que lleva ahí menos de un año, conversación…

En fin, todo lo necesario para parecer una dama.

—Con acompañante, por supuesto —aclaró Sebastian—. Sea lo que sea que decida William, habrá institutriz, criadas, o lo que sea necesario para guardar las formas.

—¿Irme con ustedes? —preguntó Dolly, entornando los ojos, sin apartarlos de él—. ¿Durante cuánto tiempo?

William la miró de arriba abajo antes de responder.

—Necesitaríamos varias semanas para que pudiese aprender todo lo necesario —contestó mientras parecía que contaba con los dedos—. Cinco meses, hasta el comienzo de la siguiente temporada.

—¿Y por qué harían algo así? —Se cruzó de brazos, mientras los miraba a los dos frunciendo el ceño.

—Hemos hecho una apuesta entre nosotros, tres propuestas de matrimonio en una sola temporada —le respondió Sebastian sin añadir nada más.

Dolly los miró detenidamente. No le parecía mal lo de la apuesta, y menos si ella podía sacarle partido.

Nunca había tenido una oportunidad así. Pero…

¿irse con dos perfectos desconocidos durante meses?

Alguna vez había oído hablar de jovencitas que desaparecían por enredarse con quien no debían.

Aunque estos dos, borrachos y todo, tenían pinta de caballeros de verdad.

Como los de sus fascículos de a penique, que nunca trataban mal a una mujer.

—¿Qué sacaría yo de to’ esto?

—Lo que usted quiera —dijo Sebastian, con una generosidad que el alcohol volvía especialmente ancha—. ¿Qué es lo que quiere?

Dolly se lo pensó unos segundos, aunque en realidad no había mucho que pensar; era la misma respuesta que llevaba imaginando desde que tenía edad de imaginar cosas.

—Que me quieran —dijo—. De verdá, como en los libros. Que no le importe a él si tengo posición o dote o lo que sea, sino que me quiera a mí.

—¿Y ya está? ¿Eso es lo que quiere? —preguntó Sebastian, alzando la ceja derecha.

—No he acabao. —Dolly le lanzó una mirada de advertencia—. Ese amor, si es de verdá, acaba siempre en casamiento.

—Ah. Un marido.

—Eso viene después, si él me corresponde como es debido. Yo no ando buscando marido. Ando buscando que me quieran con esa entrega absoluta y perpedua que...

—Querrá decir perpetua —dijo Sebastian, sin poder contener una sonrisa.

—Eso he dicho. Perpetua —corrigió Dolly, con la barbilla todavía más alta, sin dejarse desviar por el detalle—.

Con esa entrega absoluta y perpetua que no reparará jamás en cuna ni en fortuna.

Y si un hombre me quiere así, lo natural es que me pida en matrimonio y se convierta en mi consorte. Lo uno lleva a lo otro.

—William, esta muchacha habla mejor que la mitad del Parlamento.

William no dijo nada, pero la observaba con una atención distinta; parecía más serio.

—Pues entonces está de suerte —dijo Sebastian, señalándola con la jarra—, porque cuando hayamos acabado de instruirla, la mitad de los caballeros de Londres van a estar locos de amor por usted.

Dolly se rio, una risa corta que se le escapó antes de poder contenerla, y por un instante se olvidó de la barra sin fregar y de la voz de la señora Peck todavía resonándole en los oídos.

—¿Me da usted su palabra de caballero? —le preguntó a William, ya sin la solemnidad de antes, mirándolo atentamente, retorciendo el trapo entre las manos—. ¿Me querrán?

William no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, se puso de pie.

—Claro que sí —dijo—. La amarán antes de que acabe la temporada.

Dolly sonrió, una sonrisa amplia, y le tendió la mano por encima de la mesa, entre los platos vacíos y las jarras derramadas.

—Pues trato hecho —dijo.

***

Hacía rato que William y Sebastian habían subido a las habitaciones, tropezando entre risas ahogadas y algún “chsss” que no servía de nada. Dolly los oyó cerrar una puerta, luego otra, y después silencio.

Recogió con una prisa que no recordaba haber tenido nunca por ordenar aquellas mesas.

Apiló los platos, pasó el trapo por última vez, barrió las cáscaras y los huesos de pollo que habían quedado bajo la mesa de los jugadores de cartas, y apagó las velas una a una menos la que se llevaría consigo.

Todo con la cabeza en otro sitio, repitiéndose me querrán, me querrán, con la esperanza corriéndole por todo el cuerpo.

Subió las escaleras estrechas que llevaban a la buhardilla, la vela protegida con la mano libre.

Su cuarto era poco más que un hueco bajo el tejado, con el techo tan inclinado que solo podía ponerse de pie en el centro exacto de la habitación.

El frío la recibió antes que nada, un frío húmedo que se le pegaba a la ropa y no había manera de sacudirse del todo, ni siquiera en verano.

Un jergón relleno de paja, más fino cada año, ocupaba casi todo el suelo.

Un baúl de madera astillada hacía las veces de mesa, de armario y de silla, según el día.

Por la única ventana, diminuta y torcida en su marco, entraba el mismo olor a puerto que llevaba entrando desde que tenía memoria, y con él una corriente fina que no había trapo capaz de detener.

Dejó la vela sobre el baúl y se arrodilló junto a él.

De dentro sacó un pañuelo viejo, ya sin color definido, y lo extendió sobre el jergón.

Puso encima lo poco que tenía: una muda limpia, un peine con dos púas rotas, y un libro pequeño, de tapas gastadas y esquinas redondeadas de tanto manosearlo.

Le faltaban las últimas páginas —se las habían arrancado antes de que llegara a sus manos—, así que Dolly nunca había sabido cómo terminaba Manon Lescaut, y a esas alturas prefería no saberlo.

Había sido de su padre. Lo único suyo que le quedaba, además del apellido que nadie usaba y una manera de hablar que a veces se le escapaba sin querer, más fina de lo que correspondía a una fregona.

Anudó las cuatro puntas del pañuelo y dejó el hatillo junto a la almohada, listo, aunque no supiera muy bien para qué. No se iba a ninguna parte esa noche. Pero ella quería estar preparada, por si acaso, por si aquello de verdad se ponía en marcha antes de que amaneciera.

Se tumbó vestida, demasiado cansada para quitarse la ropa, y apagó la vela de un soplido. En la oscuridad, con el techo inclinado tan cerca de su cara que casi podía tocarlo, se permitió sonreír sin que nadie la viera.

“La amarán antes de que acabe la temporada”, había dicho él.

Se durmió con esa frase todavía dándole vueltas y, por primera vez en mucho tiempo, no soñó con la señora Peck ni con la barra sin fregar, sino con una mano tendida y un anillo que brillaba en la oscuridad como si fuera de verdad.