Capítulo 22 La orden ajena
Darian
Heló durante la noche, y a media mañana la tierra del bancal todavía sonaba a pan duro cuando entraba la pala. Liora me miraba desde el borde, con el chal de Mina sobre la casaca y las manos escondidas en las mangas.
—Más hondo —dijo—. Hasta que salga la clara.
—Ya sale.
—Eso es grava.
—¿Y es mala?
—Es lo que quiero. —Se agachó, cogió un puñado y lo dejó caer entre los dedos—. Al romero le sobra tierra buena. Se muere de comida.
—Nadie me lo había dicho.
—A ti nadie te ha dejado plantar nada.
Era verdad, y seguí cavando. Habíamos traído la grava del fondo de la acequia en dos cestos.
Barek los había dejado junto al muro con la cara de quien no aprueba que un soberano cargue piedras y ha decidido no decirlo.
Los esquejes que Liora había traído de Vhal pasaban el invierno en tiestos, en el alféizar del cuarto.
Hoy solo preparábamos la cama, y Liora lo llamaba hacer sitio.
—Mezcla más. Una parte de grava por dos de tierra.
—¿Quién lo decide?
—Yo. Mira cómo lo hago.
Lo hizo con las manos, sin guantes, y la tierra fría se le quedó en las uñas. Yo tenía las palmas abiertas por dos sitios desde la víspera y el mango de la pala ya me había encontrado los dos.
—Enséñame —dijo.
—No es nada.
—Enséñame.
Le tendí la izquierda. Me la giró hacia la luz y apretó el pulgar junto a la ampolla, no encima, con cuidado.
—Mina tiene sebo.
—No hace falta.
—Mina tiene sebo, Darian.
Por el sendero de la huerta venía Oria con el cuaderno de la casa bajo el brazo y el índice de la finca en la otra mano, atado con su cinta. Se había recogido el pelo con un lápiz. Comía la punta tostada de un pan como quien se ha jurado no llegar a la cocina con hambre.
—Vael dice que el oficial llega antes del mediodía.
Liora se sacudió las manos.
—Era la semana próxima.
—Adelantaron el turno. El pliego vino anoche, mientras cenábamos. Vael lo anotó. —Oria sacudió las migas—. Firmo primero y firma él después. Con Vael al lado, como dijimos.
—Con Vael al lado —repetí.
—Ya lo escribí, Darian. Está en el cuaderno. —Miró mis manos y torció la boca—. Te van a salir callos malos.
—Ya me han salido.
—Se lo digo a Mina.
—Ya se lo ha dicho Liora.
—Entonces dos veces —dijo Oria, y se fue hacia la casa con su pan, y le vi la espalda recta pasar bajo el arco del huerto y desaparecer por la cocina.
Liora se quedó mirando el camino. Luego cogió el otro extremo del bancal y se arrodilló en la grava.
—Escribí la fecha —dijo.
—¿Qué fecha?
—La de salir. El día en que se vaya el oficial. Antes había puesto solo «cuando termine el trámite», y hoy he puesto un día. —Rompió un terrón entre los dedos—. Me ha costado menos de lo que creía.
—Yo no lo firmé.
—Ya lo sé. Es la casa.
Me arrodillé a su lado, del otro lado del surco.
—Has mirado al puente dos veces —dijo.
—Una.
—Dos. Ahora las cuento yo.
Fue lo más parecido a una pulla que me había dicho en toda la mañana, y me llegó por la corriente segunda antes que por el oído: un latido que se le levantaba un poco, ligero, y volvía a su sitio. Metí las manos en la tierra hasta las muñecas y no las saqué hasta que el bancal quedó parejo.
Liora se sentó sobre los talones y midió con la vista el largo del muro. De la cocina llegaba olor a cebolla rehogada; en la cuadra, Membrillo relinchó a nadie, y lo hizo otra vez, más fuerte, para que lo oyeran.
—En Asteria no hay sitio para esto —dijo.
—Hay el jardín del ala oeste.
—Es un jardín de mirar. Aquí se mancha uno. —Se limpió la frente con el dorso de la muñeca y se dejó una raya negra—. Pero también hay una terraza con piedras que tú sabes poner.
—Las pongo mal.
—Las pones a tu manera. La primera vez me pareció que las habías contado.
—Las conté.
Se rió sin abrir la boca, y yo pensé que me habría quedado allí de rodillas hasta que se helara de nuevo la tierra.
Subí al cuartito de la galería con la tierra todavía en los antebrazos.
El último pliego de Galen esperaba abierto sobre la mesa.
Vados quietos. La muralla en obra, dos tramos cubiertos.
Odran sin respuesta a las cartas de la casa, ni una línea, ni una queja.
Lo leí de pie, buscando la falta, y no había ninguna. Aquello me pareció peor que las quejas.
Abajo, en la cabecera del paso, Tello hablaba con alguien en el tono de quien cuenta.
Por la ventana no se veía el puente, solo el tejado de la venta al fondo y una mula de labor atravesando el camino.
Oí el ruido de un carro pesado sobre la piedra, una rueda, dos, y luego el silencio de gente que se saluda con educación.
Pensé que era el oficial. Pensé que a partir de esa tarde iba a poder decir que el trámite estaba cerrado, y que después ya no habría copias ni pliegos ni peticiones que llegaran a casa con lacre.
Me senté a escribir con la izquierda. Salían las letras torcidas.
La puerta se abrió sin llamada.
Vael no abría puertas sin llamar. Ni la del salón ni la de la despensa. Traía el cuaderno de la casa contra el pecho, abierto por la mitad, con el dedo metido entre las hojas.
—Señor. El pliego de anoche.
—¿Qué pasa con él?
—La petición que respondimos pedía las piezas catorce, diecisiete y diecinueve.
Este pliego pide catorce, diecisiete y treinta y una.
—Tenía la voz plana de siempre, y la mano que sostenía el cuaderno no—.
Lo acepté porque traía el lacre y la firma.
No lo cotejé número por número. Lo estoy cotejando ahora, porque el recibo lleva mi nombre y me toca escribir la pieza.
Dejé la pluma.
—¿La treinta y una existe?
—No en el índice de la finca. Un oficial de verdad trae en su caja lo que se pidió, señor.
—¿Dónde está Oria?
—En el puente. Bajó con el índice hace un cuarto de hora. Yo iba detrás con el cuaderno y me detuve en la galería para mirar el número.
—Dile a Liora que voy al puente. Dile que se ha ido con ellos. Ahora.
—Señor, aún no…
—Ahora, Vael.
Ya estaba en la escalera.
Se corre distinto cuando no se sabe si se llega. No cuento pasos. Bajé por la cocina, donde Mina levantó la cabeza de la artesa y no dijo nada, y crucé el patio, y el camino del puente me salió al encuentro con las heladas todavía blancas en los bordes.
Desde el arco del huerto vi el paso de piedra.
El carro cubierto estaba a mitad del puente, con la caja atada encima y dos hombres sujetando las mulas por la cabezada.
A este lado del carro, Tello, de pie con la hoja en la mano.
Al otro extremo, sobre el camino del valle, un coche cerrado, cortinillas echadas, con cuatro caballos en vez de dos.
Cuatro caballos. Lo pensé y seguí corriendo.
El oficial, de gris, con capa y bolsa de cuero, hablaba con alguien al otro lado del carro.
No se le veía la cara. Vi a un jinete rodear el carro y cruzarse ante Tello con el caballo de través.
Vi a otro bajar. Oí la voz de Oria una sola vez, seca, dictando un número.
Y entonces dijo «No», y no era la voz de quien discute un recibo.
Tello levantó la hoja como si aún pudiera valer de algo y el jinete le pegó con el codo en la sien. Cayó de rodillas. La gorra rodó hasta el borde del paso.
Yo estaba a veinte pasos.
Lo que hicieron entonces lo tenían ensayado.
Uno de los hombres de las mulas soltó las tiras de un tirón y les dio con la palma en las ancas, y las dos bestias salieron hacia mí, sueltas, con los ojos blancos.
Detrás, alguien sacó el pasador de la rueda del carro.
El carro se hundió sobre el eje con un ruido de madera partida y quedó atravesado en el paso, con la caja inclinada.
Tuve que echarme contra el parapeto para que no me pisaran. Una mula me rozó el hombro. Cuando volví al centro del paso, el puente estaba cerrado con un carro del ancho de una casa.
Lo intenté por el lado. No cabía. Puse el hombro contra el costado de la caja y empujé; los tablones crujieron y el carro se movió un palmo y se trabó, con la rueda suelta clavada en la piedra. Me subí. Me quemaron las palmas abiertas en el borde del toldo.
Desde arriba lo vi todo, y duró lo que tarda una respiración.
El coche ya se movía. La puerta trasera seguía abierta, y por ella asomaba una falda de lana azul, la de Oria, y una mano que agarraba el borde de la puerta con los dedos abiertos.
Un hombre se la soltó de un golpe seco. La puerta se cerró.
Los jinetes cerraron a los lados. Seis, siete; ya no los conté.
—¡Oria!
La mano no volvió a aparecer. Vi el coche tomar la curva del camino con los cuatro caballos ya a galope, sin frenar, en la recta que salía hacia la venta y el cruce.
Un jinete se quedó atrás, el último, con una ballesta apoyada en la silla. Me miró sin apuntar. Después la levantó y disparó a mi cabeza, y el virote se clavó en el toldo a un palmo de mi oreja, con un golpe sordo que me hizo temblar toda la madera. Cuando levanté la vista, ya solo veía su espalda.
Salté al otro lado. Aterricé mal sobre la piedra del paso y la bestia se me subió al pecho como un empujón, ese calor que quiere el suelo bajo cuatro patas. La dejé estar un segundo. Luego la corté.
Correr detrás de un coche de cuatro caballos con dos piernas es una manera de gastar el aire. Lo hice cincuenta pasos. En el camino ya no quedaba más que polvo blanco de escarcha rota, y la voz de Tello a mi espalda, débil, diciendo algo.
Me detuve. Dos jinetes de Galen venían a galope desde la linde, los dos que había pedido a Galen. Uno traía el yelmo ladeado.
—Tras el coche —dije—. No intenten detenerlo solos. Síganlo, y que uno vuelva con el rumbo.
—A sus órdenes, señor.
Salieron a lo largo del camino, levantando hielo. Me quedé mirándolos hasta que la curva los tragó, y sentí en la corriente segunda un pulso que se alargaba hacia mí, rápido, desbocado.
Volví al paso. Barek había llegado con un balde y dos peones y ya le limpiaba la sien a Tello con un trapo mojado.
Le pedí que cerrara el camino de la venta con lo que hubiera, carros y cuerda, y que nadie más cruzara el puente sin pasar por él.
Asintió y se fue sin preguntar más. Uno de los peones echó a correr hacia el molino, con un recado que yo no le había dado.
Tello estaba sentado contra el parapeto, con la gorra sobre las rodillas y la vista fija.
—Los conté, señor —dijo—. Eran siete, más el oficial. Me pidieron que los contara. Yo los conté.
—No hiciste nada mal.
—Traían el pliego. Con el lacre.
—Lo sé.
—Ella les dijo que la treinta y una no estaba en el índice —dijo Tello—. Se lo dijo dos veces. Y luego dijo «No».
Le puse la mano en el hombro y él bajó la cabeza.
La caja seguía en lo alto del carro, inclinada. Arranqué la tapa; los clavos eran nuevos y cedieron a la primera. Dentro había paja. Nada más que paja, prensada en un bloque, del tamaño de un libro grande, y encima, doblada por la mitad, una hoja suelta.
La abrí.
Letra apretada, de prisa, en dos tintas.
Sin firma. «Verificación de números en el carro. La Beta Valen sube por la trasera. No la mayor. Sin daño. Cierre del paso al primer grito. Relevo de tiro en la venta. Si pregunta por la treinta y una: es la que falta en su índice».
Y debajo una gota de lacre azul oscuro, con la huella de un sello: un círculo con una muesca abajo, como una moneda mordida.
Lo había visto. No sabía dónde. Lo había visto esa semana, o la anterior, sobre otro papel.
Doblé la hoja por donde estaba doblada. Pesaba lo que pesa un papel y me quemaba en los dedos.
—Señor.
Vael estaba en el extremo del puente, sin aliento, con el cuaderno abierto sobre el antebrazo. Se había quedado sin sombrero. Junto a él, con la pala pequeña todavía en la mano, venía Liora.
No corría. Caminaba de prisa, con la mirada en mí, y cuando vio el carro atravesado y la gorra de Tello en el suelo se detuvo de golpe.
Lo sentí en el pecho: su pulso, que había subido todo el camino, chocó contra el mío y los dos se quedaron sin ritmo por un momento, como cuando dos personas se agarran a la misma cuerda.
Salté el carro y fui hacia ella.
—Se la han llevado —dije—. A Oria.
Ella no preguntó cómo. Solo apretó el mango de la pala, y vi cómo se le iba el color de los labios y luego volvía.
—¿Quién?
—Siete jinetes y un falso oficial. Un coche cerrado, cuatro caballos. Cortaron el paso con el carro. Salieron por el camino de la venta hace un momento; he mandado tras ellos a los dos de la linde. Tello está vivo. Barek le limpia la cabeza.
—¿Iba herida?
—No la vi caer. Les dijo dos veces que esa pieza no estaba en su índice. Luego gritó.
Cerró los ojos un segundo. Los abrió.
—Dime qué más.
Le di la hoja, doblada como la había encontrado. La leyó de pie, con el pulgar sobre la gota de lacre. Le vi el gesto de la boca en «la Beta Valen» y en «no la mayor».
—No me buscaban a mí —dijo.
—No.
—Vael. —No se volvió—. El lacre.
Vael se acercó con el cuaderno. Lo puso bajo la hoja, junto al pliego de la víspera, que tenía marcado con un hilo, y miró las dos huellas, la del pliego y la de la hoja, con la nariz casi pegada al papel.
—Se parecen —dijo, despacio—. Parecen la misma muesca, señor. No puedo jurar que lo sean sin la lupa y sin el original de la escribanía, y el original está en Asteria.
—Fue mi cotejo, señora —dijo Vael—. Lo hice tarde.
—Después, Vael.
—Sí, señora.
—Se parecen —repitió Liora, y entendí que lo repetía para no decir lo otro.
Levantó la vista hacia el camino, hacia la curva donde ya no había polvo ni caballos. Dejó la pala en el suelo, con cuidado, contra el parapeto. Después me tomó de la mano abierta y la apretó sin fijarse en las ampollas.
—Cuéntamelo todo, desde el principio —dijo—. Y luego lo hacemos juntos.
Se lo conté de pie en el puente, con Tello sentado a nuestros pies y el carro muerto delante.
El pliego de la víspera, el número de más, la cuenta de los caballos, el codazo, las mulas, la mano en la puerta del coche.
Ella escuchó sin interrumpirme. Solo cuando dije «cuatro caballos» giró la cabeza hacia el camino, como si el número tuviera olor.
—Salida preparada —dijo.
—Sí.
—Relevo en la venta. Lo dice la hoja.
—Los dos jinetes de Galen llegarán a la venta antes de que se enfríe el tiro. Si el relevo existe, lo verán.
—Y si no vuelven.
—Vuelve uno. Lo ordené así.
Asintió. Se pasó la mano por la cara y le quedó una segunda raya de tierra, junto a la primera.
—Yo quería ir contigo —dijo—. A la venta. Ahora mismo, a caballo, sin pensar.
—Yo también.
—Pero.
—Pero si nos vamos los dos detrás de un coche, la casa se queda sin nadie y con el archivo dentro —dije—. Y si no nos vamos, no dormiré.
—Tampoco yo. —Me miró con los ojos secos—. Qué mal escoger.
No me sonó a queja.
—Vael —dijo, sin apartar la vista de mí—. El cuaderno, abierto por la petición. Y busque los dos pliegos de la escribanía, el de hace nueve días y el de anoche. Los tres juntos, sobre la mesa del salón, con luz de ventana.
—Sí, señora.
—Barek, las llaves del cuarto de las cuentas. Que nadie entre ni salga hasta que las tenga yo en la mano.
—Voy, señora —contestó Barek desde el camino.
Liora se agachó junto a Tello y le puso la mano en el hombro.
—Levántese cuando pueda —le dijo—. No antes.
Después me buscó otra vez la mano.