Un vinculo grabado a medianoche (Cuentos de hadas de la manada 2) Capítulo 12 La confianza de después
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Capítulo 12 La confianza de después

Darian

—Darian.

Me despertó mi nombre. No una campana, ni los golpes de Galen en la puerta del estudio, ni el ruido de los carros en el patio de armas. Mi nombre, dicho bajo, muy cerca de la oreja.

Abrí los ojos. Liora estaba apoyada en un codo, mirándome, con el pelo recogido de cualquier manera y la marca de la almohada en la mejilla.

La habitación olía a ella, pero a la de antes, a la lluvia de siempre.

La ventana estaba cerrada por primera vez en cinco días y Nela había encendido el fuego sin que nadie se lo impidiera.

—Dijiste que querías que te despertara yo —dijo.

—Lo dije.

—Pues ya está. —Se dejó caer de espaldas sobre la almohada—. Tengo hambre y no quiero bajar a pedirlo yo.

Me reí. Me dolía el cuello de la noche en que me había dormido sentado, y el hombro donde ella me había clavado los dedos tenía cuatro medias lunas moradas que se me marcaban contra la sábana. Tiré del cordón.

Desayunamos junto a la ventana, en su mesa.

Nela subió pan, huevos, queso y el té de Liora, que ya ni preguntaba cómo lo quería.

Liora comió sin prisa, con los pies descalzos sobre el travesaño de mi silla.

Me miraba de vez en cuando por encima de la taza como si estuviera contándome algo sin palabras.

—¿Qué? —le pregunté al fin.

—Nada. Pensaba en el segundo día.

—¿Qué parte?

—Cuando te dije que te odiaba.

—Me acuerdo.

—Lo dije en serio. —Dejó la taza—. Un rato.

—Ya lo sé. Lo noté.

—¿Y no te dolió?

Lo pensé. Quería darle una respuesta verdadera, no la que suena bien.

—Me dolió que lo pasaras mal —dije—. Lo otro no. Sabía de dónde venía.

Liora partió la punta del pan. Esta vez me la tendió a mí.

—Lo peor fue lo de las cortinas —dijo—. Pensé que iba a estropearlo todo. Que ibas a pensar que me dabas miedo tú.

—No lo pensé.

—¿Qué pensaste?

—Que habías dicho «para» y había que parar. —Me encogí de hombros—. Luego, cuando pediste que abriera la puerta, pensé en el secadero. En cómo te encontré. Detrás de una puerta que no podías abrir.

Se quedó con el pan a medio camino de la boca.

—No sabía que habías pensado en eso.

—Pienso en eso más de lo que te digo.

No era una queja. Ella lo entendió así, porque asintió despacio y siguió comiendo. Al rato alargó el pie por debajo de la mesa hasta apoyarlo en mi rodilla, y lo dejó allí.

—Quiero ir a Valen —dijo.

Lo dijo mirando por la ventana, hacia el desfiladero, como quien comenta que va a llover.

—¿Cuándo?

—Pronto. Quiero ver a Oria. Quiero decirle a Barek en persona que el potro no se llama como yo. —Me miró—. Y quiero que vengas.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sé. Más de una visita.

Pensé en la sala de mapas. En Galen, que había llevado la ciudad entera mientras yo remontaba el Siel. En los correos de los puestos, que tardaban un día largo en llegar al valle. En Odran.

—Galen puede quedarse al mando —dije—. Los partes me llegarían por jinete. Tendría que volver algún día a firmar.

—Eso no es un no.

—No es un no.

Iven pasó a media mañana, antes de que yo bajara. Le tomó el pulso a Liora, le hizo respirar hondo con la mano en su costado y le preguntó lo mismo de siempre: qué día era, qué había comido. Ella contestó con la boca llena de pan.

—La punzada, igual —dijo Iven—. Ni mejor ni peor. El celo no la ha tocado, que es lo que esperaba.

—Quiero ir a Valen —le dijo Liora—. En unos días.

Iven la miró a ella, no a mí.

—En carruaje, no a caballo. Con paradas. Y nada de cargar baúles cuando llegue, que la conozco.

—No he dicho nada de baúles.

—Todavía.

Cuando se fue, me volví hacia ella con la cabeza llena de escoltas. Veinte jinetes. Un carruaje de la guardia con los cristales reforzados. Postas cada tres leguas. Galen al frente de la vanguardia. Lo tenía todo ordenado antes de abrir la boca, y lo que me salió fue:

—Estoy pensando en veinte jinetes.

Liora dejó de masticar.

—Es mi casa, Darian. No una plaza que haya que tomar.

—La última vez que salimos de este alcázar juntos, te llevaron por el río.

Lo dije más bajo de lo que pensaba. Ella dejó el pan en el plato.

—Ya lo sé —dijo—. Yo también estaba.

Nos quedamos un rato así. Luego ella alargó la mano por encima de la mesa y me tocó los nudillos, donde todavía tenía la piel nueva y rosada.

—Seis —dijo—. Y que sepan cómo se llama Mina, porque les va a dar de comer.

—Ocho.

—Seis, y tú. Tú cuentas por dos.

No le discutí. Tenía razón, y además me hizo reír.

Aquella mañana bajé a la sala de mapas con el pie de Liora todavía en la rodilla, o eso me parecía.

Galen me esperaba con los partes de los vados y la cara de quien lleva cinco días sin preguntar nada a propósito.

Me informó sin mirarme más de lo necesario: dos cuadrillas de vuelta sin novedad, el puente de la puerta del sur reparado, un desertor entregado por su propia familia en un molino de la ribera baja.

Le dije que lo había hecho bien. Se cuadró y no sonrió, aunque le costó.

Vael llegó después, con una carpeta de cuero bajo el brazo y la tinta todavía en los dedos.

—Señor. Lo del sello Sarrat.

—Dime.

—En la cancillería hay un registro de derechos de pesca de hace treinta años.

Tres casas de los acantilados lo firmaron ante un escribano de la Corona.

Una de ellas es Sarrat. —Abrió la carpeta y me enseñó un calco en papel fino: un risco con tres aves encima—.

Su sello está entero. Si alguna vez conseguimos el pliego que Harek le enseñó a la señora, podremos compararlo.

—Si alguna vez.

—Sí, señor. Es poco. Pero es algo que no depende de lo que nadie diga.

Guardó el calco. Después sacó otra hoja, doblada, con un lacre que conocía.

—Esto llegó anoche desde la galería de los tapices.

Era de Odran. Su letra apretada y recta, sus fórmulas de siempre.

Me pedía, en nombre del Consejo, que cualquier documento relativo al linaje materno de la señora Valen fuera depositado en los archivos de la Corona «para su debido examen», dado que la reclamación de la Marea Gris afectaba «a la seguridad del reino y a la estabilidad de la alianza soberana».

No mencionaba el celo. No hacía falta. Entre líneas estaba el procurador del patio.

—¿Cómo sabe que hay documentos? —pregunté.

—Los archiveros hablan, señor. Pedí el registro Sarrat hace dos días. —Vael bajó la vista—. Debí prever que alguien lo contaría.

Me quedé mirando la hoja. Conocía aquel movimiento.

Primero los papeles; después, las preguntas sobre los papeles; después, una comisión para decidir qué significaban.

Al final de ese camino, Liora sentada frente a doce ancianos que hablaban de ella en tercera persona, y yo en el sillón del centro, decidiendo por ella para protegerla.

Se me apretó la mandíbula. Tenía la respuesta lista, dos líneas secas con mi sello.

La dejé donde estaba.

—Déjame la carta —le dije a Vael—. Se la enseño a ella.

Se la enseñé por la noche, después de cenar. Liora la leyó de pie junto al fuego, entera, y cuando terminó la dobló por los mismos pliegues.

—«Para su debido examen» —repitió.

—Puedo contestarle yo. O puedes contestarle tú. O puede quedarse en el cajón con la otra.

—¿Qué quieres hacer tú?

—Quemarla. —Lo dije sin pensar—. Pero no es mía.

Liora sonrió de lado. Se sentó a la mesa, tomó pluma y papel y escribió tres líneas sin tachar ninguna. Me las dio a leer.

Los papeles de mi madre son míos. Si alguno de ellos tiene que ver con el reino, el Consejo lo sabrá por mí. Liora Valen.

—¿Es demasiado corto? —preguntó.

—Es perfecto.

—Mándasela con tu sello de todos modos. —Me devolvió la pluma—. Para que sepa que la has leído.

Sellé debajo de su firma. No encima.

Ya en la cama, con la luz apagada y el fuego bajo, Liora se me acomodó contra el costado sin buscar nada más que el calor. Era la primera noche en cinco que no había oleadas, ni jarras, ni puertas que abrir. Solo el viento en la ventana cerrada y su respiración.

—¿En qué cuarto voy a dormir yo en Valen? —pregunté.

—En el mío.

—¿Cómo es el tuyo?

Se lo pensó.

—Pequeño. Da a la huerta. La cama es estrecha; tus pies van a salirse por el final. —Noté que sonreía contra mi hombro—. Oria dice que está como lo dejé.

—¿Y cómo lo dejaste?

—Con prisa. Salí de allí para venir contigo.

No dije nada. Le pasé la mano por el pelo.

—Me da miedo Mina —confesé al rato.

Liora se rio tan fuerte que tuvo que taparse la boca con mi hombro.

—Haces bien —dijo—. Te va a mirar las manos antes que la cara. Y va a saber lo del pan torcido antes de que abras la boca.

—¿Cómo?

—Porque se lo voy a contar yo.

Al día siguiente llegaron dos cosas antes del mediodía.

La primera la trajo un jinete de Valen, con las botas embarradas hasta la rodilla y un paquete envuelto en hule. La segunda la subió Vael en persona desde la cancillería, y venía por el camino de las esclusas.

Liora abrió primero el paquete de Valen, en la mesa de la ventana. Dentro había una carta de Oria y varios pliegos cosidos con hilo, escritos con la misma letra de aes abiertas. Liora leyó la carta en voz alta. Yo me senté enfrente.

«Liora: al bajar los baúles del desván al cuarto de las cuentas encontramos uno que no era de Maevra. Tenía una llave pequeña de hierro atada al asa por dentro, así que alguien quería que pudiera abrirse. Dentro hay papeles de tu madre. No los he leído,

solo lo necesario para saber qué eran y apuntarlo. Te mando la lista. Los originales están en el cuarto de las cuentas, con el baúl cerrado y la llave en mi cuello. No sé si quieres que te los mande a Asteria o que no los toque nadie hasta que vengas. Dime qué hago».

Liora pasó a los pliegos cosidos. Era un inventario ordenado como los de Valen: cada objeto en una línea, con número. Lo leyó para ella primero. La vi ir despacio, con el dedo bajando por el margen.

Un libro de cuentas de la flotilla, con cubierta de cuero salado. Dos cartas de navegación. Un registro de estancia en «Asteria, dependencias de la intendencia», con fechas. Un peine de concha. Un pañuelo bordado con un ancla.

Y más abajo, la línea donde se le paró el dedo.

—¿Qué pone? —pregunté.

No contestó enseguida. Le vi mover los labios sin sonido, leyendo otra vez.

—«Nueve cartas atadas con una cinta azul» —leyó al fin—. «Letra de la señora Elayne, la misma del testamento. No las he abierto. La de encima está doblada hacia fuera y se lee el principio sin desatar la cinta. La copio tal cual».

Se calló. Le tembló un poco el papel.

—«No firmaré lo que otros acordaron por mí».

El fuego chascó. Liora dejó el inventario sobre la mesa, alisándolo con la palma, una y otra vez, aunque ya estaba liso.

Yo sabía lo que había en el pliego de Harek: un hueco donde tenía que estar su firma. Ella también lo sabía. No lo dijimos.

Miré la lista numerada y durante un momento la vi como la vería Odran: fechas, un registro de estancia, una frase que podía servir de prueba o de acusación según quién la leyera.

Un expediente. Después la miré a ella, alisando todavía el papel con la palma, y la hoja volvió a ser lo que era: lo que quedaba de su madre en un baúl.

Tenía la pregunta en la boca desde que el jinete había subido la escalera, y me había prometido no hacerla como se da una orden. Esperé a que ella levantara la vista.

—¿Quieres leerlas sola? —le pregunté—. O puedo estar. Donde quieras. Al lado, o en la otra punta del cuarto.

Liora me miró un rato largo. Tenía las dos manos sobre el inventario.

—Antes —dijo— te habría dicho que sola. Que puedo soportarlo.

—Lo sé.

—Y no te habría dicho por qué.

Esperé.

—Tengo miedo de lo que digan. —Lo dijo mirando las manos, y luego a mí—. No de que sean falsas. De que sean verdad. De que mi madre me escondiera para algo. De que me criara para un destino que no me contó, igual que Harek dice. Y de que yo la haya echado de menos toda la vida sin saber quién era.

No dije nada.

—Quiero que estés al lado —dijo—. No en la otra punta.

—Al lado.

Arrastré la silla alrededor de la mesa hasta dejarla junto a la suya y me senté. Ella apoyó el hombro en el mío.

—Y quiero leerlas en Valen. Donde estuvieron escondidas. No aquí.

Asentí. Se secó los ojos con el dorso de la muñeca, rápido, antes de que nada llegara a caer.

Lo que traía Vael era más pequeño: un papel doblado en cuatro, gris de humedad, dentro de un pliego con el sello de cera del prefecto de las esclusas.

—Llegó por el correo del prefecto —dijo Vael desde el umbral—.

El prefecto lo recibió de mano del cortador de mimbre del Juncal, el que avisó a su excelencia.

Dice que el hombre vino en persona a enseñarle la orden de protección, sellada, y que traía esto para la señora.

El prefecto lo conoce de hace años y responde de él por escrito.

Pensé en el viejo del mimbre, de madrugada en el delta, contándome dónde la tenían. Así que la orden le había llegado. Y había vuelto con algo.

Liora abrió el papel. Pocas líneas, de una letra grande y poco usada.

—«Estoy viva» —leyó—. «Diré lo que vi en la Gavina a quien me lo pregunte con papel y sello. Nada más que lo que vi». —Levantó la vista hacia mí—. Y al final: «Tampoco pienso ponerte zancadillas». Sin firma.

—¿Es ella? —pregunté.

—Es ella. —Dobló el papel—. Me dijo eso en el Juncal, el día antes de salir. Tú no estabas.

—¿Y Harek?

—No lo nombra. —Pasó el pulgar por el doblez—. Si supiera que le ha escrito a la Corona...

No terminó. Pensé en la arquera en la pasarela del aserradero, a la vista de los hombres de Harek, desviando el arco una fracción de pulgada.

—Le escribiré al prefecto —dije—. Que nadie de la Corona pregunte por ella en la ribera. Que nadie la busque. Ella ha dicho cómo quiere que se la pregunte.

—Con papel y sello.

—Con papel y sello. Cuando ella diga.

Vael esperaba en el umbral con las manos cruzadas delante.

—Señor. Señora. Si la arquera va a declarar, habrá que decidir dónde y ante quién. Y habrá que cotejar las cartas con el registro de estancia y con cualquier otro papel con fecha. No se puede dar nada por probado todavía.

—Lo sé —dijo Liora.

—Iré a Valen si me lo piden. Con los calcos del sello y con lo que usted me dictó.

Liora me miró. Asentí. Solo entonces se volvió hacia él.

—Salimos mañana, Vael —dijo—. Venga con nosotros.

—A sus órdenes, señora.

Se fue. Liora se quedó sentada con el papel de Mara en una mano y el inventario de Oria en la otra, mirando las dos cosas como si pesaran distinto.

Me levanté a buscar papel limpio para la respuesta a Oria. Cuando volví con él, ella ya había empezado a escribir en el reverso del inventario, con su letra pequeña y firme.

Que nadie abra el baúl. Llegamos pasado mañana. Darian viene conmigo. Dile a Mina que esta vez hemos avisado con tiempo.