Una apuesta entre caballeros Capítulo 1. El quinto baile #2
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Capítulo 1. El quinto baile #2

—Para ti es fácil tomártelo a broma —dijo William—. Tú no tienes que administrar nada mañana por la mañana.

—Cierto. Solo tengo que decidir qué sombrero ponerme, y ni siquiera eso lo decido yo, lo decide mi ayuda de cámara, que tiene mejor criterio que yo para esas cosas. —Sebastian se llevó la copa a los labios—. Pero tú, William, podrías dejar las cuentas un solo día sin que el mundo se acabara.

—El mundo no se acaba. El arrendamiento de los Cole, sí.

—Ahí lo tiene —dijo Beatrice, señalando a William con el abanico cerrado—. Cualquiera diría que ese arrendamiento no sobrevive ni una noche sin usted vigilándolo.

—Alguien tiene que hacerse cargo.

—Sin duda. —Beatrice se abanicó despacio, observándolo fijamente—. Aunque yo diría que su problema no es la gente, lord Harwood. Lleva toda la noche sosteniendo la misma conversación con personas distintas. Ha empezado a culparlas a ellas de su propio aburrimiento.

—No estoy culpando a nadie.

—No he dicho que lo hiciera a propósito. Solo digo que quizás no sean las personas equivocadas. Quizás sean las conversaciones equivocadas.

Sebastian levantó su copa hacia ella, como si acabara de ganar una apuesta que William desconocía.

—Eso mismo le digo yo, y a mí no me hace ningún caso.

—A usted no le hace caso porque usted se lo dice para divertirse. Yo se lo digo porque es verdad.

—¿Y cuál es la diferencia? —preguntó William.

—Ninguna, en realidad —dijo Beatrice, y por primera vez sonrió—. Pero a mí me queda mejor decirlo.

Beatrice volvió a mirar hacia el salón, y alzó ligeramente una ceja al ver quién se aproximaba.

—Ay, no. Ahí viene lord Aldridge.

Sebastian siguió su mirada y sonrió con un placer que no se molestó en ocultar.

—El hombre lleva media hora mirando la fortuna de usted desde el otro extremo de la sala. Yo diría que ya ha calculado hasta el último penique.

—Y la mitad de las propiedades —añadió Beatrice—. La semana pasada me preguntó, sin ningún disimulo, si Blackmoor tenía derechos de caza en los terrenos más septentrionales.

—¿Y qué le dijo?

—Que sí, y que además cazaba yo misma. No he vuelto a verlo tan pálido.

William no pudo evitar una sonrisa. Lord Aldridge se aproximaba ya entre la gente. Caminaba lentamente, ajustándose la levita, como si tuviese la firme convicción de que aquello mejoraría sensiblemente su aspecto.

—Sonríe —murmuró Sebastian sin mover apenas los labios—. Ya casi está aquí.

—Su excelencia. —Lord Aldridge hizo una reverencia pronunciada—. Qué placer encontrarla. Esperaba tener ocasión de saludarla antes de que la noche terminara.

—Lord Aldridge. —Beatrice le ofreció la mano con una cortesía perfectamente calibrada—. Ya empezaba a preguntarme si se acercaría usted esta noche.

Él no pareció captar del todo el filo del comentario, o decidió ignorarlo.

—El baile de esta noche me parece particularmente animado, ¿no le parece? Aunque, claro, con presencias como la suya, cualquier salón se anima.

—Es usted muy amable —dijo Beatrice, en un tono que a William le pareció exactamente lo contrario de una invitación a continuar.

—Me preguntaba si su excelencia me concedería el honor del siguiente baile.

—Me temo que ya lo tengo comprometido.

—Ah. Qué lástima. —Lord Aldridge no pareció del todo convencido, pero tampoco insistió; en su lugar, dejó vagar la mirada hacia Sebastian y William—. Señor Fitzwilliam. Lord Harwood. Confío en que el baile les esté resultando provechoso.

—Todo lo provechoso que puede ser un baile —dijo Sebastian.

Lord Aldridge asintió, hizo una segunda reverencia dirigida principalmente a Beatrice, y se alejó hacia otro grupo, ya con la vista puesta en su siguiente objetivo.

—Los derechos de caza —dijo Sebastian en cuanto estuvo lo bastante lejos— van a acabar apareciendo en su testamento antes de que él consiga que usted le conceda ese baile.

—Con un poco de suerte, antes de que consiga hablar conmigo otra vez.

***

Beatrice se había despedido poco después de que lord Aldridge se alejara, alegando un compromiso previo que, por la forma en que lo dijo, bien podía ser verdad o bien podía ser la excusa que ya tenía preparada desde el principio de la noche.

William la vio marcharse hacia la salida, deteniéndose apenas un instante para intercambiar dos palabras con una conocida, y después la perdió de vista entre la gente.

Pidió un tercer coñac y se quedó junto a la pared, observando a las parejas girar bajo las lámparas sin ninguna intención de sumarse a ellas.

La orquesta tocó otro vals, y un grupo de jóvenes, que un momento antes charlaba tranquilamente, se dispersó hacia la pista con entusiasmo, como si fuese el primer vals de la noche.

William se llevó la copa a los labios y descubrió que ya estaba vacía, sin recordar bien en qué momento se la había tomado.

Buscó a Sebastian con la mirada decidido a decirle, sin rodeos, que se marchaba. Lo localizó junto a la pista, acompañando de vuelta a una joven con la que acababa de bailar. Se inclinaba sobre su mano con una ceremonia que su sonrisa pícara desmentía.

—Me marcho —dijo William en cuanto llegó hasta él.

—¿Ya? —Sebastian se enderezó, como si la idea le pareciera casi ofensiva—. La noche todavía es joven, William.

—La noche lleva tres horas siendo exactamente igual.

—Eso es porque has pasado tres horas en el lugar equivocado.

—Sebastian le puso una mano en el hombro y lo condujo unos pasos hacia un lateral, lejos del ruido de la orquesta—.

Conozco sitios en Londres donde nadie te preguntará por las cortinas de la sala verde de Faircross.

Sitios donde uno se divierte de verdad, no como aquí.

—Tengo trabajo mañana.

—Siempre tienes trabajo mañana. —Sebastian sonrió, sin el menor rastro de arrepentimiento por la insistencia—. Una noche, William. Una sola. El mundo seguirá en pie.

William miró hacia la salida.

—¿No vas a ir a ver a Beatrice?

—Hoy no.

No dio más explicación, y William no la pidió. Sebastian ya se había girado hacia el guardarropa, pidiendo su capa con un gesto, como si la conversación estuviera cerrada y el resto fuera solo cuestión de tiempo.

—Una hora —dijo William al fin.

—Una hora —repitió Sebastian, sin que su tono prometiera nada.

Salieron juntos a la calle, donde el aire frío de la noche resultaba, después del ambiente sofocante del salón, un alivio.