Una acreditación para un cadáver (Los misterios de Brañaclara 1) CAPÍTULO 9 — LA ÚLTIMA CASILLA
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CAPÍTULO 9 — LA ÚLTIMA CASILLA

A las diez y treinta y nueve de la noche, Percance encontró una manera de demostrar que un pestillo provisional no constituía una medida de seguridad.

Adela no llegó a entender exactamente cómo.

Oyó un golpe en el pasillo.

Después, el roce de madera contra el marco.

Cuando llegó al almacén, la ventana estaba entreabierta.

El gato no estaba.

—No.

Cruzó el pasillo y salió al porche.

—Percance.

Nada.

—No.

Bajó los dos escalones.

La calle estaba vacía.

No llovía, aunque el suelo seguía mojado y las farolas convertían los charcos en pequeñas manchas amarillas.

—Percance.

Una sombra negra y blanca desapareció al final de la calle.

—Me estás tomando el pelo.

Adela cogió el abrigo.

El móvil.

Las llaves.

Y empezó a andar deprisa.

No correr.

Adela no corría detrás de gatos.

Aquello habría sido admitir demasiadas cosas.

A mitad de camino hacia la plaza, el teléfono vibró.

Darío.

—¿Diga?

—¿Dónde está?

Adela siguió andando.

—Es una pregunta complicada.

—No debería serlo.

—Percance se ha escapado.

Silencio.

—¿Hacia dónde?

Adela llegó a la esquina.

Vio al gato cruzar la Plaza del Castaño.

—La Escuela Vieja.

—No se acerque.

—Estoy a treinta metros.

—Adela.

Percance llegó a la puerta principal.

La olfateó.

Después desapareció por el lateral.

Adela se detuvo.

Puerta lateral.

La misma por la que había entrado Fabián.

—Darío.

—¿Qué?

—La puerta lateral está abierta.

Silencio.

Ya no fue un silencio irritado.

Fue distinto.

—Quédese donde está.

—El gato acaba de entrar.

—El gato no es responsabilidad policial.

—Sí es responsabilidad mía.

—Desde cuándo.

Adela abrió la boca.

La cerró.

—No viene al caso.

—No entre.

Una figura apareció en la puerta principal.

Un agente.

Adela reconoció al hombre que había trabajado con Darío durante los últimos días.

Le hizo una señal.

Ella se acercó.

—Dentro —dijo él en voz baja.

—Darío acaba de decirme que no entre.

—Ha cambiado de opinión.

—Muy rápido.

—Señora Valnera.

Adela entró.

Darío estaba detrás de una de las puertas del salón principal.

Llevaba la chaqueta oscura y una expresión que hizo desaparecer cualquier comentario que Adela hubiera preparado.

—¿Qué pasa?

—Samuel ha vuelto.

Adela miró automáticamente hacia el corredor.

—¿Está dentro?

—Sí.

—¿Dónde?

—Creemos que en el anexo.

La caja.

Adela sintió un tirón en el estómago.

—Ha venido por los fragmentos.

—Eso parece.

—Entonces sabíais que podía volver.

—Era una posibilidad.

—Y no me dijiste nada.

—Porque la idea era que estuviera en su casa.

Adela señaló hacia el corredor.

—Técnicamente he venido por un gato.

Darío cerró los ojos durante un segundo.

—Quédese en este salón.

—Pero…

—En este salón.

—Percance está…

—Lo sé.

—Si Samuel…

—Samuel no ha venido a por el gato.

—Eso no significa que…

Darío se acercó un paso.

—Adela.

Ella se calló.

—El agente está detrás del anexo. Yo voy por el corredor. Usted se queda aquí.

—Vale.

—No sigue a nadie.

—Vale.

—No toca nada.

—Vale.

Darío la miró con sospecha.

—Tres “vale” seguidos no me tranquilizan.

—Eso ya es un problema tuyo.

Él se marchó.

Adela se quedó en medio del salón principal.

Las mesas seguían allí.

Las acreditaciones retiradas durante el inventario estaban dentro de una caja transparente.

La misma caja que había utilizado el viernes.

Crema.

Verde.

Azul.

Amarillo.

Todo ordenado.

Todo absurdo.

Adela oyó un ruido en el corredor.

Muy leve.

Después otro.

Cerámica rozando cerámica.

No se movió.

—Percance —susurró.

Nada.

Esperó.

Cinco segundos.

Diez.

Quince.

Un maullido.

Adela cerró los ojos.

—No.

Otro maullido.

Más cerca del anexo.

Adela dio dos pasos.

Se detuvo.

Darío había dicho salón.

Otro ruido.

Más fuerte.

Una caja arrastrándose.

Adela llegó hasta el umbral del corredor.

No más.

Eso seguía siendo, técnicamente, el salón.

Percance apareció al fondo.

Samuel estaba detrás.

Adela se quedó inmóvil.

El gato había entrado en el anexo y ahora caminaba junto a una de las cajas de descartes.

Samuel estaba agachado.

Llevaba guantes.

—Fuera —susurró él.

Percance olfateó la caja.

—Fuera.

El gato metió una pata entre dos fragmentos.

Samuel miró hacia el corredor.

Vio a Adela.

Durante un instante ninguno de los dos habló.

—¿Qué haces aquí? —preguntó él.

Adela permaneció en la puerta.

—Podría preguntarte lo mismo.

Samuel se incorporó.

—He venido a recoger unas cosas.

—A las once de la noche.

—Son mías.

—La caja no.

Samuel miró hacia ella.

Después hacia Percance.

—No sabes qué hay aquí.

—Tú sí.

Algo cambió en su cara.

No fue una confesión.

Solo cansancio.

—Adela, coge al gato y vete a casa.

—No voy a entrar.

—Mejor.

Percance saltó al borde de la caja.

—Percance.

Samuel extendió una mano.

—Ven aquí.

El gato retrocedió.

Samuel intentó agarrarlo.

Percance saltó.

La manga de Samuel golpeó la caja.

Todo ocurrió en menos de dos segundos.

La caja cayó de lado.

Los fragmentos se desparramaron por el suelo.

Cerámica marrón.

Verde.

Blanca.

Azul.

Percance aterrizó entre ellos.

—¡No! —dijo Adela.

El gato dio un paso.

Tocó con una pata un fragmento azul de mayor tamaño.

La pieza giró.

La parte esmaltada quedó contra el suelo.

Y apareció la base.

Barro claro.

Una línea quebrada.

Dos letras.

M.C.

Adela dejó de respirar.

Samuel también las vio.

El tiempo se detuvo.

No mucho.

Lo suficiente.

Samuel dio un paso.

Darío apareció detrás de él.

—No.

Samuel se volvió.

El segundo agente entró por la puerta del anexo.

No hubo carrera.

No hubo forcejeo.

No hubo ninguna de las cosas que Adela había visto cientos de veces en series de televisión y que, en aquel momento, le parecieron completamente innecesarias.

Samuel simplemente se quedó quieto.

El segundo agente se colocó entre Samuel y la salida mientras Darío le indicaba que mantuviera las manos visibles.

Adela no se movió del umbral.

Tampoco se acercó al fragmento.

Por una vez, nadie tuvo que recordárselo.

El agente fotografió la caja volcada, la posición de cada trozo cercano y la pieza azul tal como había quedado después de que Percance la girara. Solo entonces la recogió con guantes y la introdujo en una bolsa de evidencia.

Las letras seguían visibles a través del plástico.

M.C.

Samuel las miró y pareció encogerse sin moverse.

Darío no le pidió una explicación allí. Le informó de sus derechos, le indicó que quedaba detenido y dejó cualquier pregunta para después.

Adela agradeció aquella sobriedad. La solución no podía depender de que Samuel pronunciara la frase correcta en el momento correcto. El fragmento existía antes de su confesión. Las fotografías existían. La acreditación, los horarios y las comunicaciones también.

Si Samuel no decía una sola palabra más, el mecanismo seguiría siendo el mismo.

Miró el fragmento.

Después a Darío.

—No iba a llevármelo.

Darío no respondió.

Samuel soltó una risa breve y rota.

—Ya.

Miró a Adela.

—Supongo que eso tampoco estaba en tu lista.

Adela observó las letras.

Maruja Coterón.

—Ahora sí.

Media hora después, el salón principal de la Escuela Vieja estaba iluminado otra vez.

No era necesario que todos estuvieran allí.

Darío lo dejó muy claro.

También quedó claro que nadie pensaba marcharse.

Candela llegó primero.

Vega cinco minutos después.

Ramiro y Eloísa aparecieron juntos desde la plaza.

Nadie preguntó cómo se habían enterado tan rápido.

Era Brañaclara.

Adela empezaba a aceptar que algunas cosas no necesitaban explicación porque la alternativa era dedicar el resto de su vida a investigarlas.

Samuel estaba sentado al otro lado del salón.

No esposado todavía.

Darío permanecía junto a él.

El fragmento con las letras M.C. ya estaba embalado.

Percance dormía dentro de una caja vacía debajo de la mesa de acreditaciones.

Como si no hubiera hecho nada.

Candela lo señaló.

—Ese gato va a acabar pidiendo sueldo.

—No le des ideas —dijo Adela.

Darío habló.

—Vamos a repasar una vez lo que tenemos. Después esto continúa fuera de aquí.

Adela lo miró.

—¿Yo?

—Usted hizo la reconstrucción.

—Pensaba que no era policía.

—Sigue sin serlo.

—Bien.

—No empiece.

Adela se colocó delante de una mesa.

No había preparado tarjetas.

No las necesitaba.

Miró a Samuel.

No parecía el hombre amable del primer día.

Tampoco parecía un monstruo.

Eso era, quizá, peor.

Era Samuel.

El mismo hombre.

Solo que ahora sabían algo más de él.

Adela cogió una copia de la acreditación de Fabián.

—Empezó aquí.

Samuel bajó la mirada.

—Fabián no podía entrar como invitado oficial porque nadie debía saber que venía a reunirse contigo.

Darío no la interrumpió.

—Así que necesitaba una acreditación.

Mostró la fotografía del reverso.

—Se imprimió en una hoja de prueba de tus tarjetas de precio. “Golondrinas de la Braña”. La línea azul y parte del diseño siguen visibles por detrás.

Candela cruzó los brazos.

—Y se recortó con mis tijeras.

Adela asintió.

—Que Samuel tenía desde esa mañana.

Samuel permaneció callado.

Adela continuó.

—Le dijiste que entrara por la puerta lateral.

—Eso no puedes saberlo.

Era la primera vez que hablaba.

Adela lo miró.

—No necesito saberlo para explicar el resto.

Samuel cerró la boca.

—Fabián llegó a las seis y dieciocho.

Adela señaló la puerta.

—Traía una caja acolchada.

Vega habló:

—Había algo dentro.

Adela asintió.

—Una golondrina.

Samuel levantó la cabeza.

—No tienes…

—Una réplica.

Adela puso sobre la mesa una copia de la reclamación de la clienta.

—Una cliente había comprado dos piezas supuestamente únicas. Eran idénticas. Fabián tenía una de las piezas devueltas.

Darío añadió:

—La documentación recuperada de sus comunicaciones confirma que Nates iba a tratar esa reclamación con usted esa noche.

Samuel miró hacia otro lado.

Adela continuó.

—Pero necesitabas tiempo a solas con él.

Señaló hacia el aula tres.

—Por eso el torno se detuvo a las seis cuarenta y uno.

—Se salió la correa.

—Sí.

Samuel la miró.

—Eso puede ocurrir.

—Puede.

Adela asintió.

—Pero no ocurrió.

Silencio.

—La correa estaba en buen estado. No necesitabas herramientas ni una pieza nueva. Solo había que volver a colocarla.

Samuel no respondió.

—La demostración empezó a las seis y media. Cuando el torno se paró, mandaste a todos fuera.

Adela señaló imaginariamente una línea en el aire.