Capítulo 2. El descanso de la sirena
El olor de la calle hizo que a William se le revolviese el estómago. Una mezcla de pescado, brea, agua estancada, y algo más que no logró identificar.
Un carruaje los había dejado en la zona aledaña al puerto. El cochero se había negado, con una firme convicción, a llevarlos más cerca, a pesar de la generosa propina que Sebastian le había ofrecido.
—¿Es esta tu idea de diversión? —preguntó William, evitando pisar los charcos de porquería que había en el suelo.
—Mi idea de diversión es cualquier lugar donde nadie lleve un chaleco de terciopelo. Así que sí. Se podría decir que esto es una versión adaptada.
Las calles se estrechaban a medida que avanzaban, enmarcadas por fachadas de edificios que parecían sostenerse entre sí.
Había un grupo de hombres apoyados contra la pared de una taberna cerrada, con las gorras caladas hasta las cejas y las manos guardadas en los bolsillos, observándolos de una manera que a William no le gustó nada.
Aceleró un poco el paso, calculando la distancia hasta la siguiente esquina.
Sebastian, en cambio, caminaba con las manos a la espalda y el mismo aire despreocupado con el que habría cruzado un salón de baile.
—Sebastian.
—¿Mm?
—Esos hombres nos están mirando.
—Todo el mundo mira a dos caballeros bien vestidos en esta parte de la ciudad. Es prácticamente un saludo.
William no apartó la vista del grupo hasta que quedó atrás, y aun entonces mantuvo la mano cerca del bastón. Solo por si acaso.
—Conozco un sitio cerca —dijo Sebastian, girando con confianza en una esquina. Estaba claro que no era la primera vez que iba a esa parte de la ciudad—. Es un buen lugar para tomar la última, lleno de mujeres que pueden hacer que un hombre olvide su propio nombre.
—No voy a ir a un burdel, Sebastian.
—¿Quién ha dicho nada de un burdel? Hablo de una taberna. Con mujeres. Que sirven bebida y hacen perder el sentido a los clientes con una sonrisa. Nada más escandaloso que eso.
William miró a Sebastian con las cejas alzadas.
—Eso suena igual de mal que la primera vez que lo has dicho.
—Vamos, William. —Sebastian se detuvo, girándose hacia él con esa sonrisa que William conocía bien—. No tienes que hacer nada. Puedes quedarte de pie en una esquina con esa cara de estar calculando el arrendamiento de los Cole si eso te hace sentir mejor. Pero al menos ven.
William miró calle abajo. A medida que se acercaban a uno de los establecimientos, los sonidos de voces y música se hacían más audibles.
—Una hora —dijo, sin la convicción de que fuera a cumplirse.
—Eso ya lo dijiste antes.
—Y sigue siendo cierto ahora.
Sebastian sonrió y echó a andar de nuevo, esta vez más despacio para que William pudiera alcanzarlo.
***
A partir de la tercera cerveza, dejaron de contar las rondas. Nadie se acordó de la hora que había prometido Sebastian. Al parecer, las horas de una taberna del puerto no tenían la misma duración que las de un salón de Mayfair, y ninguno de los dos estaba en condiciones de averiguar por qué.
La puerta de la taberna se cerró detrás de ellos con un golpe sordo. La calle que había parecido tan estrecha y amenazante para William ahora resultaba bastante corriente. Aunque se negaba a quedarse quieta.
—Esa mujer —dijo Sebastian, señalando hacia atrás con el pulgar— me ha dicho que tengo la sonrisa de un hombre de fiar.
—Le ha dicho eso mismo al otro hombre que bebía en la barra.
—Y en las dos ocasiones era completamente sincera. Eso es lo importante, William. La sinceridad.
William se detuvo para apoyarse en la pared, esperando a que la calle decidiera de una vez por todas en qué dirección quería inclinarse.
No lo hizo. Siguió inclinándose un poco a la izquierda y luego un poco a la derecha.
Dadas las circunstancias, William concluyó que lo más sensato era caminar apoyándose en las fachadas de los edificios.
—Creo —dijo William, pronunciando cada palabra por separado— que ese segundo vaso de ron no debería haber existido.
—El segundo vaso es la mejor decisión que has tomado en tres años.
—He pasado tres años sin decidir nada que no involucrara un contrato de arrendamiento o una firma. La verdad es que ese vaso ha sido un cambio de aires.
—Exacto. Ese es el problema, William. Ese es exactamente el problema. Heredas una propiedad y no lo celebras. Yo heredaré... —Sebastian se detuvo, frunciendo el ceño—. Yo no voy a heredar nada, en realidad. Lo hará mi hermano. Pero si lo hiciera, lo celebraría.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Tiene todo el sentido. Simplemente no te lo he explicado bien. Te lo explico otra vez.
—No es necesario.
—Insisto.
Caminaron un tramo sin ninguna dirección clara, bajando por una calle y luego por otra sin que ninguno de los dos supiera bien hacia dónde iban. William se dio cuenta de que llevaba un buen rato sin comer nada.
—Me muero de hambre —anunció—. Podemos tomar la última con algo en el estómago, para variar.
Sebastian lo miró, sorprendido, con una sonrisa abriéndose paso despacio.
—¿Quieres continuar la noche?
—No he probado bocado en toda la noche. Quiero comer algo antes de volver a casa.
—¡Claro que sí! —La sonrisa terminó de instalarse—. La noche todavía es joven.
—¡Ahí! —dijo William, señalando calle abajo—. Vamos ahí.
Sebastian se detuvo y siguió la dirección del dedo de William. En la puerta de la taberna un cartel torcido, apenas iluminado por un farol, les anunciaba el nombre: El descanso de la sirena.
—¿Tú? ¿Proponiendo dónde beber?
—Tengo sed. Y hambre. Y esa —dijo William, sin apartar la vista del cartel, que se balanceaba despacio en el gancho oxidado— es una taberna. Con las dos cosas, seguramente.
—Es exactamente eso. —Sebastian ya caminaba hacia la puerta, con un paso ligero—. Nunca pensé que viviría para ver el día en que fueras tú quien decidiera adónde íbamos.
Empujaron la puerta juntos, y el ruido de dentro —voces, el golpe de jarras contra la madera, alguien cantando algo que nadie más seguía— los engulló antes de que ninguno de los dos pudiera cambiar de opinión.
El calor los golpeó: un aire espeso de humo de pipa, sudor y el aroma de un guiso tras la barra que a William le pareció, de pronto, lo más prometedor de la noche.
La sala era baja, iluminada por velas que luchaban en vano contra la penumbra, y las mesas de madera oscura se distribuían sin orden alguno, exhibiendo un abandono tan absoluto que la sola idea de limpiar habría parecido allí una excentricidad impertinente.
En una esquina, unos marineros jugaban a las cartas alrededor de un montón de monedas que cambiaban de dueño con cada mano, entre maldiciones y algún golpe de puño contra la mesa; en otra mesa dos más dormían con la cabeza hundida entre los brazos, ajenos al ruido; en la barra un grupo de hombres chocaba las jarras de cerveza, mientras reían y cantaban una canción obscena sobre una mujer que prefería el oro de las bolsas al honor de los caballeros; y en el rincón más oscuro del local, lejos de las velas, un par de hombres hablaba en voz baja, inclinados el uno hacia el otro.
Se sentaron en una mesa, lejos de la barra, y llamaron a la dueña. Una mujer de mediana edad, con los brazos cruzados y el delantal manchado de algo que llevaba tiempo sin lavarse, se acercó a ellos con paso cansado.
—¿Qué quieren? —preguntó, mirándolos de arriba abajo con atención. No se molestó en saludarlos.
—Algo de beber —dijo Sebastian—, y de comer, si no es mucho pedir a estas horas.
La mujer no respondió directamente. Giró la cabeza hacia una esquina del local y alzó la voz sin ningún cuidado por el volumen.
—¡Dolly! ¡Muévete, que hay clientes!
En la esquina, sentada en una silla desvencijada bajo lo poco que alcanzaba la luz de una vela, una joven no levantó la vista de inmediato. Tenía un cuadernillo barato, de tapas gastadas, sostenido con ambas manos, y toda su atención parecía haberse quedado atrapada dentro de él.
—¡Dolly! ¡Te estoy hablando, pequeña ladronzuela!
La joven cerró el cuadernillo de golpe, como si el sonido de su propio nombre —o del otro nombre, el que la mujer usaba en su lugar— la hubiera devuelto a la sala.
Se levantó, se guardó el cuadernillo en algún pliegue del delantal y cogió un trapo gris que colgaba de su cintura antes de acercarse a la mesa donde se encontraban Sebastian y William.
La dueña del local ya se alejaba hacia la cocina, sin esperar a ver si la orden se cumplía, mascullando lo bastante alto para que le llegara a cualquiera que quisiera oírlo.
—Siempre leyendo, esta vaga que no vale para nada. Como si fuera a sacar algo en limpio de tanto papel.
Dolly no levantó la vista del trapo mientras limpiaba la mesa. Pasó la tela por la madera con un par de movimientos rápidos.
—¿Qué van a tomar?
—Dos jarras de cerveza —dijo Sebastian—, y dos platos de lo que sea que huela tan bien desde la cocina.
Ella asintió y se dio la vuelta hacia la barra. William observó cómo uno de los hombres de la partida de cartas alargó una mano hacia su cadera, justo cuando pasaba al lado; ella lo esquivó con un giro casi imperceptible, sin detener el paso.
—Esa mujer de la última taberna —dijo William, mirando hacia la puerta batiente— tenía más cosas interesantes que decir en cinco minutos que cualquier señorita con la que he bailado esta noche en dos horas enteras.
—Eso es porque ha vivido de verdad, William. —Sebastian se recostó en la silla, que crujió bajo su peso—. Nadie la ha educado para cazar marido. Le sobra tiempo para tener opiniones propias.
—Si tengo que aguantar otra velada entera hablando de los colores de la temporada, me tiro al río.
—Al río no. Demasiado dramático. Podrías simplemente casarte con la primera que te lo proponga y acabar con el sufrimiento de una vez.
—Ninguna me lo ha propuesto todavía. Solo sus madres.
Sebastian se rio con más fuerza de la que el comentario merecía, y William descubrió que también él estaba sonriendo, algo flojo, algo torcido, sin saber del todo por qué le hacía tanta gracia algo que, sobrio, probablemente no le habría hecho ninguna.