Parte IV Un futuro propio
Capítulo 19 La casa que abrimos
Liora
El correo de Asteria llegó con dos cartas para Darian y ninguna para mí, y las abrió en el salón, de pie junto al ventanal, con la luz de la huerta encima del papel.
La primera era del mayordomo de Vhal. La leyó rápido y me la pasó sin decir nada.
Preguntaba, con toda la cortesía de una casa de quinientos años, desde qué día debía ventilar las habitaciones de la señora, si convenía cambiar los colchones del ala oeste y qué disposiciones daba Su Excelencia para el regreso.
—Es la palabra de la casa —dijo Darian—. Nadie ha pensado más allá.
La segunda venía de la secretaría del Consejo, con lacre gris y una letra que conocía, porque la había visto en la carta de Odran.
Era más corta. Decía que el Consejo se congratulaba de que la señora Valen hubiera concluido su breve estancia en la hacienda con la salud restablecida, y que aguardaba su reincorporación a la corte a la mayor brevedad que las obligaciones de su casa permitieran.
La leí dos veces. La primera por el contenido; la segunda por el orden de las palabras, que era donde ellos escondían lo que querían.
—«Breve» —dije.
—«Reincorporación» —dijo Darian—. Esa es peor.
—Me reincorporan como a un soldado herido. —Dejé el papel sobre la mesa y lo alisé con la mano, porque tenía ganas de arrugarlo—. ¿Qué piensas contestar?
Se sentó frente a mí y rodó el tintero hacia un lado, como hacía cuando pensaba con las manos.
—Que la señora Valen regresará a Asteria cuando lo decida ella —dijo—. Y que la fecha la comunicará el sello de la casa Valen, no la secretaría.
—Eso es lo que dirías a un enemigo.
—Es lo que le diría a Odran.
—A Odran, sí. —Me rasqué la ceja con el pulgar—. Pero el mayordomo no tiene la culpa de nada, y el colchón no es asunto del Consejo.
Se rió por la nariz. Luego se quedó callado, mirando el papel del mayordomo, y yo comprendí que esperaba algo de mí. Había en él una manera de esperar que ya conocía: los hombros bajos, las manos quietas sobre la mesa, la barbilla un poco adelantada, como quien se ofrece a que le digan que no.
—No quiero que sea un regreso —dije al fin.
—Dime cómo quieres que sea.
—No lo sé. Por eso me da miedo escribirlo.
—Tomé la carbonilla que Vael dejaba siempre en el borde de la mesa y le di la vuelta al pliego del Consejo—.
Si lo dejo en manos de la logística, acaba pasando lo que pasa siempre: las cosas se organizan por lo que pesa más, y lo que pesa más es Asteria.
Y yo termino siendo alguien que tiene una finca a la que va a mirar los bancales.
—Entonces lo hacemos al revés —dijo—. Empieza por lo que no quieres perder.
Escribí en el reverso del pliego, con la letra torcida que me sale con carbón:
Valen.
Y debajo, más pequeño:
El bancal. La cocina. Mina. Que Oria decida.
Darian leyó las cuatro líneas sin tocarlas.
—Asteria es la base —dijo—. No voy a fingir otra cosa. El Consejo, la guardia, las murallas, todo está allí, y si me quedo aquí demasiado tiempo la guerra me busca sola. Pero Valen no es una visita. Siembra y cosecha aquí, las dos. Y cuando quieras venir, vienes.
—Sin avisar, no —dije—. Avisando a Mina, que es más peligrosa que tu Consejo.
—Avisando a Mina.
Puse siembra, cosecha debajo del bancal. Después, en otra línea: Cuando yo quiera.
—Ahora tú —dije.
Se quedó mirando la carbonilla, y luego la cogió con la mano izquierda, que le sale peor.
—La sala de mapas, después del desayuno. No antes. —Escribió después con una letra aún más fea que la mía—. Desayunamos juntos a la hora a la que bajes tú.
—Bajo antes del alba.
—Lo sé.
—Te vas a dormir de pie sobre la avena.
—Puede.
Me reí, aunque no quería, y él me miró la boca un segundo antes de bajar otra vez los ojos al papel.
—Una noche por semana sin papeles —dije—. Ni los tuyos ni los míos.
—Vael se va a quejar.
—Vael tiene un cuaderno de la casa donde anota hasta las tejas. Que anote también esa.
Lo apuntó él. No sabía dónde ponerlo en la hoja y lo puso al final, sin numerar, con una raya debajo.
Después llegó lo de las habitaciones y no lo resolvimos rápido.
—Tus aposentos del ala oeste —dijo—. El estudio queda al otro lado de la puerta. Puedo trasladar mis cosas a tu cuarto, o…
—No.
Lo dije demasiado pronto, y él levantó las cejas sin ofenderse.
—¿Ya tan rápido te cansaste de mis ronquidos?
—Supongo que podría tolerarlos un poco más, pero es mejor tener un plan B.
Le tiré la carbonilla. La cogió al vuelo. Debajo de las líneas de nuestra letra, Vael habría escrito con pluma, en limpio, lo que allí quedó a mano: la puerta de comunicación y las dos camas.
—Hay algo más —dije—. El dosel.
Darian dejó de sonreír.
—No lo quiero cerrado. Nunca. Si va a estar en el cuarto, que esté recogido, o que no esté.
—Mañana sale el recado —dijo—. Que lo quiten. Los cuatro palos.
—No hace falta que…
—Lo quito porque quiero que lo quiten, Liora. No porque tú lo pidas.
Lo miré. Era una respuesta mejor de la que yo esperaba, y no supe qué contestarle.
—Ah —dije—. Vale.
—Y tú —dijo él, con la voz más baja— cedes algo.
—La escolta.
—La escolta en Asteria. Aquí nada más Tello en la linde.
—Aquí nada más Tello en la linde —repetí. No me costó tanto como pensaba. En Asteria hay muros y gente que sabe mi nombre, y seis jinetes por los pasillos eran un precio razonable por pasear aquí sin más compañía que Tello en la linde.
Cuando terminamos, el pliego del Consejo estaba tan lleno de carbón por el reverso que se le había corrido la tinta por delante.
Lo doblé con cuidado, sin romperlo, y lo guardé en el bolsillo de la casaca.
Aquel papel iba a acabar en el baúl de las cuentas, junto a las cartas de mi madre, y a él sí le tocaba estar allí.
Dos días después encontré a Oria en el cuarto de las cuentas, sentada ante el índice con los codos sobre la mesa y la pluma sin tocar el papel.
—Estás pensando —dije.
—Estoy esperando que llegues. —Se enderezó—. Anteayer oí la carta del Consejo desde la cocina. Mina la leyó al revés, por encima del hombro de Darian, y luego lo contó.
—Mina no lee cartas ajenas.
—Lee los lacres. Con eso le basta.
Me senté enfrente. En la mesa estaban las hojas del índice, con su letra de aes tan abiertas que se leía desde lejos, y el cuaderno de la casa cerrado a un lado.
—Quiero que me digas qué quieres tú de esto —dije—. No qué necesita la casa. Qué quieres hacer.
Oria tardó en responder. Le vi mover los labios como quien ensaya la cifra antes de decirla.
—Las cuentas de la hacienda. Los jornales, los arrendamientos, lo de la vega. —Contó con los dedos—. Y el índice. Lo del archivo de mi madre lo quiero hacer yo, si el juzgado lo permite. Lo demás lo puede llevar Vael.
—¿Y el sueldo?
Levantó la cabeza.
—Quiero que esté escrito —dijo—. Como administradora, con un sueldo. No como la hermana que se queda en la casa mientras tú estás lejos.
—Tú no te quedas en la casa.
—Vivo en ella.
—Vives en ella y la administras. —Le sostuve la mirada—. Es distinto.
—Lo sé. —Oria bajó los ojos al índice—. Pero quiero que también lo diga un papel. Y lo del archivo, que no cuelgue de que seas mi hermana. Que cuelgue de que la escribanía me nombre por lo que hago.
—Pídeselo tú.
—Ya se lo pedí en la carta.
No me sorprendió. Tenía diecinueve años y llevaba la mitad de su vida aprendiendo a escribir cosas que la hicieran invisible. Ahora escribía cosas para que la vieran.
—Entonces Vael lo redacta —dije—. Sueldo de administradora, cuentas rendidas cada trimestre a mí, en el cuaderno, ante testigo. Y no pido que me des razón de lo que gastas en el gallinero.
—Lo del gallinero no lo voy a decir.
—Perfecto.
Se le escapó una risa corta. Cogió la pluma y por fin mojó la punta.
—Mina y Barek se quedan como están —dijo—. Ya les pregunté.
—¿Y qué dijeron?
—Mina dijo que en su cocina no se cambia nada. Barek dijo que las tejas las acaba él aunque tenga que subirlas con los dientes.
Vael entró a media frase, con la carpeta bajo el brazo y el cuaderno de la casa abierto por una hoja marcada. Traía la cara de las cosas pequeñas que pesan.
—Contestó la escribanía de custodias, señora —dijo—. Acusan recibo del índice y de las copias autorizadas.
—¿Y ya está?
—Y anuncian que un oficial pasará por la finca a retirarlas en mano. Contra recibo, la semana próxima.
—Que las retiren aquí —dije—. ¿Por qué no las mandamos nosotros?
—Es su forma —dijo Vael—. Prefieren la mano al correo cuando hay lacre. Los originales siguen en el depósito de la escribanía, en Asteria, con el sello del juzgado. Aquí solo hay lo que hicimos nosotros y lo que se copió.
—Es lo que tiene que haber —dijo Oria.
—Sí. —Vael cerró la carpeta—. Pero lo dejo escrito, porque el oficial vendrá una sola vez y quiero que se entregue como corresponde: recibo firmado por él y por mí, con el número del cuaderno.
—Y por Oria —dije.
—Por mí primero —dijo Oria.
Vael inclinó la cabeza, hacia ella y no hacia mí, y anotó la enmienda en el margen sin que nadie tuviera que pedírselo.
Esa noche no hubo papeles. Darian lo había anunciado en la cena con la cara de quien declara una guerra, y Barek, en la punta de la mesa, se limitó a preguntar si eso quería decir que él tampoco tenía que leer nada.
Subimos pronto. Darian se sentó en el suelo, con la espalda contra el pie de la cama y las piernas estiradas hacia la chimenea, porque la cama estrecha le quedaba mejor de lejos. Yo me senté a su lado. Él había traído las dos cartas, selladas ya, y las dejó sobre la manta sin decir por qué.
—Léelas —dije.
—Las pedí para que las oyeras.
Rompió el lacre de la primera, la del mayordomo, y la leyó en voz baja. Las habitaciones podían ventilarse cuando quisiera, no había prisa, y el dosel de la cama de la señora debía retirarse esa misma semana, entero, con los palos. Sin explicación de ninguna clase.
La segunda era corta. Leyó también el encabezado y las dos frases que importaban:
—«La señora Valen no ha concluido ninguna estancia. Vive en su casa, y Asteria es otra de ellas».
—«Otra de ellas» —dije.
—¿Sobra?
—No. Es lo que quiero que oigan. —Le quité el papel de las manos y lo miré—. Pero «es», no. Pon «será».
—¿Por qué?
—Porque todavía no lo es, y quiero que la carta sea verdad cuando la lean.
Lo pensó un momento. Después cogió la carbonilla, tachó la palabra con una raya y escribió será encima, con su mala letra. No pidió que se lo explicara.
Me apoyé en su hombro. Le olía la camisa a cedro y a la leña de la cocina, y en el cuello la marca me devolvió una tibieza que no venía de la chimenea.
—Tengo miedo de una cosa —dije.
—Dime.
—De llegar allí y ponerme a servir para que me dejen quedarme. —Lo dije al fuego, no a él—. Ordenar la casa, ser útil, hacerme pequeña. Es lo que sé hacer cuando entro en un sitio que no es mío.
Darian no dijo que no lo haría. Tardó un rato, y cuando habló fue por lo bajo.
—Los primeros días no vas a tener nada que hacer en Vhal —dijo—. Lo he escrito al mayordomo, y a Galen, y a Nela. Nadie te va a pedir nada, y si alguien lo intenta, viene a mí.
—Eso es otra orden.
—Sí. Esta te la puedo enseñar.
Sacó del bolsillo de la casaca un tercer papel, doblado en cuatro, y me lo dio. Era la nota a Nela: ni una línea sobre mí, solo que la señora no debía ser acompañada por el codo en ningún pasillo, y que la leña del ala oeste la subiera quien siempre la había subido.
Me quedé con el papel en la mano más rato del que hacía falta.
—Esta sí la has escrito bien —dije, al fin.
—La escribí tres veces. —Se le torció la boca—. Las dos primeras eran de práctica.
Me reí contra su cuello y él cerró los ojos, y nos quedamos así hasta que la vela de la mesilla se apagó sola, sin que ninguno de los dos se levantara a hacer nada.
Aquella tarde bajé a la cocina con la carbonilla todavía en los dedos y encontré a Mina de espaldas, con las mangas remangadas hasta el codo y las dos manos metidas en la masa.
—Voy a ir a Asteria —dije.
—Ya —dijo Mina, sin volverse.
—No me voy.
—Ya.
—Voy y vuelvo. Volveremos los dos, para la siembra.
Siguió amasando. La masa tenía el olor ácido del día anterior, el de la levadura que Mina guardaba en un cuenco tapado con un paño y que en toda la finca nadie más tocaba.
—Cuando vengan, avisen con tiempo —dijo—. Y que el señor no toque el fuego.
—No lo toca.
—Lo toca. Lo vi mirar el cazo.
Estuve a punto de decirle que le diera con el cucharón en los nudillos si lo pillaba. Me callé; a Mina no había que dárselo por escrito.
Barek estaba en la cuadra, con el potro. Le rascaba el pescuezo por debajo de la crin mientras la yegua torda comía y el potro fingía no enterarse de nada.
—Cuando vuelva en primavera, le toca silla —dije.
Me quedé un rato apoyada en el tablón, viendo cómo el potro le empujaba la manga con el morro.
A los quince años yo había estado en esa misma pesebrera, sin pedir nada, esperando que alguien me dijera qué me tocaba hacer.
Ahora nadie iba a decírmelo, y un segundo eché de menos hasta el peso de la orden.
Volví al salón.
Vael había puesto el cuaderno de la casa sobre la mesa larga, abierto por una hoja limpia, con la pluma cruzada encima.
Darian estaba de pie a un lado, con las manos a la espalda; Oria al otro, con el índice bajo el brazo.
Nadie había dicho que fuera una ceremonia, y nadie se movía como si no lo fuera.
—Lo que ustedes acuerden lo escribo en limpio mañana —dijo Vael—. Pero el cuaderno es de la casa. Quiero que lo primero lo ponga usted, señora.
Cogí la pluma. Pesaba menos que la carbonilla.
Leí despacio las líneas de arriba, las de Vael, con su letra estrecha y sin una tachadura: la petición de copias, el recibo previsto, la cuenta de las gallinas de la semana. Debajo de todas ellas, en el espacio limpio, escribí:
Liora Valen, señora de esta casa, vuelve a Valen para la siembra y para la cosecha, y cuando quiera.
Me quedé mirando la frase con la pluma en alto. Faltaba lo otro.
Debajo añadí:
Sale para Asteria cuando termine el trámite de las copias.
Lo había escrito al revés de como lo habría escrito antes. Primero la vuelta y después la salida. Nadie lo dijo; Vael, que lo veía todo con la cabeza baja, sopló sobre la tinta.
—Si quieres, escribe algo debajo.
Cogió la pluma. Dudó un momento, con la punta suspendida, y la dejó otra vez en el tintero.
—No tengo nada que añadir —dijo—. Está bien como está.
Oria carraspeó, o fingió que carraspeaba.
—Yo sí —dijo, y se acercó al cuaderno.
Con su letra de aes abiertas, en el renglón siguiente, escribió el día y una sola línea: Recibo de copias: firma primero Oria Valen.
Lo leí, y le pasé el brazo por los hombros aunque no me lo había pedido, y ella dejó la cabeza un momento sobre mi hombro antes de recoger el índice y salir hacia la cocina.
Afuera empezaba a oscurecer. Dejé el cuaderno abierto sobre la mesa, con la tinta de Oria todavía brillando en la última línea, y fui a ver si Mina necesitaba que me quitaran de en medio.