CAPÍTULO 8 — LO QUE TÍA AURELIA HABÍA GUARDADO #2
La caja tenía piezas rotas de distintos colores.
Azul.
Verde.
Blanco.
Barro sin esmaltar.
—¿Ve el fragmento? —preguntó.
Adela intentó mirar desde donde estaba.
—No.
—No se acerque.
—No me estoy acercando.
—Se está inclinando.
—No sabía que inclinarse era un delito.
—Depende de cuánto.
El agente empezó a documentar el contenido.
Pieza por pieza.
Adela tuvo que salir.
Esperar en el corredor fue peor.
Darío volvió diez minutos después con una fotografía en el móvil de servicio.
—Tenía razón en la posición.
Adela no disimuló la satisfacción.
—¿Eso cuenta como una disculpa?
—No.
La imagen había sido tomada la noche del crimen, durante la documentación inicial del anexo. La caja aparecía junto a la mesa, exactamente donde Adela había señalado.
Darío deslizó el dedo hacia otra fotografía, hecha antes de levantar el primer aislamiento de la sala. Seguía allí.
—Ningún agente registró un traslado —dijo—. La caja se movió después, cuando esta parte del edificio volvió a tener acceso controlado para el inventario.
—Entonces alguien vino a buscarla.
—Alguien la movió.
Adela exhaló.
—Te alimentas de matices.
—Evitan muchos errores.
Miró otra vez la fotografía. Hasta ese momento, el fragmento azul había sido un recuerdo de tres segundos provocado por Percance. La caja desplazada lo convertía en otra cosa: alguien más había considerado importante lo que contenía.
No demostraba todavía quién.
Pero ya no era solo la memoria de Adela contra un montón de cerámica rota.
Vega llegó veinte minutos después.
Candela detrás.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Nada que sepamos todavía.
Candela la miró.
—Estás aprendiendo a hablar como Darío.
—Retira eso.
Ramiro apareció desde la escalera.
—¿Nos han llamado a todos?
Eloísa salió del despacho.
—Sí.
Adela miró a los cuatro.
—¿Por qué?
Darío apareció.
—Porque mañana empezaremos a devolver los objetos que ya puedan salir de aquí.
Adela frunció el ceño.
—¿Mañana?
—Sí.
Él la miró de una forma que tardó un segundo en interpretar.
Entendió.
No iban a devolver nada todavía.
—Necesitamos hacer un último inventario —continuó Darío—. Con responsables de cada grupo presentes.
Eloísa asintió.
—¿A qué hora?
—Seis.
—¿Aquí?
—Sí.
Candela miró la cinta del corredor.
—¿Y la cerámica?
—También se revisará.
Darío añadió, deliberadamente:
—Especialmente los fragmentos encontrados en el anexo.
Adela no reaccionó.
No debía.
Ramiro sí.
—¿Han encontrado algo?
—Todavía está en revisión.
Darío miró a Adela.
—La señora Valnera explicará cómo se organizó el inventario original.
Adela entendió la segunda parte.
Necesitaban que la información circulara.
Pero no toda.
A las seis del día siguiente, la Escuela Vieja volvió a llenarse.
No como una feria.
Sin visitantes.
Sin café.
Sin conversaciones alegres.
Solo responsables de grupos, algunos expositores y varias personas de la asociación.
Samuel llegó a las seis y siete.
Adela lo vio entrar por el vestíbulo.
No por la puerta lateral.
Llevaba un jersey gris.
Parecía tranquilo.
Demasiado.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó.
Eloísa respondió:
—Inventario.
Samuel miró a Adela.
—Claro.
Ella no respondió.
Percance no estaba.
Adela lo había dejado en casa.
Cerrado dentro.
Con comida.
Agua.
Y la ventana del almacén asegurada provisionalmente.
Había pensado en traerlo durante aproximadamente tres segundos.
Después recordó que la investigación ya contaba con suficientes variables incontrolables.
Darío permanecía al fondo del salón.
Dos agentes parecían ocuparse simplemente de documentación.
Adela sabía que no era así.
Empezó.
—Antes de la apertura fotografié cada mesa y registré los objetos expuestos.
Algunas personas asintieron.
Samuel cruzó los brazos.
—En cerámica había trece participantes y catorce piezas.
Candela miró a Samuel.
Adela continuó:
—Una de ellas era una golondrina atribuida a Maruja Coterón.
Samuel no se movió.
—La pieza que hay ahora en el aula no es la misma que fotografié antes de la apertura.
Un murmullo.
Adela esperó.
—La original tenía varias irregularidades propias del modelado manual. Fotografías antiguas permiten identificarla.
Samuel habló:
—Ya expliqué que se cambió porque estaba dañada.
—Sí.
Adela no discutió.
Eso pareció incomodarlo más.
—También sabemos —continuó— que Maruja firmó aquella primera pieza bajo la base.
Samuel dejó de cruzar los brazos.
Muy poco.
Pero Adela lo vio.
Darío también.
—Por eso —dijo Adela— los fragmentos de cerámica recuperados en la Casa de Cultura serán examinados mañana.
Silencio.
—Si parte de la base está entre ellos, podremos identificar la golondrina original aunque esté rota.
Samuel miró hacia el corredor.
Después a Adela.
—¿Qué fragmentos?
—Los del anexo.
—Ya sé que eran del anexo.
Adela no respondió.
Samuel frunció el ceño.
—Pregunto cuáles.
Nadie había dicho que la pieza estuviera entre los fragmentos.
Nadie había dicho que hubiera fragmentos azules.
Adela dejó que el silencio creciera.
Samuel se dio cuenta.
Tarde.
—Había varias cajas de descartes —añadió—. Solo quería saber cuál.
Darío habló por primera vez.
—No hemos dicho en qué caja se encontraron los fragmentos que nos interesan.
Samuel se volvió hacia él.
—Pero Adela…
—Yo tampoco —dijo ella.
El rostro de Samuel cambió.
No mucho.
No era miedo todavía.
Era cálculo.
—Estuve trabajando allí todo el día. Sé cómo está organizado.
Adela pensó en la palabra.
Organizado.
Casi habría resultado graciosa en otro contexto.
Darío avanzó.
—Terminaremos el inventario sin usted, señor Coterón.
Samuel miró alrededor.
—¿Estoy detenido?
—No.
—Entonces puedo irme.
—Sí.
Samuel cogió el abrigo.
Salió.
Candela esperó hasta que la puerta se cerró.
—Eso ha sido…
Darío levantó una mano.
—Nadie sale todavía.
—¿Por qué?
—Porque necesito que todos entiendan una cosa.
Miró uno por uno.
—No se habla fuera de esta sala sobre dónde están guardados los objetos pendientes de peritaje.
Adela observó la puerta.
Samuel ya sabía demasiado.
Quizá llevaba sabiendo demasiado desde el viernes.
A las ocho y dieciséis, Darío acompañó a Adela hasta la casa.
—No me gusta.
Adela abrió la puerta.
—A mí tampoco.
Percance apareció inmediatamente.
—Tú no has salido.
El gato se frotó contra sus piernas.
—Eso es sospechoso.
Darío miró la ventana del almacén.
—¿Está cerrada?
—Con un pestillo provisional.
—Bien.
Adela se volvió.
—Has vuelto a decirlo.
—Esta vez era literal.
Percance caminó hacia la cocina.
Darío no entró.
—Esta noche no vuelva a la Casa de Cultura.
—No pensaba hacerlo.
—Perfecto.
—Eso ha sonado peor que “bien”.
—Adela.
—No voy a ir.
—Y si recuerda algo, me llama.
—Sí.
—No va a comprobarlo sola.
—Sí.
Darío la miró.
—No sé si ese “sí” significa que ha entendido o que quiere que me marche.
—Ambas cosas.
Él empezó a bajar los escalones.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Adela cerró.
Se apoyó un instante contra la puerta.
Percance la miraba desde el pasillo.
—No hagas esa cara.
El gato se sentó.
Adela fue hasta la mesa.
La caja de 1998 seguía allí.
Cogió la fotografía de Aurelia y Maruja.
Durante unos segundos no pensó en Samuel.
Ni en Fabián.
Ni en la golondrina.
Solo en su tía.
En todo lo que había guardado sin saber que algún día sería importante.
O quizá sabiéndolo de otra manera.
Adela colocó la fotografía dentro de una funda nueva.
Sin etiqueta.
Percance saltó sobre la silla.
—No todo necesita una.
El gato ladeó la cabeza.
Adela dejó la caja abierta.
A las diez y treinta y ocho, el móvil de Adela vibró sobre la mesa.
Darío.
—¿Sí?
—No salga de casa.
Adela miró hacia la ventana del almacén.
—Ya me lo has dicho.
—Se lo repito.
—¿Ha pasado algo?
Hubo una pausa breve.
—Quédese dentro y mantenga el teléfono cerca.
—Darío…
La llamada terminó antes de que pudiera preguntar nada más.
Adela miró a Percance. Percance miró hacia la ventana del almacén.
—Ni se te ocurra.