CAPÍTULO 6 — LA GOLONDRINA REPETIDA #2
—Las dos cosas están resultando útiles.
Aquello era lo más parecido a una concesión que Adela esperaba recibir.
Vega encontró la fotografía a las doce y cuarenta y seis.
Estaban revisando material comercial de Aldaba Norte en el despacho.
Ramiro había llevado más recortes.
Darío había permitido que Vega consultara imágenes antiguas de su archivo digital mientras un agente permanecía en la sala.
—Espera.
Adela levantó la vista.
—¿Qué?
Vega giró la pantalla.
—Esta campaña.
Aparecía una estantería de Aldaba Norte.
Cerámica.
Cestas.
Textiles.
Y tres golondrinas azules.
Adela se acercó.
—Amplía.
Vega lo hizo.
Dos piezas estaban parcialmente ocultas.
La tercera aparecía de frente.
Adela miró la fotografía tomada aquella mañana en la Escuela Vieja.
Luego la comercial.
—Es la misma.
Vega negó.
—No puede ser la misma. Esta foto es de hace dos años.
Adela señaló bajo el ala.
—Ese punto.
Había un pequeño defecto oscuro en el esmalte.
Redondo.
Exactamente en el mismo lugar.
Vega abrió otra imagen de la campaña.
Otra tienda.
Otra golondrina.
Mismo punto.
Misma cola.
Misma posición de las alas.
—Joder.
Darío se acercó.
—¿Qué?
Vega mostró las fotos.
—Se vendían como piezas únicas.
Adela recordó el recorte de Ramiro.
Piezas irrepetibles.
—Y estas no son simplemente parecidas.
Amplió ambas imágenes.
—Son idénticas.
Vega abrió los archivos originales de las dos campañas y comprobó las fechas. No eran dos copias de una misma fotografía: una se había tomado en Santander; la otra, meses después, en otro establecimiento.
Adela pidió ampliar las bases.
En ambas aparecía el mismo mínimo desnivel en el borde y el mismo punto oscuro bajo el ala.
—Eso ya no es una familia de piezas parecidas —dijo.
Darío acercó la silla.
—Tampoco demuestra por sí solo cómo se fabricaron.
—Pero sí que la promesa de que cada una era irrepetible no se sostiene.
Vega asintió.
Por primera vez, la palabra «única» dejó de parecer publicidad exagerada y empezó a comportarse como una afirmación comprobable.
Si dos objetos conservaban los mismos defectos en los mismos lugares, alguien había repetido un proceso que Maruja había convertido precisamente en lo contrario: la imposibilidad de repetir.
Darío miró durante varios segundos.
—Podrían venir del mismo molde.
Vega asintió.
—O de producción industrial.
Adela volvió a observar la pieza actual.
Ahora lo veía.
No era solo que aquella golondrina fuera demasiado perfecta.
Era demasiado repetible.
—Fabián llevaba una caja cuando entró —dijo.
Darío no respondió.
—Y ahora existe una golondrina idéntica a otras vendidas por Aldaba Norte.
—Adela.
—No estoy concluyendo.
—Está a punto.
—Estoy ordenando.
Vega sonrió.
Darío la ignoró.
—Necesitamos saber de dónde salió esa pieza.
—Samuel dijo que era suya —dijo Adela.
—Samuel ha dicho varias cosas.
La frase quedó flotando.
Candela llegó poco después de la una.
No parecía contenta.
—Me han vuelto a llamar.
—Lo siento —dijo Adela.
—No es culpa tuya.
—Un poco sí.
Candela la miró.
—¿Por qué?
Adela señaló la silla.
—Porque dije que tus tijeras importaban.
—Mis tijeras siempre importan.
Darío entró detrás.
—Señora Rábago.
Candela suspiró.
—Ya sé. Sentada.
Se sentó.
Darío colocó una fotografía de la acreditación de Fabián sobre la mesa.
No era la pieza original.
Solo una imagen ampliada.
Adela vio el reverso por primera vez con claridad.
Había una línea azul parcial.
Y una curva de tinta junto al borde.
—¿Reconoce algo? —preguntó Darío.
Candela acercó la fotografía.
—El corte sí. Lo hicieron con mis tijeras.
—¿Está segura?
—Llevo treinta años cortando papel con esas tijeras.
Adela consideró que aquello era una especialidad demasiado concreta para discutir.
—¿Cuándo fue la última vez que las vio?
Candela pensó.
—Se las reclamé después de las siete. Dijo que luego.
Adela recordó aquella protesta junto al aula de cerámica.
Samuel había conservado las tijeras durante la demostración y Candela ya había dicho la noche del crimen que no volvió a tenerlas en sus manos.
—¿No se las devolvió después?
—No.
—¿Y la Guardia Civil?
Darío respondió antes que ella.
—Las encontró en el aula de cerámica.
—¿Viste a Fabián? —preguntó Adela.
Candela cerró los ojos.
Darío la miró.
Adela levantó las manos.
—Lo siento.
—Ya que estamos —dijo Candela—, sí.
Adela se quedó quieta.
—Lo vi.
—Pero dijiste…
—Mentí.
No parecía orgullosa.
—¿Hablaste con él?
—No.
—¿Por qué mentiste?
Candela miró a Darío.
—Porque le había escrito todas esas barbaridades y pensé que, si admitía que lo había visto, parecería que fui detrás de él.
—¿Fuiste?
—No.
—¿Querías?
—Sí.
Aquello sonó dolorosamente sincero.
—Lo vi cruzar el salón y pensé: ahora. Voy y le digo a la cara todo lo que llevo años pensando.
—¿Y?
—No pude.
Candela miró sus manos.
—Mi madre llevaba muerta once años y, de repente, me pareció ridículo estar a punto de pelear por un dibujo con un hombre que ni siquiera iba a recordar su nombre.
Adela no dijo nada.
Candela continuó:
—Luego empezó la demostración y me quedé con el grupo.
Darío asintió.
—La retransmisión la sitúa allí durante el intervalo relevante.
Candela miró a Adela.
—¿Ves?
Adela sintió vergüenza.
—Sí.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La misma de ayer.
Adela respiró.
—Ayer te metí demasiado rápido en una casilla.
Candela arqueó las cejas.
—Eso ha sonado casi como una disculpa.
—Era una disculpa.
—Voy a apuntar la fecha.
—No exageres.
Candela sonrió.
Darío deslizó de nuevo la fotografía de la acreditación.
—Hay otra cosa.
Señaló el reverso.
—¿Reconoce la impresión?
Candela acercó los ojos.
—No.
Vega se aproximó desde el ordenador.
—Espera.
Darío la miró.
—¿Qué?
Vega tomó la fotografía.
—La línea azul.
Miró la pantalla.
Después la imagen.
Abrió una de las fotografías del viernes.
Samuel frente a la impresora.
Hojas de prueba.
Rectángulos azules.
GOLONDRINAS DE LA brAÑA.
Vega amplió.
—Aquí.
Adela sintió un escalofrío.
La línea.
La curva.
El margen.
No era suficiente para leer el texto completo.
Pero el diseño era reconocible.
—Los carteles de precio —dijo.
Darío miró a Vega.
—¿Está segura?
—Los diseñé yo hace meses.
Señaló la línea.
—Este azul. Y esa curva puede ser la G del logotipo.
Adela recordó a Samuel junto a la impresora.
Las hojas descartadas.
No tires eso en la papelera.
La acreditación falsa había sido impresa en el reverso de una de ellas.
La prueba había estado delante de ella.
Literalmente.
Darío cogió la fotografía.
—Samuel tuvo acceso a la impresora.
—Y a las tijeras —dijo Candela.
Nadie respondió.
Ya no hacía falta.
A las tres y diez, Adela regresó a casa.
Percance la esperaba en la cocina.
Había tirado un rollo de cinta adhesiva.
Solo uno.
Adela lo miró.
—Por una vez, agradezco que no hayas destruido ninguna prueba.
El gato tocó el rollo con la pata.
Rodó por el suelo.
—No era una invitación.
Se sentó a la mesa.
Extendió una hoja.
No porque necesitara una lista.
Porque necesitaba ver las cosas juntas.
Escribió:
Fabián entra con una caja.
Debajo:
La pieza original estaba intacta antes de la apertura.
Después:
La pieza actual no es la fotografiada.
Y:
La pieza actual coincide con otras golondrinas vendidas por Aldaba Norte.
Otra línea.
Samuel imprimió tarjetas y tuvo las tijeras de Candela.
Otra.
La acreditación falsa está hecha sobre una hoja de prueba de esas tarjetas.
Se detuvo.
Samuel.
El nombre empezaba a aparecer demasiado.
Impresora.
Tijeras.
Cerámica.
Pieza sustituida.
Pero también había un problema.
—Motivo —dijo en voz alta.
Percance la miró.
—No sabemos el motivo.
Y otro.
Samuel parecía tener el mejor álibi de todos.
Nueve personas.
Una demostración.
Un torno.
Un grupo entero dispuesto a recordar que él había estado allí.
Adela miró la hoja.
Había aprendido algo durante los últimos dos días.
No bastaba con que muchas pistas señalaran a una persona.
También tenían que formar una historia posible.
Y todavía faltaba una parte.
Miró las dos primeras líneas.
La caja.
La golondrina.
Luego escribió despacio:
Fabián trajo una golondrina.
Se quedó mirando la frase.
Debajo añadió:
Samuel necesitaba que nadie notara que otra había desaparecido.
Percance saltó sobre la mesa y puso una pata sobre la segunda línea.
—Exacto —dijo Adela.
El gato empujó el bolígrafo.
Adela lo cogió antes de que cayera.
—No te acostumbres.
Volvió a mirar las dos frases.
Por primera vez desde el asesinato, el problema ya no parecía una colección de secretos alrededor de una víctima.
Empezaba a parecer un mecanismo.
Y los mecanismos, a diferencia de las personas, siempre dejaban algún punto donde habían sido forzados.