Una acreditación para un cadáver (Los misterios de Brañaclara 1) CAPÍTULO 4 — UNA VÍCTIMA CON DEMASIADAS CITAS
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CAPÍTULO 4 — UNA VÍCTIMA CON DEMASIADAS CITAS

A las ocho y veinte de la tarde, la Plaza del Castaño estaba llena de personas que fingían no estar esperando noticias.

Algunas sostenían vasos de café.

Otras miraban la fachada iluminada de la Escuela Vieja.

Dos hombres del grupo de jardinería discutían en voz baja junto a la fuente.

Candela estaba bajo el alero de la mercería con Percance metido dentro de una caja de cartón agujereada.

Vega permanecía separada del resto, apoyada contra una pared, revisando la pantalla de su cámara sin mirar realmente las fotografías.

Adela estaba sentada en uno de los bancos de piedra.

No tenía frío.

Sabía que debería tenerlo.

La humedad atravesaba el abrigo y había dejado de sentir los dedos de los pies hacía rato, pero su cabeza seguía ocupada en otra cosa.

Listas.

Horarios.

Entradas.

Salidas.

Fabián Nates había llegado a las seis y dieciocho.

Había hablado con Eloísa.

Había discutido con Vega.

Después había desaparecido.

A las seis y cuarenta y dos el torno de Samuel se había parado.

A las seis y cincuenta y seis Samuel había vuelto.

A las siete y treinta y nueve Adela había encontrado el cuerpo.

No sabía todavía cuándo había muerto Fabián.

No sabía cómo.

No sabía quién había estado en el depósito.

Pero sabía una cosa.

Casi todos estaban empezando a recordar la noche de una manera distinta a como había ocurrido.

—Yo diría que fue a las siete menos cuarto —comentó alguien cerca.

—No, más tarde.

—Samuel estaba dando la demostración.

—Eloísa estuvo con ese hombre muchísimo rato.

—¿Era el de las tiendas?

—A mí me han dicho que había venido desde Bilbao.

—Es de Santander.

—Pues yo le he visto por Torrelavega.

Adela miró al grupo.

Una hora.

Solo había pasado una hora y la memoria colectiva ya estaba fabricando versiones.

Sacó el móvil.

Abrió una nota.

No confiar en horarios recordados sin apoyo.

Escribió debajo:

Separar hechos de impresiones.

—¿Sigues haciendo listas?

Darío Tezanos estaba delante de ella.

Adela guardó el móvil.

—Sí.

—Bien.

El sargento llevaba ahora una chaqueta impermeable sobre el uniforme.

—Necesito que vuelva dentro.

—¿Puedo?

—A determinadas zonas.

—¿Han terminado?

—No.

Adela se levantó.

—Entonces ¿para qué me necesita?

Darío empezó a caminar hacia la Casa de Cultura.

—Porque ha organizado el evento, tiene los registros y, según tres personas distintas, sabe dónde está hasta el último vaso de plástico.

—No los vasos de plástico.

—Candela dice que sí.

—Candela exagera.

—También dice eso de usted.

Adela lo miró.

Darío siguió caminando.

No había sonrisa.

Eso lo hacía peor.

Atravesaron el vestíbulo.

La Escuela Vieja parecía otro edificio.

Las conversaciones habían desaparecido.

Las luces seguían encendidas, pero varias puertas estaban cerradas y dos agentes vigilaban el acceso al corredor de cerámica.

La mesa de acreditaciones permanecía exactamente como Adela la había dejado.

Aquello le produjo un alivio absurdo.

Darío señaló una sala lateral.

—Podemos trabajar aquí.

Habían colocado sobre una mesa sus carpetas, hojas de incidencias, horarios y una copia del plano.

Adela se sentó.

Sobre otra silla había una bolsa con varias acreditaciones recogidas y un sobre donde un agente iba guardando copias de documentos. Vega ya había entregado una primera exportación de las fotografías tomadas en el vestíbulo y el patio; la carpeta completa del ordenador quedaría para después.

Darío no parecía interesado en construir una teoría deprisa. Separaba lo que alguien recordaba de lo que podía fijarse en una hora, una imagen o un papel. Adela reconoció el método y, pese a sí misma, le gustó.

Darío dejó un cuaderno.

—Antes de empezar: esto no sustituye ninguna declaración formal. Necesito que me ayude a entender cómo funcionaba el encuentro y qué documentos son anteriores o posteriores a su llegada. Cuando pregunte por cuestiones personales, no responda por nadie.

—No acostumbro a responder por nadie.

Darío la miró un instante.

—Empiezo a sospechar que esa afirmación necesita matices.

—Quiero que me explique el sistema.

Adela señaló las tres columnas de su hoja.

—Nombre, función y horario.

—Eso lo entiendo.

—Entonces ¿qué parte necesita?

—La parte que usted considera obvia.

Adela lo miró.

Darío añadió:

—Suele ser donde está la información útil.

Aquello, Adela decidió, era una respuesta aceptable.

Extendió los documentos.

—Las acreditaciones oficiales se emitieron hoy por la mañana a partir de esta lista.

Colocó una hoja delante de él.

—Crema, numeradas. Verde para expositores, azul para colaboradores, amarillo para organización.

—¿Invitados?

—Sin código de color propio. Llevaban acreditación crema y la función escrita.

—¿Todos?

—Todos los que figuraban aquí.

Darío señaló una columna.

—¿Y quién podía imprimirlas?

—Yo.

—¿Solo usted?

Adela dudó.

—El archivo final estaba en el ordenador del despacho.

—Eso no es lo mismo.

—No.

—¿Quién podía entrar en el despacho?

Adela pensó.

—Eloísa. Vega. Samuel estuvo allí imprimiendo tarjetas de precio. Ramiro subió varias veces por material del archivo. Candela entra en todas partes sin pedir permiso.

Darío anotó.

—¿Y usted?

—Obviamente.

—Obviamente.

—¿Eso era una pregunta?

—Era una constatación.

Adela volvió a la carpeta.

—Pero la acreditación de Fabián no salió de mi plantilla.

Darío hizo una seña a uno de los agentes. Este acercó una bolsa transparente con la acreditación de Fabián, sin sacarla de su interior.

—Mírela sin tocarla.

Adela se inclinó. Por el anverso ya conocía las diferencias: cartulina blanca, borde ondulado, ninguna numeración. Cuando el agente giró la bolsa, apareció algo que no había visto en el depósito.

En el reverso había una línea azul muy tenue y el extremo curvo de una letra impresa, cortados por el borde de la acreditación.

—Esto se hizo con una hoja reutilizada —dijo Adela.

—¿Reconoce de qué?

Adela observó la marca durante varios segundos.

—No. Todavía no.

Darío volvió a guardar la bolsa.

—Entonces no adivine.

—¿Por el color?

—También.

—¿Qué más?

—No tiene número. El recorte no coincide. La tipografía es distinta.

Darío levantó la vista.

—Ha observado todo eso mirando la acreditación desde la puerta.

—Sí.

—¿Siempre hace eso?

—¿Mirar?

—Comparar.

Adela pensó en responder algo seco.

No lo hizo.

—Sí.

Darío escribió otra cosa.

—Bien.

—¿Puede dejar de decir “bien” cada vez que descubre una rareza mía?

—No he dicho que sea una rareza.

Adela cerró la boca.

Darío pasó a otra hoja.

—Fabián Nates.

—No estaba registrado.

—Ya lo sé. Ahora sabemos quién era.

Sacó una fotografía impresa.

Fabián sonreía delante de una tienda.

Detrás podía verse un escaparate con cerámica, textiles y objetos de madera.

ALDABA NORTE.

—Propietario —dijo Darío—. Varias tiendas. Decoración y artesanía del norte.

—Eloísa hablaba con él de patrocinio.

Darío la observó.

—¿Se lo ha contado?

—No exactamente.

—Entonces ¿cómo lo sabe?

—Oí una parte de su conversación. Y vi el nombre de la empresa en una lista de posibles patrocinadores.

—¿Qué parte?

Adela repitió la frase.

—“No puedes venir aquí y cambiar ahora las condiciones”.

Darío anotó.

—¿Algo más?

—No.

—¿Qué cree que significaba?

—No importa lo que crea.

Darío dejó el bolígrafo.

—Eso es sorprendentemente sensato.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Entonces estamos empatados.

Darío la miró durante un segundo.

Después señaló la puerta.

—Eloísa.

La presidenta de la asociación entró con el pelo húmedo y la cara cansada.

Había envejecido diez años desde la tarde.

Se sentó.

—¿Podemos terminar rápido? La gente está fuera esperando.

Darío respondió:

—La gente puede irse a casa.

—No se van.

—Eso ya no depende de usted.

Eloísa apretó los labios.

Adela no dijo nada.

Darío abrió el cuaderno.

—¿Por qué estaba Fabián Nates aquí?

—Por el encuentro.

Adela miró a Eloísa.

Darío también.

Eloísa rectificó.

—Por una posible colaboración.

—¿Qué colaboración?

—Patrocinio.

—¿De cuánto?

—Todavía no estaba cerrado.

—¿Qué ofrecía él?

—Ayuda económica. Material. Difusión.

—¿A cambio de qué?

Eloísa tardó demasiado.

—Visibilidad.

Darío esperó.

Adela también.

—¿Solo visibilidad? —preguntó él.

—Eso estábamos negociando.

No era una respuesta.

Darío pareció pensar lo mismo.

—¿Le había invitado usted?

—Sí.

Adela se inclinó hacia delante.

—Entonces sabías que iba a venir.

Eloísa la miró.

—Sabía que podía venir.

—No figuraba en ninguna lista.

—Porque no era seguro.

—Le diste permiso para entrar.

—No le di esa acreditación.

Darío levantó una mano antes de que Adela continuara.

—¿Quién se la dio?

—No lo sé.

—¿Le había visto con ella antes de hoy?

—No.

—¿Cuándo fue la última vez que habló con él?

—Sobre las seis y veinte.

Adela recordó la discusión.

—Hablaron después de que entrara.

—Sí.

—¿Cuánto?

Eloísa se encogió de hombros.

—Cinco minutos.

Darío anotó.

—¿Y después?

—Me fui a la cocina. Había cosas que hacer.

—¿No volvió a verlo?

—No.

Adela observó las manos de Eloísa.

Estaban entrelazadas sobre la mesa.

Muy quietas.

Demasiado.

—¿Por qué estaba enfadado? —preguntó.

Eloísa la miró.

Darío no la corrigió.

—No estaba enfadado.

—Tú sí.

—Estaba molesta.

—Dijiste que estaba cambiando las condiciones.

Eloísa respiró.

—Quería más presencia de la empresa en el acuerdo.

—¿Qué significa “más presencia”?

—Logotipo. Actividades. Quizá un espacio.

—¿Qué espacio?

Silencio.

Darío intervino:

—Podemos continuar mañana si prefiere.

Eloísa negó.

—No.

Pero no explicó nada más.

Cuando salió, Darío escribió durante varios segundos.

Adela esperó.

—Está ocultando algo.

—Sí.

La rapidez de la respuesta la sorprendió.

—¿Y no vas a presionarla?

—No delante de usted.

Adela cruzó los brazos.

—Eso ha sido innecesario.

—Era muy necesario.

Antes de que pudiera responder, Candela entró.

—Me han dicho que queríais verme.

No parecía asustada.

Parecía indignada.

Darío señaló la silla.

—Siéntese.

—Prefiero estar de pie.

—Yo prefiero que se siente.

Candela se sentó.

Adela conocía aquella expresión desde que eran adolescentes.

Era la cara que Candela ponía cuando consideraba que la autoridad era una opinión.

Darío abrió de nuevo el cuaderno.

—¿Conocía a Fabián Nates?

—Sí.

—¿Bien?

—Lo suficiente.