CAPÍTULO 9 — LA ÚLTIMA CASILLA #2
—A las seis cuarenta y dos yo registré la interrupción.
Otro punto.
—A las seis cincuenta y tres el aula estaba vacía.
Otro.
—A las seis cincuenta y seis volviste.
—Estaba buscando una correa.
—Eso dijiste.
Adela sostuvo su mirada.
—Pero no necesitabas una.
Darío intervino:
—La interrupción le proporcionó una ventana entre las 18:41 y las 18:59 en la que los asistentes dejaron de verlo, aunque después recordaran la demostración como una actividad continua.
Samuel respiró hondo.
—Eso no demuestra que matara a nadie.
—No —dijo Adela.
Y por primera vez comprendió la importancia de esa palabra.
No.
Una pista no demostraba un asesinato.
Un horario no demostraba un motivo.
Una mentira no demostraba culpabilidad.
Las cosas solo adquirían sentido juntas.
—Por eso está la golondrina.
Samuel miró el fragmento embalado.
Adela continuó.
—En la mesa de cerámica había trece nombres y catorce piezas.
Candela soltó el aire muy despacio.
—La original de Maruja.
—Sí.
Adela miró a Samuel.
—La pieza que dijiste que no contaba.
No respondió.
—Fabián llegó con una réplica industrial. La misma clase de pieza que Aldaba Norte estaba vendiendo como artesanal y única.
Adela dejó una fotografía sobre la mesa.
—Durante la discusión utilizaste la golondrina original para golpearlo.
Vega apartó la mirada.
No hubo descripción.
No hacía falta.
—Se rompió —continuó Adela—. Entonces tenías dos problemas. Un cadáver y una pieza que desaparecía exactamente del lugar donde había ocurrido la muerte.
Samuel cerró los ojos.
—Así que colocaste la réplica en el pedestal.
Adela señaló la fotografía tomada antes de la apertura.
—Parecía igual.
Puso al lado la fotografía posterior.
—Pero no lo era.
Cola.
Alas.
Esmalte.
La diferencia resultaba evidente ahora que sabían dónde mirar.
—La réplica era demasiado perfecta.
Samuel abrió los ojos.
—Después escondiste los fragmentos de la original entre descartes viejos del taller.
Adela miró la caja.
—Y casi funcionó.
Percance abrió un ojo.
—Casi —repitió Candela.
Adela decidió ignorar al gato.
—La fotografía de Aurelia y el catálogo de 1998 demostraron que aquella primera golondrina era única y estaba firmada bajo la base.
Darío señaló el fragmento embalado.
—Y ahora tenemos parte de esa base.
M.C.
No quedaba nada que añadir sobre la pieza.
Adela miró a Samuel.
—Pero todavía faltaba saber por qué.
Samuel soltó una risa amarga.
—Eso sí que os ha costado.
Darío respondió:
—Lo suficiente.
Samuel se frotó las manos.
—Fabián quería más piezas.
Nadie habló.
—Siempre quería más.
Miró hacia el aula de cerámica.
—Mi madre podía hacer veinte y conseguir que las veinte tuvieran algo distinto. Yo tardaba el doble y ninguna era tan buena.
Adela escuchó.
No clasificó.
No interrumpió.
—Al principio hice moldes para algunas partes —continuó Samuel—. Después encargué piezas fuera. Yo las terminaba. Esmaltaba algunas. Corregía detalles.
—Y se vendían como hechas completamente a mano en Brañaclara —dijo Darío.
Samuel asintió.
—Fabián lo sabía.
—Sí.
—Ganaba dinero con ello.
—Más que yo.
Adela recordó los pagos.
La expansión.
Las tiendas.
—¿Entonces por qué discutisteis?
Samuel miró la mesa.
—Porque apareció esa mujer.
—La clienta.
—Sí.
Se pasó una mano por la cara.
—Dos pájaros iguales. Hasta el mismo defecto. Le dije a Fabián que había que parar.
—¿Y él?
Samuel sonrió sin alegría.
—Dijo que parar era admitirlo.
Darío permanecía inmóvil.
—El viernes trajo un documento.
—El borrador —dijo Adela.
—Quería que firmara que la empresa no sabía nada.
Samuel levantó la mirada.
—Que todo había sido decisión mía. Que yo había falsificado el origen. Que ellos habían confiado en mí.
—Pero no era cierto.
—No.
—¿Pensabas matarlo? —preguntó Darío.
Samuel negó inmediatamente.
—No.
Adela creyó aquella respuesta.
Eso no cambió nada.
—Pensaba decirle que no —continuó él—. Que se acababa. Que si quería hundirme, se hundía conmigo.
—¿Y qué pasó?
Samuel permaneció en silencio.
Durante tanto tiempo que Adela pensó que no respondería.
Luego dijo:
—Se rió.
Vega cerró los ojos.
—Dijo que Aldaba Norte sobreviviría. Que yo era un ceramista de pueblo que había vivido del nombre de su madre.
La voz de Samuel se quebró.
Solo un poco.
—Y luego dijo que, si esto salía, Maruja sería la historia perfecta.
Adela sintió frío.
—¿Qué historia?
Samuel la miró.
—La gran artesana de Brañaclara que había creado un sistema fraudulento que su hijo continuó.
Candela murmuró:
—Hijo de puta.
Darío no la corrigió.
Samuel continuó:
—Le dije que mi madre no tenía nada que ver.
—Él lo sabía —dijo Adela.
—Le daba igual.
Las manos de Samuel temblaban ahora.
—Dijo que la gente cree una historia cuando tiene un nombre. Y el nombre de Maruja vendía mejor que el mío.
Adela pensó en todo lo que Fabián había hecho.
El dibujo de la madre de Candela.
La fotografía de Vega.
El archivo convertido en espacio comercial.
Las golondrinas.
Personas transformadas en material.
—Cogí la pieza.
Silencio.
—Solo quería que se callara.
Samuel miró el suelo.
—Le golpeé una vez.
Nadie habló.
—Y después…
Su respiración cambió.
—Después ya estaba hecho.
Adela sostuvo su mirada.
—No.
Samuel levantó la cabeza.
—¿Qué?
—No estaba hecho.
Adela habló despacio.
—El golpe estaba hecho.
Señaló hacia el corredor.
—Después elegiste imprimir una mentira sobre lo ocurrido.
Samuel abrió la boca.
—No…
—Elegiste colocar la réplica en el pedestal.
Otra elección.
—Elegiste esconder los fragmentos.
Otra.
—Elegiste volver a la demostración.
Otra.
—Dejaste que Candela pareciera sospechosa por las tijeras. Que Vega pareciera sospechosa porque había discutido con su padre. Que Eloísa ocultara su acuerdo. Que Ramiro tuviera que explicar por qué había sacado documentos.
Samuel bajó los ojos.
Adela sintió compasión.
La sintió de verdad.
Por el hijo que no había conseguido ser su madre.
Por el hombre atrapado dentro de una mentira que había crecido durante años.
Por la vergüenza.
Por el miedo.
Y precisamente por eso tuvo cuidado de no confundirla con absolución.
—Puede que no fueras a la Escuela Vieja con intención de matar a Fabián —dijo—. Pero todo lo que hiciste después fue una decisión.
Samuel no volvió a responder.
Darío se acercó.
—Samuel Coterón.
Samuel levantó la cabeza.
Darío continuó con las formalidades.
Adela dejó de escuchar durante unos segundos.
Miró la mesa.
La acreditación falsa.
Las fotografías.
El horario.
Las copias de los correos.
Todo había terminado en una lista.
Pero la lista nunca habría explicado a Vega.
Ni a Candela.
Ni a Ramiro.
Ni siquiera a Samuel.
Había encontrado la brecha porque anotó una hora.
Había encontrado la sustitución porque fotografió una pieza.
Había encontrado la acreditación porque sabía cómo debía ser.
Las listas habían conservado la verdad material.
Pero fueron las historias que no cabían en ellas las que le habían enseñado dónde mirar.
Darío acompañó a Samuel hacia la puerta.
Samuel se detuvo junto a Adela.
—Mi madre no habría hecho esto.
Adela lo miró.
No sabía si hablaba del fraude.
Del asesinato.
De todo.
—No —dijo.
Samuel asintió.
Luego salió.
La plaza estaba silenciosa.
La lluvia había terminado.
Por primera vez desde que Adela había llegado a Brañaclara, el cielo empezaba a abrirse sobre las montañas.
Una franja azul oscura aparecía entre las nubes.
Vega salió al exterior.
Ramiro fue detrás.
Eloísa permaneció unos minutos dentro, recogiendo papeles sin saber realmente qué hacer con ellos.
Candela se sentó sobre una mesa.
—Bueno.
Adela miró el salón.
Había acreditaciones por todas partes.
Algunas dentro de la caja.
Otras sobre una mesa después del inventario.
Empezó a recogerlas.
Una.
Dos.
Tres.
Candela la observó.
—¿Qué haces?
—Recoger.
Cuatro.
Cinco.
—Adela.
—¿Qué?
Seis.
Candela se levantó.
Le quitó la caja de las manos.
—No.
Adela frunció el ceño.
—¿Qué haces?
—Me la llevo.
—Las acreditaciones tienen que…
—Mañana.
—Pero…
Candela colocó la caja bajo el brazo.
—Por una noche puede organizar el mundo otra persona.
Adela abrió la boca.
La cerró.
Percance salió de debajo de la mesa.
Se estiró.
Miró a Adela.
Después a Candela.
Y saltó directamente dentro de la caja de acreditaciones.
Candela lo miró.
—Bueno. Dos personas.
Adela contempló al gato.
Percance se tumbó sobre las cintas de colores.
Adela sintió el impulso de sacarlo.
De recolocar las acreditaciones.
De separar los colores.
De comprobar que no faltaba ninguna.
No hizo nada.
—Mañana —dijo.
Candela sonrió.
—Mañana.
Adela apagó la luz del salón.
Y, por primera vez desde que había llegado a Brañaclara, dejó una caja sin terminar.