Capítulo 17 La marca que elegimos
Liora
El jinete salió con la primera luz. Lo vi desde el ventanal del salón cruzar el paso de piedra con la cita de Darian atada bajo la capa, un hombre solo sobre una mula de correo.
La víspera había salido por ese mismo paso el veedor con su carpeta; aquel papel se llevaba otra clase de peso.
Después conté los que quedaban, como él contaba las sillas: cinco jinetes en la cuadra, Tello en la linde, y la casa entera durmiendo todavía sin saber qué papel viajaba en esa bolsa.
Era una puerta que le abríamos a un médico para que viniera a mirarme y dijera lo que viera. Nada que firmara una mesa.
La espera fue dos días y supo distinto de la espera del veedor.
Aquella había sido una casa entera callada delante de una carpeta ajena.
Esta era mía, y se podía llevar con las manos ocupadas: desgrané con Mina un cajón de habas en la cocina, pasé revista con Barek a la cuadra del norte, y por las noches Darian y yo hablábamos de las gallinas y del tejado como si no hubiera una pregunta entera dormida entre los dos.
Una sola vez la saqué, la segunda noche, con la vela ya apagada.
—¿Y si dice que no? —pregunté a la oscuridad.
—Entonces la casa tiene sitio para esperar —dijo él—. Ya lo dijiste tú.
Me reí una vez, seco, contra su hombro. Era verdad. Lo había dicho yo, y encima lo había dicho primero.
Lo que no le dije a nadie fue lo otro: me apretaba el peso de la palabra.
Había pasado semanas aprendiendo a que las cosas que me habían quitado por escrito me las devolvieran por escrito, cláusula a cláusula, con sello y testigo y copia para la cancillería.
Y ahora venía una cosa que no se iba a escribir en ningún sitio, que no iba a tener acta ni ejemplar ni veedor, y el cuerpo se me ponía alerta de todos modos: había aprendido que las cosas importantes llegan con pliegos.
Por eso la víspera de que llegara Iven fui al cuarto de las cuentas y abrí el baúl de mi madre.
Las nueve cartas seguían allí con su cinta azul, ordenadas con el cuidado que Vael ponía en todo lo que no era suyo.
Saqué la última y leí solo las líneas que ya me sabía: «mira la firma antes que el sello. Lo que yo no firmé no existe».
Lo volví a doblar y lo dejé en su sitio. Vael estaba en su rincón con los pliegos de la casa y no levantó la vista, o hizo como si no la levantara.
—La última —dijo al fin, con la pluma quieta—. Yo también la recuerdo.
—Yo también —dije, y me fui a dormir.
Iven llegó al tercer día, con la tarde echada encima y el abrigo gris de camino. Lo contaron en el paso y Tello subió a avisar, pero ya se oía la mula en la grava antes de que el sargento terminara la frase.
Salió a recibirlo la casa entera, porque en esa casa un médico que venía de Asteria con el tiempo que hacía era casi una visita de fiesta. Iven desmontó mal, con la pierna mala rígida, y cuando se enderezó me miró como me miraba siempre: una vez, de arriba abajo, sin sonrisa y sin susto.
—Señora Valen.
—Señor Ardel. —Me planté delante de él—. Lo hemos hecho venir de lejos para decir una palabra.
—Entonces que la palabra sea cierta —dijo—. ¿Dónde hay luz y una silla?
En la cocina, Mina le había puesto ya el plato encima de la mesa, como hacía con todo el que entraba por aquella puerta con barro en las botas.
Iven miró el plato, miró a Mina, y se sentó a comérselo despacio antes de tocar a ningún enfermo, que era su manera de ser razonable.
A mí me hizo esperar en la entrada con las manos quietas, y juro que aquel plato le duró una hora.
Me examinó en el cuarto de las cuentas, con las tres velas encendidas y la mesa limpia. Olía a papel viejo y al romero del alcohol de su bolsa. Darian esperó fuera, en la galería; le oía los pasos ir y venir al otro lado de la puerta.
Iven me tomó la respiración con la mano abierta en la espalda, me hizo doblar el brazo, estirar el costado, sentarme y levantarme sin ayuda.
Me miró la marca como quien lee una letra que no conoce: inclinado, sin tocarla primero, y después con dos dedos tibios apoyados en la orilla rosada.
Me levantó los párpados con el pulgar, me miró la lengua, me tomó el pulso en la muñeca con el relojito de bolsillo abierto delante.
—¿Caliente?
—A ratos —dije—. Cuando él está cerca. Cuando está lejos, tira.
—Eso es viejo —dijo—. ¿Cómo duerme?
—Como una piedra.
—¿Come?
—Mina no da opción.
—El celo. —Se enderezó y me miró a los ojos—. ¿Le quedó algo después? ¿Confusión, frío que no era del tiempo, el aroma cambiándole a golpes?
—No —dije—. Quedó cansancio y después se fue el cansancio.
—¿Y el costado?
—Se acuerda cuando le doy motivos —dije—. Si no le doy motivos, se calla.
Me hizo sentar en la silla de la mesa y él quedó de pie, con su cojera y su tira en la ceja y las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta de trabajo.
—Escuche bien, señora, porque voy a decirlo una vez —dijo—.
La punzada no es una herida que crece. Es una herida que protesta.
Le va a protestar años, probablemente, cada vez que estire mal o pase horas en una silla o se ría con el cuerpo entero.
No es una razón contra nada. Es solo una cosa que su cuerpo aprendió y no va a desaprender.
—Ya lo sabía —dije.
—Entonces lo demás es más fácil. —Señaló mi clavícula con la barbilla—.
Lo que puedo decirle con la mano en el fuego es esto: está usted recuperada lo que se puede estar recuperada.
Come, duerme, no tiene fiebre, no tiene confusión, el celo le salió limpio y la marca está asentada como se asienta una soldadura.
Si me pregunta si puede decidir, la respuesta es que ya decidió, porque me está mirando a los ojos y me contesta.
—¿Y si le pregunto si estoy entera? —dije.
Iven se me quedó mirando un momento.
—«Entera» no es una palabra de consulta, señora —dijo—.
Es una palabra de familia, de la casa. Pero si la usa usted, no encuentro nada en su cuerpo que diga lo contrario.
—Se recostó en el borde de la mesa—. Lo que no puedo firmarle es lo que pase después.
No sé lo que la mordida cambiará. Nadie lo ha medido en una persona que la elige.
La resonancia que tiene ahora, más honda.
Eso es todo lo que la medicina puede prometer, y no es promesa: es sospecha fundada.
—No le pedimos promesas —dije—. Le pedimos que mirara y dijera lo que viera.
—Pues ya lo hice —dijo. Se incorporó y cogió su bolsa—. Y esto no lo escribo. Si algún día hace falta escribirlo es porque alguien lo está usando contra usted, y entonces me llaman y lo escribo con sangre si hace falta.
—Una cosa más —dije—. La baliza.
—La baliza sigue donde estaba —dijo Iven—. La mordida no la toca: ni la apaga ni la enciende. Si huele algo de mar que no le gusta, me llama como antes. Y esta noche duermo en la casa, no por usted, por mí: quiero verla con luz de día antes de volverme a Asteria.
Abrí la puerta. Darian estaba a dos pasos, con la espalda contra el muro de la galería, fingiendo mal que no llevaba una hora contando los barrotes de la escalera.
—Está entera —le dijo Iven, sin entrar en ceremonias—. Lo que decidan después no es asunto de mi consulta. Es asunto de ustedes, que es como tiene que ser.
—Gracias —dijo Darian.
—No me des las gracias por decir la verdad —dijo Iven, pasando junto a él con su cojera—. Dámelas por la cena. Llevo dos días de caballo y me duele la pierna más que a ti el deseo.
Bajó la escalera hacia la cocina, donde Mina le iba a poner otro plato sin preguntar. Darian y yo nos quedamos en la galería, él contra el muro y yo en la puerta del cuarto de las cuentas, mirándonos, con la palabra ya dicha.
Aquella noche no preparamos nada.
Cenamos con la casa. Mina le había dado a Iven el cuarto del fondo, el que olía a leña, y a la mesa se sentó con nosotros como si llevara años haciéndolo: le contó a Oria entre plato y plato cómo se limpia una herida de ceja, contestó a Barek que en Asteria llovía igual que aquí pero con más tejas,
y se dejó meter pan en la mano cada vez que se despistaba contestando.
Nadie dijo la palabra; el resto era asunto de arriba.
Después subimos como todas las noches, por la galería del este, y en el cuarto hice lo de siempre: descorrí el pestillo, entorné la ventana a la huerta, apagué la vela del todo menos la de la mesilla.
Darian se sentó en su borde de la cama estrecha y se desató las botas. Yo me quedé de pie un momento, con los dedos en la clavícula, notando la marca bajo la piel.
—Darian.
Levantó la cara.
—Ven aquí.
Fue hasta donde yo estaba, descalzo sobre la piedra fría. Me tomó la cara con las dos manos, con cuidado de no pesar en el pulgar sobre la mandíbula, y me besó como se besa una cosa decidida: sin prisa y sin disculpa.
—¿Sigues queriendo? —me preguntó contra los labios.
—Desde el barco —dije—. Ya lo sabes.
—Entonces dime cuándo.
—Ahora —dije—. Y después otra vez. Y todas las veces que haga falta para que no le quede duda a nadie.
Se me fue la mano a su cuello, a la marca que le había puesto yo encima de la arteria, y él hizo lo mismo con la mía, con los dedos en la clavícula y la boca en el hueco del hombro, donde ya una vez se había detenido con los dientes rozando y había esperado a que yo dijera que no.
Se detuvo un instante igual que aquella vez, con la boca abierta sobre la marca y el aliento tibio; solo que ahora la palabra salió de él.
—Ahora.
Sentí los dientes primero, un borde de presión, y después el pinchazo, limpio, dos puntos de fuego en el sitio exacto donde la marca había estado tirando de mí desde el barco.
El dolor fue breve y honesto, como levantarse de un suelo frío.
Y después, en lugar de la tira de alarma que conocía, lo que vino fue otra cosa.
El pulso de Darian entró por la piel mordida y se instaló debajo del mío, no encima: una corriente segunda, mansa, sin palabras y sin la sacudida de antes. Él estaba ahí y yo estaba ahí, y los dos lo sabíamos. Sonaba como la acequia de abajo, igual toda la noche.
Me apreté contra él y él me apretó contra sí, y en el pecho de Darian sonó aquello que siempre cortaba a la mitad, el sonido ronco de cuando le llegaba algo de golpe, y esta vez no lo cortó. Se le salió entero, contra mi pelo, un gruñido que no era de amenaza ni de aviso, sino de llegada.
Después fui yo quien buscó su cuello. Él inclinó la cabeza a un lado, sin decir nada, y me dejó el sitio con la marca descubierta, la que yo le había puesto encima de la arteria la noche en que todo empezó a ser verdad.
Mordí donde había mordido entonces, más hondo que entonces, porque ahora sabía dónde estaba y qué hacía.
La piel cedió y le sentí el pulso bajo la lengua, rápido, el corazón de él latiéndome en la boca como una respuesta.
Él se quedó inmóvil, con los brazos alrededor de mí sin apretar, hasta que yo solté.
—Ya está —dije.
—Ya está —repitió él, con la voz baja y ronca, y me tocó la mejilla con el nudillo, comprobando que seguía ahí delante de él.
Nos quedamos un rato quietos, sentados en el borde de la cama estrecha como dos que acaban de cruzar un río. Él me miró el cuello a la luz de la mesilla, con el ceño de siempre, y yo le miré el suyo: la marca tenía otro color, más viejo y más hondo, como una cicatriz que hubiera decidido quedarse.
—¿Qué notas? —le pregunté.
—Que estás —dijo—. Igual que antes, pero sin la cuerda. —Me buscó la mano—. ¿Y tú?
—Lo mismo —dije—. Estás debajo.
Asintió, y no preguntó nada más.
No se escribió nada. No hubo testigo ni copia para otra mesa.
Nos acostamos como se puede en una cama que le queda pequeña a un lobo: él con los pies fuera por el final, yo con la oreja en el hueco del hombro, la marca nueva latiente y tibia bajo la oreja.
Por la ventana entornada entraba el frío de la huerta helada y el rumor de la acequia, el mismo de siempre.
—Liora —dijo él en la oscuridad, con la mano posada en mi espalda.
—Dime.
—Gracias por elegirme.
—No te elegí —dije—. Te sigo eligiendo.
Se rió una vez, contra mi pelo, y el pulso que me llegaba por la piel se mezcló con el mío hasta que ya no supe cuál era cuál.
A la mañana siguiente me desperté antes del alba, como siempre, con el reflejo de levantarme a hacer la chimenea.
No lo hice. Me quedé quieta un rato escuchando la casa, La marca nueva se había asentado en la clavícula como una viga: caliente, fija, debajo de la piel.
Iven había dicho que la baliza seguía en su sitio, y nada en mí decía lo contrario.
Darian dormía a mi lado con la cara metida en la almohada y los pies fuera, y por primera vez desde que lo conocía no sentí en la marca el tirón de su atención sino el peso quieto de su presencia, como si lo tuviera apoyado en el pecho aun estando dormido.
Me levanté despacio, me vestí sin pañuelo en el cuello y bajé a la cocina.
Mina estaba ya junto al fuego, dándole la vuelta al pan de la víspera. Me miró una vez, de arriba abajo, con los ojos parando un momento en el cuello descubierto, y no dijo nada. Me puso delante el plato, con la punta tostada que guardaba siempre para mí, y me dejó comerla en paz.
Oria bajó después, con el pelo recogido mal y los ojos todavía de sueño. Se sentó enfrente, me miró el cuello un segundo sin disimulo, y en vez de preguntar lo que se veía me empujó la jarra de té por encima de la mesa.
—Está caliente —dijo.
—Ya lo sé —dije.
Iven entró el último, cojeando hacia su plato, y me echó una mirada profesional de medio segundo, al cuello, a la cara, a los ojos, antes de sentarse.
—¿Le duele? —preguntó, sin saludar.
—Como una picadura grande.
—Pues eso es —dijo, y se puso con las sopas.
La mordí por el borde tostado, con el sabor a miga caliente en la boca y la marca de mi compañero latiente en la piel, y no miré a la puerta ni una sola vez.