CAPÍTULO 8 — LO QUE TÍA AURELIA HABÍA GUARDADO
Darío llegó a la casa de Aurelia a las dos y treinta y siete.
Adela lo supo porque estaba mirando el reloj cuando llamó.
No porque estuviera esperando.
Eso se dijo a sí misma.
Percance llegó a la puerta antes.
—Tú no.
El gato se interpuso entre sus pies.
—No trabajas para la Guardia Civil.
Darío oyó la última frase desde el otro lado cuando Adela abrió.
—Me tranquiliza saberlo.
—No te acostumbres a que las conversaciones tengan sentido aquí.
Entró.
Adela señaló la mesa del comedor.
La caja FERIA 1998 — CERÁMICA seguía abierta.
No había tocado nada desde la llamada.
Bueno.
Casi nada.
Había apartado a Percance tres veces.
Darío miró el contenido.
—¿Todo esto era de su tía?
—Sí.
—¿Y estaba guardado así?
—“Así” es una palabra generosa.
Adela levantó el pequeño catálogo.
—Esto estaba dentro.
—Déjelo.
Ella lo dejó.
—No es una prueba policial.
—Todavía no sabemos qué es.
Darío se puso unos guantes.
Adela observó.
—Si te digo que hay fotografías de una feria de 1998, ¿también necesitas guantes?
—No por las fotografías.
—¿Entonces?
—Porque usted ha conseguido convertir una caja familiar en material potencialmente relacionado con un homicidio.
Adela consideró aquello.
—Visto así, suena exagerado.
—Visto de cualquier manera, suena así.
Darío examinó primero la fotografía de Maruja.
Después el reverso.
Leyó en silencio.
Primera pieza. Firmada bajo la base.
—¿Está segura de que es la misma golondrina?
—La fotografía coincide con las imágenes del viernes. Cola inclinada. Ala más baja. Forma del cuerpo.
—Eso habrá que documentarlo correctamente.
—Ya sabía que dirías eso.
Darío no respondió.
Cogió el catálogo grapado.
Era pequeño.
Papel amarillento.
Una portada hecha probablemente en una copistería.
I ENCUENTRO DE OFICIOS DE brAÑACLARA — 1998
Adela se sentó frente a él.
Darío pasó varias páginas.
Cestería.
Bordado.
Madera.
Cerámica.
—Aquí.
Había una página dedicada a Maruja Coterón.
Una fotografía pequeña.
Tres golondrinas.
Todas azules.
Todas distintas.
Debajo, una breve presentación escrita por alguien de la asociación.
Darío leyó.
—“Cada pieza se modela individualmente”.
—Sigue.
Él continuó.
—“Maruja Coterón trabaja sin moldes permanentes”.
Adela se inclinó.
—No había visto eso.
Darío siguió leyendo.
—“Según explica la artesana, los moldes de apoyo que utiliza en ocasiones para partes menores se destruyen después de cada serie para evitar repeticiones exactas”.
Adela permaneció inmóvil.
—Eso es importante.
—Sí.
—Mucho.
—Sí.
—Puedes decir algo más que “sí”.
Darío levantó la vista.
—Es compatible con lo que ya sabemos.
—Eso es casi una frase completa.
Él ignoró el comentario.
Adela cogió otra fotografía.
Maruja aparecía sentada junto a Aurelia.
Su tía tendría unos cuarenta años.
Reía.
No recordaba haber visto aquella expresión en las últimas visitas.
Quizá porque durante los últimos años siempre habían estado hablando de cosas concretas.
Medicamentos.
Reparaciones.
Quién había llamado.
Qué faltaba comprar.
Cuándo volvería Adela.
Nunca de fotografías de 1998.
Nunca de una feria.
Nunca de una golondrina.
Adela pasó el pulgar por el borde de la imagen.
Sin tocar la fotografía.
Solo el aire junto a ella.
—Mi tía guardaba todo.
Darío cerró el catálogo.
—Eso parece.
—Yo pensaba que no sabía organizar.
—No sabía organizar como usted.
Adela miró la caja.
FERIA 1998 — CERÁMICA.
De pronto la etiqueta parecía perfectamente precisa.
—Quizá sabía.
—¿Qué?
—Dónde estaban sus cosas.
—Eso no significa que hubiera un sistema comprensible para otra persona.
—Los sistemas no tienen obligación de sobrevivir a quien los crea.
Darío la miró.
Adela también.
—Eso ha sonado más inteligente de lo que pretendía.
—No se preocupe. No se lo diré a nadie.
Percance saltó sobre una silla.
Adela cogió la fotografía de Aurelia y Maruja.
La observó otra vez.
—Llevaba siete meses sin venir.
Darío no respondió.
—Siempre había una razón.
Trabajo.
Madrid.
Papeles.
La casa.
El viaje.
Luego ya no había ninguna urgencia porque Aurelia había muerto.
Y eso había sido, de alguna manera, peor.
Adela dejó la fotografía.
—Pensé que si venía con un calendario, podría convertir todo esto en algo que terminara.
Darío miró las cajas.
—¿Ha funcionado?
—No.
Percance puso las patas delanteras sobre el borde.
Adela lo apartó.
—Evidentemente.
Darío cerró la caja.
—Esto sí necesitamos llevárnoslo documentado.
—¿Toda la caja?
—No. Fotografía, catálogo y cualquier anotación relacionada con la pieza.
—Bien.
Darío la miró.
—Ha dicho “bien” sin discutir.
—No lo estropees.
A las cuatro y veinte, estaban de vuelta en la Escuela Vieja.
La fotografía de Maruja y el catálogo habían sido registrados por un agente.
Adela había firmado una declaración sobre dónde los había encontrado.
Dos veces.
Porque en la primera había escrito “caja del dormitorio pequeño” y Darío quería una descripción más precisa.
—Estantería baja, habitación trasera izquierda, debajo de una manta —leyó Adela—. ¿Satisfecho?
—Mucho.
—Empiezo a entender por qué la gente confiesa delitos.
Darío guardó el formulario.
—Todavía no hemos hablado de otra cosa.
—¿Qué cosa?
Él señaló una sala.
—Entre.
Adela obedeció.
Había papeles sobre una mesa.
Copias.
No originales.
Darío se sentó.
—Hemos conseguido reconstruir parte de la relación comercial entre Nates y Coterón.
Adela dejó el bolso.
—Los pagos.
—También.
—¿Qué más?
Darío deslizó una hoja.
Era un correo impreso.
No completo.
Solo los fragmentos que podía mostrarle.
—Una cliente de Aldaba Norte compró dos golondrinas en tiendas distintas.
Adela leyó.
—¿Y?
—Las compró con seis meses de diferencia.
—Eso no parece un problema.
Darío señaló una frase.
Adela leyó:
Ambas presentan exactamente la misma marca bajo el ala izquierda, el mismo desnivel mínimo en la base y una irregularidad idéntica en la unión de la cola.
Adela levantó la vista.
—La cliente se dio cuenta.
—Sí.
—Dos piezas supuestamente únicas.
—Sí.
—Idénticas.
—Eso parece.
Adela siguió leyendo.
La mujer había enviado fotografías.
Después había pedido explicaciones.
La empresa había respondido primero que se trataba de “variaciones naturales dentro de una colección artesanal”.
La cliente había insistido.
Había medido las piezas.
Comparado marcas.
Incluso colocado una encima de otra en las fotografías.
—Era peor que yo —dijo Adela.
—No voy a valorar eso.
—Lo has pensado.
Darío pasó otra hoja.
—Después empezó el problema interno.
Un intercambio entre Fabián y Samuel.
Las partes más sensibles estaban ocultas.
Pero quedaban suficientes palabras.
procedencia
producción externa
volumen acordado
responsabilidad del taller
descripción comercial
Adela sintió que la estructura que había imaginado el día anterior se solidificaba.
—Samuel no podía producir suficiente.
Darío no respondió.
—Empezó a hacer réplicas.
—No necesariamente él.
—Un taller externo.
Darío señaló otra línea.
—Eso sí aparece.
Adela leyó.
Fabián mencionaba “las unidades terminadas fuera de Brañaclara”.
—Y Aldaba Norte las vendía como hechas a mano aquí.
—Parece que sí.
—Fabián lo sabía.
—Sí.
Adela levantó la mirada.
—Entonces los dos participaban.
Darío apoyó las manos en la mesa.
—Eso es lo que estamos tratando de establecer.
—Pero algo cambió con la reclamación.
Él sacó una última hoja.
Un borrador.
No estaba firmado.
Parecía un documento preparado para Samuel.
Adela leyó las primeras líneas.
Se le endureció la cara.
—Esto le carga todo.
Darío asintió.
El texto declaraba que Samuel Coterón había utilizado, sin conocimiento de Aldaba Norte, componentes y piezas producidas por terceros.
Que la empresa había confiado en las declaraciones del taller.
Que cualquier referencia comercial a “pieza única” se había basado en la información facilitada por el proveedor.
—Es mentira —dijo Adela.
—Al menos parece incompatible con los correos anteriores.
—Fabián iba a dejarlo solo.
—Eso parece.
Adela se quedó mirando la hoja.
Samuel.
El hijo de Maruja.
El hombre que no podía producir como ella.
Que había terminado vendiendo objetos idénticos bajo el nombre de su madre.
Y después Fabián.
Presionando por cantidad.
Participando.
Ganando dinero.
Hasta que apareció una cliente suficientemente meticulosa.
Entonces alguien tenía que asumir la culpa.
—La caja —dijo Adela.
Darío esperó.
—Fabián trae la pieza devuelta.
—Es una posibilidad.
—Y el documento.
—Probablemente.
—Se reúne con Samuel durante la pausa.
—Eso todavía tenemos que demostrar.
—Discuten.
—Adela.
—Vale.
Se obligó a frenar.
Hechos.
No reconstrucción.
Todavía.
—Samuel tenía motivo.
—Sí.
Aquella vez Darío no añadió ninguna cautela.
—Y oportunidad.
—Sí.
—Y mintió.
—Varias veces.
Adela miró las hojas.
No sintió satisfacción.
Había esperado que llegar a aquel punto produjera algo parecido a cerrar una caja.
No ocurrió.
Porque la explicación no mejoraba nada.
Solo convertía la vergüenza de Samuel en algo comprensible.
No justificable.
Comprensible.
—Todavía falta la pieza —dijo.
—Sí.
—La original.
—Sí.
Adela pensó en el anexo.
El ruido.
La caja inclinándose.
El fragmento azul rodando por el suelo.
—La vi.
Darío la miró.
—Vio un fragmento.
—Azul.
—Sí.
—En la caja de descartes.
—Sí.
—Segundos antes de encontrar a Fabián.
—Sí.
—Y ahora sabemos que la original estaba firmada.
Darío cerró la carpeta.
—Vamos a comprobarlo.
Adela se levantó inmediatamente.
—Voy contigo.
—No.
—Yo sé qué caja era.
—Puede indicárnosla.
—Eso es ir contigo.
—No exactamente.
El anexo del horno olía a polvo y humedad.
Adela se quedó detrás de Darío y de otro agente.
La caja de descartes estaba junto a la pared.
Adela se detuvo.
—No.
Darío se volvió.
—¿Qué?
—No estaba ahí.
El agente miró la caja.
—¿Dónde estaba?
Adela señaló.
—Más cerca de la puerta. Junto a esa mesa.
Había más de un metro de diferencia.
Darío miró el suelo.
—¿Segura?
—Sí.
—Había gente trabajando durante el aislamiento inicial.
—Lo sé.
—Pudo moverla un agente.
—Pregunta.
Darío la miró.
—Preguntaremos.
Adela observó la caja.
—Pero yo la recolocé aquí.
Señaló exactamente el lugar.
—Después de que Percance tirara los fragmentos.
Darío se agachó sin tocarla.