Una acreditación para un cadáver (Los misterios de Brañaclara 1) CAPÍTULO 5 — LA HIJA FUERA DEL ENCUADRE #2
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CAPÍTULO 5 — LA HIJA FUERA DEL ENCUADRE #2

LA TRADICIÓN CONTINÚA: SAMUEL COTERÓN MANTIENE VIVO EL TALLER FAMILIAR.

Adela leyó la fecha.

Ocho años atrás.

—¿Por qué tienes tanta información sobre Fabián?

Ramiro tardó demasiado en responder.

Adela levantó la vista.

—Ramiro.

—Ya empieza.

—¿Qué?

—La voz.

—¿Qué voz?

—La que utilizas cuando una respuesta no cabe en tu formulario.

Adela cerró la carpeta.

—No tengo ningún formulario.

Ramiro miró las tres etiquetas que había sobre la mesa.

—Metafóricamente.

—¿Por qué guardabas información sobre él?

Ramiro suspiró.

—Porque no me gustaba el acuerdo de Eloísa.

—¿Qué acuerdo?

—El que todavía pretende que nadie conozca.

Adela se quedó quieta.

—¿El patrocinio?

—No solo era patrocinio.

Aquello confirmó lo que había sospechado la noche anterior.

—¿Qué más?

Ramiro se quitó las gafas.

—Aldaba Norte iba a financiar parte de las obras de la Escuela Vieja.

—Eso parece útil.

—A cambio de usar una parte del edificio.

—¿Qué parte?

—La sala del archivo y una habitación contigua.

Adela entendió.

—Una tienda.

—Oficialmente, un espacio de promoción de artesanía local.

—Una tienda.

—Sí.

—¿Y el archivo?

—Trasladado.

—¿Dónde?

Ramiro sonrió sin humor.

—Esa era una de las muchas preguntas pendientes.

Adela pensó en las cajas que había visto transportar el día anterior.

—Quitaste documentos.

Ramiro no respondió.

—Te vi con cajas.

—Todo el mundo me vio con cajas.

—No todas eran para la exposición.

Silencio.

—No.

—¿Dónde están?

—Seguras.

—Ramiro.

—No he robado nada.

—Eso depende bastante de qué signifique “seguras”.

Ramiro volvió a ponerse las gafas.

—Libros de actas. Cuadernos. Fotografías. Documentación antigua de asociaciones que ya no existen.

—¿Los sacaste de la Escuela Vieja?

—Sí.

—Sin permiso.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque cada vez que preguntaba qué ocurriría con el archivo me decían que ya se decidiría.

Adela cerró los ojos un instante.

Ya se decidiría.

Otra frase diseñada para convertir un problema actual en trabajo futuro de otra persona.

—Eso no justifica que te lleves documentación.

—Lo sé.

La falta de defensa la desarmó.

Ramiro continuó:

—Pero tampoco iba a permitir que dentro de tres meses alguien descubriera que una caja había acabado en un almacén húmedo porque hacía falta sitio para vender cuencos a turistas.

Adela señaló la carpeta.

—¿Y Fabián lo sabía?

—Sabía que yo estaba en contra.

—¿Discutiste con él?

—Más de una vez.

—¿Ayer?

—No.

—¿Lo viste?

—De lejos.

—¿Dónde estabas cuando murió?

Ramiro arqueó una ceja.

Adela se detuvo.

—Eso sí ha parecido un interrogatorio.

—Muchísimo.

—Lo siento.

Ramiro sonrió.

—Estaba en el archivo con seis personas. Darío ya las ha interrogado de manera oficialmente permitida.

Adela se sentó.

—No estoy siendo muy buena con esto.

—¿Con qué?

—Con las personas.

—Nunca fue tu especialidad.

Ella lo miró.

—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos y ya estás siendo ofensivo.

—Es una señal de confianza.

Percance saltó sobre la mesa.

Adela lo bajó.

Ramiro miró alrededor.

—¿Cuántas cajas has hecho?

—Veintitrés.

—Aurelia estaría horrorizada.

—Aurelia creó una categoría llamada “cosas que quizá sean de baño”.

—Un sistema perfectamente comprensible.

Adela cogió una etiqueta.

Ramiro habló antes de que pudiera pegarla.

—No tienes que terminar la casa esta semana.

—Tengo seis semanas.

—Ya.

—¿Qué significa “ya”?

Ramiro señaló las cajas.

—Que llevas dos días aquí y has convertido el duelo en un proyecto de logística.

Adela no se movió.

La etiqueta quedó entre sus dedos.

—No estoy de duelo.

—Claro.

—Mi tía murió hace siete meses.

—Eso no es una respuesta.

Adela miró la caja.

Dentro había libretas de Aurelia, recibos, postales y un pañuelo doblado.

—Tenía que venir antes.

Ramiro no dijo nada.

—No pude.

—Tampoco he preguntado.

Aquello la irritó.

Precisamente porque era amable.

Adela dejó la etiqueta sobre la mesa.

—El café está en la cocina.

Ramiro se levantó.

—Eso ha sido casi una invitación.

—No exageres.

Mientras él preparaba café, Adela permaneció sentada.

No etiquetó nada durante ocho minutos.

Percance aprovechó para dormirse encima de la caja.

Esta vez Adela no lo movió.

Darío llamó a las dos y cuarto.

—¿Está en casa?

—Sí.

—Bien.

—Otra vez.

—¿Otra vez qué?

—“Bien”.

Hubo un breve silencio.

—Empiezo a pensar que tiene demasiado tiempo libre.

—Tengo veintitrés cajas.

—Retiro lo dicho.

Adela oyó papeles al otro lado.

—Tenemos una estimación inicial del intervalo de la muerte.

Se incorporó.

—¿Cuál?

—Entre las seis y cuarenta y las siete.

Adela miró inmediatamente el reloj de pared, como si las agujas pudieran regresar a la noche anterior.

18:40.

19:00.

—Samuel estaba con la demostración.

—Eso dicen los primeros testimonios.

Adela recordó el sonido del torno desapareciendo.

18:41.

Su propia nota a las 18:42.

Samuel arrodillado junto a la máquina.

Después el aula vacía.

18:53.

Samuel regresando.

18:56.

—El torno se paró.

—Lo sé.

—Lo anoté.

—También lo sé.

—Entonces no estuvo con la gente todo el tiempo.

—No he dicho que estuviera.

Adela guardó silencio.

Darío continuó:

—Lo que tenemos ahora son nueve personas que recuerdan una demostración, una avería y a Samuel reparando la máquina. La mayoría describe todo eso como una secuencia continua.

—Pero no lo fue.

—Eso tendremos que establecer.

Adela pensó en sus tarjetas de horario.

En la memoria colectiva de la plaza.

Samuel estaba dando la demostración.

Una frase limpia.

Cómoda.

Y quizá imprecisa.

—Vega está fuera —dijo Darío.

—¿Fuera de qué?

—De la franja relevante, en principio. Tenemos sus fotografías desde las seis y treinta y dos, dos personas que estuvieron con ella en el patio y bastante continuidad visual.

—Los metadatos pueden modificarse.

—Por eso he mencionado a dos personas.

Adela aceptó la corrección.

—Candela.

—Estamos comprobando la retransmisión completa.

—Ramiro estaba con visitantes en el archivo.

Pausa.

—Ha hablado con Ramiro.

Adela miró el techo.

—Él vino a mi casa.

—Todo el mundo viene a su casa.

—Empiezo a sospechar que Aurelia dejó instrucciones.

—No me sorprendería.

—No le interrogué.

—Claro.

—Me enseñó recortes.

—¿Sobre qué?

—Aldaba Norte. Y Maruja Coterón.

Adela miró la carpeta todavía abierta.

—Las golondrinas se anunciaban como piezas irrepetibles.

Al otro lado de la línea no hubo respuesta inmediata.

—Envíeme una foto del recorte —dijo Darío.

—¿Eso cuenta como colaborar con la investigación?

—Sí.

—Me gusta más que “no interrogue a nadie”.

—A mí también.

Antes de colgar, Darío añadió:

—Hay una cosa más.

—¿Qué?

—Necesito que mañana venga a identificar algunos objetos de la asociación. No tocarlos. Identificarlos.

—Entendido.

—He dicho “no tocarlos” porque ya nos conocemos.

—Nos conocemos desde ayer.

—Ha sido un día largo.

Colgó.

Adela dejó el móvil.

Después abrió la fotografía que había tomado de Fabián entrando.

La había revisado tantas veces que conocía casi todos sus elementos.

Paraguas.

Abrigo.

Acreditación blanca.

Caja acolchada.

Amplió la imagen.

La caja era rectangular, de unos treinta centímetros.

Vega había dicho que dentro había algo duro.

Adela pensó en la fotografía del artículo.

Maruja sujetando una golondrina.

Piezas irrepetibles.

Abrió otra imagen.

La que había tomado antes de la apertura.

Aula de cerámica.

Mesas.

Cuencos.

Jarras.

Trece participantes.

Catorce piezas.

La golondrina azul estaba sobre su pequeño pedestal.

Adela amplió.

Cola ligeramente inclinada.

Un ala más baja.

Esmalte irregular.

Volvió a la fotografía de Fabián.

Caja.

Regresó a la cerámica.

Golondrina.

No tenía sentido relacionarlas.

Todavía.

El móvil sonó otra vez.

Era Darío.

—Se me olvidaba una pregunta.

—Eso es preocupante en un investigador.

—La caja que llevaba Nates cuando entró.

Adela miró la pantalla.

—La estoy viendo ahora.

—¿Era de la asociación?

—No.

—¿Segura?

—Sí.

—En el depósito había una funda acolchada vacía del mismo tamaño. Necesitamos saber si pertenecía a algún material del encuentro.

Adela dejó de respirar durante un segundo.

—¿Vacía?

—Sí.

—¿No había nada dentro?

—Adela.

—Eso significa que no vas a responder.

—Está aprendiendo.

—La caja estaba llena cuando entró.

—¿Cómo lo sabe?

—Vega la tocó.

Silencio.

—¿Vega se lo ha contado?

—Ha venido esta mañana.

Otro silencio.

—No la interrogué.

—Eso empieza a sonar como algo que dice una persona que interroga muchísimo.

—Me dijo que al agarrar la caja notó un objeto duro dentro.

Darío no respondió de inmediato.

—Mañana —dijo finalmente—. Diez de la mañana.

—Estaré allí.

Colgó.

Adela permaneció con el móvil en la mano.

Percance saltó a la mesa.

—No.

El gato se sentó exactamente delante de la pantalla.

—Quítate.

Percance no se movió.

Adela lo desplazó veinte centímetros.

La fotografía de la cerámica apareció otra vez.

La golondrina azul.

La observó durante mucho tiempo.

Sabía que la había visto después.

Durante la demostración de Samuel.

Sobre el pedestal.

En su lugar.

Todo parecía correcto.

Eso debería haberla tranquilizado.

No lo hizo.

Amplió la imagen hasta que la golondrina ocupó casi toda la pantalla.

Había algo en aquella pieza que ahora le resultaba extraño.

No sabía qué.

No era una ausencia.

No era un daño.

No era algo fuera de sitio.

Era precisamente lo contrario.

Adela miró la imagen.

La golondrina estaba demasiado bien.

Demasiado centrada.

Demasiado limpia.

Demasiado correcta.

Y, por primera vez desde que había empezado a organizar Brañaclara, Adela se preguntó si una cosa podía estar exactamente en su sitio y, aun así, ser la equivocada.