Una acreditación para un cadáver (Los misterios de Brañaclara 1) CAPÍTULO 3 — EL HOMBRE DEL AULA TRES
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CAPÍTULO 3 — EL HOMBRE DEL AULA TRES

A las seis y veintiséis, Adela decidió que Fabián Nates podía esperar.

A las seis y veintisiete, una niña volcó un vaso de café sobre la mesa de genealogía.

A las seis y veintiocho, alguien enchufó una lámpara de fotografía en una regleta que Adela había marcado con una pegatina roja que decía NO ENCHUFAR NADA MÁS .

A las seis y veintinueve, Percance apareció con una cinta amarilla de organización colgando de la boca.

Adela llegó a una conclusión provisional.

Los muertos, si alguna vez aparecían, probablemente daban menos trabajo que los vivos.

—Suéltala.

Percance retrocedió.

—No es un juguete.

El gato tiró de la cinta.

—Percance.

—Déjalo —dijo Vega desde detrás de ella—. Por fin tenemos un responsable de comunicación con instinto.

Adela se volvió.

Vega llevaba la cámara al hombro.

—¿Has visto a Fabián?

La sonrisa desapareció.

—Sí.

—¿Dónde?

Vega señaló hacia la planta superior.

—Por ahí.

—Eso no es un lugar.

—Galería.

—¿Has hablado con él?

Vega tardó una fracción de segundo.

—Un poco.

Adela observó su cara.

—Parecía más que un poco.

—¿Ahora haces inventario de conversaciones?

—Solo de las que empiezan con una persona que no debería estar aquí.

Vega tensó la mandíbula.

—Eso pregúntaselo a Eloísa.

Y se alejó.

Adela habría insistido si en ese momento una señora del grupo de patchwork no hubiera aparecido para decirle que alguien había movido dos centímetros una cesta de su mesa.

Dos centímetros.

Adela la acompañó hasta el salón.

A las seis y treinta, Samuel empezó la demostración del torno.

En el plano que Adela había preparado para la entrada, la sala de cerámica figuraba como AULA 3.

Adela lo supo porque lo había anotado.

18:30 — CERÁMICA. DEMOSTRACIÓN DE TORNO.

Nueve personas ocuparon las sillas dispuestas en semicírculo alrededor del aula. Un matrimonio se quedó de pie junto a la puerta. Samuel se sentó frente al torno y levantó las manos manchadas de barro.

—No voy a prometer que salga un jarrón —dijo—. Si tenemos suerte, parecerá un cuenco.

Varias personas rieron.

Adela permaneció unos segundos en la puerta.

Todo parecía funcionar.

Aquello la inquietó ligeramente.

Samuel puso el torno en marcha.

La rueda comenzó a girar.

Adela miró la mesa de exposición.

La golondrina azul seguía allí.

La pieza número catorce.

Exactamente en el lugar donde la había fotografiado.

Samuel centró una bola de arcilla.

—Lo importante —explicaba— es no pelearse con el barro. Si intentas imponerle una forma demasiado pronto, acaba recordándote quién manda.

Adela pensó que aquello era una filosofía absurda para organizar cualquier cosa.

Salió.

En la galería de fotografía encontró a Vega junto a una pared de imágenes en blanco y negro.

Fabián estaba delante de ella.

Adela los vio antes de que ellos la vieran.

Vega tenía los brazos cruzados.

Fabián hablaba en voz baja.

No parecía enfadado.

Eso hacía que Vega sí lo pareciera.

—No es el momento —dijo ella.

—Nunca es el momento contigo.

—Has venido porque te convenía.

—He venido porque me invitaste.

Vega bajó la voz al notar la presencia de Adela.

Fabián también la vio.

Sonrió.

—La organización.

—La misma.

Adela señaló la acreditación blanca.

—Sigue sin número.

Fabián la miró.

—Me la dieron así.

—¿Quién?

—No recuerdo.

Adela sostuvo su mirada.

—Ha pasado menos de media hora.

Fabián sonrió un poco más.

—Entonces debería preocuparme por mi memoria.

Vega intervino:

—Adela, necesito terminar de fotografiar la apertura.

No sonó como una petición.

Adela miró a Fabián.

Después a Vega.

—La entrada por el lateral queda restringida a colaboradores registrados.

—Entendido —dijo él.

Adela se marchó.

No porque considerara terminada la conversación.

Porque había visto suficiente.

Vega conocía a Fabián.

No superficialmente.

No como fotógrafa y comerciante.

Había enfado.

Y había algo más.

Algo demasiado antiguo para haber empezado aquella tarde.

A las seis y treinta y uno, Adela vio a Vega bajar las escaleras con la cámara.

Fabián permaneció arriba.

Adela no pensó en el horario.

Todavía.

A las seis y treinta y dos, Vega salió al patio.

Lo supo porque inmediatamente empezó a fotografiar a la gente que llegaba bajo los paraguas.

A las seis y treinta y cuatro, Candela quiso saber dónde estaban las servilletas.

A las seis y treinta y seis, Eloísa perdió por segunda vez su acreditación.

A las seis y treinta y siete apareció colgada de su propio cuello.

A las seis y treinta y ocho, Adela empezó a sospechar que Eloísa no era una persona sino un fenómeno atmosférico.

A las seis y cuarenta, la actividad del salón principal alcanzó un punto extraño de equilibrio.

La gente hablaba.

Las demostraciones funcionaban.

El café se servía.

Los voluntarios parecían recordar sus tareas.

Adela incluso consiguió beber dos tragos de agua.

A las seis y cuarenta y uno, el torno se detuvo.

No fue un ruido espectacular.

Fue más bien lo contrario.

El sonido constante del motor desapareció de golpe.

Luego una voz.

—Vaya.

Samuel.

Adela miró hacia el corredor.

Unos segundos después, varias personas salieron del aula de cerámica.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

Un hombre de barba gris respondió:

—Se ha parado.

Samuel apareció detrás.

—La correa.

—¿Rota?

—No creo.

Se agachó junto a la máquina.

Adela miró el reloj del móvil.

18:42.

Sacó su hoja de incidencias.

—¿Cuánto tardas?

—Diez minutos.

—A las seis y cincuenta empieza la explicación del horno.

—La movemos.

—¿A qué hora?

Samuel se incorporó.

—Que la gente dé una vuelta y vuelva cuando lo arregle.

Adela anotó:

18:42 — torno detenido. Retrasar demostración siguiente.

—Necesito una hora.

—Adela, son diez minutos.

—Entonces pon seis cincuenta y dos.

Samuel sonrió.

—Seis cincuenta y dos.

—¿Quieres ayuda?

—No.

—¿Herramientas?

—Está aquí todo.

Samuel abrió un pequeño armario junto al torno.

Adela vio llaves, destornilladores y una caja metálica.

—Bien.

Se volvió hacia los participantes.

—Pueden visitar fotografía o el salón principal. Avisaremos cuando se reanude.

El grupo se dispersó.

Samuel volvió a arrodillarse.

Adela dio dos pasos hacia el pasillo.

—Adela.

Candela apareció agitando una mano.

—¿Qué?

—¿Has visto a Samuel?

Adela señaló detrás.

—Ahí.

—Que me devuelva las tijeras.

Adela miró a Samuel.

Él levantó la cabeza.

—Luego.

—Llevas con ellas desde esta mañana —dijo Candela.

—Están arriba.

—Pues arriba no las necesito.

—Cinco minutos.

Candela murmuró algo sobre hombres que pedían cosas y luego desarrollaban amnesia selectiva.

Adela siguió caminando.

A las seis y cuarenta y cuatro, Eloísa le preguntó si había visto al alcalde.

A las seis y cuarenta y cinco, el alcalde llamó para decir que llegaría dentro de veinte minutos.

A las seis y cuarenta y seis, alguien preguntó si podían abrir una ventana.

A las seis y cuarenta y siete, otra persona pidió que la cerraran.

A las seis y cuarenta y ocho, Adela pensó por primera vez que quizá seis semanas en Brañaclara fueran demasiadas.

A las seis y cincuenta, se acordó de Fabián.

Miró hacia la escalera.

No lo veía.

Buscó a Eloísa.

Tampoco.

—Candela.

—¿Qué?

—¿Has visto a Eloísa?

—Hace un momento.

—Eso no es una ubicación.

—Cocina, creo.

Adela fue hasta allí.

Eloísa estaba colocando vasos sobre una bandeja.

—¿Dónde está Fabián?

Eloísa dejó un vaso.

—No sé.

—¿Habéis terminado de hablar?

—Sí.

—¿Se ha ido?

—Supongo.

Adela la miró.

—¿Cómo puede ser que no sepas si se ha ido?

—No le estoy vigilando.

—Entró con una acreditación irregular.

Eloísa bajó la voz.

—Adela, es un posible patrocinador.

—Eso no lo convierte en invisible.

—No quiero montar una escena por una acreditación.

—Yo tampoco.

Adela miró hacia el salón.

—Por eso las acreditaciones tienen números.

Eloísa suspiró.

—Luego hablamos.

Adela estaba empezando a odiar aquella frase.

A las seis y cincuenta y tres, Samuel seguía sin reaparecer.

Adela volvió al aula de cerámica.

Vacía.

El torno estaba allí.

Samuel no.

Se acercó.

La rueda estaba quieta.

El asiento vacío.

La puerta del pequeño depósito, al fondo, parecía cerrada, aunque la hoja no encajaba del todo en el marco.

Adela miró el reloj.

18:53.

—Samuel.

Nada.

Pensó en abrir el armario de herramientas.

No lo hizo.

No tenía ninguna razón.

La organización de una feria no le confería autoridad sobre todo lo que hubiera detrás de una puerta.

Volvió al pasillo.

Un minuto después encontró a Samuel junto a la escalera.

—¿Dónde estabas?

Él se secaba las manos con un trapo.

—Buscando una correa de repuesto.

—Has dicho que tenías todo allí.

—Pensé que sí.

—¿La has encontrado?

—No hacía falta.

Adela frunció el ceño.

—¿Entonces?

—La he recolocado.

—¿Ya funciona?

—Sí.

Samuel empezó a andar hacia el aula.

—¿A qué hora reanudamos?

Adela miró el reloj.

18:56.

—En cuanto vuelva gente.

—Perfecto.

—Y las tijeras.

Samuel se detuvo.

—¿Qué?

—Candela.

—Cierto.

—Antes de que te mate.

Él soltó una risa.

—Eso sería incómodo para el programa.

A las seis y cincuenta y nueve regresaron los primeros participantes.

A las siete y dos, el torno volvía a girar.

A las siete y cinco, Candela volvió a reclamar sus tijeras. Samuel prometió devolvérselas cuando terminara la demostración.

Adela habría olvidado por completo el incidente si más tarde no hubiera tenido que recordar cada minuto.

A las siete y ocho, el alcalde llegó.

A las siete y trece, Eloísa improvisó un discurso de bienvenida que debía durar cinco minutos y duró doce.

A las siete y veintisiete, una mujer del grupo de bordado preguntó por qué la mesa de cerámica tenía más visitantes.

A las siete y treinta, Vega pidió que dejaran de encender y apagar las luces de su galería.

A las siete y treinta y tres, Percance desapareció.

Aquello sí consiguió que Adela dejara de mirar el programa.

—Candela.

—¿Qué?

—¿Dónde está el gato?

Candela miró alrededor.

—¿Qué gato?

Adela la miró.

—¿Cuántos gatos crees que hay dentro de la Casa de Cultura?

—Con Percance nunca se sabe.

—Estaba aquí hace cinco minutos.

—Entonces ahora estará en otro sitio.

Adela apretó los labios.

—Gracias.

—De nada.

Comenzó por la cocina.

Nada.

Debajo de la mesa de acreditaciones.

Nada.

Salón principal.

Nada.

Subió a la galería.