CAPÍTULO 6 — LA GOLONDRINA REPETIDA
A las diez y tres de la mañana del domingo, Adela descubrió que una cosa podía estar perfectamente inventariada y seguir siendo falsa.
Darío la esperaba en la entrada de la Escuela Vieja.
—Tres minutos tarde.
Adela miró el reloj.
—Dos.
—Tres según el mío.
—Entonces su reloj está mal.
Darío abrió la puerta.
—Buenos días.
—Buenos días.
La Casa de Cultura seguía cerrada al público.
El vestíbulo estaba casi vacío. Las mesas continuaban en sus sitios, pero faltaba la gente que convertía aquel edificio en algo más que una suma de salas.
Adela sintió una incomodidad extraña.
La Escuela Vieja sin conversaciones parecía más antigua.
Más escuela.
Menos casa.
Darío le entregó un par de guantes.
—No son para tocar pruebas.
—Eso parece contradictorio.
—Son para que pueda mover material de la asociación cuando se lo indique un agente.
—¿Y si no me indica nada?
—No toca nada.
—Empieza a repetirse.
—Porque funciona.
Adela se puso los guantes.
Vega estaba en el salón principal, junto a una agente.
Había recuperado su cámara.
—Buenos días —dijo.
—¿Te han dejado traerla?
—Solo para enseñar originales. No para improvisar una sesión.
Miró a Darío.
—Lo ha repetido cuatro veces.
—Cinco —dijo él.
Adela dejó el bolso sobre una silla.
—¿Qué tenemos que identificar?
Darío señaló varias mesas.
—Objetos que pertenecen a la asociación, cosas personales y material de exposición. Cuanto antes sepamos qué puede devolverse y qué no, mejor.
Adela asintió.
—¿Cerámica?
—También.
No preguntó nada más.
Eso le costó.
La primera hora fue aburrida.
Adela lo agradeció.
Manteles.
Carpetas.
Cajas.
Regletas.
Un proyector.
Tres marcos.
Una cesta de herramientas que pertenecía al grupo de jardinería.
Cuatro lámparas de fotografía.
Dos jarras que nadie quería reconocer como propias.
—Asociación —dijo Eloísa al llegar.
—¿Segura?
—Sí.
—¿Por qué tenemos dos jarras idénticas?
—Una la regaló el ayuntamiento.
—¿Y la otra?
Eloísa observó ambas.
—Ahora no estoy segura.
Adela escribió una nota.
Darío la miró.
—¿Qué ha puesto?
—“No devolver hasta que alguien recuerde su historia”.
—Eso no es un procedimiento oficial.
—Es más claro que “pendiente”.
Eloísa empezó a decir algo.
Adela levantó una mano.
—No.
—Ni siquiera sabes qué iba a decir.
—Si empezaba por “ya veremos”, no necesito saberlo.
Vega rió.
Darío fingió no escuchar.
A las once y diecisiete llegaron al aula de cerámica.
La puerta tenía una cinta oficial.
Un agente la retiró después de comprobar algo con Darío.
Adela se quedó en el umbral.
La sala parecía casi igual que dos noches antes.
Aquello era lo inquietante.
Las piezas seguían sobre las mesas.
El torno estaba quieto.
Las tarjetas de precio permanecían delante de los trabajos.
El pequeño pedestal con la golondrina azul continuaba junto a la pared.
Adela dejó de caminar.
Vega siguió dos pasos más.
—¿Qué?
Adela señaló.
—La golondrina.
—Sigue ahí.
—Sí.
Darío miró a ambas.
—¿Qué pasa?
Adela sacó el móvil.
—Tengo las fotos de antes de la apertura.
—Enséñemelas.
Abrió la imagen general.
Después amplió.
La pieza original.
Cola ligeramente inclinada hacia la izquierda.
Una de las alas más baja.
Esmalte irregular.
Miró la pieza sobre el pedestal.
Desde aquella distancia parecía idéntica.
Adela avanzó.
Darío levantó una mano.
—Sin tocar.
—No voy a tocarla.
Se inclinó.
La diferencia era pequeña.
No habría sabido verla dos días antes.
Ahora sí.
—Está mal.
Vega se acercó.
—¿Qué?
—La pieza.
—¿Está rota?
—No.
Adela sostuvo el móvil junto a su cara.
Imagen.
Objeto.
Imagen.
Objeto.
—Mira la cola.
Vega observó.
—Aquí se inclina.
—Sí.
Señaló la pieza física.
—Y aquí no.
Vega tardó un segundo.
—Hostia.
Darío se acercó.
—Explíquense sin tocar nada.
Adela amplió la fotografía.
—La pieza que fotografié el viernes tenía la cola desviada hacia la izquierda. Esta es casi simétrica.
—¿Podría ser el ángulo?
—No.
Cambió a otra fotografía.
—Esta la hice desde más arriba.
Otra.
—Y esta desde el lado derecho.
Vega cogió su cámara.
—Yo también tengo fotos.
Darío la miró.
—Enséñelas.
Vega buscó.
Una imagen.
Otra.
Otra.
—Aquí.
Mostró una fotografía tomada poco antes de la apertura.
La golondrina original aparecía de perfil.
La diferencia era aún más clara.
Una de las alas caía levemente.
La pieza sobre el pedestal tenía las alas casi al mismo nivel.
Darío observó el objeto.
—¿Podría haberse reparado?
Adela negó.
—Eso no arregla una asimetría de fabricación.
Vega señaló el esmalte.
—Y el color.
—¿Qué pasa con él?
—La de la foto tiene variaciones.
Amplió.
Una zona más clara en el pecho.
Una sombra irregular bajo el ala.
La pieza actual tenía un acabado mucho más homogéneo.
Adela sintió la misma incomodidad del día anterior.
Demasiado correcta.
—No es la misma.
Darío no respondió inmediatamente.
Llamó al agente.
Dijo algo en voz baja.
La sala dejó de ser un lugar de inventario.
Volvía a ser una escena.
Adela miró el pedestal.
La pieza catorce.
La muestra sin expositor.
La pieza que nadie consideraba importante.
—¿Quién podía cambiarla? —preguntó Vega.
Darío miró a Adela.
—Eso es una pregunta para nosotros.
—Era retórica —dijo Adela.
—No parecía.
—Estoy trabajando en ello.
El sargento dio instrucciones al agente y luego las condujo fuera del aula.
—A partir de ahora, nada de esa sala se devuelve.
Eloísa, que esperaba en el pasillo, palideció.
—¿Qué ocurre?
—Todavía no lo sé —dijo Darío.
Adela pensó que era irritante ver a otra persona utilizar correctamente aquella frase.
Darío no llamó a Samuel inmediatamente.
Primero hizo que Adela y Vega salieran del aula y se sentaran en el despacho, lejos de la pieza.
—Quiero las diferencias por escrito —dijo.
Adela lo miró con una aprobación que decidió no verbalizar.
—¿Sin volver a mirar la golondrina?
—Exactamente.
Vega dejó la cámara sobre la mesa. Adela abrió una hoja nueva y escribió tres líneas: «cola inclinada a la izquierda», «ala derecha ligeramente más baja», «variación clara en el pecho». Vega añadió una cuarta: «esmalte más oscuro bajo el cuello».
Solo después Darío permitió que compararan esas notas con las fotografías originales.
Las cuatro coincidían.
—Así descartamos que estemos inventando diferencias después de haber visto la pieza actual —dijo Adela.
—Así reducimos esa posibilidad —corrigió Darío.
—Algún día vas a decir una frase sin ponerle freno de mano.
—No en horario laboral.
Vega pasó a la imagen que había tomado desde el lateral. La cola torcida no dependía de la perspectiva. En otra fotografía, la pequeña caída de un ala proyectaba una sombra desigual sobre el pedestal. En la pieza que seguía dentro del aula, las sombras eran casi simétricas.
Adela apoyó el bolígrafo.
—No es una reparación. Es otra pieza.
Darío asintió, esta vez sin corregirla.
Pero tampoco permitió que aquella conclusión se convirtiera en una acusación.
—Cambiar un objeto sin anotarlo puede ser una irregularidad. Necesitamos saber cuándo, por qué y de dónde salió el sustituto.
Aquello le recordó a Adela por qué empezaba a respetarlo. Darío podía mirar una contradicción importante sin enamorarse de ella.
Ella todavía estaba aprendiendo.
Samuel llegó cuarenta minutos después.
Darío había pedido que fuera.
Adela no preguntó si era una citación formal.
Empezaba a aprender qué preguntas no obtendrían respuesta.
Samuel entró con el abrigo mojado.
Parecía cansado.
Cuando vio a Adela y Vega, sonrió.
—Otra reunión agradable.
Ninguna respondió.
Darío señaló una silla.
—Necesitamos aclarar algunas cosas de la exposición.
Samuel se sentó.
—Claro.
—La golondrina de su madre.
Algo cambió en su expresión.
Muy poco.
—¿Qué pasa con ella?
—La pieza que hay ahora en la mesa no coincide con las fotografías tomadas antes de la apertura.
Samuel miró a Adela.
—¿No coincide?
—No —dijo ella.
Darío no la corrigió.
—La cola —continuó Adela—. Las alas. El esmalte.
Samuel permaneció inmóvil.
Después soltó el aire.
—Ah.
Adela odiaba cada vez más aquella sílaba.
—¿“Ah” qué?
Darío la miró.
Adela cerró la boca.
Samuel se frotó las manos.
—La cambié.
Vega levantó la cabeza.
—¿Cuándo?
—El viernes.
—¿Por qué?
—Porque la otra se había dañado.
Adela sintió el golpe de la mentira antes incluso de comprenderla.
—¿Dañado cómo? —preguntó Darío.
Samuel miró hacia el corredor.
—Una esquina de la cola. Una lasca pequeña.
—¿Cómo ocurrió?
Samuel dudó.
—El gato.
Adela lo miró.
—No.
Darío giró la cabeza hacia ella.
—Déjele responder.
Samuel continuó:
—Percance se subió a la mesa durante el montaje. Tiró algunas cosas.
—No —repitió Adela.
Esta vez Darío no la interrumpió.
—¿Por qué no? —preguntó Samuel.
Adela sacó el móvil.
—Porque fotografié la pieza después.
—¿Después de qué?
—Después del momento en que dices que Percance la dañó.
Samuel frunció el ceño.
—No sabes a qué hora fue.
—Entonces dime tú a qué hora fue.
Silencio.
Darío intervino:
—Señor Coterón.
Samuel respiró.
—A primera hora de la tarde.
Adela buscó la foto.
—Catorce treinta y ocho.
Mostró la pantalla.
—Intacta.
Otra.
—Diecisiete doce.
Intacta.
Samuel miró la imagen.
—Entonces sería después.
—¿Cuándo?
—No lo sé.
—Yo sí sé cuándo estaba intacta.
Darío levantó una mano.
—Adela.
Ella se calló.
Samuel apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Quizá estoy confundiendo el momento.
—¿Y la pieza de sustitución? —preguntó Darío.
—Tenía otra.
—¿Otra qué?
—Una golondrina.
Adela se inclinó apenas.
—Pero Maruja nunca hacía dos iguales.
Samuel la miró.
—No era de mi madre.
—Entonces ¿de quién?
—Del taller.
—¿Tuya?
—Sí.
La respuesta llegó demasiado tarde.
Darío tomó nota.
—¿Por qué no notificó el cambio?
—Era una decoración.
Adela sintió que el viernes volvía entero.
Esa no cuenta.
Es una muestra.
Es decoración.
—Estaba inventariada —dijo.
Samuel sonrió sin humor.
—Todo estaba inventariado contigo.
—Precisamente.
Darío terminó la entrevista sin permitir que Adela hablara mucho más.
Samuel salió.
Cuando la puerta se cerró, Vega soltó el aire.
—Ha mentido.
Darío no respondió.
Adela sí.
—Sí.
El sargento la miró.
—Eso tendremos que establecer.
—Yo ya lo he establecido.
—Por eso yo llevo placa.
—Y por eso yo llevaba inventario.
Darío guardó el bolígrafo.