Una acreditación para un cadáver (Los misterios de Brañaclara 1) CAPÍTULO 2 — TRECE NOMBRES, CATORCE PIEZAS
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CAPÍTULO 2 — TRECE NOMBRES, CATORCE PIEZAS

A las nueve y doce de la mañana del viernes, Adela Valnera había descubierto que en Brañaclara existían tres maneras distintas de decir ya está hecho .

La primera significaba que efectivamente estaba hecho.

La segunda significaba que alguien pensaba hacerlo antes de comer.

La tercera significaba que nadie recordaba exactamente quién había asumido la tarea.

La tercera era, con diferencia, la más frecuente.

—Falta el cartel de la entrada lateral —dijo Adela.

Eloísa, que estaba colocando programas impresos sobre la mesa de recepción, respondió sin levantar la cabeza:

—Está hecho.

Adela miró la puerta lateral.

No había ningún cartel.

—¿Dónde?

—Candela se ocupaba.

Desde el salón principal llegó la voz de Candela:

—¡Lo tengo yo!

Adela cerró los ojos.

—Eso no significa que esté hecho.

Candela apareció con un rectángulo de cartón bajo el brazo.

—Está casi hecho.

—Tampoco significa lo mismo.

En el cartón podía leerse:

ENTRADA COLABORADORES

Las letras estaban bordadas.

Adela miró a Candela.

—¿Has bordado un cartel?

—Tenía hilo.

—Tenemos una impresora.

—También tenemos hilo.

Eloísa sonrió.

—Ha quedado bonito.

Adela consultó el reloj.

—Ponlo.

Candela se marchó satisfecha.

La Casa de Cultura parecía distinta a la del día anterior.

No más ordenada, exactamente, pero sí transformada por una acumulación de pequeñas decisiones que Adela había conseguido imponer durante las últimas dieciocho horas.

Cada sala tenía un responsable.

Cada responsable tenía un horario.

Cada expositor tenía asignado un lugar.

Había una mesa específica para acreditaciones, otra para programas y una tercera para incidencias, aunque Eloísa había protestado al descubrir que Adela había utilizado literalmente la palabra incidencias .

—Parece que esperamos una catástrofe.

—Esperamos personas —había respondido Adela—. Es parecido, pero normalmente deja menos daños estructurales.

Las acreditaciones oficiales estaban ordenadas alfabéticamente dentro de una caja transparente.

Cartulina color crema.

Número de control en la esquina inferior derecha.

Nombre.

Función.

Una cinta verde para expositores, azul para colaboradores y amarilla para organización.

Adela había descartado la idea inicial de Eloísa de utilizar colores distintos para cada club.

Había nueve clubes.

—No voy a gestionar una paleta de colores —había dicho.

Aquella mañana Vega Llorente estaba fotografiando el resultado.

—Mira hacia aquí —le pidió.

Adela siguió colocando programas.

—No.

—Es para las redes.

—Entonces menos.

Vega bajó la cámara.

Tenía treinta años, el pelo oscuro recogido de manera poco convincente y la clase de expresión que parecía convertir cualquier conversación en un intercambio irónico aunque no hubiera intención de discutir.

—Eloísa dice que has salvado el encuentro.

—Eloísa exagera.

—Eso también lo dice Eloísa.

Adela levantó la vista.

Vega sonrió.

—Me caes bien.

—Qué rapidez.

—En este pueblo hay que decidir antes de que Candela te cuente la versión de todo el mundo.

Desde el salón principal llegó la voz de Candela:

—¡Te estoy oyendo!

Vega señaló hacia allí.

—¿Ves?

Adela volvió a las acreditaciones.

—Tienes trece minutos para hacer fotos antes de que empiece a llegar gente con cosas en las manos y decida que cualquier mesa vacía le pertenece.

—¿Trece?

—Ahora doce.

Vega levantó la cámara.

—Definitivamente me caes bien.

Adela decidió ignorarla.

Había dormido mal.

No por la cama de Aurelia, que resultó más cómoda de lo que recordaba, sino porque a las dos y diecisiete de la madrugada había oído algo caer en la cocina.

Percance.

A las cuatro y cinco, un ruido de papel.

Percance.

A las seis y cuarenta, un objeto pequeño rodando debajo de la cama.

También Percance.

A las siete, cuando Adela finalmente se levantó, encontró al gato dormido dentro de una caja marcada:

PAPELES PARA REVISAR.

Había decidido no añadir aquel hecho a ninguna lista.

Todavía.

—Adela.

Eloísa estaba delante de ella.

—¿Qué?

—Samuel pregunta si puede usar el ordenador del despacho.

Adela dejó una acreditación en la caja.

—¿Para qué?

—Carteles de precios.

—Hay una impresora en la planta de arriba.

—Dice que no encuentra el archivo.

—Eso no se arregla cambiando de ordenador.

Eloísa la miró con paciencia.

—Creo que quiere decir que necesita imprimirlos otra vez.

Adela señaló la escalera.

—Que suba.

Encontró a Samuel diez minutos después en el pequeño despacho del primer piso.

Había colocado varias hojas sobre la mesa y examinaba una impresora que hacía un ruido desagradable.

—Eso no me gusta —dijo Adela.

Samuel se volvió.

—A mí tampoco.

—Me refería al ruido.

—Yo también.

La impresora tragó una hoja y devolvió otra con una línea azul atravesando el margen.

Samuel la cogió.

—Perfecto.

—No parece perfecto.

—Es una prueba.

En la hoja había varios rectángulos con letras azules.

GOLONDRINAS DE LA brAÑA

Debajo aparecían espacios para nombre de pieza y precio.

—¿Vas a poner precio a la de tu madre?

Samuel negó con la cabeza.

—A esa no.

Adela miró la prueba.

—Entonces solo hay trece tarjetas.

—Doce. Una de las alumnas trae dos piezas pequeñas como conjunto.

Adela consultó mentalmente su inventario.

—Nuria Cebral.

Samuel alzó las cejas.

—¿Te sabes ya los nombres?

—No.

—Acabas de decirlo sin mirar.

—Sé dónde están.

Samuel sonrió.

—Eso es más inquietante.

La impresora empezó a trabajar otra vez.

Adela vio sobre la mesa varias hojas de prueba descartadas.

Algunas tenían líneas azules.

Otras presentaban el logotipo desplazado.

—No tires eso en la papelera de abajo —dijo.

Samuel levantó una hoja.

—¿Por qué?

—Porque luego alguien utiliza el reverso para escribir teléfonos, y dentro de seis meses nadie sabe si es basura o documentación.

—Anotado.

—No lo has anotado.

Samuel soltó una carcajada.

Adela salió.

A mitad del pasillo se cruzó con Candela, que llevaba una caja llena de madejas.

—¿Tienes unas tijeras?

—Claro.

—Samuel necesita recortar tarjetas.

Candela dejó la caja en el suelo y rebuscó dentro de un bolsillo enorme de su delantal.

Sacó dos pares.

—Rectas o de ondas.

Adela miró las segundas.

—¿Para qué existen unas tijeras de ondas?

Candela parecía sinceramente sorprendida.

—Para hacer ondas.

Samuel salió del despacho.

—Esas.

Candela se las entregó.

—Me las devuelves.

—Sí, mamá.

—Tu madre tenía más cuidado con las herramientas.

Samuel dejó de sonreír durante una fracción de segundo.

Tan breve que Adela no habría sabido explicar por qué lo notó.

Después él levantó las tijeras.

—Precisamente por eso no eran mías.

Volvió al despacho.

Candela recogió la caja.

—Maruja era extraordinaria.

—Eso dice todo el mundo.

—Porque lo era. Nunca hizo dos cosas iguales.

Adela pensó en la golondrina azul.

—¿Nunca?

—Ni aunque se lo pidieras. Decía que para eso ya estaban las fábricas.

Candela siguió hacia las escaleras.

Adela permaneció inmóvil un instante.

Después bajó.

No había nada extraño en aquella frase.

La madre de Samuel había sido artesana.

Los artesanos hacían piezas distintas.

Y Adela tenía otras treinta y siete cosas que resolver antes del mediodía.

A las once y cuarto, Ramiro Saro apareció cargando dos cajas.

Adela lo interceptó antes de que cruzara el salón.

—¿Qué llevas?

—Buenos días a ti también.

—Buenos días. ¿Qué llevas?

Ramiro miró las cajas.

—Fotografías y documentos del grupo de memoria local.

—¿Son para exposición?

—Una parte.

—¿Y el resto?

—Material de consulta.

Adela señaló unas etiquetas adhesivas.

—Marca cuáles.

Ramiro no se movió.

—He dado clases treinta y seis años.

—Entonces sabes seguir instrucciones.

Él la miró.

—Aurelia disfrutaba mucho contigo.

Adela se quedó quieta.

—¿Eso era un cumplido?

—A veces.

Cogió las etiquetas.

Adela volvió a la mesa.

Cinco minutos después escuchó una discusión cerca de la escalera.

Eloísa y Ramiro.

No levantaban demasiado la voz, pero tampoco se esforzaban por ocultarla.

—No podéis mover el archivo como si fueran cajas de folletos —decía Ramiro.

—Nadie va a tirar nada.

—Ese no es el problema.

—Necesitamos espacio.

—¿Para qué?

Silencio.

Adela levantó la cabeza.

Eloísa vio que estaba mirando.

—Para reorganizar la sala —dijo.

Ramiro soltó una risa sin humor.

—Sí. Reorganizar.

Cogió una de sus cajas.

—Mientras sea cosa vuestra, supongo.

Se marchó hacia la planta superior.

Adela esperó.

Eloísa regresó a la mesa.

—¿Qué significa eso?

—Nada.

—Entonces ha sido una discusión extrañamente intensa sobre nada.

Eloísa empezó a ordenar programas que ya estaban ordenados.

—Ramiro considera que todo documento viejo pertenece al patrimonio de la humanidad.

—¿Y tú no?

—Yo considero que necesitamos dinero para arreglar el tejado.

Adela miró la mancha de humedad junto a una ventana.

—Eso parece difícil de discutir.

—Exactamente.

El móvil de Eloísa sonó.

Lo miró.

Su expresión cambió.

No de manera dramática.

Solo lo suficiente.

—Tengo que cogerlo.

Se alejó hacia la puerta lateral.

Adela siguió con los programas.

No tenía ninguna razón para escuchar.

Por eso probablemente habría olvidado el asunto si Eloísa no hubiera dicho un nombre.

—Fabián, ahora no.

Adela levantó los ojos.

Eloísa ya estaba fuera.

La puerta se cerró.

—¿Quién es Fabián? —preguntó.

Vega estaba detrás de ella con la cámara colgada al cuello.

—¿Fabián?

—Eloísa acaba de hablar con uno.

La expresión de Vega se endureció.

Fue muy pequeño.

Un movimiento en la mandíbula.

Una pausa antes de contestar.

—Hay muchos Fabián.

—Imagino.

Vega cogió un programa.

—¿Necesitas fotos de esto?

Adela observó el cambio de tema.

—Sí.

—Perfecto.

—¿Conoces Aldaba Norte?

Vega dejó el programa.

—¿Por qué?

Adela señaló una hoja con posibles patrocinadores que Eloísa había abandonado sobre la mesa.

—Está aquí.

Vega miró el nombre.

ALDABA NORTE.

—Sí.

—¿Y?

—Tiendas para gente que quiere llevarse Cantabria a casa sin que huela a vaca.

Adela la miró.

—Eso parece una crítica.

—Es una descripción de mercado.

Vega recogió la cámara.

—Tengo que montar dos ampliaciones.

Se marchó.

Adela observó su espalda.

Después escribió mentalmente otro tipo de lista.

No de incidencias.

De reacciones.

No llegó a terminarla.