Un vinculo grabado a medianoche (Cuentos de hadas de la manada 2) Capítulo 21 Delante de los nuestros
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Capítulo 21 Delante de los nuestros

Liora

Me desperté antes del alba, como siempre, y esta vez el reflejo de bajar a hacer la chimenea llegó tarde, porque la cocina ya estaba hecha. Se oía desde arriba: ollas, un tablón contra la mesa, la voz de Mina dando órdenes a alguien que respondía en voz baja para no discutir.

Darian dormía boca abajo, con los pies fuera de la cama. Le tapé uno con la manta. No se movió, pero el silbido flojo de su respiración cambió de tono un momento y volvió al de antes.

Bajé con el vestido verde en el brazo, porque no me fiaba de tenerlo cerca de las escaleras.

En la cocina había siete personas y ninguna me miró.

Oria pelaba cebollas con el pelo atado en un trapo.

Barek sostenía una bandeja de pan tan alta que le tapaba la cara.

Mina, en medio, con el cucharón en alto como un mando, repartía las tareas sin hacer caso de nadie.

—Cuarenta y cinco bocas —dijo, sin volverse.

—Oria contaba treinta y dos.

—Oria no cuenta a los que no han sido invitados.

—¿Y quiénes son?

—Los que vienen igual.

No tenía respuesta para eso, y cogí un cuchillo. Mina me lo quitó de la mano sin mirarme.

—Hoy no.

—Me sobran manos.

—Le sobrarán luego. Ahora se sienta ahí y se toma el té, que si no se le enfría.

Me senté. El té estaba a punto, ni negro ni flojo, y la punta tostada del pan me esperaba sobre un plato. Pensé en las mañanas de otra época en esa misma cocina, cuando yo era la que amasaba lo que no iba a nadie importante. Nadie me había dicho entonces que hoy me iban a sentar a mí.

Oria subió a ayudarme con el vestido antes de que llegara nadie. Cerró la puerta a su espalda y se quedó mirando la ventana entornada, y luego el cerrojo, que seguía de mi lado, sin decir nada.

—Los cordones van por detrás —dijo.

—Ya lo sé.

—Sí, pero se te enredan.

Me puse de espaldas. Sus dedos tiraron de los cordones uno a uno, con el cuidado con que ordenaba los papeles, y en el último tirón me despertó la punzada del costado, la herida que protesta sin crecer. En el espejo de la pared vi que no me miraba a la cara sino al nudo.

—Estoy nerviosa —dije.

—Ya lo veo.

—Tú no.

—Yo llevo desde ayer con las manos frías. —Anudó, alisó, me dio la vuelta por los hombros—. Va a haber gente que me mire a mí también.

—Vas a estar a mi lado.

—Lo sé. Es lo que me da miedo y lo que quiero. —Sonrió, un poco torcida—. Nunca me han pedido que me quede a la vista.

—No te lo pido. Te lo ofrezco.

Oria bajó los ojos. Luego cogió el sello de la casa de encima de la cómoda y lo sostuvo un momento entre las dos manos, como se sostiene un pájaro.

—Lo llevo yo —dijo.

—Lo llevas tú.

Empezaron a llegar a media mañana, y por el puente, como habíamos dicho.

Tello los contaba desde la cabecera del paso con su gorra bajo el brazo y una hoja en la mano, y saludaba a cada uno por su nombre antes de dejarlo pasar.

Nadie tuvo que enseñar ningún papel. El viejo del molino vino con su nuera y tres nietos.

Los cortadores de mimbre que Darian había protegido, y que yo no había visto nunca, trajeron un cesto atado con juncos y no supieron a quién dárselo hasta que Oria salió a recibirlo.

Vinieron las familias de las casas de labor bajas, con Celene detrás, callada y sola.

—No es que la hayan invitado —me dijo Oria al oído—. Es que viene igual.

—Está bien.

—Lo sé. Solo quería que lo supieras.

Yo estaba en el patio, de pie junto a la puerta del salón, con los dos ventanales abiertos a mi espalda.

Había pensado que me molestaría verlos todos entrar a la vez, y lo que pasó fue lo contrario.

Contaba salidas, como hago siempre, y me salían muchas: el arco del servicio, la puerta principal, los ventanales, la cocina, el portón del patio, el hueco de la cuadra.

Ninguna se podía cerrar sin que todos lo notaran, y hoy la casa estaba llena.

Iven llegó al mediodía, en la mula de correo, con la pierna rígida.

—Vengo por la cena —dijo, antes de desmontar.

—Es por la tarde.

—Entonces vengo por la comida.

Detrás de él vino un jinete de Mouriño con la librea de la casa, que no traía documento sino un envoltorio de tela. Xana Mouriño mandaba un pañuelo de navegar, muy doblado, y una línea a mano: «De su mesa a la mía, sin nada que firmar». Lo guardé en el bolsillo.

Mara llegó la última.

Cruzó el puente sola, a pie, con el arco a la espalda y una bolsa de lona al hombro. Tello se le puso delante para preguntarle el nombre, y ella lo miró de arriba abajo.

—Mara —dijo—. Remera. Como en la lista.

Tello se quitó la gorra.

—Puede pasar, señora.

Se paró a un paso de mí, con esa cara de piedra que tenía cuando no sabía qué hacer con las manos.

—Me diste un recado —dijo—. Aquí estoy.

—Bienvenida.

—No soy de los tuyos.

—Ya lo sé. Vienes igual.

Se le movió la mandíbula. Sacó de la bolsa un cuenco de madera tallado a cuchillo, torpe, con una gaviota en el borde.

—Es de la Gavina —dijo—. No es de tu madre. Lo tallé yo, de niña. No sirve para nada.

Lo tomé con las dos manos. Pesaba muy poco.

—Sirve para el pan —dije.

—Pues entonces sirve.

Vael leyó a primera hora de la tarde, en el patio, porque hizo un sol que no se esperaba en esa época y nadie quiso entrar.

Estábamos Darian y yo de pie ante la mesa larga que Barek había sacado del salón, sin estrado ni toldo.

Alrededor, la gente, sentada en bancos, en la valla, sobre los cajones.

Oria a mi derecha, un paso atrás, con el sello de la casa en las dos manos, porque se lo había pedido yo.

Iven, en un rincón, comía pan y fingía que no escuchaba.

Darian iba de gris, con la casaca sin insignias, y solo llevaba el sello. Se había afeitado esa mañana; le vi el corte pequeño bajo la mandíbula.

Vael leyó despacio. Las cuatro hojas se oían en el patio como se oye llover encima de un techo: sin prisa y sin adorno.

Que cada uno conservaba su cargo, su casa y su firma.

Que la protección de la Corona sobre la señora de Valen era anterior a la unión.

Que esa unión no obligaba a descendencia ni la presuponía.

Que el vínculo se había hecho por elección de ambos y se renovaba cada día mientras lo quisieran los dos.

Alguien, entre los bancos, dijo «bien» en voz muy baja.

A media frase cayó algo de la cocina, un plato o una bandeja, con el estruendo de la loza contra la piedra. Sentí a Darian tensarse a mi lado, no en el cuerpo sino en la corriente segunda, un tirón corto. Su mano se movió hacia mí y se detuvo en el aire.

Puse la mía encima de la suya, y ya está. Bajó los hombros. En el fondo, Mina gritó algo sobre quién había sido, y la gente se rió, y Vael, con la tranquilidad de quien ya lo había previsto, esperó a que pasara para seguir.

—La casa Valen y la Manada de la Corona firman esto con su sello —terminó.

Oria se adelantó con el mío. Lo apreté sobre la cera del original; después Darian apretó el suyo, junto al mío, a un dedo de distancia. Oria retrocedió, y en ese paso atrás vi que le temblaban un poco las manos, y que se las agarraba para que nadie lo notara.

—Ahora cada uno dice lo suyo —dijo Vael—. No se escribe.

Miré a Darian y él me miró a mí.

—Tú primero —dijo.

—Vale.

No había preparado nada. Había pensado tanto en no prepararlo que me quedé sin frase, con el patio entero mirándome. El viento movió una punta del pañuelo en mi bolsillo.

—Esta es mi casa —dije—. Lo digo porque ha habido años en los que no lo era, y hay gente aquí que lo recuerda. —Vi a Barek bajar la cabeza—. Prometo volver a ella siempre que quiera, y no pedirle permiso a nadie para hacerlo. Y prometo pedir ayuda cuando no pueda sola. Las dos cosas.

Silencio. Luego un aplauso corto, de alguien que no sabía si tocaba, y otro, y otro. Mara no aplaudió, pero se le dobló una comisura.

Darian se aclaró la garganta.

—Prometo aprender a amasar —dijo.

Alguien soltó una carcajada. Mina, desde la puerta de la cocina, dijo alto y claro «Que alguien nos asista».

—Mal —añadió Darian—. Pero aprenderé.

Se rieron más. Yo también. Y cuando pasó, él ya no sonreía. Se giró hacia mí, no hacia el patio, y habló bajo, pero en el silencio se oyó igual.

—Prometo llamarte. Y decirte antes de la puerta.

No era lo que habíamos dicho en la cocina, y era lo mismo. Le vi el corte de la mandíbula moverse con la voz.

—Y quedarme —dijo— cuando toque quedarse.

No supe cuánto tiempo estuvimos así. Oria me tocó el codo, muy despacio, y entonces me di cuenta de que me caía una lágrima por la mejilla y de que no me había molestado.

La comida duró hasta que se apagó el sol.

Mina sacó pan hasta el final. Sobró para todos, con el sobrante que había previsto.

Los nietos del molinero se subieron al potro; Barek los bajó uno a uno, con toda la seriedad del oficio, y les enseñó a dar la mano abierta.

Iven se sentó al lado de Mara, y los dos hablaron de heridas de flecha como quien habla de tiempo.

Vael, en una esquina, fue anotando los nombres de los que habían venido igual.

Barek pidió la palabra sin que nadie se la diera, de pie sobre un cajón, con la jarra a medias. Se hizo un silencio de mala gana.

—Yo conocí a la madre de la señora —dijo—. No voy a decir más porque no me toca. —Se rascó el cuello—. Digo solo que la casa estuvo mucho tiempo callada, y hoy no.

Se sentó, y le llenaron la jarra. Tardó bastante en dejar de mirar el suelo.

Mara me encontró junto al muro de la huerta, mirando el bancal dormido bajo los cordeles.

—¿Ahí va el romero?

—En primavera.

—Vendré a verlo. —No lo dijo como una promesa, sino como se dice una ruta—. Bajo por el Juncal y subo por las esclusas. Tres días.

—Aquí tienes cama.

—Ya lo sé. Me la enseñó la de la cocina cuando pasó con el cucharón.

—Se llama Mina.

—Pues Mina. —Se quedó mirando la tierra—. Yo la vi irse a tu madre, y a ti no te vi llegar. Verte hoy aquí, con estos, me ha sentado bien.

No añadió nada, y yo tampoco. Nos quedamos las dos mirando el bancal hasta que alguien encendió los faroles del patio.

Oria bailó. No lo esperaba. Los nietos del molinero la sacaron a un corro, y ella dijo que sí. Bailó como quien cuenta los pasos, y a la tercera vuelta dejó de contar. La miré desde el banco, con la cuchara en la mano. Darian, a mi lado, la seguía también.

—Está riéndose —dijo.

—Sí.

—Hace mucho que no la veía.

—Yo tampoco.

No dijimos más. No era algo que necesitara decirse.

Al oscurecer, cuando los faroles del patio ya estaban encendidos y nadie iba a notar que faltábamos, le tiré de la manga.

—Ven.

Subimos por la escalera de la cocina. En el cuarto, sin encender la vela, abrí la ventana a la huerta y me quedé de pie, con los codos en el alféizar. El frío entró en seguida, junto con el ruido de abajo: la música lejos, las risas, una voz cantando mal.

Darian se puso detrás. No me tocó al principio. Luego apoyó la frente en mi hombro y su aliento me pasó por la clavícula, sobre la marca.

—Me ha temblado la voz —dijo.

—Se ha oído.

—¿Mal?

—Bien. Se ha oído bien.

Me di la vuelta. En la penumbra le vi la cara sin la de consejo. Le puse la mano en el corte de la mandíbula.

—Te has afeitado con Barek —dije.

—Con Barek no. Con su navaja.

—Te has cortado.

—Ya lo sé.

Le besé el corte. Después la boca. Tardamos en volver a bajar, y cuando lo hicimos nadie dijo nada, y Mina, al pasar, nos puso a cada uno una tajada de pastel en la mano.

Al día siguiente nadie nos despertó.

Me desperté yo, cuando ya había luz completa en la ventana, y me quedé quieta, sin entender qué faltaba. No sonaba la cocina. No había pasos en la galería. Solo el silbido de Darian, el de siempre, y más lejos la acequia.

Nadie había mandado un recado. Ningún jinete al paso, ninguna carpeta cosida con cinta. Tello había dormido en la linde y volvería tarde. Vael, por lo que había dicho la víspera, no pensaba abrir el cuaderno hasta el mediodía.

Me quedé mirando el techo. Las vigas tenían una mancha de humedad en forma de mapa, que había mirado tantas noches de niña sin saber que era una isla.

Darian abrió un ojo.

—¿Qué hora es?

—No lo sé.

—Es tarde.

—No lo sé, Darian.

Cerró el ojo. Al cabo de un rato:

—¿Tenemos que hacer algo?

—No.

—¿Nada?

Se rió contra la almohada, sin abrir la boca. Me tumbé de lado, con la mano abierta sobre su espalda, y noté el pulso de él bajo la palma y el mío más abajo, los dos juntos, sin apurarse.

Bajamos cuando quisimos. En la cocina quedaba pan de la víspera y un cuenco de madera con una gaviota, en el estante de la ventana, donde Mina ponía las cosas que sí se usan. Nos sentamos a la mesa de los jornales a comer con las manos, en camisa, sin nadie que nos dijera qué tocaba.

Mina entró a mediodía, nos miró comer y no dijo nada. Fue hasta la artesa, sacó la masa de la víspera y la dejó caer sobre la mesa delante de Darian.

—Hoy —dijo.

—¿Hoy qué?

—Prometió delante de todos. Hoy.

Darian me miró. Yo me metí un trozo de pan en la boca para tener algo con lo que callarme.

Lo hizo mal. Hundió los dedos como si fuera a apuñalar la masa, y Mina le dio en los nudillos con el cucharón, seco, una sola vez.

—Con la palma. Empuje y doble. Otra vez.

—Me ha pegado.

—Le han pegado antes —dijo Mina—. Otra vez.

Empujó y dobló. Le salió una cosa informe, pegada a la mesa, con más harina en la manga que en la masa. Se miró las manos y, por primera vez desde que lo conocía, no dijo nada. Solo se quedó mirando, con el ceño puesto, y la siguiente vez le salió menos mal.

Me apoyé en el borde de la mesa con la barbilla en la mano. Mina, sin volverse, me puso delante la punta tostada del pan.

—Usted no mire —dijo—. Coma.