Un vinculo grabado a medianoche (Cuentos de hadas de la manada 2) Parte III Elegirse con toda la verdad
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Parte III Elegirse con toda la verdad

Capítulo 13 La elección de Elayne

Liora

El carruaje golpeó un carril helado y la punzada me atravesó el costado con la precisión de siempre.

—Parada —dijo Darian.

—Llevamos una hora.

—Una hora y tres regueras. —Dio dos golpes al techo con los nudillos y el tiro empezó a frenar—. Lo dice Iven, no yo.

—Lo dice mi costado —admití—. Ha sonado mejor en tu boca.

Afuera, los seis jinetes de la escolta giraron en las sillas sin desmontar. En la carreta de atrás, donde venía con los baúles y su carpeta de calcos, Vael asomó la cabeza por encima de la lona, vio que era una parada y desapareció otra vez.

Darian bajó primero y me tendió la mano.

La tomé sin fingir que no me hacía falta: el camino me llevaba golpeando el mismo punto del costado desde que salimos de Asteria, y cada respiración honda me llegaba rasposa.

El aire olía a barro helado y a boñiga. Di veinte pasos por el arcén, arriba y abajo, hasta que la punzada se calló.

—¿Cuántas veces las has leído ya? —preguntó.

Sabía de qué hablaba. Las hojas cosidas de Oria venían en mi regazo desde Asteria, y la frase copiada de la carta de encima estaba además doblada en mi bolsillo, aunque me la sabía letra a letra.

—La lista, unas veinte. La frase no se deja contar.

—¿Qué quieres que digan?

El viento movía la escarcha de la cuneta sin deshacerla. Me lo pensé despacio, porque era la primera vez que alguien me lo preguntaba así, sin «si son falsas» ni «si son verdad» delante.

—Que se enfadara —dije—. Harek me la contó como una mujer que negoció con su sangre y perdió. Si en las cartas está enfadada, puedo perdonarle el resto.

—¿Y si no lo está?

—Entonces me enfado yo. —Le devolví la mirada—. Prefiero enfadarme con una mujer de verdad que seguir queriendo a una que me inventé.

Darian asintió y no dijo nada más. Volvimos al carruaje. Cuando el tiro reanudó la marcha me dormí contra su hombro con las hojas apretadas al pecho, y soñé con una mesa larga en la que todos hablaban de pesca y nadie me miraba.

Cenamos en una posta junto al camino, en una habitación que olía a sopa de repollo y a monturas recién colgadas. Antes de echar el cerrojo, Darian me miró. Asentí. Las puertas que se cierran por dentro no se parecen a las otras; lo aprendí en Vhal, durmiendo con la del pasillo cerrada por mi lado.

A la mañana siguiente reconocí el país antes de verlo. El olor del agua de la acequia entró por la ventanilla mucho antes que la casa: agua quieta, barro, hierba pisada por los patos. Luego el humo. Aquí queman encina, no pino, y el humo de encina es más oscuro y se pega a la ropa.

—Ya llegamos —dije antes de la última curva.

Darian me miró.

—¿Cómo lo sabes?

—El humo.

Cuando el carruaje hizo la curva, vi las chimeneas de la casa grande entre los chopos pelados. Me apreté las hojas de Oria contra el pecho y no dije nada. Tenía la garganta cerrada y las manos frías.

Oria bajó los peldaños de la entrada de dos en dos y llegó a mí antes de que Darian terminara de bajar del carruaje. El abrazo me apretó el costado y no me importó. Olía a tinta y a la casa, a madera vieja y harina.

—Estás entera —dijo contra mi pelo.

—Estoy entera.

—Mentira, estás más delgada. —Me soltó para mirarme la cara, las manos, como se revisa un inventario—. Pero entera.

Le presenté a Darian. Ella le hizo la reverencia correcta y él se la quitó con un gesto, diciendo que aquí se estaba mejor sin ceremonias. Oria lo miró como se mira a alguien que ha dicho una tontería amable, y yo vi que le caía bien por eso.

Mina esperaba en la puerta de la cocina, secándose las manos en el delantal. Para ella no éramos novedad ni ceremonia: era hora de comer.

—Mi señor —le dijo a Darian. Después le miró las manos, lo primero, antes que la cara.

Darian las abrió un poco, sin saber qué se esperaba de ellas.

—Esas manos no han hecho pan en su vida.

—Hizo una hogaza —dije—. Le salió la cruz torcida.

—Ya me lo escribiste. —Mina se volvió hacia dentro sin más comentario—. Una cruz torcida se le perdona a cualquiera. Lo que no perdono es que entren a esta casa con hambre. Siéntense.

Barek aguardaba junto a la cuadra con el sombrero en las manos. Junto a la yegua torda andaba el potro, negro entero, con la estrella blanca en la frente de la que hablaba la carta de Oria.

—Señora —me dijo.

—Barek. —Me acerqué a la valla—. Ya tiene nombre. Se va a llamar Membrillo.

—Membrillo —lo probó el viejo—. Nombre de caballo. A su manera.

—Tiene estrella en la frente. Se lo ha ganado.

—Se lo diré cuando sepa escuchar —concedió, y se puso el sombrero.

Comimos en la cocina grande, apretados alrededor de la mesa de los jornales: los seis jinetes con la cara de no saber dónde poner los ojos, Vael mojando pan en la sopa como si llevara años haciéndolo allí, Darian con el plato vacío antes de que Mina terminara de servir el último.

Ella se lo llenó sin decir nada. Eso, en la cocina de Mina, era un certificado.

Mi cuarto seguía al fondo de la galería del este, dando a la huerta.

Oria lo había conservado como lo dejé: la cama estrecha con su colcha de rombos, el escritorio bajo la ventana, mi ropa vieja ordenada en el armario como si la muchacha que la usaba fuera a volver de la acequia en cualquier momento.

Me quedé en el umbral un momento. La casa me entró por los oídos antes que por los ojos: el rumor de la acequia detrás del muro, la campanilla de la cocina, los pasos de Mina sobre la piedra.

—¿Y esa cama? —preguntó Darian desde el pasillo.

—Te lo dije. Los pies te van a salir por el final.

—Ya lo veo.

El baúl estaba en el cuarto de las cuentas, con la puerta cerrada y la llave todavía colgada del cuello de Oria.

El cuarto de las cuentas olía a papel viejo, a cera fría y al polvo dulce del desván.

Sobre la mesa grande el baúl era más pequeño de lo que me había figurado durante el viaje: cuero de color salitre, herrajes de hierro, del tamaño justo para que una persona lo cargara sola.

Oria desanudó el cordón de su cuello y dejó la llave pequeña en la palma de mi mano.

—La llave estaba atada por dentro del asa —dijo Vael desde el otro lado de la mesa, inclinado sobre el herraje—. Quien lo cerró quería que pudiera abrirse sin forzarlo.

Giré la llave. Dentro estaba todo tal como lo había escrito ella en su lista: el libro de cuentas de la flotilla con la cubierta curtida de sal, dos cartas de navegación enrolladas, el registro de estancia, un peine de concha, un pañuelo con un ancla bordada en la esquina.

Y debajo, donde terminaba la lista, las nueve cartas atadas con una cinta azul desteñida.

Vael fue sacando cada cosa con dos dedos y un paño limpio, nombrándolas en voz baja como si dictara. Abrió el registro por una página marcada por el uso.

—«Asteria, dependencias de la intendencia» —leyó—. Entradas y salidas con fecha. La primera cae veintiún inviernos atrás. —Lo cerró—. La letra de intendencia se coteja en cancillería en dos días.

—¿Y el libro de la flotilla?

Pasó las hojas con el pulgar hasta la última partida escrita. La columna quedaba cortada a media página, como si el escriba se hubiera levantado y no hubiera vuelto.

—La Gavina —dijo—. Efectos, botavaras, sal para dos meses. Y la lista de la tripulación. —Señaló una línea con la uña—. «Mara, remera». Dieciséis nombres.

Miré a Darian. La arquera me había dicho que remó en la Gavina cuando mi madre partió. Nadie le había pedido una prueba; aquí estaba la primera que no dependía de su palabra.

—Es cotejo, no certificación —advirtió Vael, que me conocía—. La escritura queda para mañana.

—La escritura la conozco —dije.

Era la misma del testamento. La misma de los rótulos del especiero, de las anotaciones al margen del libro de la huerta que Mina seguía usando para las simientes. La letra de mi madre, con sus trazos secos y las erres bajas.

—Yo lo subí —dijo una voz desde el umbral.

Barek estaba en el marco de la puerta con el sombrero en la mano. Había venido sin hacer ruido, como entraba siempre a todas partes.

—El baúl. La señora Elayne me lo pidió la última primavera que estuvo en la casa.

«Donde nadie lo mueva», me dijo. No dijo nada de esconderlo.

Lo dijo como quien encarga leña. —Se rascó la nuca—.

Los inviernos anteriores la veía escribir en la cocina, cuando todos dormían.

Apagaba la vela si oía pasos. Nunca pregunté.

—Hizo bien —le dije, y mi voz no salió del todo.

Cuando se fue, me senté junto a la mesa. Darian arrastró la silla hasta quedar al lado, como le había pedido en Asteria, y Oria se quedó a mi otro lado con las manos quietas en el borde del baúl. Desaté la cinta azul.

La primera carta era la de la lista: papel más amarillo que el resto, doblado hacia fuera, la tinta aclarada por los años. Leí en voz alta.

«No firmaré lo que otros acordaron por mí.»

Mi voz aguantó. Seguí.

«Se reunieron en la casa de los Sarrat una semana entera y al final me llamaron, no para preguntarme, sino para darme las gracias.

Me daban por esposa al segundo hijo de la casa, y el pliego ya estaba escrito cuando entré a la sala.

Faltaba mi nombre al final. Lo recuerdo como un hueco con el borde bien cortado.

»El pacto no era un matrimonio, Liora. Era una escritura de reparto.

Mis hijos nacerían ya anotados en los libros de sangre de las dos casas: cada niña prometida a un puerto, cada niño a una flotilla, los nombres decididos antes que los cuerpos.

Lo llamaban continuidad. Yo lo llamé jaula, y el que presidía la mesa me dijo que las jaulas de los linajes se forjan con oro y que yo debería dar las gracias.

»Salí en la Gavina con la marea de la madrugada, sin más equipaje que la ropa que llevaba puesta. Una remera de catorce años no me hizo ni una pregunta en todo el trayecto. Si algún día la encuentras, agradéceselo: remó mirando al frente, y eso también es un modo de decir que sí.»

Bajé la carta. Darian no se movió. Oria respiraba por la boca, muy despacio.

—La remera —dijo.

—Sé quién es —dije—. Me desvió una flecha en el aserradero.