Un vinculo grabado a medianoche (Cuentos de hadas de la manada 2) Capítulo 18 La vida alrededor
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Capítulo 18 La vida alrededor

Darian

Iven se fue después del desayuno, con la misma mula de correo ensillada y una hogaza de Mina en las alforjas. Lo acompañé hasta el paso de piedra, que era donde la finca empezaba a ser camino, y se montó mal otra vez, con la pierna buena haciendo el trabajo de las dos.

—Tiene dos días de picadura por delante —dijo, acomodándose—. Duele. No es fiebre. Si algún día es fiebre, o si le sale frío donde no toca, me mandan un jinete como el que me trajeron.

—Lo demás —dije—. Lo que cambió.

—Lo demás es de ustedes —dijo Iven—. La resonancia se oirá más honda en los dos. No me pregunten hasta dónde; no ha venido nadie a medírsela que la hubiera elegido. Si un día la medicina lo mide, será con ustedes, no por ustedes.

—Te escribiré si pasa algo —dije.

—Escríbeme si pasa algo raro. Si solo pasa lo bueno, escríbeme igual, pero después de comer. —Se le torció media cara en lo que en él era casi una sonrisa—. La cena era una cosa seria en esta casa.

Partió al paso de la mula, y dos jinetes lo siguieron hasta la linde por orden de Tello, como con el veedor.

Me quedé en el puente un rato, mirándolo hacerse pequeño por el camino de la venta, con la mano en la carótida.

Ahí debajo ya no tiraba. Donde antes llegaba la tensión de ella, tirante como una cuerda, llegaba ahora una corriente segunda, mansa, debajo de la mía: el corazón de Liora latiendo en la casa, quieto, como la acequia.

En el cuartito de la galería no había partes nuevos. El correo de Asteria tardaba lo que tardaba el camino, y el último pliego de Galen, leído por tercera vez, seguía diciendo lo mismo: vados quietos, muralla en obra, ni rastro de Thorne. Cerré la carpeta y no la abrí otra vez.

Eso, en mi casa, habría sido el principio de un problema.

Un día sin papeles era un día para ir a buscarlos, para revisar las murallas dos veces o para convocar a alguien que no quería ser convocado.

Me oí hacerlo durante un momento, ordenando la mañana como si la mañana fuera una mesa de consejo, y paré.

Bajé a la cuadra, que era donde se veía quién faltaba de verdad. Barek estaba junto al tejado del pajar, mirando hacia arriba con una mano protegiéndose los ojos. Tres tejas corridas desde la última helada; él las contaba desde el suelo porque ya no le gustaba la escala.

—Dos jornales con escalas me lo dejan hecho en una mañana —dijo, sin saludar—. Lo malo es la inclinación del tramo del aljibe, que hay que saber pisar.

—Yo sé pisar —dije.

Me miró de arriba abajo, igual que Mina miraba un cazo antes de usarlo.

—Pues suba, mi señor. Las tejas se las paso yo.

Subí por la escala y me instalé en la cumbrera como pude, con las botas buscando el canto de las vigas por encima de la escarcha.

Era un sitio que no se le ocurriría a nadie para un soberano, lo cual era exactamente lo que tenía de bueno.

Barek me fue pasando las tejas de una en una, atadas en un cordel, y yo las deslizaba en su sitio y las apretaba con la cuña que él mismo me había atado al cordel.

Trabajamos así un rato largo, sin casi hablar.

El día era frío y claro y se oía la acequia abajo.

Desde la cumbrera se veía la finca entera por primera vez: la casa grande con sus dos ventanales, la huerta cercada y helada, el paso de piedra por donde entraba todo el mundo y las casas de labor bajando hacia la vega.

Una casa entera, vista desde encima, como se ve una mesa desde la cabecera.

Y en el cuello, bajo la ropa, la corriente segunda seguía allí sin pedir nada: Liora quieta y entera en algún sitio de todo aquello, sin que nadie tuviera que contarla.

En un momento dado me sorprendí contando las tejas que faltaban como si fueran sillas enemigas, haciendo números de cuántas podía cubrir antes del mediodía, convirtiendo un tejado roto en una operación con objetivo y plazo.

Paré y volví a lo que había: una teja en la mano, el frío en las rodillas y Barek abajo tarareando sin ton ni son.

—Ahí no va la cuña —dijo Barek, desde el suelo—. Va en el otro lado.

—Aquí me la diste —dije.

—La di para la que ya tapó.

La cambié de lado. Siguió tarareando. Llevaba treinta años arreglando esa casa y no esperaba que nadie se lo agradeciera.

A media mañana pasó Liora por el camino de la huerta con un cesto al brazo y se paró un momento a mirarnos, una mano en la frente para taparse el sol. Me quedé esperando lo que diría, que fuera «cuidado» o «baja de ahí», y lo que dijo fue:

—Barek, si se rompe, se rompe de gratis. —Y siguió camino hacia el gallinero.

Barek soltó una risa sin ruido por la nariz.

—La señora sabe —dijo.

La petición llegó a la mesa del salón con el correo del mediodía, en la misma bolsa que traía dos cartas de las casas de labor que Liora abrió en su sitio. Era un pliego con sello de la intendencia judicial de Asteria, lacre cuadrado, dirigido a la casa Valen.

Lo leyó Vael, que era para quien eran esos papeles aunque vinieran con otro nombre encima.

—Petición de copias —dijo, pasando los dedos por el renglón—. Para la liquidación de la señora Maevra. El juzgado pide el índice del archivo que está bajo custodia judicial, y copia autorizada de las piezas que señala.

Oria estaba a un lado de la mesa, con las manos juntas por delante y la espalda muy recta, que era como se ponía cuando un papel le tocaba de cerca.

—¿Lo pide el juzgado o lo pide alguien por el juzgado? —preguntó Liora.

—El juzgado. —Vael se lo enseñó—. La firma es de la escribanía de custodias, no de una parte. Quiere saber qué hay, no llevárselo.

—¿Y qué hay? —pregunté.

Oria contestó antes que nadie, tranquila:

—Un archivo de veinte años de administración de esa casa.

Libros de cuentas, correspondencia de intendencia, papeles de la época de Elayne que no son de Elayne.

—Miró a Liora—. Los originales no salen de custodia.

Lo que yo tengo es el índice que hicimos para la finca y el acceso autorizado a copias.

Lo que se mande tiene que ser el índice y copias autorizadas, no los papeles.

—Entonces eso se contesta —dijo Liora—. Índice, copia autorizada, y que firme quien tenga que firmar.

—Lo escribo esta tarde —dijo Vael—. Va por correo de primera hora.

Se quedó en la mesa con el pliego y su tinta, y Oria se quedó también, inclinada sobre el índice, señalándole con un dedo quieto los renglones que el juzgado pedía.

Le dictaba los números de registro de memoria, y Vael los escribía sin preguntar.

Era la primera vez que la escribanía pedía copias por correo; Vael abrió el cuaderno de la casa y dejó anotado el trámite con su fecha y su firma, como se anotaba todo lo que entraba y salía de Valen.

Liora me miró por encima de la mesa, de reojo, y vi que lo veía igual: una muchacha de diecinueve años administrando el archivo que un tribunal le había confiscado a su madre, con una exactitud que no le había enseñado nadie.

Salí al paso de la tarde a contar lo que había, que era lo que me enseñaron a hacer en lugar de rezar.

Una reclamación menos. Una mordida dicha y hecha.

Un tejado con sus tres tejas en su sitio.

Un pliego de custodia que era trabajo de Vael, no mío.

Y en la cocina, por el olor que venía, algo con romero que Mina llevaba haciendo desde la mañana.

A la hora de la cuadra me encontró Barek otra vez, esta vez con el cabestro en la mano.

—Si el señor tiene un rato —dijo—, le presento a alguien.

Me llevó a la pesebrera del fondo, donde la yegua torda tenía el box de paridera.

Y allí estaba: el potro negro con la estrella en la frente, las patas largas de quien no ha terminado de hacerse, y la cara de estupor que ponen los animales jóvenes ante un olor que no esperaban.

Me olió la mano con la boca abierta, decidió que yo era un inconveniente aceptable y volvió a la paja de su madre.

—Membrillo —dijo Barek, con el orgullo quieto de quien anuncia a uno de la casa.

—Le estuvo a punto de quedar Liora —dije.

Barek se me quedó mirando.

—Yo también la propuse —dije—. La señora decidió mejor.

—La señora suele decidir mejor —dijo Barek, y le echó al potro otro puñado de paja encima.

Liora llegó entonces por el pasillo de la cuadra, con el cesto vacío de vuelta del gallinero, y se quedó apoyada en el tablón viendo al potro hacer sus cosas de potro.

—En primavera le toca silla —dijo.

—¿Quién se la enseña?

—Barek —dijo—. La misma persona que me enseñó a mí.

—La silla se la enseñé yo —dijo Barek, sin volverse—. De la voz no me pregunte; la traía puesta cuando llegó.

Nos quedamos un rato allí, los tres, mirando al potro como se mira el fuego. Olía a paja caliente y a leche de yegua, y nadie tenía prisa.

Antes de que se hiciera de noche, Liora me llevó a la huerta. Los bancales estaban dormidos bajo la escarcha, marcados con estacas y cordeles que se veían grises en la luz baja, y ella me llevó al bancal largo que corría a lo largo del muro norte.

—Aquí —dijo, y tocó la tierra helada con la punta de la bota—. Cuando pase el hielo. El bancal que dejé en Vhal no puedo traérmelo, pero el romero sabe viajar.

—¿Semilla?

—Esqueje. En primavera se corta, se pone en agua hasta que echa raíz y aquí agarra. —Miró el muro—. Esta pared le da sol todo el día y lo cobija del viento norte. Es el mejor sitio de la huerta.

—Entonces es suyo —dije.

Me miró de reojo.

—La huerta es de la casa —dijo—. Pero el bancal puede ser mío si quieres.

—Quiero —dije.

—Y al lado hierbabuena —dijo—, que Mina la pide todos los años y todos los años se le olvida pedirla por escrito.

Hasta hacía poco, para mí, la primavera había sido un plazo.

Nos acostamos cuando la casa se calló, por la galería del este como todas las noches, con la ventana entornada y una sola vela. Ella se sentó a desatarse las botas y yo me quedé de pie, con el aire de la huerta en la cara.

—Tres tejas —dije—. Las de Barek, no las mías.

—Ya las vi —dijo—. Desde el gallinero se veía la cumbrera. Pisabas como un gato de despensa.

—Gracias —dije.

—No era un cumplido. —Se quitó la segunda bota—. Hoy has pasado la mañana en un tejado.

—No había partes —dije.

—Ya lo sé. Te he oído cerrar la carpeta.

Se me quedó mirando un momento.

—Dilo —dijo—. Lo llevas desde la cuadra.

No lo tenía hecho pregunta, que era la razón por la que me costaba.

—¿Quieres que siga subiendo? —dije—. Mañana, y pasado. Que me quede haciendo tejas y gallineros en lugar de hacer hora en el cuartito hasta que llegue correo.

—¿Quieres tú? —dijo ella.

Era una pregunta mejor. Me desaté la primera bota pensándolo. En Asteria, un día sin mando era un día añadido a la lista de los que dudaban; aquí era un día que se podía pisar, de la misma manera que se pisaba una cumbrera: despacio y mirando dónde ponías el pie.

—Quiero quedarme un tiempo más —dije—. Volver a Asteria cuando toque, pero no por hacer hora.

—Entonces quédate —dijo—. La casa tiene sitio para esperar. Ya lo dijiste tú.

Se metió en la cama contra la pared, en su hueco, y yo apagué la vela y me quedé un momento de pie en la oscuridad, escuchando la acequia y la corriente segunda debajo de la piel, las dos corriendo en la misma dirección.

—Darian.

—Dime.

—Ven aquí.

Fui. En la oscuridad la encontré ya sin lo de encima, con la piel tibia y la marca aún sensible en la clavícula donde yo la había mordido la noche anterior. Me tomó la cara con las dos manos y me guió hasta donde estaba, al hueco suyo contra la pared.

—¿Sigues queriendo? —le pregunté contra la boca.

—Desde el barco —dijo, y me besó, y el cuarto quedó entero en la oscuridad menos la acequia.

Cuando dejó de ser urgente, el cuarto estaba frío de la ventana entornada y estábamos apretados en la cama estrecha como si alguien la hubiera hecho a propósito para no dejarnos sitio a nada más.

La piel de Liora estaba caliente contra la mía.

En la clavícula, donde la noche anterior la había mordido, la marca seguía fresca y sensible; en mi cuello, la suya lo mismo.

Y debajo, la corriente segunda: su pulso entrando a dormirse en el mío, y el mío en el suyo, sin preguntar nada a nadie.

Habíamos quedado pegados un rato largo, como se queda uno después de eso, con ella riéndose despacio contra mi hombro de lo difícil que era despegarse decorosamente en esa cama.

Yo no me reía. Yo la tenía abrazada con los dos brazos y notaba su corazón en la corriente segunda como notaba el frío en la espalda: estaba ahí.

—Me duele el cuello —dijo ella al fin, contra mi pecho, sin moverse.

—Como una picadura grande —dije.

Soltó una risa.

—Que lo diga Iven no cuenta.

—Que lo digas tú tampoco.

—Que lo digamos los dos —dijo—. Eso hace la gente cuando quiere que algo sea verdad.

Nos quedamos así un rato, y el frío de la ventana nos fue metiendo las sábanas por la espalda, y en la cocina sonó una vez el fuego de la leña que Mina dejaba para la mañana. Era el sonido de una casa que se dormía sin que nadie la vigilara.

—Mañana —dijo ella, ya con la voz de quien se está durmiendo—. Si se te ocurre bajar a Asteria antes de que amanezca, te lo digo yo.

—No se me ocurre.

—Ya lo sé —dijo—. Te he oído cerrar la carpeta.

Se durmió en mitad de una respiración, con la mano todavía abierta sobre mi pecho. Esperé a que me viniera la costumbre de contar lo que había en la casa.

No vino. Me dormí antes de echarla de menos.