Capítulo 14 El miedo que sí puedo decir
Darian
El cuarto de las cuentas tenía frío de piedra a primera hora y olía al fuego que Oria acababa de encender. Liora desató la cinta azul despacio, como había pedido la noche antes, y empezó por la primera carta.
Yo la había oído leer una vez. Sabía lo que venía.
Eso me dejaba libre para mirar lo que no había mirado: el papel, la letra, el orden.
Nueve hojas de papel de procedencias distintas, escritas en años distintos.
En la primera la tinta se había aclarado hasta el color del té; en la última seguía oscura, con los bordes de los renglones apretados como si la mano hubiera escrito deprisa.
—La letra cambia —dijo Vael, que estaba de pie a mi espalda con las manos cruzadas—. La primera y la novena no las escribió la misma mujer en la misma edad. Son la misma letra, más vieja. Eso no se falsifica barato.
Liora leyó con la espalda recta y la voz pareja, y solo la marca en mi cuello me dijo lo que la cara no decía: una tensión baja y sostenida, como una cuerda con peso. No palabras. Nunca palabras. Era suficiente.
Leyó la carta del padre Valen con la voz baja.
Cuando llegó al «lo quise» se le paró la garganta un momento, solo un momento, y siguió.
Pensé en el hombre que vio la estela detrás de la barca y decidió que la estela no era asunto suyo.
No sé si me habría salido a mí. Llevaba semanas aprendiendo a no contestar por ella ni a decidir por ella, y había días en que todavía no me salía.
En la carta del molino, la de la acequia, Liora hizo una pausa distinta: no de las de tragar, sino de las de acordarse. Me contó después, caminando, lo de la prohibición.
Terminó con la última, la de la letra apretada. Cuando llegó a «si vienen con un papel donde esté mi nombre», no la dejó sobre la mesa como las otras. Se quedó con ella en la mano.
—Vinieron —dijo—. Con un papel con su nombre y sin su firma.
—Harek —dije.
—Harek y quien lo mande. —Levantó la vista. Tenía los ojos secos, que era distinto de la noche anterior—. Quiero contestarles.
—Vael puede contestar por escrito. Con el registro, con el libro de la flotilla, con lo que vio la arquera. Todo por escrito y a mi sello.
—No —dijo Liora—. Quiero que vengan aquí.
Conté las puertas del cuarto de las cuentas. Una. Conté las ventanas. Una, emparrado por fuera. Conté a los míos: seis jinetes y yo. No dije nada.
—Darian.
—Te he oído —dije—. Estoy pensando en no contestarte.
Nos fuimos a caminar por los bancales porque Liora dijo que no discutía conmigo sentada. La helada había cuajado la tierra en costra y los patos chapoteaban en el remanso de la acequia como si el agua no fuera a helarse.
—Mi madre me tenía prohibido pasar del molino —dijo cuando lo tuvimos a la vista, adelante, con la rueda parada y la escarcha en el hierro—. Leí la carta y me acordé. La acequia va al río. El río va a su mar.
—Y las casas de los acantilados están en ese mar.
—Sarrat, Aldao y Mouriño —dijo ella—. Los tres nombres del calco de Vael. Los tres firmaron una vez ante la Corona. Tienen sello, tienen nombre y tienen quien les conteste.
—Tienen también una escuadra que te subió a una barcaza.
Se me quedó mirando. El aire nos sacaba vapor de la boca.
—La última vez que alguien te sacó de una casa —dije—, te encontré detrás de una puerta que no podías abrir. Antes de eso, dormida en una barcaza. Si te parece puedo seguir.
—No hace falta.
—Quiero contestarles con un muro, Liora. —Lo dije porque era verdad—. Contesta Vael por escrito, que conste en cancillería y que no vuelvan a acercarse al valle. Eso es lo que tengo dentro. No un plan: un muro.
—Ya lo sé —dijo, sin enfado—. Por eso te lo pregunto a ti y no a Vael.
Nos quedamos un rato mirando la rueda del molino. Nadie me enseñó a hacerle caso al miedo; en mi casa se mandaba por encima de él. A mi padre se le convirtió en la torre baja. Yo había aprendido hacía poco que nombrarlo salía más barato que obedecerlo, y aun así me costaba.
—Hay una cosa más —dijo Liora al fin—. Si lo contesta Vael por escrito desde tu cancillería, entra en un expediente de la Corona.
Y todo lo que entra en un expediente de la Corona acaba en una mesa donde tu tío tiene voz.
—Me miró—. Si lo contesto yo, en mi casa, con tu escribiente y mi sello, el acta sale con mi nombre y no hay comisión que pueda hacerla suya.
Era verdad. Lo vi entero, el movimiento completo, como se ve una jugada: el papel subiendo a Asteria, Odran pidiendo su depósito para examen, la comisión, la señora sentada frente a los doce.
—Un papel sin respuesta no muere —siguió ella—.
Circula. Mi madre se escondió más de diez años porque contestar no era seguro; se cambió de nombre, me registró Beta y aun así durmió con la vela a medio apagar.
Yo tengo la casa, el nombre, a Vael para que lo escriba y a ti para que no me pase nada.
Puedo permitirme lo que ella no pudo: contestar delante de testigos.
—Delante de testigos armados.
—Delante de testigos. —Dio dos pasos sobre la escarcha y se volvió—.
Escúchame entero. Que vengan dos por casa, no más.
Que los cuenten en el paso de la acequia, que es el único sitio por donde se puede llegar a esta casa sin permiso.
Que entren sin armas. Que vean los calcos, no los originales, porque el baúl no sale del cuarto de las cuentas.
Que Vael lo escriba todo. Que Mara diga lo que vio.
Nadie se queda de garantía, ni de su parte ni de la mía. Y que se marchen el mismo día.
—¿Testigos de quién? —pregunté—. ¿De Vael?
—De Vael y de los míos. —Contó con los dedos—. Barek la vio escribir de noche y subió el baúl al desván. Mina la conoció de cerca. Quiero que estén en la sala cuando vengan. Ellos me criaron a mí; también saben lo que es un papel con voz amable.
—¿Y Harek?
—Harek me tuvo en una barcaza y me enseñó una minuta con la firma de mi madre vacía. —Su voz no subió; no le hacía falta—. No entra en esta casa. Si las casas quieren hablar, mandan a alguien que no sea él. Y si vienen en su nombre, que contesten primero por la barcaza.
—¿Y si vienen a hablar y se llevan algo? ¿O a alguien?
—Entonces estás tú —dijo—. Y tus seis. Y mi casa entera, que sabe cerrar una puerta mejor que nadie.
Era la mitad de una respuesta. La otra mitad me tocaba a mí: decir que sí a una mesa que no elegía. No estaba listo.
—Déjame darle una vuelta —dije.
—Tómate el día —dijo ella—. Es una decisión de dos.
Volvimos por el camino de la acequia sin decir nada más. En el puente de piedra del paso, Liora se paró y se apoyó en mi brazo, la punzada de siempre. Miramos los dos la corriente: agua parda, rápida, que venía de la sierra y se iba al Siel.
Aquella noche, en la cama estrecha, no llegamos a ningún acuerdo. Hablamos un rato en la oscuridad, de otras cosas: de si el potro se dejaría ya ensillar, de la sopa de Mina.
—Tus pies —dijo ella, con el sueño ya en la boca— salen por el final de todas las camas decentes de esta provincia.
—Lo sé.
—Deberías pedirle una cama a Barek. Te la haría. Te la haría de mala gana y te cobraría caro, pero te la haría.
Ella se durmió con la espalda pegada a mi costado, como todas las noches. Me quedé un rato despierto haciendo cuentas con la oscuridad y al final me dormí yo también.
Salí antes del alba con Tello, el sargento de la escolta, a hacer lo que sabía hacer.
Recorrimos la finca a pie. La casa grande tiene una sola entrada de verdad: el camino que baja del valle y cruza la acequia por el paso de piedra.
Por detrás, la huerta linda con el cerrado, y el cerrado con el pajonal hasta el monte; quien quisiera entrar por ahí tendría que venirse a campo y dejar el caballo muy lejos.
La acequia no es navegable; es una zanja honda de dos varas que cruza la propiedad de lado a lado y solo se pasa por el puente o por el molino.
—El paso —le dije a Tello— es donde los contamos.
—Mi señor. —Contó él también, con el ojo—. Dos arriba, uno en la puerta y los demás de la casa en la cocina. Nadie entra sin que lo vean dos veces.
—Y en la mesa no hay armas. Ni de ellos ni nuestras a la vista.
Tello me miró.
—Las nuestras estarán cerca —dijo—. No hace falta enseñarlas.
Volví cuando el sol ya había derretido la escarcha de los bancales. Liora estaba en el cuarto de las cuentas con Oria, y las dos tenían papeles.
—He contado la casa —dije—. Con tu permiso.
Oria se me quedó mirando con una ceja arriba. Liora sonrió.
—Dime lo que tienes —dijo.
—El paso de piedra es el único acceso que no se ve desde la casa; pongo a dos hombres allí y la cuenta se hace antes de que lleguen.
En la entrada hay sitio para que la escolta que traigan espere sin entrar; entran dos por casa, seis en total si vienen las tres, más su escribiente si traen.
Sin armas dentro; las dejan en la cocina, igual que los míos.
La mesa del salón, la larga. Vael a la cabecera que da a la pared, con el atril; tú y yo enfrente de la ventana, de cara a la puerta.
Todos salen antes de que cierre la tarde.
—¿Y el baúl? —preguntó Oria.
—El baúl no se mueve. Ven los calcos de Vael, el registro con su página y el libro de la flotilla con la lista. Los originales los ve quien nosotros digamos, en el cuarto de las cuentas, con Vael delante.
—Mara tiene que estar —dijo Liora—. Con papel y sello, como pidió ella.
—Entonces estará —dije—. Cuando quiera entrar.
—¿Cuánto tardarán en llegar? —preguntó Oria—. La costa está a tres días.
—A menos —dijo Vael—. Las casas mantienen un veedor en la prefectura desde que la reclamación está viva, y sus mesas se han subido a esperar en la villa de las esclusas.
Lo supe ayer por el correo del prefecto: hay un escribiente de los acantilados asentado allí que manda y recibe por el correo de las esclusas.
La convocatoria les llegará mañana. Pueden estar aquí al tercer día.
—Cuanto antes, entonces —dijo Liora—. No quiero una mesa esperándome una semana.
Liora se me acercó. Me puso la mano en el pecho, sobre la camisa, y se quedó así un momento mirándome.
—Esto no es rendirme —dije—. Es lo que tengo que hacer para dejarte la mesa.
—Lo sé —dijo. Y añadió, bajito, para mí solo—: Gracias por decírmelo anoche en vez de mandarlo hoy.
Sentamos a Vael con el tintero y le dictamos entre los dos.