Una acreditación para un cadáver (Los misterios de Brañaclara 1) CAPÍTULO 7 — EL HORARIO IMPOSIBLE
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CAPÍTULO 7 — EL HORARIO IMPOSIBLE

A las ocho y veintidós de la mañana del lunes, Adela había convertido la pared del comedor en un delito contra la decoración.

Había pegado doce tarjetas de colores con cinta de pintor.

Azules para personas.

Amarillas para lugares.

Blancas para hechos confirmados.

Rojas para contradicciones.

No había comprado las tarjetas para aquello.

Formaban parte de un paquete que había llevado desde Madrid para organizar el contenido de la casa de Aurelia.

Adela contempló la pared.

Luego el paquete.

Luego a Percance.

—No son juguetes.

Percance estaba sentado sobre la mesa.

—Lo digo antes.

El gato se lamió una pata.

Adela colocó la última tarjeta.

18:18 — FABIÁN ENTRA POR LA PUERTA LATERAL.

Debajo:

18:24 — VEGA HABLA CON FABIÁN.

18:31 — VEGA SE MARCHA.

18:30 — SAMUEL EMPIEZA LA DEMOSTRACIÓN.

Adela se detuvo.

Había escrito aquellas horas tantas veces que empezaban a perder significado.

Continuó.

18:41 — EL TORNO SE PARA.

18:42 — ADELANTO REGISTRADO EN HOJA DE INCIDENCIAS.

Arrugó la frente.

Adelanto.

Arrancó la tarjeta.

—No.

Percance levantó la cabeza.

Adela escribió otra.

18:42 — INTERRUPCIÓN REGISTRADA.

La pegó.

Después:

18:56 — SAMUEL REGRESA.

18:59 — VUELVEN PARTICIPANTES.

19:36 — PERCANCE TIRA LA CAJA DE DESCARTES.

19:39 — CUERPO ENCONTRADO.

Retrocedió.

En otra columna había colocado las personas.

CANDELA — BORDADO.

VEGA — PATIO.

RAMIRO — ARCHIVO.

ELOÍSA — ?

SAMUEL — DEMOSTRACIÓN.

La última tarjeta era la que le molestaba.

No porque fuera falsa.

Porque era demasiado grande.

Una sola palabra cubría casi media hora.

Demostración.

Adela cogió un rotulador.

Debajo añadió:

18:30–?

Se quedó mirando el signo de interrogación.

Percance saltó al suelo.

—Ni se te ocurra.

El gato se acercó a la pared.

—Percance.

Levantó una pata.

—No.

Tocó la tarjeta de Samuel.

La cinta cedió.

La tarjeta cayó.

—Perfecto.

Percance salió corriendo con la dignidad de alguien injustamente acusado.

Adela se agachó.

La tarjeta había caído sobre otra.

18:41 — EL TORNO SE PARA.

Adela la recogió.

Y se quedó inmóvil.

La demostración no había durado de las seis y media a las siete.

Había empezado a las seis y media.

Eso era distinto.

Todos hablaban de ella como si hubiera sido un bloque.

Samuel estaba dando la demostración.

Samuel estaba con nueve personas.

Samuel tenía un álibi.

Pero Adela había estado allí.

Había visto salir al grupo.

Había visto el aula vacía.

Había buscado a Samuel.

Y no lo había encontrado.

Cogió el móvil.

Darío respondió al cuarto tono.

—Dígame.

—El álibi de Samuel no existe.

Silencio.

—Buenos días a usted también.

—Buenos días. No existe.

—Eso es una afirmación bastante grande para las ocho y media.

—No es continuo.

—Ya sabemos que hubo una interrupción.

—Sí, pero seguimos hablando de la demostración como si la interrupción formara parte de ella.

—Adela.

—Escúchame.

Silencio.

—Le escucho.

—Nueve personas vieron empezar a Samuel a las seis y media. El torno se para a las seis cuarenta y uno. Él manda al grupo fuera. A partir de ese momento, ¿quién lo ve?

Darío no respondió.

—Yo entro en el aula a las seis cincuenta y tres y está vacía.

—Eso ya consta.

—Y no encuentro a Samuel hasta después.

—También consta.

—Entonces el álibi no es “Samuel estaba dando una demostración”. El álibi es “Samuel empezó una demostración, la interrumpió y luego volvió”.

Pausa.

—¿Dónde está ahora?

—En casa.

—No toque nada.

Adela miró la pared.

—Son tarjetas.

—No me refería a las tarjetas.

—Entonces especifique.

Darío suspiró.

—Voy hacia Brañaclara.

—¿Por esto?

—Por esto y porque necesito volver a hablar con algunas personas.

—Puedo…

—No.

—No sabes qué iba a decir.

—Sí.

Colgó.

Adela miró el teléfono.

Percance regresó y se sentó bajo la tarjeta de Samuel.

—Ha dicho que vienes conmigo.

El gato maulló.

—Exactamente.

El primer participante de la demostración se llamaba Tomás Escobedo y tenía setenta años.

Adela no lo recordaba hasta que lo vio entrar en el bar de la plaza.

—El de la barba —dijo.

Darío la miró.

—¿Qué?

—Fue quien me dijo que el torno se había parado.

—No haga las preguntas.

—No iba a hacerlas.

Darío sostuvo su mirada.

Adela abrió las manos.

—Lo prometo.

Tomás se sentó con un café.

Darío había pedido hablar de nuevo con cuatro de las personas que habían asistido a la demostración.

Por separado.

Adela estaba allí únicamente porque su hoja de incidencias y el programa servían para precisar qué había ocurrido en cada momento.

Darío empezó.

—¿Recuerda cuándo comenzó la demostración?

—A las seis y media.

—¿Seguro?

—Estábamos citados a esa hora.

—¿Miró el reloj?

Tomás pensó.

—No.

Darío señaló a Adela.

—Ella registró el inicio a las seis y media.

Tomás asintió.

—Pues eso.

—¿Cuánto duró?

—Media hora, más o menos.

Adela apretó los labios.

Darío la vio.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso ha sido un “nada” muy visible.

Tomás miró de uno a otro.

—¿He dicho algo mal?

Darío respondió:

—No. ¿La demostración fue continua?

Tomás frunció el ceño.

—¿Cómo?

—¿Estuvo usted delante del torno todo el tiempo?

—Bueno… no.

—Cuéntemelo.

—Se averió.

—¿A qué hora?

—Ni idea.

—¿Qué hizo Samuel?

—Nos dijo que fuéramos a ver otras cosas mientras lo arreglaba.

—¿Usted se quedó?

—No.

—¿Alguien?

Tomás pensó.

—No creo.

—¿Vio a Samuel durante la reparación?

—Cuando volvimos.

—¿Antes?

—No.

Darío hizo una marca.

La segunda participante era una mujer llamada Pilar Lanza.

Dijo prácticamente lo mismo.

La tercera recordaba que dos personas se habían quedado unos minutos hablando en el corredor, pero ninguna podía afirmar haber visto a Samuel.

La cuarta fue más útil.

Gonzalo Valcera, cuarenta y tantos años, mecánico agrícola, había observado el torno con interés.

—No estaba roto —dijo.

Adela levantó los ojos.

Darío se inclinó.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque al volver estaba funcionando.

—Eso no demuestra que no estuviera roto.

—No. Lo demuestra lo que hizo.

—Explíquese.

Gonzalo puso las manos sobre la mesa.

—La correa se había salido.

—¿La vio?

—Cuando volvimos, sí.

—¿Y antes?

—Samuel dijo que era la correa.

—¿Le vio repararla?

—Al final.

Darío esperó.

—Metió la correa otra vez en la polea y giró la rueda con la mano.

Adela dejó de respirar.

—¿Herramientas?

Darío la miró.

Adela levantó una mano.

—Perdón.

Él repitió:

—¿Utilizó herramientas?

—No.

—¿Trajo una correa nueva?

—No.

—¿Desmontó algo?

—No.

Gonzalo negó.

—Por eso me acuerdo. Pensé que habíamos salido para nada.

Darío escribió.

Adela recordó.

¿Herramientas?

Está aquí todo.

Luego:

Buscando una correa de repuesto.

Y después:

No hacía falta. La he recolocado.

Las frases se alinearon solas.

Cuando Gonzalo salió, Adela habló.

—La preparó.

Darío cerró el cuaderno.

—Es una posibilidad.

—La correa no se rompió.

—Ya lo sabemos.

—Podía sacarla antes.

—Es lo que vamos a comprobar.

—Entonces…

—Adela.

—¿Qué?

—Cinco minutos sin llegar a una conclusión.

—Eso es muchísimo tiempo.

—Inténtelo.

El torno estaba en el aula tres.

Samuel no.

La Guardia Civil había pedido que no fuera citado aquella mañana.

Darío se agachó junto a la máquina acompañado por otro agente y por un técnico que había trabajado años reparando maquinaria pequeña.

Adela permaneció detrás de la cinta.

—No se acerque.

—Estoy detrás de la cinta.

—Lo digo preventivamente.

El técnico movió la rueda.

Examinó la correa.

—No está rota.

—Eso ya lo sabemos —dijo Darío.

—Tampoco está especialmente gastada.

—¿Puede salirse sola?

El hombre levantó un hombro.

—Todo puede pasar.

Adela hizo un ruido involuntario.

Darío giró la cabeza.

—Nada.

El técnico continuó:

—Pero así colocada, con tensión normal, tendría que darse una combinación rara. Un tirón, algo mal alineado…

—¿Se puede quitar fácilmente?

—Sí.

Levantó una pequeña protección.

—Se destensa, se saca de aquí y ya está.

—¿Cuánto se tarda?

—Si sabes hacerlo, segundos.

Adela miró a Darío.

No dijo nada.

Darío la miró.

—Puede hablar.

—Gracias.

Señaló la máquina.

—Samuel prepara la avería antes de empezar.

—Es una hipótesis.

—A las seis cuarenta y uno la correa sale. Todo el mundo abandona la sala. Él tiene una razón perfecta para quedarse solo.

Darío no respondió.

—Después desaparece.

—Sí.

—Vuelve a las seis cincuenta y seis.

—Sí.

—Y la muerte se sitúa entre las seis cuarenta y las siete.

—Sí.

Adela abrió las manos.

—¿Cuántos “sí” hacen falta antes de que deje de ser una hipótesis?

—Más de los que a usted le gustaría.

—Eso empieza a parecer una provocación.

—Es procedimiento.

El técnico fingió interesarse muchísimo por la polea.

Darío se levantó.

—Pero tiene razón en una cosa.

Adela esperó.

—El registro de la interrupción abre una ventana que los primeros testimonios estaban ocultando.

Adela no sonrió.

Quiso hacerlo.

No lo hizo.

—Mi hoja.

—Su hoja.

—La que Eloísa decía que parecía esperar una catástrofe.

—No se acostumbre.

—Demasiado tarde.

Eloísa apareció a las doce con una carpeta.

No la misma de siempre.

Aquella era azul, delgada y cerraba perfectamente.

Eso hizo que Adela desconfiara de ella de inmediato.

—¿Qué es?

Darío señaló la mesa.

—Déjela.

Eloísa lo hizo.

—El acuerdo.

Adela miró a Ramiro, que estaba junto a la ventana.

Él no pareció sorprendido.

Darío abrió la carpeta.

Leyó.

Pasó una página.

Otra.

—Aquí pone “cesión temporal de uso”.

Eloísa asintió.

—Seis años.

Adela la miró.

—Eso no es temporal en la vida de una asociación.

—Era renovable.

—Eso lo empeora.

—Adela.

—Lo siento.

No lo sentía.

Darío continuó.

—Sala del archivo, despacho contiguo y derecho preferente de uso del salón para cuatro actividades comerciales al año.

Ramiro soltó una risa breve.

—Patrocinio.

Eloísa lo miró.

—Necesitamos arreglar el tejado.

—Y para arreglarlo casi regalas media casa.

—No regalaba nada.

—Seis años.

—¡Tú no pagas las facturas!

Darío levantó una mano.

El silencio regresó.

—Señora Pando. ¿Por qué no entregó esto antes?

Eloísa apretó los labios.

—Porque pensé que parecería un motivo.

—Lo era.

Adela vio cómo la frase golpeaba.

Darío continuó:

—No necesariamente para matar a nadie. Sí para mentir.

Eloísa miró la carpeta.

—Fabián quería cambiar las condiciones.

—¿Cómo?

—Más espacio.

—¿Cuándo se lo dijo?

—El viernes.

—¿En la conversación que oyó Adela?

—Sí.

—¿Por eso discutieron?

—Sí.