Capítulo 23 Lo que no volverán a decidir
Liora
El jinete volvió a medianoche, solo, con el caballo blanco de sudor en el pecho y las patas temblando. Lo hicieron pasar al salón sin quitarle las espuelas.
Yo estaba en la punta de la mesa larga, delante de tres papeles.
Darian de pie a mi espalda. Vael a un lado, con la lupa de cerrajero que había ido a buscar a su cuarto y las mangas subidas, y Mina en la puerta de la cocina con una vela, porque no había querido sentarse.
Contaba las salidas sin querer, como siempre: el arco del servicio, los dos ventanales cerrados, la puerta principal con el cerrojo echado desde dentro. Hacía dos días que no las contaba.
—El relevo existía, señor —dijo el jinete—. En la venta, cuatro caballos frescos y un mozo que no era del dueño. El coche paró lo que dura un trago. Salió por el camino de las esclusas.
—¿Y luego?
—Lo seguimos hasta la villa. Al entrar, dos carretas de sal nos cerraron el paso. Cuando pudimos pasar, el coche estaba en el patio de una posta, sin tiro, con las cortinas abiertas y vacío. Nadie vio subir ni bajar a nadie. El otro se ha quedado preguntando.
—¿Vacío del todo?
—Una manta, señor. Nada más.
—¿Una manta de qué color? —dije yo.
Me miró sin entender.
—Gris, señora. De lana basta.
No era la de Oria. Ella llevaba el chal de rayas que se había hecho en otoño, y ese no aparecía. Me pareció una cosa pequeña y me apreté las manos bajo la mesa.
Darian despidió al jinete con dos palabras y le dijo a Mina que le diera de comer antes de dejarlo dormir. Cuando la puerta se cerró me acerqué la lupa. Vael me la había dejado.
—Mire usted, señora. La luz es mejor si se inclina.
Incliné la lupa. Tres gotas de cera azul oscuro: una al pie del pliego de la víspera, otra en el acuse de recibo que había llegado hacía seis días, la tercera en la hoja que Darian había sacado de la caja.
Los tres sellos tenían el círculo con la muesca abajo.
Y en el borde de la muesca, tan pequeña que hubo que buscarla, una segunda hendidura fina, como un cabello.
—La tiene la matriz —dijo Vael—. Se le desportilló un canto. Aparece en los tres.
—Entonces los tres son del mismo sello.
—Sí, señora.
—¿Y la petición de hace nueve días? La primera, la que respondimos con el índice.
Vael tardó en contestar. Cogió el cuaderno, buscó un folio con el pulgar y lo abrió a mi lado.
—Ese lacre no lo conservé. Solo anoté la firma y el nombre del oficial que la refrendaba.
Lo que sé es que el acuse y el pliego de anoche son del mismo sello.
Si la petición también lo era, o alguien de dentro de la escribanía usa la matriz para su cuenta, o esas dos cartas no salieron nunca de allí.
—¿Y cómo se sabe?
—Comparando con la matriz verdadera, en Asteria. Y con el libro de la escribanía. Lo primero lo puede hacer el capitán Galen en dos días, si le llega el pliego.
—Que salga esta noche.
—Señora, de noche los caminos…
—Que salga esta noche, Vael.
Darian puso una mano en el respaldo de mi silla. No me tocó.
—Ya está escrito —dijo—. Sale con el alba, con cinco jinetes y una orden sellada con el sello soberano para que a Galen le abran el depósito.
Yo miraba los tres papeles. Los tres llevaban la misma letra apretada. Me dio por pensar que tres papeles de una misma mano me habían llegado a casa con cortesía durante nueve días, y que yo había respondido con tinta limpia y una copia bien atada.
—Yo le pedí a Oria que cuidara el índice —dije.
Nadie respondió.
—Se lo pedí yo. Por eso tiene la llave del cuarto de las cuentas. Por eso su nombre está en el nombramiento.
—Lo pidió ella por escrito —dijo Vael, muy bajo—, en el cuaderno de la casa, con fecha.
—Lo sé.
—Con su letra.
—Lo sé, Vael.
Se calló. Mina, en la puerta, dejó la vela en el aparador y desapareció en la cocina, y desde allí llegó ruido de cazuelas, sin ritmo, de una persona que necesita las manos ocupadas.
Nadie durmió de verdad, pero a la madrugada cada uno se retiró a donde pudo. Yo bajé a la cocina antes de que amaneciera y encontré a Mina sentada a la mesa de los jornales, con un cuenco de sopa intacto y el cucharón en la mano.
Barek estaba de pie contra la pared. Tenía el sombrero entre las manos y le había cambiado la cara.
—Yo voy —dijo.
—¿Adónde?
—Adonde me digan. Si quieren papeles, papeles tienen. Los originales no los tengo yo, pero las copias… Que se lleven las copias y la devuelvan.
—Barek.
—Que se lleven el índice entero. Lo copio yo mismo, letra por letra, si hace falta.
—Se lo llevarán —dijo Mina, sin levantar los ojos—. Y luego la devuelven, ¿verdad, señora? Es lo que hace la gente que quiere papeles. Coge los papeles y devuelve a la niña.
Me senté frente a ella. La sopa se había quedado fría, con una película de grasa. Pensé en Oria, que había comido el pan de la punta con el pelo atado con un lápiz. Me pasó por la cabeza que ella habría querido que yo no lo pensara.
—No lo sé —dije—. No creo que la devuelvan.
—Entonces…
—Entonces no hay trato que valga si no la tengo delante primero. Ni con copias ni con índice ni con nada.
—Señora, yo soy viejo —dijo Barek—. Si tienen que llevarse a alguien…
—No.
Me salió más fuerte de lo que quería. Mina levantó la cabeza.
—Nadie va en su lugar —dije—. Ni usted, Barek, ni yo, ni Darian. Es lo primero que hacen los que llevan a una persona a cambio de otra. No lo voy a permitir ni por casualidad.
—Pero, señora…
—Tiene diecinueve años, y la sacaron con un papel falso de un puente de mi casa. —Tenía las manos planas sobre la mesa, y las mantuve así—. Lo que ellos quieren decidir es cuánto vale, y quién va a pagar. No voy a dejar que lo decidan. Ni ellos, ni yo por miedo.
El silencio se alargó. Mina se limpió la cara con el borde del delantal, con rabia, como quien quita una mancha. Barek se puso el sombrero y volvió a quitárselo.
—Entonces, ¿qué hacemos? —dijo.
—Lo primero, que coma. Los dos. —Empujé el cuenco hacia ella—. Y que alguien me diga qué necesitan Vael y Galen en las próximas horas.
—Copias —dijo Vael desde la puerta. No sé cuánto llevaba allí.
Tenía la barba sin afeitar y una hoja llena de números—.
Copias de trabajo, señora. Del índice de la finca y de las piezas autorizadas que ya enviamos.
Anotadas por pieza: qué pide cada pliego, de qué fecha, con qué sello.
Una para Galen, que la cotejará con el depósito, y otra para quien lleve la búsqueda, para que sepa qué papeles interesan y por qué.
—Hágalas. Las autorizadas se quedan en el cuarto de las cuentas, con Barek en la puerta. Las copias de trabajo, dos, cada una con su folio; la de Galen irá con el mensajero del mediodía.
—Y rutas, señora —añadió—. Cualquier pliego que llegue desde hoy debe llegar por una ruta que podamos comprobar. Que vengan por el prefecto de esclusas con un número mío en el sobre. Lo que llegue sin ese número, no se abre.
—Y con el mío —dijo Darian. Estaba en la escalera de la cocina, sin casaca, con el pelo aplastado de un lado—. Un jinete de confianza, no el correo. Y una contraseña que no salga de esta casa.
—Sin contraseña que suene a contraseña —dije.
—Un número que solo tú y yo sepamos.
Me miró. No tuve que pensarlo.
—Veintiuno —dije.
—Veintiuno.
Vael no preguntó de dónde salía. Lo anotó.
Después comí la sopa fría de Mina y me quedó en el estómago como una piedra tibia. La comí entera.
Pasé la mañana del segundo día en el cuarto de Oria, sin tocar nada.
Tenía el catre hecho, con la manta doblada a los pies.
En la mesa, el frasco de tinta tapado, tres plumas en fila y una hoja a medio copiar: números de registro, con las aes abiertas, y en el margen una nota para sí misma que decía «preguntar a V. por la cinta roja».
Me quedé mirando esa V. hasta que se me deshizo.
Luego guardé la hoja en mi bolsillo, entre dos hojas de Vael, y cerré la puerta sin echar la llave.
Cuando bajé al salón ya habían salido los jinetes.
Darian los había despedido en el paso de piedra.
Los cinco que la Corona había mandado durante la noche, camino de Asteria, con el pliego y la orden sellada para Galen; otros dos se quedaban en la linde, porque la casa no podía quedar abierta.
Hacia la villa de las esclusas salieron el jinete que había vuelto a medianoche, sobre un caballo de la cuadra, y Tello, con la sien todavía fea del codazo, sentado en una mula porque no había querido quedarse;
se juntarían con el que seguía en la posta y preguntarían en cada venta sin dormir en ninguna.
Un mensajero a Brand, para que pusiera las dos balandras a mirar el tráfico de carga del río.
Otro, con tres líneas de mi puño, al prefecto de esclusas: que anotara toda carreta cerrada que pasara hacia el oeste y no la detuviera.
Otro a Mara, por la vía de siempre. Y a Iven, que andaba de ruta por el valle, se le hizo llegar la descripción del coche y de los cuatro caballos: era quien más ventas pisaba.
«Con papel y sello», escribí, como habíamos dicho.
Él regresó al salón con las botas mojadas de escarcha y se sentó en el borde de la mesa.
—Están todos en marcha.
—¿Tú?
—Yo, aquí.
—Puedes ir con Galen. Puedes ir a la villa.
—Puedo.
—No he dicho que quiera que vayas.
—Lo sé. —Se pasó la mano por la nuca, donde la marca se le veía por encima del cuello—. Iba a decirte que me quedo antes de que me lo pidieras. No me salió.
—Quédate.
—Aquí.
—Aquí. —Tragué—. No quiero ver salir a otro detrás de alguien mientras yo me quedo esperando. Ya me tocó a mí estar del otro lado.
—Lo sé, Liora.
No dijo que la iba a encontrar. Lo agradecí más de lo que habría sabido explicar.
Le puse la mano sobre la rodilla y él la cubrió con la suya, con las ampollas vendadas de Mina, y estuvimos así hasta que Vael entró con la primera copia de trabajo, todavía húmeda, y la puso sobre la mesa entre los dos.
La carta llegó la mañana siguiente, con el alba.
La trajo un pastor de la loma, un chico de doce años con las manos tan rojas que parecían de otro, que se la había dado un desconocido en la venta con una moneda y la orden de llevarla a Valen sin pasar por el puente.
No pasó. Dio la vuelta por el molino y llegó a la cocina por la puerta trasera, y Mina, que no soltaba el cucharón, lo retuvo por el cuello de la camisa hasta que llegué yo.
—No sé quién era —dijo el chico—. Tenía un pañuelo en la cara y hablaba bajo.
—¿De qué color el pañuelo?
—Gris.
Le di pan y una moneda mía. Le pedí que se lo contara todo a Darian, hasta lo del pañuelo, y luego que se lo repitiera a Vael. Después subí a la mesa del salón con el sobre.
El lacre era el mismo. El círculo con la muesca. La hendidura mínima en el borde. Lo abrí yo misma, con la uña, y lo leí en voz alta, porque no pensaba tener nada que no oyeran los dos.
«A la señora de la casa Valen. La señorita Oria Valen está sana y bien atendida, y seguirá así.
No se ha usado con ella violencia innecesaria ni se usará.
Mi señor, Alfa de una casa que no nombro, necesita las piezas del archivo de la señora Maevra que su hija conoce y ustedes no.
Padece una maldición que las piezas describen.
Por eso ordenó que la señorita fuera traída a su presencia, y así se hizo.
En cuanto las piezas catorce, diecisiete y treinta y una, con sus índices completos, lleguen a las manos que se indicarán, será devuelta.
»La treinta y una figura en el inventario de la custodia, no en el índice de la finca. La señorita no ha querido decirlo. Ustedes pueden averiguarlo. Se les indicará el modo de entrega.
»No se dará aviso a la Corona. No se enviarán partidas».
No había firma. Solo el lacre.
Cuando terminé, nadie habló. Mina había entrado y se había quedado detrás del pastor, con la boca cerrada. Barek, en el umbral, tenía la mandíbula tan apretada que se le marcaba el hueso.
—«Ordenó» —dijo Vael, por fin, y era la primera vez que no medía el tono—. Lo dice él. Lo pone por escrito, o lo pone quien firma por él.
—Sí.
—Esto es un mandante, señora. Y una confesión. Tiene el sello de sus peticiones y su lenguaje de custodia, y aun así no es prueba de nada que un tribunal admita, mientras no tengamos la matriz.
—No necesito que la admita un tribunal —dije—. Necesito saber quién ordenó que la agarraran por la puerta trasera de un coche.
—«Sana y bien atendida» —repitió Darian. Estaba sentado enfrente de mí, con las manos abiertas sobre la mesa, y lo dijo sin inflexión, como quien lee un cargo—. «Sin violencia innecesaria».
—Han tenido que decirlo porque saben cómo suena lo otro.
—Sí.
—Un hombre enfermo —dije—. Con una maldición.
—Un hombre que tiene una enfermedad no manda a siete jinetes a un puente con un pliego falso —dijo Darian—. Ni escribe «no se enviarán partidas» a una casa que puede levantar cien.
—No me interesa si está sufriendo —dije—. Puede que sea verdad y que se esté muriendo. —Me sorprendió no sentir nada al decirlo—. Pero se llevó a Oria por la fuerza.
Vael me miró, esperando.
—No pienso hacer nada por cortesía con él —añadí—. Ni le voy a dar la razón por dolor ajeno. Que sufra donde quiera, lejos de ella.
Mina se pasó el dorso de la mano por los ojos. El chico, sentado en un rincón, levantó la cabeza como si acabara de entender algo que no era suyo.
Pedí pluma. Darian empujó el tintero hacia mí, y sentí sus dedos rozarme el nudillo sin apartarse.
Escribí tres líneas. Las escribí de un tirón, con la mano firme, y no las taché.
«No cambio personas. Que Oria escriba de su mano una línea con fecha, para que yo sepa que está sana. Hablaré de papeles con ella delante, y con nadie más. Liora Valen, señora de la casa Valen».
El sobre salió con el primer jinete de confianza, camino del prefecto. El chico se quedó en la cocina con una hogaza de Mina entre las manos, sin atreverse a morderla.
Cuando todos se dispersaron me quedé sola en el salón, con los dos ventanales abiertos porque había dicho que nunca los cerrarían. Tenía la mano en la mesa, donde había dejado el pliego, y no sentía la madera.
Sentí a Darian antes de oírlo. El pulso segundo, debajo del mío, se hizo más claro. Se paró en la puerta de la huerta sin entrar.
—Voy a salir un rato —dije.
—¿Adónde?
—Al bancal.
No se movió. Tampoco me preguntó por qué. Me había pasado dos noches sin querer pensar en el romero, con la sensación de que plantarlo era tomar algo que no me correspondía mientras ella seguía en un coche o en un cuarto sin ventana.
Salí. La tierra había vuelto a helarse en la orilla y, en el centro, donde habíamos removido la grava, seguía suelta. Me arrodillé. Metí las manos hasta las muñecas.
Darian se puso al lado, sin decir nada, y se arrodilló. Sacó de su bolsillo la hoja de lo que Vael había copiado de la carta y la dejó a un lado, sobre una piedra, con otra piedra encima.
—Ahí está —dijo—. No se va a ir.
—Lo sé.
—Cuando quieras volver a ella, la coges. Ahora no.
Asentí. Cogí un puñado de grava, y otro, y las mezclé con la tierra fría.
—Pásame la pala —dije.