Una acreditación para un cadáver (Los misterios de Brañaclara 1) EPÍLOGO — LA CAJA MARCADA «QUEDARSE»
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EPÍLOGO — LA CAJA MARCADA «QUEDARSE»

El domingo siguiente, Adela descubrió que Brañaclara tenía una forma muy particular de cancelar un evento.

Lo repetía.

—No es repetirlo —dijo Eloísa por tercera vez.

Adela miró el cartel pegado en la puerta de la Escuela Vieja.

ENCUENTRO DE OFICIOS Y AFICIONES DE brAÑACLARA JORNADA EXTRAORDINARIA — DOMINGO, 16:00–20:00

—Es exactamente repetirlo.

—No. Es cerrarlo bien.

Candela, que estaba colocando una cesta de bastidores sobre una mesa, intervino:

—Es repetirlo.

Eloísa la señaló.

—Tú no ayudas.

—Nunca fue mi función.

La Casa de Cultura volvía a estar llena.

No tanto como el viernes anterior.

Y de otra manera.

Había menos decoración.

Menos carteles.

Menos voluntad de fingir que todo era perfecto.

Adela había insistido en que, si iban a abrir de nuevo, cada taller explicara también cómo trabajaba.

No solo qué vendía.

En cerámica, una mesa mostraba piezas hechas a mano junto a ejemplos de moldes.

Un cartel explicaba la diferencia entre modelado, reproducción, acabado y producción seriada.

No aparecía el nombre de Samuel.

Tampoco hacía falta.

Las golondrinas azules habían desaparecido del centro de la exposición.

En su lugar había una fotografía de Maruja Coterón trabajando.

Debajo podía leerse:

MARUJA COTERÓN Ceramista de Brañaclara. Cada pieza, modelada individualmente.

Adela se detuvo delante.

—Ha quedado bien.

Vega estaba detrás de ella.

—Lo dices como si te doliera.

—No exageres.

Vega llevaba una cámara colgada al cuello.

La semana anterior habría parecido una extensión de su cuerpo.

Ahora Adela sabía que aquello era exactamente lo que era.

—¿Has terminado la publicación?

—Esta mañana.

Sacó el móvil.

Había preparado un reportaje fotográfico sobre las artesanas de Brañaclara.

Maruja.

La madre de Candela.

Dos cesteras.

Una mujer que había tejido durante cuarenta años sin considerar jamás que aquello pudiera merecer una exposición.

Cada imagen llevaba un nombre.

Una fecha.

Una técnica.

—Eso era lo que querías —dijo Adela.

—No exactamente.

—¿Qué querías?

Vega guardó el móvil.

—Que mi padre dejara de decidir quién merecía aparecer debajo de una fotografía.

Adela no respondió.

Vega sonrió.

—Pero esto sirve.

Candela apareció junto a ellas.

—Venid.

—¿Por qué? —preguntó Adela.

—Porque quiero presumir.

Las llevó hasta su mesa.

Había colocado un bastidor antiguo entre los trabajos nuevos.

Ramas de tejo.

Dos pájaros.

El diseño que Aldaba Norte había utilizado durante años.

Debajo, una pequeña ficha.

Diseño original de Amparo Saldueña. Cuaderno familiar, 1987.

Adela leyó.

—¿Amparo?

—Mi madre.

Candela cruzó los brazos.

—No me van a dar una fortuna. No van a retirar media colección de tiendas. Y no pienso pasar los próximos cinco años en juzgados.

—Entonces ¿qué cambia?

Candela miró el bastidor.

—Que ahora, cuando alguien pregunte quién lo hizo primero, habrá una respuesta.

Adela asintió.

—Eso no es poco.

—No.

Candela le dio un pequeño golpe en el brazo.

—Mira quién está aprendiendo.

Adela decidió no responder.

A las cinco y diez, Eloísa la llevó al despacho.

Había cerrado la puerta.

Eso hizo que Adela desconfiara inmediatamente.

—No.

Eloísa se sentó.

—Todavía no he dicho nada.

—La última vez que alguien dijo eso acabé organizando una feria y encontrando un cadáver.

—Estadísticamente es difícil que vuelva a ocurrir.

—No utilices estadísticas conmigo.

Eloísa sacó una carpeta.

Adela miró la carpeta.

—No.

—Adela.

—¿Qué hay dentro?

—Una propuesta.

—Peor.

Eloísa abrió.

—Coordinación de la Casa de Cultura.

Adela dejó de hablar.

—Seis meses.

—¿Qué?

—Contrato por seis meses. Remunerado.

—Eloísa.

—Con posibilidad de continuidad.

Adela miró el papel.

—Yo vivo en Madrid.

Eloísa no respondió.

—Mi casa está en Madrid.

Nada.

—Mis cosas están en Madrid.

Eloísa esperó.

Adela la miró.

—Deja de hacer eso.

—¿Qué?

—Esperar a que yo misma destruya mis argumentos.

—No estoy haciendo nada.

—Precisamente.

Adela volvió al papel.

Seis meses.

Coordinación.

Actividades.

Archivo.

Programación.

Presupuesto.

Relación con asociaciones.

Demasiadas cosas.

Exactamente el tipo de cosas que sabía hacer.

—Vine para seis semanas.

—Lo sé.

—Y vender la casa.

—También.

—No pienso decidir esto ahora.

—Perfecto.

Eloísa cerró la carpeta.

—¿Cuándo?

Adela miró hacia la ventana.

Desde allí se veía parte de la plaza.

Las montañas detrás.

La humedad seguía pegada a los tejados, pero el cielo estaba claro.

—No voy a vender antes de primavera.

Eloísa sonrió.

—Eso no era exactamente lo que he preguntado.

—Es la respuesta que tienes.

—Me sirve.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de que ya sabías que iba a decirlo.

—Aurelia decía que eras previsible cuando intentabas demostrar que no lo eras.

Adela la miró.

—Voy a necesitar revisar las condiciones del contrato.

—Por supuesto.

—Horario.

—Sí.

—Funciones.

—Sí.

—Presupuesto real.

—Sí.

—Y una cláusula que impida que vuelvas a describir una catástrofe como “un problema mediano”.

Eloísa pensó.

—Eso puede ser difícil.

Ramiro la encontró junto a la fuente a las seis y cuarto.

Llevaba dos cafés.

—No he pedido uno.

—Lo sé.

Le entregó el vaso.

Adela lo aceptó.

—Esto empieza a parecer una costumbre.

—Podría ser peor.

—Podrías traerme documentos.

Ramiro levantó una carpeta que llevaba bajo el brazo.

Adela cerró los ojos.

—No.

—Ni siquiera sabes qué es.

—Genealogía.

Ramiro sonrió.

—Muy bien.

—No quiero hacer genealogía.

—Es para cuando te aburras.

Le entregó la carpeta.

Adela leyó la etiqueta.

VALNERA / brAÑACLARA — NOTAS PRELIMINARES

—Esto es una amenaza.

—Una invitación.

—Una amenaza organizada.

—Creí que te gustaría.

Caminaron despacio alrededor de la plaza.

No hablaron de Samuel.

Ni de Fabián.

Ni de la investigación.

Ramiro le contó que el tejado seguía necesitando una reparación.

Adela respondió que aquello llevaba una semana en su lista.

Él preguntó si ya había decidido quedarse.

—No.

—Claro.

—Hasta primavera no es quedarse.

—¿Qué es?

Adela bebió café.

—Posponer una venta.

Ramiro asintió con solemnidad.

—Completamente distinto.

Adela lo miró.

—No te acostumbres a tener razón.

—Tengo sesenta y un años. Ya es tarde.

No hubo nada más.

No hacía falta.

A las ocho y doce, cerraron la Escuela Vieja.

Esta vez no había cadáveres.

Adela consideró aquello un éxito logístico.

Regresó a casa con Percance dentro de un transportín que había pedido prestado.

No confiaba en él lo suficiente para caminar cinco minutos.

—No me mires así.

El gato la miró así.

En el comedor todavía quedaban cajas.

Muchas.

Adela había reducido veintitrés a diecisiete.

Seguía siendo demasiado.

Sacó las etiquetas.

VENDER.

DONAR.

MADRID.

REVISAR.

Había otra.

La había escrito aquella mañana.

QUEDARSE.

La pegó sobre una caja pequeña.

Dentro había tres fotografías de Aurelia.

El catálogo de 1998.

Una taza desportillada que no necesitaba.

Un pañuelo.

Y otras cosas que no sabía todavía cómo clasificar.

Adela cerró la caja.

Percance salió del transportín.

Saltó sobre la mesa.

—No.

El gato tocó la etiqueta.

—Percance.

Una uña pasó por debajo del papel.

—Ni se te ocurra.

La etiqueta se desprendió.

Adela la cogió.

—Muy gracioso.

Buscó la caja.

Percance ya no estaba sobre la mesa.

Se oyó un ruido de cartón.

Adela miró al suelo.

El gato se había instalado dentro de otra caja.

Precisamente la que acababa de marcar.

QUEDARSE.

Adela sostuvo la etiqueta despegada entre los dedos.

Durante unos segundos consideró volver a ponerla.

No lo hizo.

La dejó sobre la mesa.

Percance cerró los ojos.

Adela apagó la luz.

La caja quedó sin etiqueta.

Y, por una vez, supo perfectamente lo que significaba.