Capítulo 20 Prometer en voz propia
Darian
El jinete de cancillería llegó con la bolsa lacrada y tres pliegos cosidos con cinta roja, y Vael los leyó antes que yo. Me pareció bien. Había leído demasiados papeles de la corte para fiarme de mis primeras frases.
—Es el reconocimiento, señor —dijo—. La han redactado los escribanos de cancillería. Piden que la revise Su Excelencia antes de dar aviso a las casas.
—Léela entera.
Lo hizo en el salón, de pie junto a la mesa larga, con la voz llana de quien lee un inventario. Liora estaba en el sillón de la ventana con los pies bajo el cuerpo y una taza sin tocar, y no dijo nada hasta el segundo pliego.
Decía que Darian Corven, soberano de la Manada de la Corona, «en cumplimiento del deber de sucesión que su cargo le impone», tomaba por consorte a la señora Liora Valen.
Que la señora aportaba «su casa y sus tierras al patrimonio de la Corona».
Que se acogía «a la protección soberana».
Y que de la unión se esperaba «descendencia que asegure la continuidad de la línea».
Vael dejó de leer y esperó.
—Otra vez —dijo Liora.
—«Deber de sucesión».
—No. Antes. La casa.
—«Aporta su casa y sus tierras al patrimonio de la Corona» —leyó Vael.
Me pasé la mano por la mandíbula. Cinco frases, y cada una llevaba un anzuelo con su cebo.
La palabra «aporta» convertía la finca en dote.
«Se acoge» decía que la protección de la Corona empezaba ahora, con ese papel, y no antes, como la cédula del acta de las mesas había dejado escrito.
El «deber» hacía de Liora un requisito del cargo.
Y la descendencia era una obligación con una línea aparte, para que nadie la pudiera olvidar.
—La letra es de cancillería —dijo Vael—. Pero el orden de las frases no. Alguien lo puso en su sitio antes de que llegara a los escribanos.
—Odran.
—No lo puedo probar, señor.
—No hace falta. —Dejé el pliego sobre la mesa—. Lo han hecho bien. Es una fórmula que se puede leer en una ceremonia sin que nadie proteste, y a los diez años se puede citar en un tribunal.
Liora había dejado la taza en el suelo.
—Me quieren en la primera línea como consorte —dijo—. Y a la finca en la segunda, como dote.
—Sí.
—Al menos no exigen nada que no quiera dar —admití.
—Esto no se contesta. Se demuestra.
—¿Con qué?
—Con lo nuestro. Lo que ya es verdad. —Miré a Vael, que seguía de pie con la carpeta cerrada contra el pecho—. ¿Lo escribes tú?
—Si me lo dicen, señor.
—Darian Corven, soberano de la Manada de la Corona —dije.
—Liora Valen, señora de la casa Valen —dijo ella.
—Señora soberana —dijo Vael, sin levantar la vista.
—Señora de la casa Valen. Soberana es para papeles de juzgado.
Vael tachó y escribió, sin discutir y sin pedir permiso, con la pluma al ritmo de lo que le decíamos, como quien copia a dos personas que hablan a la vez.
—Cada uno conserva lo suyo —dije—. Cargo, casa, firma. Nadie aporta nada a nadie.
—Que la unión no promete descendencia ni la da por supuesta —dije—. Que no quede una línea para cobrarle a nadie.
—Y que nos elegimos —dijo Liora, más bajo—. Que eso también lo diga, si cabe en el papel.
—Se leerá aquí —dije—. Delante de la casa, del valle, de quien quiera venir. Lo sellamos con los dos sellos y ya. Asteria se entera por carta, firmada por los dos, con copia para cancillería, para el Consejo y para las casas. Sin audiencia.
—No es un procedimiento habitual en la cancilleria —dijo Vael.
—Que la reconozca quien tenga que reconocerla —dijo Liora. Se puso en pie, recogió la taza del suelo y la dejó sobre la mesa—. Yo sé cómo me llama él.
Mina nos dejó pan y una jarra de té que yo había hecho a medias; se la llevó de vuelta a medio beber y volvió con otra.
Cuando Vael se fue con la libreta, la luz de la huerta ya se había vuelto azul. Nos quedamos en la mesa larga, uno frente a otro, y por primera vez en todo el día no había un papel abierto entre los dos.
—Dime una cosa —dijo Liora—. ¿Cómo se lo habrías dicho a una candidata?
—¿Qué cosa?
—Lo que se dice. Tú tienes que haberlo aprendido. Nadie te manda a recibir gente sin darte la frase.
Tenía razón. Me la sabía de memoria, porque a los dieciséis me la habían hecho repetir ante un espejo hasta que salía sin pestañar.
—«La casa Corven recibe a la señora con honor y le ofrece un lugar a su lado, según la ley de las manadas» —recité—. Y se inclina la cabeza. Dos dedos, no más.
—¿Y ella qué contestaba?
—«Agradece la honra». Si quería que la eligieran.
Liora ladeó la cabeza, como hacía con los papeles que le olían raro.
—Es casi lo mismo que han puesto en la fórmula —dijo—. «Recibe». «Un lugar a su lado».
—Sí.
—Ahora dilo tú. Lo tuyo.
No se me ocurrió ninguna frase. Miré la mesa, las manchas de tinta, la carbonilla gastada.
—Te quiero aquí —dije al fin—. No a mi lado. Donde tú estés, si es aquí, aquí.
Se quedó mirándome un rato, sin sonreír. Luego se levantó, rodeó la mesa y se sentó en el borde, a mi lado, con el hombro contra el mío.
—Yo también te quiero donde estés —dijo—. Y tu sitio es Asteria. Lo sé desde el principio, aunque me haya costado escribirlo en el cuaderno.
—Valen también es tu sitio.
—Los dos. Pero tú llevas allí la mitad de tu vida, y no pienso quererte a medias. Voy a tener que aprenderme nombres. Tu Consejo, tus cocinas, tu sala de mapas.
—No tienes que aprenderte nada por mí.
—Quiero. —Me miró de lado—. No para que me dejen quedarme. Ya sé quedarme en los sitios. Es que tu guerra y tu Consejo te van a buscar igual; prefiero saber cómo se llaman cuando lleguen.
—Odran —dije—. El primero se llama Odran.
—Ese ya me lo sé.
Llegamos a los hijos por el té frío, sin que ninguno lo buscara. En el papel quedaba en una línea; fuera del papel quedaba todo lo demás.
Yo tenía puesta la cara de consejo, la que sirve para no dejar ver lo que se piensa. Me la quité despacio.
—Tú querrás —dijo ella.
—Quiero —dije—. Cuando tú quieras, si quieres. Y si no, no. Lo que no quiero es que nadie te condicione.
—Ni a ti.
—Tengo suficiente con Odran todas las semanas. No necesito más cobradores.
Se rió contra mi hombro.
—Algún día —dijo—. Con la casa llena y tú quemando la cocina.
—Yo no quemo cocinas.
—Quemarás algo.
—En Asteria tendrás tu cuarto —dije—. Su puerta, su cerrojo. El plan B.
—El plan B —repitió—. Que se llene de polvo. Si alguna noche quiero dormir sola, te lo digo y ya. No hace falta un papel que lo diga por mí.
—No hace falta ningún papel entre nosotros.
Se hizo tarde sin que lo notáramos. En la mesa quedaron los pliegos de cancillería, con sus cintas rojas, y su casaca rozando la mía sin que ninguno la apartara.
Por la mañana llegó lo de la seguridad, porque siempre llega.
Tello subió al cuartito de la galería con su gorra en la mano y la cara de quien trae una lista. Yo la había esperado. Lo que no esperaba era que, mientras la leía, me estuviera saliendo el mismo sudor frío de la otra vez.
Tres puestos en el paso de piedra. Dos jinetes más en la linde, pedidos a Galen. Vigilancia en el pajar, en la cuadra, en la cocina. Registro de invitados a la entrada. Aviso al prefecto de esclusas. Dos guardias a cada lado de la mesa donde se leyera el documento.
—¿Mesa? —dije.
—Estrado, señor. Baja. Para que se vea desde el fondo de la sala.
—No hay sala. Es el salón.
—Por si acaso, señor.
Cuando Tello salió, Liora ya estaba en la puerta. Había oído todo desde la galería.
—Estás pensando en la Gala —dijo.
—Estoy pensando en el humo.
—Yo también. —Se sentó en el borde de la mesa de escribir, tan cerca que le rozaba las botas con las mías—. Y por eso no quiero estrado ni sala cerrada ni guardias detrás de mi sitio. La última vez que hubo una fiesta con cosas para que los guardias vigilaran, ardió.
—Ardió porque nos atacaron.
—Ardió porque estaba todo dispuesto para que ardiera.
No supe qué contestarle. Tenía razón a medias y las dos mitades pesaban.
—Dime qué quieres —dije.
—Puertas abiertas. Todas. Nada que no se pueda dejar de golpe: nada de toldos ni cortinajes ni pebeteros. Se lee en el patio si hace bueno, o en el salón con los dos ventanales abiertos. Y la gente entra por el puente, como siempre, y Tello lo cuenta.
—Tello lo cuenta —dije, y lo apunté en mi cabeza sin querer.
—Te ha salido una sonrisa.
—Es una mueca.
—Da igual. —Me cogió la manga—. Los jinetes se quedan en la linde. Los que hagan falta, donde haga falta. No te los voy a discutir; sé lo que te cuesta verme cruzar una puerta.
—Dentro, no —dije.
—Dentro estás tú, y me basta.
—Si algo se rompe, estoy al lado.
—Ya lo sé. Lo noto.
Puso dos dedos sobre mi cuello, en la marca, y le sentí el pulso llegar por la corriente segunda, quieto. No era que no tuviera miedo. Lo había decidido conmigo delante.
Escribí a Galen antes de comer: dos jinetes más en la linde, y nada dentro. Vael, al leerlo por encima de mi hombro, no puso ninguna objeción, pero anotó en su cuaderno la hora y el nombre del mensajero, como hacía con todo.
La tarde se fue en lo pequeño. Oria trajo la lista de los que vendrían del valle y la extendió sobre la mesa de la cocina, con una cruz junto a cada nombre que había preguntado en persona. Mara no tenía cruz.
—Le mandé recado a la prefectura —dijo Liora—. Si quiere venir, viene. Y si no, no pasa nada.
—¿Y tú qué prefieres?
—Que venga.
Oria anotó el nombre con su letra de aes abiertas y no dijo más. Al final de la lista había un renglón que ella misma había dejado en blanco: su sitio. Liora lo vio, cogió la pluma y escribió al lado: hermana. No pidió permiso, y Oria dejó de contar por un momento.
Mina, con las manos en la cintura, decidió que serían cuarenta bocas, aunque Oria contaba treinta y dos.
—Siempre sobra alguien —dijo—. Y tampoco es cosa de que sobre pan.
Barek se ofreció a limpiar el patio. Le dijeron que ya estaba limpio y lo limpió otra vez.
Yo salí a la cuadra con la excusa de mirar la pata del potro, y me quedé allí, con la frente contra el tablón, ensayando.
Vael había dejado en el documento un espacio al final. Después de la lectura, cada uno diría en voz alta una promesa suya, en sus palabras, y no se escribiría en ninguna parte. Yo lo había aprobado sin pensarlo. Ahora me tocaba pensarlo, y no me salía nada que no sonara a discurso.
—Te quedas —le dije al potro—. Y no me sigas.
Membrillo me olisqueó la manga.
—Prometo que —empecé, y me callé.
—Eso se lo dice al potro y a mí, mi señor, y no nos importa —dijo Barek desde el pasillo. Llevaba un balde y no había hecho ruido—. Dígaselo a la señora.
—Todavía no sé qué decirle.
—Entonces dígale lo que sabe. —Dejó el balde—. Lo que uno sabe se dice sin ensayar.
Recogió el balde y se fue con su paso lento. Me quedé un rato mirando la yegua, con la sensación de haber recibido un consejo que no sabía si era bueno.
Esa noche no hubo cena de casa, sino de dos. Mina había dejado un cuenco de sopa en cada extremo de la mesa de la cocina y se había ido a la despensa a hacer ruido con las tapas para que supiéramos que no escuchaba.
Comimos casi sin hablar. Liora rompió el pan en cuatro trozos y me dio el que tenía la punta tostada, sin comentar.
—Tengo una cosa que me gustaría escuchar —dijo cuando terminó—. De ti. Antes de que lo lea Vael delante de todos.
—Dime.
—No quiero que me contestes ahora. Solo que sepas cuál es. —Apoyó los codos en la mesa—. Quiero que si algún día te ves haciendo lo de tu padre, no te encierres en el estudio. Que me llames.
Lo tenía preparado. Se le notaba en cómo lo dijo, sin un temblor, con la voz de quien ha ido a buscar la frase a un sitio hondo y la ha traído entera.
—Te llamaré —dije.
—No lo digas todavía.
—Te llamaré, Liora.
Ella esperó, y yo entendí que faltaba la mía.
—Antes de la puerta —dije—. Si algún día te vas, quiero que me lo digas antes de llegar a la puerta. No después de cerrarla. No con Iven, ni con Vael, ni con una carta. Conmigo, en la habitación.
—Lo del cerrojo…
—El cerrojo se queda de tu lado. No hablo de eso. Hablo de que me lo digas mirándome.
Se quedó en silencio. Luego alargó la mano por encima de la mesa y me tocó los nudillos, donde la piel había vuelto a crecer entera.
—Antes de la puerta —dijo.
—Sí.
—Vale.
No era una promesa formal. No tenía sello ni testigo, y yo la guardé donde guardo las que importan.
—La primera vez —dije— yo te olí antes de saber cómo te llamabas.
—Lo sé.
—Ahora sé cómo te llamas. Sé que cuando estás nerviosa te rascas la ceja. Que te pones peor cuando no tienes tarea, y mejor con las manos en la tierra. Sé cuánto tardas en dormirte. —Me detuve—. Eso no es el aroma.
—No —dijo—. Eso lo has aprendido.
—Lo he aprendido —repetí, y me sonó a algo que se puede decir en voz alta delante de la casa entera.
Liora me miró sin sonreír, con las dos manos ahora sobre la mía.
—Eso también va en el papel —dijo—. Si Vael quiere.
—Lo pondrá con su letra.
—Con su letra estrecha.
Nos quedamos así hasta que Mina, en la despensa, dejó caer una tapa con demasiada intención.
Vael tuvo la copia en limpio a la mañana siguiente, antes del desayuno.
La leyó él, de pie ante la mesa, con las cuatro hojas cosidas y la voz de siempre.
No había una palabra que no hubiera dicho uno de los dos.
Al final, en una línea aparte, sin adorno, estaba lo que Liora había pedido: que el vínculo se había hecho por elección de ambos, sin obligación previa, y que esa elección se renovaba a diario mientras cada uno la quisiera renovar.
—Está bien escrito —dijo Liora—. Se nota la mano.
—Señora, el Consejo la va a leer —dijo Vael.
—Que la lea. —Se acercó a la mesa—. Y que sepa que la hemos leído nosotros antes.
Vael no dijo más. Cogió el lacre y lo calentó en la vela.
Sellamos las copias una tras otra, cada una con los dos sellos lado a lado, con la misma cera y a la misma altura: primero el sello de la casa Valen, que Liora apretó con la palma, y después el mío, sin apoyar más fuerte que ella.
Cuando levantamos las manos, las dos marcas estaban a un dedo de distancia, ni una encima de la otra ni una por debajo.
El jinete esperaba en el paso de piedra con la bolsa abierta. Le entregué las dos primeras copias, cerradas, con las direcciones que Vael había escrito. La tercera se quedó en la casa, y el original con ella, sin sello todavía, para la lectura.
—A Galen —dije—. En mano. Que la lea antes de darla a cancillería, y que la lea entera.
—A sus órdenes, señor.
Montó y cruzó el puente. Lo seguí con los ojos hasta la venta, mientras la acequia sonaba debajo, la misma de siempre, y a mi lado Liora se cruzaba la casaca con los dos brazos por el frío, viendo irse el papel.
—Mañana —dijo ella.
—Mañana.
—Falta pan. Voy a decirle a Mina.
Se fue hacia la cocina sin esperar respuesta. Yo me quedé en el puente hasta que el jinete se hizo del tamaño de una mosca, y entonces volví a la casa a ayudar en lo que me dejaran.