Capítulo 2. El descanso de la sirena #2
La puerta batiente se abrió de nuevo y Dolly salió con dos jarras de cerveza, una en cada mano, sorteando las mesas de la taberna.
—Es curioso —murmuró William, siguiendo con la vista el delantal gris de la muchacha—, que una chica como esa sepa moverse por una sala llena de borrachos sin que ninguno le ponga una mano encima, y las señoritas del salón de baile no puedan sostener una conversación sin que sus madres tengan que acudir al rescate.
—Explícate, William.
—Digo que, con la instrucción adecuada, cualquiera de ellas...
—Dejó la frase suspendida un instante, inseguro de lo que venía a continuación, y luego la terminó de todos modos—.
Cualquier muchacha así, bien enseñada, resultaría más interesante en un salón de baile que la mitad de las damas que llevan toda la vida preparándose para ello.
Sebastian dejó de reír. Se quedó mirando a William con una atención repentina, la misma que dedicaba a una buena mano de cartas.
—¿Estás diciendo lo que creo que estás diciendo?
—No sé qué crees que estoy diciendo.
—Que se podría coger a una mujer cualquiera de estas —Sebastian señaló vagamente hacia la sala— y convertirla en una dama capaz de dejar en ridículo a cualquiera de las jóvenes con las que has bailado esta noche.
—No he dicho eso exactamente.
—Así es exactamente como lo has dicho.
Dolly llegó a la mesa en ese momento y dejó las dos jarras sobre la madera con un golpe seco, la cerveza derramándose un poco por el borde. Antes de que pudiera darse la vuelta, Sebastian la cogió de la mano y se puso en pie, tirando de ella hacia el centro, con un gesto exagerado.
—¿Una joven como esta, William?
Dolly se quedó rígida un instante, mirando a Sebastian como si calculara la distancia más corta para clavarle un codo si era necesario.
William la miró. La miró de verdad. El pelo sucio recogido de cualquier manera, las manos rojas del trabajo, los ojos cansados y algo enrojecidos por el humo de la sala. Tenía una boca bonita.
—Sí —dijo, sin ninguna vacilación en la voz, aunque todo en su cabeza daba vueltas sin ningún orden—. Sin duda. Podría convertirla en una señorita.
Dolly le dio un manotazo seco a Sebastian en la mano que aún la sujetaba, lo bastante fuerte para que él la soltara con una mueca de sorpresa. A continuación, se alejó hacia la cocina sin decir una palabra, dejando tras de sí el eco de las jarras todavía temblando sobre la mesa.
—Bueno, bueno, bueno. —Sebastian se dejó caer de nuevo en la silla—. Lord Harwood, llevo años conversando con hombres solteros de tu posición, y jamás había oído decir una tontería semejante.
—No es una tontería.
—Es la tontería más grande que he oído en toda la temporada, y eso que he oído a lord Spencer explicar por qué los caballos entienden mejor de moda que las mujeres.
—Yo solo digo que...
—Ya sé lo que dices. —Sebastian se inclinó hacia delante, con los ojos brillantes, sin ninguna intención de dejarlo pasar—. Y me encanta. Me gusta mucho tu idea.
La puerta de la cocina se abrió de nuevo y Dolly reapareció con una bandeja y dos platos humeantes equilibrados sobre ella sin que le temblara el pulso. Los dejó sobre la mesa, uno frente a cada uno.
—¿Algo más?
—Sí —dijo William, antes de que ella pudiera darse la vuelta—. Dígame, jovencita. ¿Le gustaría ser una señorita elegante? Nosotros podríamos enseñarle.
Dolly se quedó quieta, la bandeja vacía todavía entre las manos, mirándolo, la cabeza ladeada apenas un poco.
—¿Qué dice?
—Que si le gustaría ser una dama. De las que van a bailes, y hablan de muselinas, y reciben propuestas de matrimonio antes de que termine la temporada.
Dolly enderezó la espalda, con la barbilla alta y una dignidad que no pegaba nada con el trapo que llevaba colgado del delantal.
—¡Qué desfachatez! ¿Acaso pretenden hacer de mí el objeto de una cruel estratagema?
Sebastian se echó a reir, dando una palmada en la mesa que hizo temblar los platos.
—Mira qué bien habla —dijo, sin aliento—. Ya tienes medio trabajo hecho, William.
—¿Perdón? —dijo William, sin saber muy bien a quien dirigía la pregunta, si a Sebastian o a la propia Dolly, que seguía plantada frente a la mesa con los brazos cruzados sobre la bandeja vacía.
—Que qué se traen entre manos —repitió ella, ya bajando un poco el tono elevado, más cerca de su registro habitual—. Bastante tengo con servir mesas como pa’ que encima dos señoritos finos de la ciudad se rían de mí.
—Nadie se está riendo de usted —dijo William, aunque Sebastian, en ese mismo instante, seguía riéndose con todas sus fuerzas—. Se lo digo completamente en serio.
Dolly se lo quedó mirando, con el ceño levemente fruncido, buscando algo en su cara, quizás la confirmación de que aquello era una broma pesada de dos hombres con demasiado alcohol encima.
—Voy a traerles más cerveza —dijo, y se marchó hacia la barra sin esperar respuesta.
Sebastian la siguió con la mirada hasta que desapareció tras la barra, y se recostó en la silla con los brazos cruzados.
—Está bien. Digamos que lo dices en serio. ¿Cómo sabrías si lo has conseguido?
—¿Conseguido qué?
—Lo de convertirla en una dama. No puedes simplemente decir “¡ya está!” y quedarte tan tranquilo. Necesitas... —Sebastian agitó la mano en el aire, buscando la palabra— una prueba. Algo que se pueda medir.
William se quedó pensando, o al menos hizo el gesto de estar pensando, con la vista fija en algún punto de la mesa que no era exactamente la mesa.
—Fácil —dijo al fin—. Si al final de la próxima temporada recibiera al menos tres propuestas de matrimonio de hombres respetables, ya habría conseguido más que la mitad de esas señoritas tan elegantes con las que he bailado esta noche.
—¿Tres?
—Tres.
—¿Por qué tres? Yo diría que ya es mucho pedir que consiga dos.
—Porque con una podría ser suerte. Con dos, casualidad. Con tres... —William levantó tres dedos, contándolos despacio— con tres ya no hay casualidad que valga.
Sebastian asintió despacio, con una solemnidad exagerada.
—Sigo pensando que es imposible. Pero me gusta. Una apuesta sin nada que perder no es una apuesta, es solo palabrería.
—¿Cuánto?
—Quinientas guineas.
William se atragantó al escuchar la propuesta y escupió la cerveza con un ahogo brusco. Fue un gesto tan impropio de él que Sebastian ni siquiera intentó contener la risa.
—¿Quinientas?
—¿Te parecen pocas?
—Me parecen las que tú tienes de sobra y las que yo tendría que pensarme dos veces antes de apostar.
—Ese es precisamente el punto, William. —Sebastian sonrió, satisfecho de sí mismo—. Si no te duele perderlas, no es una apuesta seria.
—Y si gano, ¿qué gano yo, además del dinero?
Sebastian se quedó callado, mirando hacia el techo bajo del local, y de pronto chasqueó los dedos.
—Si ganas tú, mi padre por fin consigue lo que lleva años pidiéndome: que sienta cabeza. Entraré en la milicia.
—¿Y si ganas tú?
—Si gano yo... —Sebastian levantó su jarra hacia él— tú pasarás una temporada entera saliendo conmigo. Toda. Sin excusas de administrador, ni de arrendatarios, ni de reverendos con tejados que reparar.
Dolly cruzaba de nuevo la sala hacia otra mesa, una jarra en cada mano, y esquivó sin mirar la mano de un hombre que se estiró hacia ella con no muy buenas intenciones. Ni siquiera aminoró el paso.
—No lo dices en serio —dijo Sebastian, retando otra vez a su compañero.
William no apartaba los ojos de la muchacha, de la manera en que se movía entre las mesas, sorteando obstáculos sin necesidad de mirarlos.
—Sería un juego de niños —dijo al fin, y soltó una risa corta que no reconoció como propia—. Ve encargando el uniforme, Sebastian.
—¡Trato hecho! —Sebastian dio un golpe en la mesa que sobresaltó a los jugadores de cartas más cercanos, y le tendió la mano a William con solemnidad para sellar un pacto entre caballeros.
William se la estrechó.
—Quinientas guineas —repitió Sebastian, casi para sí mismo, sin soltarle todavía la mano.
William no respondió. Siguió mirando hacia la barra, donde Dolly dejaba las jarras sobre una bandeja y se apartaba un mechón de pelo de la cara con el dorso de la muñeca.