Una acreditación para un cadáver (Los misterios de Brañaclara 1)
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CAPÍTULO 1 — TODO EN SU SITIO
Adela Valnera llevaba cuarenta y siete minutos en Brañaclara y ya había encontrado tres cajas mal rotuladas, una gotera y un gato dentro del armario de las toallas.
Lo del gato era, con diferencia, lo más difícil de justificar.
Adela abrió las dos hojas del armario y se quedó mirándolo. El animal, negro y blanco, estaba sentado encima de un montón de sábanas dobladas, con una pata delantera apoyada sobre una toalla de flores y la expresión satisfecha de quien había llegado primero a una cita.
—No —dijo Adela.
El gato parpadeó.
—Ni siquiera sé de quién eres.
El gato se lamió una pata.
Adela respiró por la nariz.
Había aprendido hacía muchos años que discutir con proveedores, técnicos, clientes o directores generales servía de poco si uno no sabía exactamente qué quería conseguir. En aquel caso, quería conseguir una cosa sencilla: que el gato saliera del armario.
Señaló el suelo.
—Fuera.
El gato se tumbó.
Adela cerró los ojos durante dos segundos.
Aquella mañana había salido de Madrid a las siete y veinte.
Había conducido cinco horas y media, contando una parada para tomar café y otra para comprobar que la carpeta azul con la documentación de la casa seguía en el asiento trasero.
Había llegado a Brañaclara bajo una lluvia fina que no parecía suficiente para justificar un paraguas pero sí para mojar absolutamente todo.
Su plan era sencillo.
Seis semanas.
Primera semana: inventario.
Segunda: clasificación de muebles, documentos y objetos personales.
Tercera: reparaciones imprescindibles.
Cuarta: valoración de la vivienda.
Quinta: selección de agencia inmobiliaria y preparación de anuncios.
Sexta: cierre de asuntos pendientes y regreso a Madrid.
Adela había impreso el calendario.
Dos copias.
Una estaba pegada con cinta adhesiva en la puerta de la cocina.
La otra permanecía dentro de la carpeta azul.
El gato no figuraba en ninguna.
—Muy bien —dijo.
Cogió una de las toallas.
El animal levantó la cabeza.
Adela tiró despacio.
El gato clavó las uñas.
—Eso es de mi tía.
El gato reforzó su posición.
—Era de mi tía.
Aquello tampoco pareció impresionarlo.
Adela soltó la toalla antes de que terminara convertida en dos piezas y retrocedió.
La casa llevaba siete meses prácticamente cerrada.
Una vecina había entrado de vez en cuando para airear las habitaciones, según las instrucciones que Adela había recibido por teléfono.
Alguien había dejado comida en la despensa.
Alguien había colocado una pila de correo sobre la mesa del recibidor.
Y, por lo visto, alguien había decidido que el armario de las toallas podía utilizarse como alojamiento felino.
La casa de Aurelia no era exactamente como Adela la recordaba.
Era más pequeña en algunos lugares y mucho más grande en otros.
El pasillo que de niña le había parecido interminable podía recorrerse ahora en diez pasos. Sin embargo, la cantidad de cosas acumuladas en las habitaciones parecía haber aumentado con los años siguiendo alguna ley física propia.
Había cajas debajo de las mesas.
Cajas encima de los armarios.
Cajas dentro de otras cajas.
Algunas tenían etiquetas perfectamente legibles.
NAVIDAD.
FOTOS.
DOCUMENTOS IMPORTANTES.
Otras demostraban que su tía había desarrollado, en los últimos años de su vida, una relación bastante creativa con el concepto de clasificación.
COSAS QUE NO SON DE LA COCINA PERO CASI.
POR SI ALGÚN DÍA.
MIRAR ANTES DE TIRAR.
Adela consideraba aquella última etiqueta una provocación personal.
Sacó el móvil y abrió una nota.
Incidencias iniciales.
Gotera pequeña en dormitorio trasero. Humedad junto a ventana de cocina. Revisar cuadro eléctrico. Identificar gato.
Mientras escribía el cuarto punto oyó un golpe detrás de ella.
Se volvió.
El gato había saltado desde el armario hasta una caja que Adela había cerrado diez minutos antes.
La tapa cedió.
El animal desapareció dentro.
—Perfecto.
Adela abrió la caja.
El gato estaba sentado sobre seis manteles, dos carpetas y una bolsa llena de pinzas de madera.
Adela leyó la etiqueta que acababa de pegar.
TEXTIL — COMEDOR. REVISADO.
La arrancó.
—Empezamos otra vez.
El gato respondió con un breve maullido.
Llamaron a la puerta.
Adela miró el reloj.
Las doce y treinta y seis.
No esperaba a nadie hasta las cuatro, cuando debía reunirse con un albañil de una localidad cercana para revisar la gotera.
Abrió.
El hombre que esperaba bajo el alero tendría poco más de sesenta años. Llevaba una chaqueta verde oscura, gafas y un paraguas cerrado del que seguían cayendo gotas.
Sostenía una bolsa de pienso para gatos.
Adela miró la bolsa.
Después al hombre.
Después hacia el interior de la casa.
—Creo que tenemos un asunto en común.
El hombre sonrió.
—Entonces Percance ya se ha presentado.
—¿Percance?
Un ruido de cartón arrugado llegó desde el comedor.
El hombre inclinó la cabeza.
—Ese.
Adela volvió a mirar el pasillo.
—¿Se llama Percance?
—Tu tía decía que era mejor poner a las cosas el nombre de lo que eran.
Adela pensó en las cajas de Aurelia.
—Eso no explica muchas de sus etiquetas.
El hombre soltó una risa.
—Soy Ramiro Saro.
Adela tardó un segundo en ubicarlo.
—El profesor.
—Jubilado desde hace tres años. Ahora soy una amenaza para cualquier conversación porque tengo tiempo para terminar las historias.
Adela abrió más la puerta.
—Adela Valnera.
—Ya lo sé.
—Claro.
Era Brañaclara.
Probablemente antes de que terminara de aparcar medio pueblo sabía qué matrícula tenía su coche.
Ramiro levantó la bolsa.
—He venido a traerle comida.
—¿Es suyo?
—No.
Adela sintió una esperanza absurda y breve.
—¿De alguna vecina?
—Era de Aurelia.
La esperanza desapareció.
Ramiro entró después de limpiarse cuidadosamente los zapatos en el felpudo.
—Desde que murió, le dejo comida. Pero este sinvergüenza nunca aceptó que la casa estuviera cerrada.
—¿Cómo entra?
—Ventana pequeña del almacén. Cierra mal desde antes de que Felipe González tuviera canas.
Adela añadió mentalmente un quinto punto a la lista de incidencias.
—La arreglaré.
Ramiro la miró.
—A Percance no le gustará.
—La casa no se organiza según las preferencias de Percance.
El gato apareció en el pasillo en aquel instante, como si hubiera escuchado su nombre. Caminó directamente hacia Ramiro, se frotó contra sus piernas y después fue hasta Adela.
Adela permaneció inmóvil.
Percance rozó su tobillo.
—No interpretes esto como un acuerdo.
—Aurelia decía lo mismo —comentó Ramiro.
Adela lo miró.
Ramiro tuvo la prudencia de no añadir nada.
Se agachó para servir un poco de pienso en un cuenco que sacó de debajo del fregadero sin preguntar dónde estaba.
Aquello irritó ligeramente a Adela.
También la tranquilizó.
Existían cosas que alguien había seguido haciendo durante los siete meses en que ella no había estado allí.
—Gracias por cuidarlo.
Ramiro se encogió de hombros.
—Él considera que me cuidaba a mí.
Adela abrió la boca para responder, pero llamaron otra vez.
—¿Esperas a alguien?
—No.
Ramiro sonrió.
—Ahora sí estás en Brañaclara.
La mujer que entró llevaba un recipiente de plástico cubierto con un paño y hablaba antes incluso de cruzar completamente la puerta.
—No sabía si habías comido y pensé que no, porque Aurelia siempre decía que cuando estabas trabajando se te olvidaba comer, aunque eso era cuando tenías veintitantos y supongo que una persona cambia, pero algunas cosas no cambian nunca, mira Ramiro, ya está aquí, te dije que llegaba hoy.
Adela reconoció a Candela Rábago por la voz antes que por la cara.
—Candela.
—Pues claro.
Candela dejó el recipiente encima de una caja que Adela todavía no había clasificado y la abrazó.
Adela tardó un segundo demasiado largo en devolverle el abrazo.
Candela seguía teniendo la misma energía desordenada de los veranos de adolescencia, aunque ahora llevaba el pelo gris cortado por encima de los hombros y unas gafas rojas colgadas del cuello mediante un cordón.
—Has adelgazado —dijo Candela.
—Tú sigues hablando sin respirar.
—Eso quiere decir que me has reconocido.
—Era difícil equivocarse.
Candela sonrió.
Treinta años sin verse y, de algún modo, habían vuelto a los diecisiete en menos de un minuto.
Adela miró el recipiente.
—¿Qué es?
—Cocido.
—No necesito…
—Ya.
Candela apartó el paño.
—Por eso te lo he traído.
Ramiro se levantó.
—Yo me voy antes de que empiece a repartir tareas.
—Tú —dijo Candela señalándolo— tienes que llevar las fotos del grupo de memoria mañana.
—Mañana por la tarde.
—Mañana por la mañana.
—En el mensaje pone por la tarde.
—Porque Eloísa se equivocó.
Ramiro miró a Adela.
—Bienvenida.
Salió antes de que Candela pudiera detenerlo.
Adela observó a su amiga.
—¿Quién es Eloísa?
Candela abrió mucho los ojos.
—Ah.
Adela conocía ese “ah”.
Era el sonido que precedía a una complicación.
—No.
—Todavía no he dicho nada.
—No importa.
Candela cogió una cuchara de un cajón.
—Eloísa Pando. Presidenta de la asociación cultural.
—Sigo diciendo que no.
—Tenemos un pequeño problema.
—No vivo aquí.
—Eso no tiene ninguna relación con el problema.
—Para mí sí.
Candela probó el cocido.
—Le falta sal.
—Candela.
—La persona que llevaba la organización del Encuentro de Oficios y Aficiones se ha marchado.
Adela sintió una punzada física de desconfianza.
—¿Se ha marchado dónde?
—De la organización.
—Eso no es marcharse. Es dimitir.
—Bueno, sí.
—¿Cuándo?
Candela examinó la cuchara.
—Ayer.
—¿Y el encuentro cuándo es?
Candela no respondió.
Adela esperó.
—El sábado.
Adela miró el calendario de la cocina.
Era miércoles.
—No.
—Hay algunas cosas un poco…
—No.
—…desordenadas.
—Precisamente.
La puerta volvió a sonar.
Candela sonrió.
—Será Eloísa.
Adela cerró los ojos.
—La has llamado.
—Le dije que habías llegado.
—Eso no es lo mismo.
—Para Eloísa sí.
Eloísa Pando tenía sesenta y tantos años, un abrigo azul marino empapado en los hombros y una carpeta tan llena de papeles que no podía cerrarse.
Entró con la seguridad de quien llevaba toda la vida atravesando aquella puerta.
—Adela, qué alegría. Siento muchísimo lo de Aurelia.
—Gracias.
Eloísa le agarró las manos durante un instante.
—Era imprescindible.