CAPÍTULO 3 — EL HOMBRE DEL AULA TRES #2
Vega negó con la cabeza antes incluso de que preguntara.
—No.
—¿No qué?
—No he visto al gato.
—No iba a preguntar eso.
—Claro.
Adela bajó.
Encontró una cinta verde tirada junto a la puerta lateral.
La recogió.
No era la que Percance había robado.
O quizá sí.
Ya había demasiadas cintas fuera de sitio.
—Percance.
Un maullido respondió desde el corredor de cerámica.
Adela caminó hacia allí.
—Ven.
Nada.
—No voy a perseguirte.
Percance apareció al fondo.
La miró.
Retrocedió.
—No.
El gato desapareció detrás de la puerta del aula.
Adela aceleró.
Al entrar vio la cola blanca y negra cruzar hacia el anexo del horno.
—Percance.
El gato saltó sobre una caja baja.
Adela miró de reojo el reloj del corredor: las siete y treinta y seis.
La caja se inclinó.
—No.
Demasiado tarde.
Varios trozos de cerámica cayeron al suelo con un ruido seco.
Adela se quedó inmóvil.
—Perfecto.
Percance también.
Durante un segundo pareció reconocer la magnitud administrativa de lo que acababa de hacer.
Después bajó de la caja.
Adela se agachó.
Había fragmentos de distintos colores.
Marrones.
Blancos.
Un trozo verde.
Uno azul.
El fragmento azul era curvo, esmaltado, con un borde irregular.
Lo cogió.
—Espero que esto ya estuviera roto.
Desde el pasillo llegó una voz.
—¿Adela?
Era Eloísa.
—Estoy aquí.
Adela dejó el fragmento otra vez dentro de la caja.
—Percance ha tirado…
Se volvió.
El gato ya no estaba.
—Claro.
Salió al corredor.
—¿Lo has visto?
Eloísa negó.
—¿A quién?
—Percance.
—Creía que estaba en casa.
—Yo también.
Eloísa sonrió.
—Aurelia nunca consiguió dejarlo en ningún sitio.
Adela no respondió.
Percance había cruzado hacia el pequeño depósito de cerámica.
Eran las siete y treinta y nueve.
La puerta estaba entreabierta.
Adela se acercó.
—Percance.
Empujó la puerta.
La habitación estaba más oscura que el aula.
Solo entraba luz desde el pasillo y desde una pequeña ventana alta.
Había estanterías.
Cajas.
Sacos de arcilla.
Una mesa.
Y un hombre en el suelo.
Durante una fracción de segundo, el cerebro de Adela intentó organizar la escena de una forma conocida.
Una caída.
Un mareo.
Alguien buscando algo.
Después vio la posición del cuerpo.
El paraguas oscuro junto a una estantería.
El abrigo.
La cara.
Fabián Nates.
Adela se detuvo en el umbral.
—Eloísa.
Su propia voz sonó distinta.
Eloísa se acercó.
—¿Qué pasa?
Adela extendió un brazo para impedirle entrar.
—No pases.
Eloísa miró por encima de su hombro.
Se llevó una mano a la boca.
—Dios mío.
—No toques nada.
Adela sacó el móvil.
No se acercó al cuerpo.
No necesitaba hacerlo.
Había algo en la quietud absoluta de Fabián que anulaba cualquier posibilidad razonable de confundir aquello con un desmayo.
Marcó emergencias.
Mientras esperaba respuesta vio la acreditación.
Seguía colgada del cuello.
Blanca.
Borde ondulado.
Sin número.
Adela sintió una claridad extraña en medio del ruido que empezaba a formarse detrás de ella.
Una voz preguntando qué ocurría.
Eloísa diciendo que nadie se acercara.
Una silla arrastrándose.
Alguien llamando a Vega.
Adela se concentró en la acreditación.
Nombre:
FABIÁN NATES
Debajo:
COLABORADOR
Nada más.
—Emergencias, dígame.
Adela respondió.
Dio la dirección.
Explicó que había encontrado a un hombre aparentemente muerto.
Respondió a las preguntas.
No tocó nada.
No permitió que nadie entrara.
Durante unos segundos, Adela se quedó con el móvil en una mano y la otra extendida hacia el pasillo, como si todavía pudiera dirigir el tráfico de aquella noche con un gesto.
Su cuerpo había entendido lo ocurrido antes que su cabeza.
Tenía la boca seca, un temblor fino en los dedos y la absurda certeza de que, si se movía demasiado deprisa, todo lo que había conseguido mantener separado hasta entonces —la feria, el cadáver, las personas que empezaban a asomarse— se mezclaría de golpe.
Buscó la hoja de incidencias que llevaba doblada bajo la carpeta.
Durante un instante se avergonzó.
Había un hombre muerto a pocos metros y ella estaba pensando en apuntar una hora.
Luego miró el reloj.
19:39.
La escribió.
No porque el número hiciera menos terrible lo que acababa de ver.
Precisamente porque dentro de cinco minutos alguien diría que había sido antes; dentro de una hora, otro juraría que había sido después.
El miedo deformaba los recuerdos con una rapidez que Adela conocía de otras crisis, aunque ninguna se pareciera a aquella.
Debajo anotó solo tres palabras: «cuerpo encontrado — depósito». Nada sobre causas. Nada sobre quién podía haber entrado. Nada que convirtiera una impresión en hecho.
Esa diferencia, pequeña y casi ridícula frente a un cadáver, fue lo único que consiguió devolverle la respiración a un ritmo soportable.
Percance apareció a su lado.
Adela lo cogió.
Por primera vez desde que lo conocía, el gato no protestó.
Lo sostuvo contra el pecho mientras Eloísa despejaba el pasillo.
La feria se detuvo poco a poco.
No de golpe.
Primero desapareció la música.
Después las conversaciones.
Luego los visitantes entendieron que algo había ocurrido.
A las siete y cuarenta y siete, la Casa de Cultura estaba prácticamente vacía.
Los participantes permanecían en la plaza, bajo el alero o dentro del bar, agrupados en pequeños círculos.
La lluvia había vuelto.
La Guardia Civil llegó poco después.
El hombre que entró primero llevaba uniforme y una expresión serena que Adela agradeció inmediatamente.
—Sargento Darío Tezanos.
—Adela Valnera.
—¿Ha encontrado usted el cuerpo?
—Sí.
—¿Ha entrado?
—Hasta el umbral.
—¿Ha tocado algo?
—No.
Adela dudó.
—Antes había tocado una caja en el anexo.
Darío la miró.
—¿Antes de encontrar el cuerpo?
—Sí. El gato tiró fragmentos de cerámica.
Percance estaba ahora dentro de una caja de transporte improvisada que Candela había conseguido de algún sitio.
—¿Ese gato?
—Ese gato.
Darío miró la caja.
Percance sacó una pata por uno de los agujeros.
—Entiendo.
—No, todavía no.
Darío pareció contener una sonrisa.
Después se volvió serio.
—Necesito que me cuente exactamente lo que ha pasado.
Adela lo hizo.
Desde la entrada de Fabián.
La acreditación.
La discusión con Eloísa.
Vega.
La interrupción del torno.
La búsqueda del gato.
El fragmento azul.
El cuerpo.
Darío no la interrumpió salvo para precisar horarios.
—¿Sabe exactamente cuándo se paró el torno?
—Sí.
—¿Por qué?
Adela le mostró la hoja.
18:42 — torno detenido. Retrasar demostración siguiente.
Darío levantó la vista.
—¿Apunta todo?
—No.
—¿Qué no apunta?
Adela pensó un segundo.
—Las cosas que no importan.
Darío volvió a mirar el papel.
—Útil.
No sonó burlón.
Eso hizo que Adela lo mirara con más atención.
Dos agentes cerraron el acceso al corredor.
Darío pidió las listas de participantes, colaboradores e invitados.
Adela se las entregó.
—Hay varias versiones anteriores —dijo Eloísa.
—No —respondió Adela.
Eloísa la miró.
—Las había. Desde ayer hay una única versión vigente.
Darío cogió la carpeta.
—¿Y el fallecido?
Adela abrió el listado.
Sabía la respuesta.
Aun así, comprobó.
Primero colaboradores.
Después invitados.
Luego expositores.
Proveedores.
Autoridades.
Nada.
Sacó las versiones anteriores.
Eloísa se acercó.
—Quizá estaba en una de las antiguas.
Adela revisó la primera.
Nada.
Segunda.
Nada.
Tercera.
Nada.
Fabián Nates no figuraba en ninguna.
Darío observó la acreditación dentro del depósito desde la distancia permitida.
—¿Ese modelo es suyo?
—No.
—¿Existía antes de que usted se hiciera cargo?
Eloísa abrió la boca.
Adela respondió primero.
—No lo sé.
Darío asintió.
—Bien.
Adela frunció el ceño.
—¿Bien?
—Que diga que no lo sabe cuando no lo sabe.
—¿Qué esperaba?
Darío la miró un instante.
—Trabajo con gente.
Adela entendió.
Volvió a revisar las listas.
No había error.
No había apellido mal escrito.
No había duplicado.
No había una inscripción fuera de orden.
Fabián Nates simplemente no existía dentro del sistema.
Y, sin embargo, alguien había escrito su nombre.
Había impreso una función.
Había recortado aquella acreditación blanca con ondas.
Había colocado una cinta.
Alguien había querido que pareciera que Fabián pertenecía allí.
Adela cerró la carpeta.
—No estaba en la lista.
Darío miró primero el cadáver.
Después la acreditación.
—Entonces alguien se tomó muchas molestias para fingir que sí.