Una acreditación para un cadáver (Los misterios de Brañaclara 1) CAPÍTULO 4 — UNA VÍCTIMA CON DEMASIADAS CITAS #2
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CAPÍTULO 4 — UNA VÍCTIMA CON DEMASIADAS CITAS #2

—¿Qué significa eso?

Candela miró hacia Adela.

—Vendía cosas.

—Eso ya lo sabemos.

—Vendía cosas de otros como si fueran suyas.

Darío permaneció quieto.

—Explíquese.

Candela apoyó las manos sobre las rodillas.

—Mi madre diseñaba bordados.

—¿Profesionalmente?

—No.

—Entonces…

—Que no cobrara no significa que no fueran suyos.

La voz había cambiado.

Adela la miró.

Candela continuó:

—Hace años, una empresa empezó a vender cojines y manteles con uno de sus diseños. Una rama de tejo con dos pájaros. Era exactamente igual.

—¿Aldaba Norte?

—Sí.

—¿Tiene pruebas?

—Fotos. Cuadernos. Fechas.

Darío anotó.

—¿Habló con Fabián?

—Muchas veces.

—¿Y qué decía?

Candela sonrió sin humor.

—Que esas cosas tradicionales no pertenecen a nadie.

—¿Y usted qué respondió?

—Muchas cosas.

Darío dejó el bolígrafo.

—¿Le escribió algo cuando supo que Fabián iba a volver a Brañaclara?

Candela dejó de moverse.

—Sí.

—¿Tiene el móvil?

Candela vaciló antes de sacarlo del bolsillo del delantal.

—Enséñeme la conversación, por favor.

—¿Tengo que hacerlo?

—Puede negarse. En ese caso, lo pediremos por la vía correspondiente.

Candela miró a Adela, desbloqueó el móvil y se lo entregó.

Darío leyó en silencio y luego levantó la vista.

—“Vas a pagar por cada puntada robada”.

Candela apretó la boca.

—Estaba enfadada.

—También escribió: “si vuelves a Brañaclara, no esperes que todos te reciban con café”.

—Eso no es una amenaza de muerte.

—No he dicho que lo sea.

—Pues parece que lo está diciendo.

—¿Sabía que venía esta noche?

Candela negó.

—Sabía que iba a volver al pueblo esta semana. No sabía que iba a presentarse en la feria.

Adela sintió algo desagradable.

No porque creyera que Candela había matado a Fabián.

Porque conocía demasiado bien la pequeña pausa que acababa de hacer antes de decir no .

Darío también la había visto.

—¿No lo vio en ningún momento?

—No.

—¿Segura?

—Sí.

Adela siguió mirándola.

Candela evitó sus ojos.

Darío cambió de tema.

—¿Estas tijeras son suyas?

Colocó sobre la mesa una bolsa transparente.

Dentro estaban las tijeras onduladas.

Candela las reconoció.

—Sí.

—¿Dónde estaban?

—Las tenía Samuel.

—No cuando las hemos encontrado.

Candela frunció el ceño.

—No me las devolvió.

—¿Cuándo?

—Se las reclamé después de las siete. Dijo que luego.

—¿Y después del hallazgo no volvió a verlas?

Candela negó.

—No.

Darío levantó ligeramente la bolsa.

—Las hemos encontrado en el aula de cerámica.

Candela parpadeó.

Candela miró las tijeras, desconcertada.

—¿Para qué sirven?

Candela lo miró como había mirado a Adela aquella mañana.

—Para hacer ondas.

Darío no mostró ninguna reacción.

Adela tuvo que bajar los ojos.

—¿Podrían recortar una cartulina? —preguntó él.

—Claro.

—¿Como una acreditación?

Candela dejó de respirar durante un instante.

Adela volvió a mirar la bolsa.

El borde de la acreditación de Fabián.

Ondulado.

Darío no necesitó decir nada más.

Candela se levantó.

—Yo no hice esa acreditación.

—Siéntese.

—Samuel tuvo las tijeras toda la mañana.

—Siéntese, Candela.

Esta vez obedeció.

—¿Por qué las tenía?

—Para sus tarjetas de precios.

—¿Y quién más pudo cogerlas?

—Cualquiera.

—Eso no ayuda.

—Es una casa de cultura, no Fort Knox.

Darío hizo otra anotación.

Después preguntó:

—¿Dónde estaba usted entre las seis y cuarenta y las siete?

Candela abrió la boca.

Adela sintió alivio.

El grupo de bordado.

Había una demostración.

—En el salón —dijo Candela—. Con las mujeres de patchwork.

—¿Todo el tiempo?

—Sí.

Adela recordó algo.

Vega había colocado un móvil para retransmitir la actividad de los clubes.

—Hay vídeo.

Darío la miró.

—¿Vídeo?

—La demostración se emitía en redes.

Candela señaló a Adela.

—¿Ves? Por eso es útil tenerla cerca.

Darío no sonrió.

—Lo comprobaremos.

Candela se levantó otra vez.

—¿Puedo irme?

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Porque ha mentido.

Candela se quedó quieta.

Adela también.

—Ha dicho que no vio a Fabián.

—No lo vi.

Darío deslizó una fotografía sobre la mesa.

Era una imagen tomada desde el vestíbulo.

Al fondo podía verse a Fabián cruzando el salón.

Candela estaba a menos de tres metros.

Mirándolo.

Adela sintió que algo se cerraba dentro del pecho.

Candela contempló la foto.

—Eso no significa que hablara con él.

—Significa que lo vio.

—No quería…

Se calló.

Darío esperó.

—No quería entrar en eso.

—Ahora está dentro.

Candela miró a Adela.

—No le hice nada.

Adela no respondió.

—Adela.

—No te he preguntado nada.

—Pero estás poniendo esa cara.

—¿Qué cara?

—La de cuando ya has decidido dónde guardar algo.

La frase dolió más de lo que debería.

Durante años, Adela había confiado en clasificar primero y resolver después. Un proveedor era fiable o no lo era. Un horario estaba confirmado o pendiente. Una cifra cuadraba o no cuadraba. Con las personas, aquella comodidad empezaba a resultar peligrosa.

Candela había mentido. Eso era un hecho. Convertir ese hecho en una casilla titulada CULPABLE era otra cosa.

Adela apartó la vista.

Darío terminó la comprobación y dejó que Candela saliera después de pedirle que permaneciera localizable y avisara si pensaba marcharse del pueblo.

Cuando la puerta se cerró, Adela siguió mirando la fotografía.

—No creo que sea ella.

Darío guardó los papeles.

—Eso no importa.

—Ya lo sé.

—No parece.

Adela se levantó.

—Voy a buscar agua.

—No salga de las zonas autorizadas.

—Sé seguir instrucciones.

Darío la miró.

—Todavía no tengo pruebas de eso.

Darío cerró el cuaderno.

—Y una cosa más: no interrogue a nadie por su cuenta.

—No interrogo. Hablo con personas que conozco.

—Esa distinción no me tranquiliza en absoluto.

—No pretendía tranquilizarle.

—Lo había supuesto.

Adela salió.

Encontró a Vega en el despacho del primer piso.

Estaba delante del ordenador.

Copiaba archivos a un disco externo.

Adela se detuvo en la puerta.

—¿Qué haces?

Vega dio un pequeño salto.

—Nada.

—Estás copiando fotografías.

—Son mías.

—La Guardia Civil está trabajando.

—No estoy borrando nada.

Adela entró.

—Entonces ¿por qué tienes tanta prisa?

Vega desconectó el disco.

—Porque quiero conservar una copia antes de que se lleven el ordenador.

—¿Por qué se llevarían el ordenador?

—Porque todo el mundo ha usado esta habitación.

Aquello era razonable.

Demasiado razonable.

Adela miró la pantalla.

Había una carpeta abierta.

APERTURA_2026

Miniaturas de docenas de fotografías.

Personas entrando.

Mesas.

Paraguas.

Vega.

Fabián.

Adela acercó la cara.

—Espera.

—¿Qué?

—Esa.

Vega no se movió.

Adela señaló una miniatura.

—Ábrela.

—No.

Adela la miró.

—Vega.

—Es una foto mala.

—Ábrela.

—No eres policía.

—No.

—Entonces…

Una voz llegó desde la puerta.

—Pero yo sí.

Darío.

Vega cerró los ojos.

El sargento entró.

—Abra la fotografía.

Vega obedeció.

La imagen ocupó la pantalla.

Fabián estaba junto a la entrada de la galería.

Vega delante de él.

No era una discusión vista desde lejos.

Era algo mucho más íntimo.

Vega tenía una mano agarrada al brazo de Fabián.

Él inclinaba la cabeza hacia ella.

Sus caras estaban demasiado cerca.

Había rabia.

Pero también una familiaridad que no encajaba con una relación comercial.

Darío miró a Vega.

—¿Qué relación tenía con él?

—Ya lo dije.

—No me lo ha dicho a mí.

Vega apartó la mirada.

Adela observó la foto otra vez.

La mano de Vega.

La expresión de Fabián.

Aquello no era una fotógrafa enfadada con un empresario.

Ni una profesional discutiendo por derechos de imagen.

Había algo más.

Mucho más.

Y Vega había tenido prisa por llevarse una copia de aquella carpeta antes de que nadie pudiera descubrirlo.

Adela se quedó mirando la pantalla.

Fabián Nates había entrado en la Escuela Vieja sin aparecer en una sola lista.

Sin embargo, cuanto más sabían de él, más claro resultaba lo contrario.

No era un hombre sin conexiones.

Era un hombre con demasiadas.

Y casi todas las personas que habían negado esperarlo parecían haber tenido una cita con él.