Una acreditación para un cadáver (Los misterios de Brañaclara 1) CAPÍTULO 5 — LA HIJA FUERA DEL ENCUADRE
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CAPÍTULO 5 — LA HIJA FUERA DEL ENCUADRE

A las nueve y diez de la mañana del sábado, Adela había colocado siete etiquetas nuevas y arrancado cinco.

Consideraba aquello una mala estadística.

La sexta estaba pegada en una caja de cartón abierta sobre la mesa del comedor.

DOCUMENTOS AURELIA — REVISAR.

Adela la contempló durante unos segundos.

Después añadió debajo, con letra más pequeña:

NO URGENTE.

Percance apareció desde algún lugar de la casa, saltó a una silla y olfateó la esquina de la etiqueta.

—Ni se te ocurra.

El gato abrió la boca.

Adela retiró la caja justo antes de que consiguiera arrancar el papel con los dientes.

—No entiendo qué conflicto personal tienes con el adhesivo.

Percance se sentó.

—Ni pienso averiguarlo.

Había dormido cuatro horas.

Quizá cinco, si contaba como sueño el tiempo que había pasado tumbada con los ojos cerrados reconstruyendo una y otra vez la noche anterior.

Fabián entrando a las seis y dieciocho.

La caja acolchada.

Eloísa.

Vega.

El torno de Samuel.

El fragmento azul.

El cuerpo.

La acreditación blanca.

Candela mintiendo.

Vega intentando sacar sus fotografías del ordenador.

Y aquella imagen final en la pantalla.

La mano de Vega alrededor del brazo de Fabián.

La intimidad de la rabia.

Darío había terminado la entrevista poco después de medianoche y había pedido a Adela que se marchara.

No le había contado qué había dicho Vega.

Adela tampoco había preguntado.

Eso no significaba que no quisiera saberlo.

Significaba solamente que había comprendido que Darío Tezanos era perfectamente capaz de responder a una pregunta impertinente con un silencio de veinte minutos.

El timbre sonó.

Percance saltó de la silla.

—Tú no abres.

El gato corrió hacia el recibidor.

Adela llegó antes.

Vega estaba al otro lado de la puerta.

No llevaba cámara.

Adela tardó un segundo en reconocer qué resultaba extraño en ella.

—¿Puedo pasar?

Adela abrió.

Vega entró y miró a Percance.

—Por lo menos alguien parece haber dormido.

El gato se tumbó sobre el felpudo.

—No te fíes. Lleva una vida doble.

Vega sonrió apenas.

Adela señaló la cocina.

—Tengo café.

—Sí.

Aquello también era raro.

Vega no añadió ninguna ironía.

Adela preparó dos tazas.

No preguntó nada mientras lo hacía.

Había aprendido durante años de reuniones complicadas que el silencio era una herramienta infravalorada. Las personas lo confundían con un espacio que tenían obligación de llenar.

Vega sostuvo la taza entre las manos.

—Darío te habrá contado.

—No.

Vega levantó la vista.

—¿No?

—No.

—Pero viste la foto.

—Sí.

—Y estabas allí cuando preguntó.

—También.

Vega esperó.

Adela bebió café.

—¿No vas a preguntarme quién era?

—Si quieres decírmelo, me lo dirás.

—Eso no encaja contigo.

—¿Qué cosa?

—No hacer preguntas.

—Estoy haciendo un esfuerzo.

Vega miró hacia la mesa.

Las cajas.

Las etiquetas.

Un paquete de rotuladores alineados por grosor.

—Debe de dolerte.

Adela ignoró el comentario.

—Darío me pidió que no interrogara a nadie.

—¿Y esto no es un interrogatorio?

—Tú has venido a mi casa.

—Buena defensa.

—Gracias.

Vega respiró hondo.

—Era mi padre.

Adela dejó la taza.

No porque la revelación resultara completamente inesperada.

Porque las posibilidades que había imaginado la noche anterior no habían llegado tan lejos.

—Fabián.

—Sí.

Percance saltó sobre una silla vacía.

Vega le acarició la cabeza.

—Mi padre biológico.

Adela esperó.

—Mi madre trabajó unos años en Santander. Lo conoció allí. Él ya estaba casado.

—¿Fabián sabía que eras su hija?

Vega soltó una pequeña risa.

—Perfectamente.

—¿Y nunca te reconoció?

—No oficialmente.

La precisión de aquellas dos palabras contenía años enteros.

Vega miró hacia la ventana.

Fuera seguía lloviendo.

No mucho.

En Brañaclara parecía que la lluvia podía pasar días enteros sin decidir si quería empezar o terminar.

—Cuando yo era niña aparecía alguna vez —continuó Vega—. Muy pocas. Cumpleaños, algún verano. Luego empezó a ir mejor el negocio y las visitas se hicieron todavía menos frecuentes.

—¿Te ayudaba económicamente?

—A veces. Mi madre no quería depender de él.

—¿Nunca reclamó la paternidad?

—No.

—¿Por qué?

Vega giró la taza.

—Porque no quería pasar años en juzgados para conseguir que un hombre admitiera algo que los tres sabíamos.

Adela no respondió.

—Y porque pensaba que protegerme significaba que nadie en Brañaclara pudiera señalarme como la hija que un empresario casado había tenido fuera de su matrimonio.

—¿Funcionó?

Vega sonrió sin alegría.

—Estoy aquí con treinta años explicándolo después de que lo hayan encontrado muerto.

—Entonces no demasiado.

—No.

Percance intentó meter la cabeza dentro del bolso de Vega.

Ella lo apartó.

—Ayer fui yo quien le dijo que viniera.

Adela levantó ligeramente la cabeza.

La frase de Fabián regresó.

He venido porque me invitaste.

—¿Por qué?

—Por la exposición.

—¿Querías enseñársela?

Vega miró el café.

—Quería enseñarle una fotografía.

Adela esperó.

—Hace unos meses hice una serie sobre talleres de la comarca. Manos trabajando. Herramientas. Retratos. Aldaba Norte consiguió una de las imágenes porque Samuel se la mandó a Fabián.

—¿Sin preguntarte?

—Samuel creyó que estaba ayudando. Fabián decidió que podía utilizarla en una campaña.

—¿Cuál?

—“El norte hecho a mano”.

Vega pronunció el eslogan como si tuviera mal sabor.

—Mi fotografía iba a aparecer en tiendas, folletos y redes.

—¿Con tu nombre?

—En letra pequeña.

—Entonces sí te daba crédito.

—No es ese el problema.

Adela aceptó la corrección.

—No había dado permiso.

—Exacto.

Vega se inclinó hacia delante.

—Y estaba cansada. De que hiciera eso con todo. Con mi madre. Conmigo. Con la gente de aquí. Entraba en la vida de los demás, cogía lo que le convenía y luego actuaba como si habernos prestado atención fuera una forma de generosidad.

—¿Le pediste que retirara la fotografía?

—Sí.

—¿Aceptó?

—Me dijo que hablaríamos.

—Una respuesta magnífica para no comprometerse a nada.

—Por fin entiendes a mi familia.

Adela estuvo a punto de decir que aquello no era entender a una familia.

No lo hizo.

Vega siguió:

—Cuando vi que había venido con aquella caja, intentó marcharse antes de que termináramos de hablar.

Adela levantó la vista.

—¿La caja que llevaba al entrar?

—Sí.

—¿La tocaste?

Vega la miró con sorpresa.

—¿Cómo sabes…?

Se interrumpió.

—Darío me preguntó lo mismo.

Adela no dijo nada.

—Sí. La agarré.

—¿Por qué?

—Porque la tenía bajo el brazo y cuando se volvió para irse puse la mano encima. Le dije que no íbamos a terminar la conversación como siempre.

—¿La abriste?

—No.

—¿Sabías qué había dentro?

—No.

—¿Pesaba?

Vega frunció el ceño.

—Adela.

—No estoy interrogando.

—Estás haciendo exactamente lo mismo con una taza de café delante.

Adela cerró la boca.

Vega pensó.

—Había algo dentro. Algo duro. Se movió cuando tiré de la caja.

Adela sintió una pequeña tensión en el estómago.

—¿Cerámica?

—No lo sé.

—Vale.

—Y no vi nada.

—Vale.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de haber guardado la respuesta en alguna casilla.

Adela miró involuntariamente las cajas de Aurelia.

—Estoy intentando dejar de hacer eso.

—Te queda recorrido.

—Gracias.

—De nada.

Vega sonrió por primera vez de verdad.

Después la sonrisa desapareció.

—No lo maté.

Adela sostuvo su mirada.

—No he dicho que lo hicieras.

—Pero lo has pensado.

—He pensado que discutiste con él.

—Eso sí.

—Y que mentiste sobre vuestra relación.

—También.

—No son la misma cosa que matar a alguien.

Vega se quedó quieta.

Adela comprendió que aquella frase no era solo para ella.

La noche anterior había cometido el error contrario con Candela.

Mentira.

Motivo.

Materiales.

Casilla.

Había convertido demasiadas cosas en conclusiones antes de conocer la razón que había detrás.

—¿A qué hora saliste al patio? —preguntó.

Vega soltó el aire.

—Darío ya lo ha comprobado.

—Entonces no hace falta que respondas.

—A las seis y treinta y dos.

Adela recordó.

La había visto bajar a las seis y treinta y uno.

—Empecé a hacer fotos fuera casi inmediatamente. Hay gente conmigo.

—Lo sé.

—Y Fabián estaba vivo cuando lo dejé.

—También lo sé.

Vega miró su taza.

—Es extraño.

—¿Qué?

—Pasé años deseando que alguna vez fuera imposible ignorarme.

Adela no respondió.

—Y ahora soy una de las últimas personas que discutió con él.

Percance puso una pata encima de la muñeca de Vega.

Ella lo miró.

—Tú sí sabes elegir el momento.

Adela decidió no explicar que Percance elegía todos los momentos.

Ramiro llegó poco antes de las doce con una carpeta debajo del brazo.

Vega ya se había marchado.

—He pensado que esto te interesaría.

Adela observó la carpeta.

—Todo el mundo está desarrollando una idea muy peligrosa sobre mis intereses.

—Es tarde para impedirlo.

Entró.

Percance lo recibió con bastante más entusiasmo que a Adela aquella mañana.

—Traidor.

Ramiro dejó la carpeta sobre la mesa.

—Recortes.

—¿De qué?

—Aldaba Norte.

Adela abrió la primera funda.

Había artículos de periódicos comarcales, folletos antiguos y fotocopias de revistas.

—¿Guardas todo esto?

—Coordino el grupo de memoria.

—Eso no responde.

—Precisamente por eso.

Adela leyó un titular de hacía casi veinte años.

ALDABA NORTE LLEVA LA ARTESANÍA CÁNTAbrA A NUEVOS MERCADOS

En la fotografía aparecía un Fabián mucho más joven.

Sonreía junto a estanterías llenas de cerámica.

—Empezó con una tienda —explicó Ramiro—. Luego tres. Después puntos de venta en zonas turísticas.

Adela pasó otra página.

—Aquí está Samuel.

—Su madre.

Maruja Coterón aparecía delante de un pequeño taller.

Tenía las manos manchadas de barro y una golondrina entre los dedos.

El pie de foto decía:

Las piezas irrepetibles de Maruja Coterón, una de las señas de identidad del nuevo catálogo de Aldaba Norte.

Adela leyó otra vez.

—“Piezas irrepetibles”.

—Maruja odiaba hacer series.

—Candela me lo dijo.

—Cada golondrina era diferente.

Ramiro señaló la fotografía.

—Podían parecer iguales desde lejos. Pero no lo eran.

Adela pensó en la pieza azul.

La cola ligeramente torcida.

El ala más baja.

Las marcas del esmalte.

—¿Fabián trabajaba con ella directamente?

—Al principio.

—¿Y después?

—Después murió Maruja y siguió Samuel.

Ramiro pasó otro recorte.