Una apuesta entre caballeros
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Capítulo 1. El quinto baile
William Harwood, séptimo barón de su apellido, bailaba con la esperanza de que la orquesta acortase la pieza por compasión, aunque a esas alturas de la noche aquella esperanza se había convertido ya en resignación.
Mientras, su pareja de baile disertaba animadamente sobre vestidos y colores de la temporada, tema que a ella le parecía de la más alta trascendencia.
Había perdido el nombre de la muchacha en algún momento entre la reverencia y los primeros compases.
Los habían presentado unos minutos antes, pero ahora, con la mano de ella apoyada en la suya y la falda rozándole los zapatos en cada giro, no conseguía recordarlo.
Era la quinta joven de la noche, y los rostros de las cinco muchachas con las que había bailado habían empezado a mezclarse entre sí como si fueran variaciones de una misma persona: el mismo vestido de tonos pastel, la misma sonrisa preparada de antemano y las mismas insinuaciones molestas.
—Puedo asegurárselo, lord Harwood. El color no favorecía en absoluto a la señorita Rutledge. Aunque yo creo que el problema no era el color sino la tela, porque con esa luz cualquier muselina...
William contó mentalmente los compases que faltaban para que terminara la pieza. Quedaban treinta y dos.
—¿No le parece, lord Harwood?
—Sin duda —dijo él, y la giró hacia la izquierda con la mano justo donde debía estar.
—Mi madre dice que el amarillo solo lo puede llevar quien tiene el cutis muy claro, y la señorita Rutledge lo tiene más bien moreno —continuó la joven mientras sonreía—.
Dicen que fue la modista la que eligió ese color.
Aunque también he oído decir que fue ella quien insistió, la señorita Rutledge, y que la modista solo cedió porque ya era la tercera vez que le encargaba un vestido ese mes.
—Es posible.
Veinticuatro compases. Alzó la vista por encima del hombro de su pareja y vio a Sebastian junto a las puertas del jardín, hablando con un caballero a quien William no reconoció desde allí.
—¿Y usted qué opina de las modistas de esta ciudad, lord Harwood?
Dicen que la mejor es madame Boucheron. La verdad es que a mí me parece que cobra un dineral por las prendas que confecciona.
Estoy segura de que cualquier costurera de provincias haría un trabajo similar, aunque no es que yo tenga mucha experiencia en la materia, claro, porque mi madre siempre ha preferido...
—No sabría decirle.
Dieciocho. El giro lo devolvió de cara al otro extremo del salón. Sebastian ya no estaba junto a las puertas.
—¿No cree usted que las telas nuevas que llegan de la India son mucho más delicadas que las de aquí? Mi tía trajo una de su viaje y era tan ligera y suave que se podía pasar por un anillo, o eso decía ella. Yo no lo he comprobado, pero...
—Probablemente.
Doce. William encontró a Sebastian cerca de la mesa de las bebidas, riendo de algo que le decía un hombre con bigote que William tampoco lograba identificar.
—En fin, supongo que estas cosas no le interesarán a un caballero.
—Cada tema tiene su público.
Un segundo después, la orquesta escuchó sus plegarias y la pieza terminó. ¡Por fin! Pensó William. Hizo la reverencia que correspondía y la acompañó de vuelta junto a su madre.
—El calor aquí dentro es insoportable —dijo la joven, abanicándose, aunque no dejó de mirarlo mientras lo decía. Quizás esperaba que él le ofreciera acompañarla a la terraza.
—Una limonada fría suele ayudar en estos casos —respondió William, y le indicó con un gesto la mesa donde los criados servían las bebidas.
Ella entendió la señal y se alejó, decepcionada pero educada al respecto.
***
William se apoyó en la pared. Desde allí, podía observar el salón entero sin ser visto.
Esa semana se encontraba en Londres porque había ido a negociar unos contratos de suministro.
Al día siguiente tenía cita en el banco para revisar sus otras inversiones, y la carta del arrendatario de la granja del norte llevaba cuatro días sobre su escritorio, esperando una respuesta.
Eran preocupaciones corrientes para un hombre de su posición, aunque no tanto para uno de su edad.
Nada de eso iba a resolverse mientras él siguiera de pie en un salón de baile escuchando hablar de muselinas.
No sabía bien por qué había accedido a acompañar a Sebastian aquella noche.
Bueno, en realidad, sí lo sabía. Sebastian se lo había pedido tres veces durante la semana, la última con el argumento de que William era demasiado joven para vivir encerrado.
Llevaba un mes entero sin salir de Faircross salvo para asuntos de la finca, y no paraba de decirle que un hombre de veinticuatro años no debía vivir como si tuviera cuarenta y cinco.
William no había encontrado forma de rebatirlo sin sonar exactamente como el hombre que Sebastian describía.
Llevaban dos horas en el baile. William había bailado cinco veces, sostenido cuatro conversaciones sobre el tiempo, tres sobre cotilleos varios de la ciudad, dos sobre los tejidos de moda para la temporada y una sobre si el nuevo vicario de Hertfordshire necesitaba una esposa.
En ningún momento nadie le había preguntado nada que exigiera pensar mínimamente la respuesta.
Volvió a buscar a Sebastian con la mirada y lo encontró junto a las puertas del jardín, riendo de algo que le decía un grupo de tres hombres.
Llevaba una copa en la mano y, por la forma de echarse hacia atrás cuando reía, no parecía ser la primera de la noche.
Ya llevaban una hora más de la que Sebastian le había prometido, y calculó que, a ese ritmo, todavía le quedaban tres más de pura resistencia por delante.
William se había alejado hacia un extremo del salón donde las velas ardían más tenues.
Intentaba encontrar los pocos minutos de silencio que un hombre podía reclamar sin que nadie se lo reprochara.
No los consiguió. Antes de que pudiera terminar de apoyar la copa medio vacía en la bandeja de un criado, ya tenía a tres señoritas y a la madre de una de ellas formando un semicírculo a su alrededor, apropiándose de la paz que William había intentado robar a la noche.
—Lord Harwood, precisamente hablábamos de si asistirá usted al baile de los Pingley la próxima semana.
—Aún no lo he decidido —dijo William.
—Debería. Dicen que será magnífico. Aunque claro, todos dicen lo mismo antes de cada baile, y luego resulta que la mitad de los invitados se marchan antes de la cena.
—Eso depende de la cena —dijo una de las muchachas, y las demás rieron con más entusiasmo del que el comentario merecía.
La conversación siguió sin él durante un rato, deslizándose de un baile a otro, de un vestido a un compromiso reciente, de un compromiso reciente a la pregunta de quién sería el siguiente en anunciar el suyo.
William escuchaba lo justo para no parecer descortés, con la mirada puesta en algún punto indefinido detrás de la señora Halworth, que lo observaba de arriba abajo con la misma atención con la que un comprador examinaría un caballo antes de la subasta.
—Y usted, lord Harwood —dijo esta con ligereza—, lleva ya tres años al frente de Faircross. Debe de resultarle solitario administrar una propiedad así, sin nadie con quien compartir las decisiones.
—Me las arreglo —dijo William.
—Por supuesto. Aunque siempre he pensado que una casa así necesita una señora que se ocupe de ella. Los hombres tienen tan poco ojo para esas cosas.
Una de las jóvenes bajó la vista hacia su abanico con una sonrisa y, al levantarla, le dedicó una mirada que no tenía nada de accidental.
—Es posible —dijo William, y empezó a echar en falta la copa medio vacía que había dejado en la bandeja del criado.
—¿No es cierto, Harriet, que la sala verde de Faircross necesitaría unas cortinas nuevas? Lo comentaba tu tía la última vez que estuvo allí de visita.
William dejó pasar tres frases más antes de encontrar el hueco para escabullirse. Se disculpó con la inclinación de cabeza mínima que la ocasión permitía, alegando que debía saludar a un conocido al otro lado del salón, y se alejó sin comprobar si alguien le creía.
***
Encontró la mesa de las bebidas y pidió una copa de coñac. Se la bebió de un solo trago, algo que no solía hacer, y notó el calor bajarle por la garganta antes de devolver la copa vacía.
Buscó a Sebastian con la mirada. Lo encontró junto a las puertas del jardín, ahora con Beatrice del brazo, ambos riendo de algo que él no podía oír desde allí.
—¡Ahí estás! —exclamó Sebastian en cuanto lo vio acercarse—. Empezaba a pensar que te habían casado sin que te dieras cuenta. Ocurre, ¿sabes? Uno se descuida un cuarto de hora y al volver ya hay una fecha fijada.
—He estado hablando con la señora Halworth.
—Ah. —Sebastian hizo una mueca de auténtica compasión—. Entonces es peor de lo que pensaba.
—¿La que quiere cambiar las cortinas de su sala verde? —preguntó Beatrice, sin apartar la vista del salón.
—La misma.
—Lleva casando hijas desde antes de que yo llegara a esta ciudad, y todavía no ha aprendido a disimularlo. Debería darle cierto mérito por la constancia.
—Si esta noche tengo que sostener una conversación más con alguna de estas jóvenes, me tiro al Támesis —dijo William, frotándose la frente con dos dedos, sintiendo ya venir el dolor de cabeza.
—Ninguno de los dos sabe disfrutar de la vida —dijo Sebastian, negando con la cabeza—.
Mírate, William. Un salón lleno de señoritas, la mayoría bastante hermosas, y tú ahí, contando los minutos como si estuvieras escuchando el sermón del domingo.
¿Sabes?, alguna estaría dispuesta a bastante más de lo que crees, y sin que nadie mencione siquiera un altar.
Dicen que a la señorita Everly se la vio saliendo de la terraza la semana pasada, bastante después de habérsela visto entrar, y que el joven Ashcombe salió por la misma puerta pocos minutos más tarde. Nadie se explica la coincidencia.
—Sebastian…
—Es solo un rumor. Yo me limito a repetirlo tal y como me lo contaron.