Un vinculo grabado a medianoche (Cuentos de hadas de la manada 2) Parte III Elegirse con toda la verdad #2
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Parte III Elegirse con toda la verdad #2

La segunda carta hablaba de Asteria. Mi madre contaba cómo la habían asentado Beta en los libros de intendencia, porque las Beta no firmaban pactos de sangre ni levantaban preguntas.

Dormía en las dependencias de la intendencia y fregaba los suelos de las mismas galerías por donde habría paseado de invitada si hubiera firmado.

Eso lo escribió tal cual, y tuve que detenerme un momento antes de seguir.

La tercera era corta. De tu padre, decía, hay poco que contar y mucho que agradecer.

Vio que traía algo detrás, como se ve la estela detrás de una barca, y decidió que la estela no era asunto suyo.

«Le di una mentira pequeña a cambio de la verdad entera, y él la guardó sin romperla. No me pidió más de lo que yo podía dar. Si algún día lees esto, querrás saber si lo quise. Lo quise.»

La cuarta y la quinta eran de cuando yo nací y de mis primeros años. Las leí para mí primero, con el pulgar sobre el doblez, y luego en voz alta, porque había pedido no leerlas sola.

Decía la cuarta: «Te registré Beta, como a mí me registraron. Tu nombre existe en el libro de esta casa y en ninguna otra parte. No hay una línea tuya en los libros de la marea. Te he quitado una familia entera para que nadie pueda reclamarte por escrito.

No sé si algún día me lo agradecerás o me lo reprocharás. Las dos respuestas son justas.»

Y la quinta, con la letra más cansada: «Te enseño a contestar Beta sin parpadear, igual que te enseñé la oración de antes de dormir, y hay noches en que me pregunto si te estoy dando un refugio o una jaula. Si algún día lo sabes todo y me odias, hija, será una respuesta honrada. Te la debo.»

Ahí tuve que levantarme.

Fui hasta la ventana. Afuera estaba la huerta helada y los bancales de mi infancia, los mismos que Elayne había medido con la vista igual que yo medía ahora, sin querer, las distancias a las puertas. Tenía las manos tan apretadas que me dolían los nudillos.

—La odié —dije a la ventana—. Cuando Maevra me daba las pastillas y me contaba que mi madre había sido una mujer frágil que se rompió, la odié por romperse.

Y no se rompió. Aguantó escondida más de diez años.

—Tragué—. Y aun así me dejó sola con el escondite.

Me enseñó a bajar la cabeza y después se murió y la cabeza se me quedó bajada.

—Las dos cosas —dijo Darian detrás de mí, sin acercarse—. Puedes llevar las dos.

No dijo que mi madre había hecho lo correcto. No dijo que me perdonara. Se quedó sentado junto a la mesa con las cartas delante, esperando a que yo decidiera qué se hacía con ellas.

—Yo solo hice la lista —dijo Oria bajito, desde la mesa—.

La leí ocho veces antes de mandarla y la octava vez ya sabía que llevabas años queriendo oírla.

Ella también te tuvo a ti en una jaula, en cierto modo.

La mía era de oro y la tuya de supresores, pero el oficio de las dos era el mismo: criar hijas que no hicieran preguntas.

Miré a mi hermana. Oria tenía las manos cruzadas sobre el papel como se cruzan en una iglesia.

—Tu madre no te escondió nada —le dije.

—Mi madre no tuvo que esconderme —dijo Oria—. Me enseñó exactamente lo que era. La tuya te quiso lo bastante para mentirte. No sé cuál de las dos es peor de llevar. Lo siento por las dos.

Volví a la mesa. La sexta carta era apenas un pliego. La leí en voz alta.

«Me preguntas por qué no te dejo seguir la acequia más allá del molino. Te contesto que por la corriente y no es verdad. Es porque la acequia va al río, el río va al mar y el mar está lleno de libros con nombres ajenos.»

Me acordé. La acequia, el molino, el límite que nunca me explicó. Yo tenía siete u ocho años y le guardé rencor una semana entera por aquella prohibición.

Las dos siguientes eran más cortas todavía: noticias del estuario traídas por mercaderes, el miedo cada vez que se avistaba una vela gris en el horizonte, el invierno en que ardió el estuario blanco y mi madre reconoció tres nombres en la lista de muertos que llegó con un cargamento de sal.

Las casas como los Sarrat sobreviven a los incendios, escribió.

Algún día vendrán con un papel y la voz amable.

La última carta tenía la tinta más nueva y la letra más apretada, como escrita a pedazos.

«Si vienen con un papel donde esté mi nombre, mira la firma antes que el sello. Lo que yo no firmé no existe, digan lo que digan.

»Hice lo que pude con lo que tuve: un nombre prestado, una casa que me quiso y tu padre. Te dejo las tres cosas, hija mía. Las dos primeras ya no te hacen falta.»

Terminé de leer y nadie habló durante un rato. El fuego de la chimenea pequeña chascaba. Oria se había sentado en el borde del baúl vacío con las manos entre las rodillas, y Vael fingía ordenar sus calcos para no mirarnos.

Pensé en el pliego de Harek. En el hueco donde mi madre debía firmar, con el borde bien cortado. Lo que yo no firmé no existe.

—Lo sabía —dije—. Lo supe desde el Juncal, cuando vi el hueco. Pero saberlo por su letra es otra cosa.

—Y ahora consta —dijo Vael, sin levantar la vista de los calcos.

—Vael. —Me puse en pie—. La arquera pidió papel y sello. Le escribo yo. Es mi madre la que está sobre la mesa.

Escribí a la luz que quedaba, con la letra pequeña y firme que me enseñó la casa.

«A Mara, remera de la Gavina: ya sé lo que vio partir. Venga a decirlo con papel y sello cuando pueda. La espero en Valen. Liora Valen.»

La sellé con la cera y la marca de la casa. Vael dijo que saldría al correo con la primera mula, y guardé la cinta azul en el bolsillo, junto a la frase copiada por Oria.

Aquella noche dormimos en mi cama estrecha, apretados como dos libros en un anaquel corto, con los pies de Darian colgando por el final. Antes de apagar la vela saqué la cinta del bolsillo y até otra vez las nueve cartas; quedaron sobre la mesilla.

—Mañana quiero oírlas otra vez —dije en la oscuridad—. Despacio.

—Mañana —dijo él.

La casa hacía los ruidos que yo sabía de memoria. Me quedé dormida antes de acabar de enumerarlos.