Un vinculo grabado a medianoche (Cuentos de hadas de la manada 2) Capítulo 24 Quedarnos en el futuro
100%

Capítulo 24 Quedarnos en el futuro

Darian y Liora

Mina puso la mesa para seis y se quedó mirándola.

Yo bajé a la cocina con la casaca a medio abotonar y la vi con un plato en cada mano, delante de la silla del extremo, la que daba a la ventana. Sabía de quién era. Lo sabía toda la casa. Mina dejó un plato sobre el mantel y, sin decir nada, se lo llevó de nuevo al aparador.

—Póngalo —dijo Liora desde la puerta.

—Señora…

—Lo he pensado. Que esté. Si no, mañana va a ser peor.

Mina volvió a colocar el plato en su sitio, exactamente donde lo había dejado. Pasó el dorso de la mano por el borde, como si tuviera polvo, y no lo tenía.

Nos sentamos. Vael a mi izquierda, con el cuaderno cerrado por una vez. Barek con el sombrero doblado bajo la silla. Cinco personas y un plato sin nadie, y me sorprendí contando las sillas, cinco con gente y una sin ella. No contaba salidas ni puertas. Contaba porque quería que estuvieran todas.

Desayunamos casi sin hablar. Liora me partió el pan con la punta tostada y no dijo que era la punta. Cuando terminamos, Vael abrió el cuaderno y nos dio el parte.

Lo dio de pie, en el orden que habíamos acordado la noche anterior, y solo lo que había.

Galen escribía desde Asteria que el depósito de la escribanía estaba bajo guardia de la Corona, con dos hombres suyos en cada puerta, y que el escribano jefe había sido llamado a declarar.

El cotejo de la matriz del sello se haría al día siguiente, ante testigos.

Del prefecto de esclusas, dos carretas cerradas hacia el oeste desde el amanecer anterior, una de sal y otra de forraje, ambas revisadas por sus hombres sin tocar la carga.

De Tello, desde la villa, que en la posta nadie recordaba el coche, y que un mozo de cuadra había visto una mujer con un chal de rayas, pero de espaldas y a lo lejos, y que no se atrevía a jurar que fuera ella.

De Brand, nada. Las balandras miraban el río.

—Y hay una carta de cancillería, señor —añadió Vael—. La respuesta a las nuestras.

—¿Del Consejo?

—Firmada por lord Odran, en nombre del Consejo. Una sola frase.

Me la dio. «El Consejo toma razón del reconocimiento y de las cartas que lo acompañan». Sin mi título, sin el de ella, sin una palabra de felicitación ni de objeción. Se la pasé a Liora. Leyó, levantó las cejas y dobló el papel en cuatro.

—Toma razón —dijo Liora.

No hubo más. El pliego de preguntas no había tenido nunca contestación, y del «estado» de Liora que el procurador había insinuado no se había vuelto a escribir una línea.

Aquella frase era la respuesta a las dos cosas: lo que una casa da a otra cuando ya no puede discutir la puerta. Un silencio con lacre.

—¿Y la respuesta? —dijo Liora.

—No hay respuesta, señora. Ni prueba de vida. Si llega, llegará por el prefecto, con el veintiuno en el sobre.

—Y avisan.

—En cuanto llegue, señora, a la hora que sea.

Ella asintió. Vael cerró el cuaderno.

—Una hora al día —dije—. Después del desayuno. Los partes, las cartas, lo que haya que firmar. Todo ahí y no en la comida, ni en la cama.

—Y en la hora quien dispone eres tú —dijo Liora.

—Quien dispone somos los dos. Tú sabes de los papeles lo que yo no sé.

—Y tú de los caminos lo que no sé yo.

Vael se puso a escribir algo en el cuaderno para que no lo miráramos. Barek se aclaró la garganta. Mina retiró la jarra de té vacía y llevó otra.

Al terminar la hora, salí. No era yo el que había hablado del descanso, sino Liora, la noche anterior, sentada en el borde de la cama estrecha con la trenza a medio deshacer.

«Si me pasa el día entero con el papel en la mano, no sirvo. Pásame el papel una hora. El resto del tiempo, déjame ser gente».

Y yo, que había estado a punto de decir que quién puede ser gente en una casa así, me callé y anoté en mi cabeza que era verdad.

Mina me esperaba en la cocina con la artesa abierta.

—Hoy también.

—Mina, hoy no…

—Hoy más que ayer. —Me puso la masa delante—. Con las manos ocupadas se espera mejor. Es un consejo de cocina, señor, no de otra cosa.

Lo hice. Empujé y doblé con la palma, como me había enseñado, y las ampollas vendadas me ardieron bajo el trapo. Al tercer intento la masa se despegó de la mesa entera, sin dejarme nada en los dedos. Mina la miró, la palpó con el pulgar y no dijo nada, que en ella era una alabanza.

No hablamos de Oria. Mina la nombró una vez, sin querer, al pedirme que le pasara la sal que ella siempre dejaba en el estante de la izquierda. «Donde la deja la niña». Se quedó con la mano en el aire. Le pasé el bote. Ella me pegó con el cucharón en los nudillos, suave, una sola vez.

—Empuje.

Empujé. Al rato, sin volverse, dijo:

—A esa niña le quité yo los piojos —dijo—. Y ahora un desconocido la tiene por unos papeles. —Rascó un resto de masa de la mesa con la uña—. Yo no pienso quedarme sentada. Pero no sé qué hacer con las manos.

—Amasar.

—Eso hago.

—Lo estás haciendo bien.

Se rió sin ganas, con un ruido corto por la nariz, y me señaló la masa.

Cuando Liora entró a mediodía con los pies sucios de la huerta, yo tenía una hogaza informe en la bandeja y harina hasta los codos. Se quedó parada en la puerta y me miró la cara. No sonrió. Se acercó, con las manos limpias en el delantal, y me quitó de la mejilla un poco de harina con el pulgar.

—Está bien hecha —dijo.

—Es fea.

—Está bien hecha y es fea. Las dos cosas. —Se volvió hacia Mina—. Va a la primera hornada.

—Va a la última —dijo Mina—. Que se enfríe con calma.

Yo le tomé la muñeca antes de que se fuera. Nadie miraba. Le besé la palma, donde la tierra de la huerta no se había ido del todo, y ella cerró los dedos sobre mi boca un momento, como quien guarda algo.

Por la tarde bajamos a la cuadra a ver a Membrillo, porque Barek había dicho que el potro echaba de menos que lo miraran.

El potro no echaba de menos nada; comía heno con las orejas hacia atrás.

Barek, apoyado en la puerta del box, nos dio la cuenta de siempre: la silla en primavera, la primera salida al cercado con Liora, el freno de madera antes que el de hierro.

—Y que lo vea la señorita Oria —dijo, sin cambiar la voz—. Le gusta ver cómo sale un potro.

—Lo verá —dijo Liora.

—Eso pensaba yo, señora.

Se fue con el balde. Liora apoyó los codos en la tabla del box y le rascó al potro entre los ojos, donde tenía la estrella.

Yo no contesté. Me puse a su lado y rasqué el otro lado de la cabeza del potro, y Membrillo cerró un ojo.

De noche hubo lluvia fina en la ventana, sin viento.

Liora había puesto un tiesto con esqueje sobre el alféizar, junto a la vela, y otro más pequeño al lado.

Yo, sentado en la cama estrecha, me quitaba las botas mientras ella buscaba algo en el cuaderno de la casa, sentada a la mesilla con la manta sobre los hombros.

—Mira —dijo.

Me lo tendió abierto. Las dos entradas suyas, una debajo de la otra, a pluma y en su letra.

La primera: «Liora Valen, señora de esta casa, vuelve a Valen para la siembra y para la cosecha, y cuando quiera».

La segunda, la que había escrito hacía tres días: «Sale para Asteria el día en que se vaya el oficial».

Debajo del segundo renglón había una raya limpia, de una sola pasada, que la dejaba legible.

—La taché esta tarde —dijo—. No es que no quiera ir. Es que la fecha era del oficial, y el oficial no vino.

—¿Y ahora?

—Escribí debajo.

Lo leí. «Sale para Asteria cuando toque. La casa tiene sitio para esperar».

Era una frase de los dos, dicha en la cama y en la finca, y verla escrita con su letra me hizo bajar la vista un momento.

—No es un plan —dije.

—No. —Cerró el cuaderno—. Pero me quedaré aquí mientras busquen. Cuando la encuentren, o cuando haya algo que hacer que sea nuestro, nos vamos juntos. Tú a la sala de mapas después del desayuno. Yo, a lo que me toque. Volvemos en la siembra.

—¿Y Oria?

—Vendrá con nosotros.

Lo dijo sin levantar la voz, sin pedir que fuera verdad.

Me acerqué a ella por detrás de la silla y le puse la frente en la coronilla. Olía a tierra, a humo de la vela y, debajo, a esa lluvia sobre piedra tibia que no sé nombrar de otro modo.

—Me da miedo desearte esta noche —dije—. Con lo que hay.

—Ya lo sé.

—No sé si es una cosa que se pueda.

—Se puede —dijo—. Y si no, dormimos. Lo que no se puede es que yo me duerma sola con el castigo.

Sentí cómo lo dijo: seca y directa, como una cuenta que ha decidido saldar. Me arrodillé delante de la silla y le tomé las dos manos.

—¿Sigues queriendo? —dije.

—Desde el barco.

Se puso de pie con la manta cayéndole, y no hubo más palabras que las necesarias.

Fue despacio, con las manos de los dos por todas partes y una risa suya que se le escapó, ahogada, cuando me golpeé la rodilla contra la mesilla y tiré el cuaderno.

Después, mucho después, se quedó quieta sobre mi pecho, con el oído en el hueco del cuello, junto a la marca, y yo con la mano abierta en su espalda, el pulso mío y el suyo uno debajo del otro.

Afuera seguía la lluvia. En algún lugar de la casa, una puerta se cerró sin ruido.

Yo no conté nada esa noche. Ni la puerta, ni las tejas, ni las horas.

Me desperté antes que él, con la luz gris ya en la ventana y el peso de su brazo atravesado sobre mi cintura. Estuve un rato sin moverme. La marca de la clavícula me picaba un poco, como un recuerdo de la noche, y debajo del pulso mío estaba el suyo, más lento, seguro de su sitio.

Oria no estaba. Eso no había cambiado en la noche y no iba a cambiar por dormir mejor. Pero había dormido, y él conmigo, y a las dos cosas las sostenía sin sentir que pesaran en sentidos contrarios.

Me deslicé fuera del brazo. Él murmuró algo, se dio la vuelta, encontró mi almohada y se quedó con ella. Le tapé un pie con la manta.

La ventana de la huerta estaba húmeda por dentro. La abrí. Entró el olor de la tierra mojada y, muy lejos, un gallo. Los esquejes del alféizar habían agarrado una gota cada uno, en la punta de la hoja.

Bajé descalza por la escalera de la cocina. Mina ya estaba, con el fuego tendido y el té preparado, y no me preguntó nada. Puso en el mantel la punta tostada y la jarra. Me senté a comer sola y de pie, con la espalda contra la pared, mirando la silla del extremo y el plato que nadie había retirado.

No lloré. Había llorado ya, la otra mañana, en el cuarto de Oria, sin ruido, y el llanto no había arreglado nada, aunque me había dejado más libre para comer.

Lo que quedaba era otra cosa: un cálculo largo y paciente, con caminos que se abrían y se cerraban.

Los papeles de Maevra. La treinta y una.

Un lacre con un cabello en la muesca. Alguien que escribía «mi señor» y tenía siete jinetes.

Vael entró a media taza, con el cuaderno bajo el brazo, a preguntar si podía sentarse. Le dije que sí sin levantar los ojos. Se sentó dos puestos más allá de la silla vacía y comió un pan sin nada, con la cabeza baja. Al cabo de un rato dijo, con la voz de quien mide cada palabra:

—Señora, el otro día dije que el cotejo lo hice tarde.

—Lo dijo.

—Lo sigo pensando.

—Yo también lo pienso a veces. —Dejé la taza—. Y pienso que quien mandó ese pliego sabía qué trámite teníamos abierto y cuándo. Eso no lo adivina nadie desde fuera.

Levantó la cabeza. No había caído en eso.

—Lo apuntaré, señora.

—Apúntelo. Y coma.

Comió.

Antes de subir pasé por el cuarto de Oria.

Abrí la ventana de par en par, para que se llevara el aire cerrado de tres días, y dejé la hoja a medio copiar donde estaba, al lado de las plumas, con la mía debajo.

No toqué nada más. En el pasillo me crucé con Barek, que llevaba el balde vacío y no preguntó adónde iba.

Subí con el té para él. Darian se había despertado en el intervalo y estaba sentado en el borde de la cama, con las botas en la mano y la cara de quien no sabe si ha soñado. Me vio entrar y se le aflojó algo en la boca.

—Te has ido.

—A la cocina. —Le di la taza—. Está negro. Lo ha hecho Mina, pero está negro.

—Ha sido en tu honor.

—Ha sido en el tuyo.

Bebió. Se pasó la mano por la mandíbula, donde el corte de la navaja de Barek ya había cerrado, y miró a la ventana.

—Va a ser un día largo.

—Sí.

—¿Cuántas cosas tienes que hacer?

—Una hora de papeles después del desayuno. Luego la huerta. Luego el pan.

—¿Nada más?

—Nada más. —Me senté a su lado, con la cadera contra la suya—. Ayer me pasé la tarde en el bancal, y me dije que no debía disfrutarlo, y lo disfruté. No pasó nada.

—No pasó nada.

—Si llega la prueba de vida, la abrimos juntos, en la mesa, con Vael. Si no llega, cenamos igual.

—Y volvemos a Asteria cuando toque.

—Cuando toque.

Nos quedamos así, sin que ninguno dijera nada más. Debajo, en la cocina, alguien dejó caer una olla y no se rió nadie, pero tampoco nadie se sobresaltó. La lluvia había parado. En el alféizar, las gotas de los esquejes brillaban ya a la luz de un sol que todavía no se había atrevido a entrar.

—Baja —dije—. Antes de que Mina suba con el cucharón.

—Baja tú.

—Bajamos los dos.

Me tendió la mano, y yo la tomé, con las ampollas vendadas y el pulso corriendo tranquilo bajo el mío, y salimos juntos a la escalera.