CAPÍTULO 1 — TODO EN SU SITIO #2
Adela sospechó inmediatamente que aquel verbo no se refería únicamente a su tía.
—Candela me ha mencionado un problema.
—Un problema pequeño.
Candela tosió.
Eloísa corrigió:
—Mediano.
Adela señaló la mesa.
—Siéntate.
Fue un error.
Veintisiete minutos después había sobre la mesa de la cocina cuatro listas de expositores, tres horarios incompatibles, dos planos distintos de la Casa de Cultura y una hoja titulada VERSIÓN DEFINITIVA que no coincidía con ninguna de las anteriores.
Adela colocó las hojas unas junto a otras.
—¿Cuántos participantes hay?
—Cuarenta y ocho —dijo Eloísa.
Candela dijo:
—Cincuenta y uno.
Adela levantó la vista.
Eloísa buscó entre los papeles.
—Cincuenta y uno contando los grupos.
—¿Los grupos cuentan como una inscripción o como varias?
Silencio.
Adela miró a ambas.
—¿Quién recibe a los expositores?
—Nos vamos turnando.
—¿Quién comprueba que han llegado?
—Nos conocemos todos.
—Eso no responde a la pregunta.
Eloísa empezó a sonreír.
Adela reconoció aquella sonrisa.
La había visto cientos de veces en responsables de eventos que acababan de descubrir que otra persona iba a solucionarles el problema.
—No —dijo Adela.
—No he pedido nada.
—Todavía.
—Solo quería que vieras la Casa de Cultura.
—No.
—Cinco minutos.
Adela miró las cuatro listas.
Después miró el reloj.
Después las cajas del pasillo.
La número siete seguía abierta porque Percance dormía dentro.
—Cinco minutos —dijo.
Eloísa y Candela intercambiaron una mirada.
—Y únicamente para evaluar el problema.
—Claro —dijo Eloísa.
Eso debería haberle advertido.
La Escuela Vieja estaba a menos de cinco minutos andando de la casa de Aurelia.
La lluvia había disminuido hasta convertirse en una niebla húmeda que cubría los tejados y oscurecía las montañas detrás del pueblo. Al llegar a la Plaza del Castaño, Adela reconoció algunos elementos de sus veranos: la fuente de piedra, las fachadas estrechas, el bar en la esquina.
Otros habían cambiado.
La antigua escuela tenía ahora una rampa de acceso, ventanas nuevas y un cartel de madera que decía:
CASA DE CULTURA DE brAÑACLARA
Debajo alguien había pegado un folio plastificado.
ENCUENTRO DE OFICIOS Y AFICIONES SÁBADO Y DOMINGO
Adela miró a Eloísa.
—¿Sábado?
—La inauguración es el viernes.
Adela se detuvo.
—Acabas de decir que era el sábado.
—El encuentro abierto al público.
—¿Y el viernes?
—Apertura para socios, invitados y autoridades.
Adela sacó el móvil.
—Eso no es un detalle.
Entraron.
El antiguo vestíbulo de la escuela estaba lleno de cajas, mesas plegables y carteles apoyados contra las paredes.
Una mujer atravesó el pasillo cargando un bastidor de bordado.
Un hombre apareció desde una sala con tres macetas.
Desde el piso superior llegó la voz de alguien preguntando quién había cambiado de sitio una ampliación fotográfica.
Adela se quedó inmóvil.
No era caos.
El caos era imprevisible.
Aquello era peor.
Aquello era un sistema funcionando mediante acuerdos que nadie había escrito.
—¿Dónde están las inscripciones originales?
—Arriba —dijo Eloísa.
—¿Planos?
—Tenemos dos.
—Ya los he visto. ¿Cuál es el vigente?
Eloísa señaló uno.
Candela señaló el otro.
Adela dejó escapar el aire.
—Necesito una mesa.
Una hora después ya no estaba evaluando el problema.
Durante casi tres décadas, aquello había sido su trabajo: convertir llamadas contradictorias, proveedores retrasados y cambios de última hora en una secuencia que alguien pudiera cumplir.
Había organizado congresos para cientos de personas sin que la mayoría llegara a sospechar cuántas cosas habían estado a punto de salir mal.
Luego llegó la fusión. Un despacho con paredes de cristal, dos personas de recursos humanos y una frase cuidadosamente preparada sobre duplicidades en el nuevo organigrama.
Adela había salido con una indemnización, una caja demasiado pequeña para veintisiete años de trabajo y la desagradable sensación de que todo lo que sabía hacer podía desaparecer de una empresa en veinte minutos.
Por eso había explicado su viaje a Brañaclara como un proyecto de seis semanas. Inventariar, reparar, vender, volver. Un proyecto tenía tareas. Una fuga no.
Y, sin embargo, delante de aquellas listas incompatibles, llevaba más de una hora sin pensar en Madrid.
Había creado una hoja única de participantes, separado expositores de colaboradores, asignado responsables por sala y decidido que cada persona vinculada al evento llevaría una acreditación numerada.
También había marcado las puertas de acceso en un plano y creado tres columnas:
NOMbrE.
FUNCIÓN.
HORARIO.
Eloísa apareció detrás de ella con dos cafés.
—Sabía que Aurelia tenía razón.
Adela siguió escribiendo.
—No quiero saber qué dijo mi tía.
—Que no soportabas ver una cosa mal organizada.
—Eso no significa que quiera organizarla.
—No, claro.
Adela levantó la cabeza.
—Me voy el domingo.
—Por supuesto.
—De esta organización.
—Naturalmente.
—Y de Brañaclara dentro de seis semanas.
Eloísa le entregó el café.
—Eso ya lo veremos.
Adela decidió no responder.
Revisaron primero el salón principal.
Después la cocina comunitaria.
Luego la planta superior.
Cuando llegaron al aula de cerámica, Adela llevaba una carpeta improvisada bajo el brazo.
La habitación olía a barro húmedo y madera.
Había cuencos, pequeñas figuras, platos y jarras distribuidos sobre dos mesas largas.
Un hombre de unos cincuenta años limpiaba herramientas junto a un torno.
—Samuel —dijo Eloísa—, te presento a Adela Valnera.
Samuel Coterón se secó las manos.
—La sobrina de Aurelia.
—Y responsable temporal de organización —añadió Eloísa.
—No.
Samuel sonrió.
—Entonces ya eres oficialmente de aquí. Eloísa siempre te da un cargo antes de que puedas rechazarlo.
Adela decidió que Samuel le caía mejor que Eloísa.
Dejó la carpeta sobre una mesa.
—Necesito comprobar la distribución.
Samuel hizo un gesto amplio.
—Todo esto es de los participantes de cerámica.
Adela consultó la lista.
Fue señalando las piezas mientras contaba.
Uno.
Dos.
Tres.
Samuel siguió limpiando herramientas.
Siete.
Ocho.
Nueve.
Adela volvió al principio de la lista.
Diez.
Once.
Doce.
Trece.
Miró las mesas.
Contó otra vez.
Catorce.
—Hay una pieza de más.
Samuel levantó la vista.
—¿Cómo?
—Trece inscritos. Catorce piezas.
Samuel se acercó.
Adela volvió a señalar.
—Trece nombres.
Después recorrió con el dedo las piezas.
—Catorce objetos asignados a exposición.
Samuel siguió su recorrido hasta detenerse ante una pequeña figura azul.
Una golondrina.
Era de un azul profundo, irregular, con una de las alas ligeramente más baja que la otra. La cola se desviaba apenas hacia un lado, como si el ave hubiera cambiado de dirección en mitad del vuelo.
Samuel sonrió.
—Ah. Esa no cuenta.
Adela lo miró.
—Está sobre una mesa de exposición.
—Es una muestra.
Cogió la figura con cuidado.
—La hizo mi madre. Maruja Coterón. Hace muchos años. Ponemos una pieza suya en casi todas las muestras.
Adela observó la golondrina.
No parecía perfecta.
Precisamente por eso era bonita.
El esmalte era más oscuro cerca del cuello. Había pequeñas irregularidades donde los dedos habían modelado el cuerpo.
—Entonces debería constar.
Samuel soltó una risa breve.
—No se vende.
—No he preguntado si se vende.
—Es decoración.
—La decoración también ocupa espacio.
Eloísa intervino:
—Adela…
Ella levantó una mano.
Sacó el móvil y fotografió la mesa completa.
Después hizo otra foto de la golondrina.
Samuel la observó divertido.
—¿También fotografías las cosas que sobran?
—Sobre todo.
Abrió la hoja de inventario.
Añadió una línea debajo de los trece participantes.
Pieza 14.
Se detuvo.
—¿Título?
Samuel volvió a colocar la golondrina en su sitio.
—Golondrina de la Braña. Primera serie.
Adela escribió.
—¿Propietario?
Samuel dudó apenas un instante.
—El taller.
Adela levantó la vista.
—¿El tuyo?
—Era de mi madre.
Aquello no era exactamente una respuesta.
Pero Eloísa ya estaba diciendo que tenían que revisar la sala de fotografía antes de que Vega se marchara, y Adela todavía necesitaba rehacer los horarios de montaje.
Escribió:
Muestra histórica. Sin expositor.
Cuando terminó, observó la fila.
Trece personas.
Catorce piezas.
Todo lo demás en la sala tenía un nombre asociado.
Un responsable.
Una casilla.
La golondrina azul era la única excepción.
Adela cerró la carpeta.
No sabía todavía por qué aquello le molestaba.
Tal vez porque llevaba demasiados años resolviendo problemas creados por frases como no cuenta , siempre lo hacemos así o eso no hace falta apuntarlo .
Tal vez porque, desde que había perdido su trabajo, necesitaba desesperadamente creer que las cosas podían seguir teniendo un lugar claro incluso cuando las personas dejaban de tenerlo.
O tal vez porque la pieza era demasiado bonita para ser tratada como si no perteneciera a nadie.
Adela volvió a mirar la línea que acababa de añadir.
Pieza 14 — muestra sin expositor.
Por primera vez desde que había entrado en la Escuela Vieja, todo estaba en una lista.
Todo salvo una pregunta.
¿Por qué la única cosa sin dueño era también la única que Samuel había intentado convencerla de que no necesitaba ser registrada?