CAPÍTULO 2 — TRECE NOMBRES, CATORCE PIEZAS #2
Las puertas se abrieron y entraron cuatro mujeres con cestas de patchwork.
Durante las dos horas siguientes, Brañaclara demostró que ninguna organización humana sobrevivía intacta al contacto con sus participantes.
Un expositor decidió que necesitaba otra mesa.
Dos mujeres del grupo de jardinería habían llevado macetas más grandes de las declaradas.
Un señor del club de fotografía apareció convencido de que tenía cinco metros de pared asignados cuando figuraban tres.
Alguien había enchufado una cafetera en la misma toma eléctrica que una regleta con tres focos.
Adela resolvió un conflicto sobre sillas, otro sobre etiquetas y uno sorprendentemente agresivo relacionado con manteles.
A las dos y media se dio cuenta de que no había comido.
A las dos y treinta y dos, Candela apareció con un plato.
—No.
—Sí.
—Estoy trabajando.
—Precisamente.
Había tortilla, pan y dos trozos de queso.
Adela aceptó.
—Cinco minutos.
—Puedes masticar y mandar al mismo tiempo. Lo haces desde los diecisiete años.
Se sentaron en un extremo de la cocina comunitaria.
Percance apareció por debajo de una mesa.
Adela casi se atragantó.
—¿Qué hace aquí?
Candela miró al gato.
—Existir.
—Lo dejé en casa.
—Eso fue optimista.
Percance saltó a una silla.
Adela lo señaló.
—No.
El gato saltó al suelo.
Candela abrió mucho los ojos.
—Te obedece.
Percance se subió inmediatamente a otra silla.
—No —corrigió Adela—. Negocia.
—Tu tía decía que era muy inteligente.
—Mi tía también guardaba pilas gastadas en una caja marcada “comprobar”.
Candela sonrió.
—Las comprobaba.
—Había veintisiete.
Terminaron de comer.
Cuando Adela regresó al vestíbulo, vio que Vega fotografiaba las mesas ya montadas.
Aquello le recordó algo.
—Espera.
Subió al primer piso y recuperó el móvil.
—¿Qué haces? —preguntó Vega.
—Registro final.
Adela empezó por el salón principal.
Una foto general de cada mesa.
Después otra de los objetos más delicados.
—¿Para qué?
—Para saber cómo estaba todo antes de abrir.
—Brañaclara no tiene una gran tradición de robos en exposiciones de bordado.
—Los inventarios no sirven solamente para los ladrones.
—¿Para qué más?
—Daños, confusiones, objetos cambiados de sitio, reclamaciones.
Vega miró a Percance, que estaba intentando introducir una pata dentro de una bolsa.
—Objetos cambiados de sitio.
—Exacto.
Llegaron al aula de cerámica.
Samuel había terminado de colocar las tarjetas de precio.
Adela volvió a contar.
Trece participantes.
Catorce piezas.
La golondrina azul seguía en el mismo pedestal pequeño, sin precio.
Fotografió primero la sala.
Después cada mesa.
Cuando llegó a la golondrina, se acercó.
La pieza tenía una forma peculiar.
Vista de frente, la cola se inclinaba ligeramente hacia la izquierda. El esmalte presentaba una mancha más clara cerca del pecho y una de las alas parecía caer un par de milímetros respecto a la otra.
Vega se asomó por encima de su hombro.
—Bonita.
—Sí.
—Maruja tenía buena mano.
Adela hizo otra foto.
—Candela dice que nunca hacía dos iguales.
—Eso cuenta todo el mundo.
—¿Tú la conociste?
—Era pequeña cuando murió.
Vega miró hacia la puerta.
—Pero mi madre tenía dos piezas suyas.
Samuel entró cargando una caja.
—Tres.
Vega se volvió.
—Dos.
—Una jarra, un plato y el pájaro.
—El pájaro era de mi abuela.
—Entonces tres en la familia.
Vega puso los ojos en blanco.
Samuel dejó la caja.
Adela observó que todavía llevaba las tijeras onduladas de Candela sobre unas hojas.
—Devuélveselas.
Samuel miró las tijeras.
—Sí.
—Antes de que lo olvide.
—No tienes mucha fe en mi memoria.
—Tengo fe en los sistemas.
Samuel levantó las tijeras como promesa.
—Cuando termine esto.
Adela siguió fotografiando.
A las cinco y media, la Escuela Vieja empezó a llenarse.
La apertura oficial era a las seis.
Adela había establecido que los colaboradores debían entrar por la puerta lateral y todos los demás por el vestíbulo.
A las cinco cuarenta y siete ya habían incumplido esa norma cuatro personas.
A las cinco cincuenta y tres, Eloísa había perdido su acreditación.
A las cinco cincuenta y cinco la encontraron dentro de su bolso.
A las seis menos dos, el alcalde del municipio avisó que llegaría tarde.
A las seis en punto, Candela preguntó dónde estaban los vasos.
Adela respondió sin levantar la cabeza:
—Segundo armario de la cocina, balda inferior, caja transparente.
Candela se quedó mirándola.
—Llevas dos días aquí.
—Y tú cincuenta y ocho años.
—No veo qué tiene que ver eso.
La gente empezó a entrar.
Paraguas mojados.
Abrigos.
Saludos demasiado largos.
Personas que se detenían delante de la mesa de acreditaciones a conversar precisamente cuando otras seis querían pasar.
Adela verificaba nombres.
Entregaba cintas.
Marcaba llegadas.
Una mujer intentó entrar con su marido usando una única acreditación.
Un hombre del grupo de genealogía insistió en que no necesitaba llevar la suya porque “todo el mundo sabe quién soy”.
Adela se la colgó personalmente.
A las seis y dieciocho, mientras explicaba a un voluntario dónde dejar unas cajas, vio abrirse la puerta lateral.
Un hombre entró.
Sesenta y pocos años.
Abrigo oscuro.
Paraguas negro.
Llevaba una caja rectangular acolchada bajo el brazo.
Adela lo observó apenas un momento.
Tenía una acreditación blanca colgada del cuello.
No crema.
Blanca.
La cinta también era distinta.
El hombre la vio.
Por un segundo pareció dudar.
Después levantó la acreditación entre dos dedos.
—Colaborador.
Adela frunció el ceño.
—No tenemos…
Alguien la llamó desde la mesa.
—¡Adela!
Se volvió.
Un expositor había recibido una acreditación con el nombre equivocado.
—Un momento.
Cuando volvió a mirar hacia la puerta lateral, el hombre ya avanzaba por el pasillo.
Adela alcanzó a ver la caja acolchada.
Y la acreditación blanca.
Podía ser una acreditación de la organización anterior.
Habían existido versiones previas antes de que ella unificara el sistema.
Lo anotaría.
A las seis y veintiuno escribió en la hoja de incidencias:
Revisar acreditaciones antiguas / acceso lateral. Hombre con caja.
Después siguió trabajando.
Percance apareció debajo de la mesa.
—No.
El gato pasó entre sus piernas.
—Percance.
Salió disparado hacia el salón.
Adela abandonó la mesa durante exactamente nueve segundos para interceptarlo.
Nueve segundos fueron suficientes para que Eloísa desapareciera.
La encontró junto al corredor lateral.
Con el hombre de la caja.
No estaban gritando.
Eso hizo que la escena resultara más tensa.
Eloísa hablaba en voz muy baja.
El hombre tenía la caja apoyada contra la pierna.
Adela no distinguió toda la conversación.
Solo la última frase.
—No puedes venir aquí y cambiar ahora las condiciones —dijo Eloísa.
El hombre se inclinó hacia ella.
Respondió algo que Adela no escuchó.
Eloísa vio a Adela.
Se calló.
El visitante también se volvió.
Durante un instante, Adela pudo verlo de frente.
Cabello gris.
Traje demasiado elegante para una feria rural.
Una sonrisa medida.
Miró la acreditación blanca.
El borde estaba recortado en pequeñas ondas.
No había ningún número visible.
—¿Problema? —preguntó Adela.
Eloísa respondió demasiado deprisa.
—Ninguno.
El hombre sonrió.
—Fabián Nates.
Extendió la mano.
Adela no la aceptó inmediatamente.
Miró primero la acreditación.
Después a él.
—Adela Valnera.
Le estrechó la mano.
—Organización.
—Me habían dicho que la organización era un poco más… informal.
—Ya no.
Fabián pareció encontrar divertida la respuesta.
—Eso veo.
Cogió la caja.
—Encantado.
Se alejó hacia el interior de la Escuela Vieja.
Adela esperó hasta que desapareció por el corredor.
Después miró a Eloísa.
—No está en mi lista.
Eloísa apartó la vista durante medio segundo.
—Es un invitado.
—Los invitados también están en la lista.
—Ha venido por un asunto conmigo.
—Tiene una acreditación.
Eloísa suspiró.
—Adela.
—Blanca. Sin número. Borde ondulado.
—No importa.
Adela miró hacia el pasillo por el que Fabián había desaparecido.
El encuentro apenas llevaba veinte minutos abierto.
Ya había una persona dentro del edificio que no figuraba en ninguna relación oficial, llevaba una acreditación que ella no había emitido y transportaba una caja que nadie había registrado.
No sabía todavía cuál de aquellas tres cosas iba a convertirse en un problema.
Solo sabía que, estadísticamente, cuando alguien decía no importa , casi siempre era el momento exacto de empezar a prestar atención.