Una acreditación para un cadáver (Los misterios de Brañaclara 1) CAPÍTULO 7 — EL HORARIO IMPOSIBLE #2
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CAPÍTULO 7 — EL HORARIO IMPOSIBLE #2

Darío pasó otra página.

—¿Y después?

—Me llamó una persona de la Consejería.

—¿A qué hora?

—No lo recuerdo exactamente.

—Nosotros sí.

Sacó una hoja.

—Dieciocho cuarenta y cinco. Once minutos y treinta y dos segundos.

Adela calculó.

18:45.

18:56.

La ventana de Samuel.

—¿Estuvo hablando todo el tiempo?

—Sí.

Darío miró a Eloísa.

—Lo hemos confirmado con la otra persona.

Eloísa apoyó las manos sobre la mesa.

No parecía aliviada.

Solo cansada.

Ramiro la observaba.

—¿Qué va a pasar con el acuerdo? —preguntó.

—Ramiro —dijo Adela.

—Es una pregunta razonable.

Eloísa cerró la carpeta.

—No habrá acuerdo.

Aquello fue lo único que dijo.

A la una y cuarto, Darío tenía una lista distinta.

Candela.

Descartada de la ventana principal por la retransmisión completa de la demostración de bordado.

Vega.

En el patio desde las 18:32, respaldada por fotografías consecutivas, dos testigos y material original de cámara.

Eloísa.

En una llamada comprobada entre las 18:45 y las 18:56.

Ramiro.

Con seis personas en el archivo. Cuatro habían firmado el registro de consulta; las otras dos habían confirmado su presencia.

Adela contempló los nombres.

—Queda Samuel.

Darío no respondió.

—No digo que eso lo convierta automáticamente en asesino.

—Está progresando.

—Estoy intentando ser insoportablemente prudente.

—Le sale regular.

—Pero queda Samuel.

Darío cerró una carpeta.

—Y tenemos otra cosa.

Adela esperó.

—Los pagos.

—¿Qué pagos?

—Aldaba Norte hacía transferencias regulares a Samuel Coterón.

—Vendía sus piezas.

—Eso nos dijo.

—¿Y?

—Las cantidades no encajan con lo que declaró.

Adela se inclinó.

—¿Cuánto?

Darío la miró.

—No necesita conocer las cifras.

—Entonces ¿por qué me lo cuentas?

—Porque necesito que entienda que estamos comprobando la relación comercial.

—Era más estrecha.

—Eso parece.

Adela pensó en Maruja.

En los recortes.

Piezas irrepetibles.

En las fotografías comerciales.

Tres golondrinas idénticas.

—Vendían réplicas.

—Eso sigue sin estar demostrado.

—La pieza actual coincide hasta en un defecto con otras fotografiadas hace años.

—Eso demuestra que hay piezas repetidas.

—Que se anunciaban como únicas.

—Sí.

Adela caminó hasta la ventana.

Lluvia otra vez.

—Fabián trae una de vuelta.

Darío no respondió.

—Samuel lo cita durante la demostración.

—No sabemos quién citó a quién.

—La acreditación está hecha con su papel.

—Probablemente.

—Con las tijeras que tenía él.

—Probablemente.

—Prepara la interrupción.

—Posiblemente.

Adela se volvió.

—Te gusta esa palabra.

—Muchísimo.

—Discuten en el depósito.

—Eso aún no lo sabemos.

—Fabián trae una réplica. Samuel…

Se detuvo.

La imagen apareció completa.

No como una sospecha.

Como una secuencia.

Samuel tenía la pieza original expuesta.

Fabián llegaba con una réplica.

La original desaparecía.

La réplica ocupaba su lugar.

Fragmentos azules aparecían en la caja de descartes.

Adela sintió una presión en el pecho.

—La golpeó con la golondrina.

Darío la miró.

No dijo que sí.

Tampoco dijo que no.

—La original —continuó Adela—. La pieza de Maruja.

Miró hacia el corredor.

—Se rompe.

—No sabemos que el fragmento que vio pertenezca a esa pieza.

La frase cortó la secuencia.

Adela cerró la boca.

Darío tenía razón.

Odiaba que aquello ocurriera tantas veces.

—Solo vi un trozo azul.

—Sí.

—Podía ser cualquier pieza rota.

—Sí.

—Y la caja contenía descartes viejos.

—Sí.

Adela se sentó.

Tenían el mecanismo.

Tenían oportunidad.

Tenían mentira.

Tenían una relación comercial oculta.

Pero faltaba la conexión física.

La golondrina original podía haber desaparecido antes.

Podía estar en cualquier lugar.

El fragmento azul podía pertenecer a un plato.

A un cuenco.

A una pieza de cualquier taller.

—Necesitamos identificarla.

Darío asintió.

—Eso sería útil.

—La fotografía no basta.

—No.

—Necesitamos algo que solo tuviera la original.

—Exactamente.

Adela pensó.

Marcas del modelado.

Cola inclinada.

Esmalte.

Todo visible en imágenes.

Pero un fragmento no necesariamente conservaría ninguna de esas características.

—Una firma.

Darío levantó la cabeza.

—¿Estaba firmada?

Adela abrió la boca.

No sabía.

Maruja.

La primera serie.

Aurelia.

Algo se movió en la memoria.

No una frase.

Una etiqueta.

En casa.

Entre las cajas que todavía no había abierto.

Aurelia había organizado recuerdos de manera absurda, pero no completamente aleatoria.

FERIA 1998.

Adela se levantó.

—Tengo que irme.

Darío frunció el ceño.

—¿Adónde?

—A casa.

—¿Por qué?

—Creo que mi tía guardó algo.

—¿Qué?

—No lo sé.

—Adela.

—No lo sé de verdad.

Cogió el bolso.

Darío se puso de pie.

—Si encuentra cualquier cosa relacionada con el caso, me llama antes de llevársela a nadie.

Adela se detuvo.

—Te llamaré.

—Antes.

—Sí.

—No después.

—He entendido.

Ramiro, desde la esquina, sonrió.

—No tienes pruebas de eso.

Adela lo señaló.

—Tú no ayudes.

Encontró la caja a las dos y nueve.

No estaba donde la recordaba.

Eso la obligó a abrir otras cuatro.

FOTOS — VERANO.

No.

PAPELES DE LA ASOCIACIÓN — QUIZÁ REPETIDOS.

No.

FERIAS / COSAS VIEJAS.

Casi.

La quinta estaba debajo de una manta en el dormitorio pequeño.

La letra de Aurelia decía:

FERIA 1998 — CERÁMICA.

Adela se sentó en el suelo.

Percance apareció inmediatamente.

—Tú fuera.

El gato metió la cabeza en la caja.

—Percance.

Lo apartó.

Dentro había programas antiguos.

Fotografías.

Folletos.

Una libreta de tapas verdes.

Un pequeño catálogo grapado.

Adela fue sacándolo todo despacio.

La feria de 1998 se había celebrado en la plaza, mucho antes de que la Escuela Vieja se convirtiera en Casa de Cultura.

Había fotografías de puestos.

Mujeres vendiendo bordados.

Niños pintando.

Un Ramiro treinta años más joven sosteniendo un micrófono con cara de arrepentirse de haber aceptado hacerlo.

Adela sonrió.

Después encontró a Maruja.

Estaba detrás de una mesa llena de cerámica.

Más joven que en los recortes.

Sonreía.

En una mano sostenía una golondrina azul.

Adela acercó la fotografía a la ventana.

La cola.

Inclinada.

Un ala ligeramente más baja.

Era la misma.

Dio la vuelta a la foto.

La letra de Aurelia.

Maruja Coterón. Primera feria de oficios. La golondrina que no quiso vender.

Debajo, otra frase.

Primera pieza. Firmada bajo la base.

Adela dejó de respirar.

—Percance.

El gato estaba intentando subirse a la caja.

—Ni lo pienses.

Cogió el móvil.

Fotografió anverso y reverso.

Llamó a Darío.

Respondió inmediatamente.

—¿Qué ha encontrado?

—La original estaba firmada.

Silencio.

—¿Está segura?

—Tengo una fotografía de Maruja sosteniéndola. Aurelia escribió detrás: “Primera pieza. Firmada bajo la base”.

—No toque nada más de esa caja.

—Son fotografías familiares.

—Adela.

—Vale.

Miró otra vez la imagen.

Si algún fragmento conservaba parte de la base…

No necesitaban demostrar solamente que una golondrina se había roto.

Podían demostrar cuál.

Darío habló:

—Voy para allí.

—Te envío las fotos.

—Hágalo.

Adela no colgó todavía.

—Darío.

—¿Sí?

—Tenías razón.

El silencio fue sospechosamente largo.

—Repita eso.

—No abuses.

—Quiero asegurarme de que no ha habido interferencias.

—La fotografía sola no resuelve el caso.

—No.

—Necesitábamos algo identificable.

—Sí.

Adela miró la pared del comedor.

Las tarjetas seguían allí.

Personas.

Lugares.

Horarios.

Todos aquellos cuadrados habían servido para encontrar una grieta.

Pero no habían bastado.

Había tenido que escuchar a Vega.

A Candela.

A Ramiro.

Había tenido que aceptar que una mentira podía proteger vergüenza y no culpabilidad.

Que una lista podía registrar lo ocurrido sin explicar por qué.

—Te voy a enviar todo —dijo.

—¿Todo qué?

—Fotos. Horarios. Mis notas. La reconstrucción.

—Bien.

—Y puedes quedártelo.

Otra pausa.

—Eso ha sonado doloroso.

—Muchísimo.

—Está aprendiendo.

Adela colgó.

Recogió las tarjetas de la pared.

No porque ya no sirvieran.

Porque por primera vez desde el viernes no necesitaba tenerlas delante para comprender la secuencia.

Cuando terminó, solo quedó una.

La tarjeta blanca que había escrito aquella mañana.

18:41 — EL TORNO SE PARA.

Adela la observó.

Después miró la fotografía de Maruja.

La primera pieza.

Firmada bajo la base.

El álibi de Samuel ya no era un bloque.

La golondrina ya no era solo una pieza azul.

Y el fragmento que Percance había sacado de aquella caja podía dejar de ser basura.

Si todavía estaba allí, tenía un nombre.