Un vinculo grabado a medianoche (Cuentos de hadas de la manada 2) Capítulo 11 Sin esconderse
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Capítulo 11 Sin esconderse

Liora

Me desperté empapada, con la sábana pegada a la espalda y la mano ya estirada hacia la mesilla.

Buscaba la cajita de las pastillas. No estaba.

No había estado en ninguna mesilla desde hacía tiempo, y aun así mis dedos habían ido solos, a oscuras, a la esquina donde en Valen la dejaba cada noche.

Tocaron la jarra de agua. Estaba fría. La agarré con las dos manos y bebí hasta que me dolieron los dientes.

No era como los dos días anteriores. Aquello había sido calor de verano en invierno.

Esto venía de dentro, desde el vientre, en una oleada que me subía por el pecho y me dejaba las manos temblando.

El olor de la habitación había cambiado: el mío llenaba el aire hasta las vigas, espeso, y debajo, dormido a mi lado, estaba el de Darian. Cedro. Lo notaba en la lengua.

Lo quería. No más tarde. No cuando fuera conveniente.

Y detrás de las ganas, la vieja voz de siempre, la que tenía la cara de todas las mañanas de Valen: tápalo. Que no se note. Que nadie huela lo que quieres.

Dejé la jarra en el suelo.

—Darian.

Abrió los ojos enseguida. Se incorporó sobre un codo y me miró en la penumbra gris, y vi cómo le cambiaba la respiración al llegarle el aire.

—Ha empezado —dije.

—Lo huelo.

—¿Qué día es?

Se le escapó media sonrisa, a pesar de todo. Sabía por qué lo preguntaba.

—Me lo tienes que decir tú.

Se lo dije. Le dije también quién era él, dónde estábamos y qué había cenado yo la noche anterior, deprisa, sin respirar, como una niña recitando la lección antes de que el maestro la interrumpiera. Cuando terminé, le agarré la camisa.

—Te quiero ahora —dije.

Darian me puso la mano en la mejilla. La tenía fresca.

—Yo también —dijo—. Ahora.

No hubo mucho más que decir durante un rato.

Lo que dije fueron palabras cortas: aquí, así, no pares, espera.

Él obedeció a cada una, y a veces se adelantó a la siguiente.

Una vez me reí en medio de todo, sin motivo, y él se rio contra mi cuello.

La primera luz entró por la ventana entornada y me dio en el hombro, y yo ya no pensaba en tapar nada.

A media tarde llegó una calma larga.

Estábamos tumbados de lado, frente a frente, con la sábana por la cintura y las jarras vacías alineadas junto a la cama. Me pesaban los brazos. Darian me pasaba un dedo por el antebrazo, arriba y abajo, sin intención de nada, solo por pasarlo.

—¿Y tú? —le pregunté.

—¿Yo qué?

—Me has preguntado mil veces qué quiero. Tú no has dicho nada.

Tardó en contestar. El dedo se le paró en mi codo y siguió.

—Me gusta que me digas lo que te gusta —dijo al fin—. Aquí. En la cama. Me gusta dártelo.

—Eso ya lo sabía.

—Me gusta tu olor así. —Lo dijo mirándome la boca, no los ojos—. Demasiado. Eso es lo que me asusta, que me guste tanto. Y me gusta que te rías en medio. No sabía que se podía reír uno en medio.

—Yo tampoco.

—Y me gustaría que me despertaras tú. Siempre. No las campanas, ni Galen, ni un parte. Tú.

Me acerqué hasta que nuestras frentes se tocaron. Su piel estaba más fresca que la mía, y aun así tenía la nuca húmeda.

—Eso lo puedo hacer —dije.

—Ya lo has hecho esta mañana.

—Por eso sé que lo puedo hacer.

Se rio por la nariz. Después me pidió que le quitara la venda del cuello, que le picaba.

Se la quité despacio, con las uñas, despegando las esquinas.

Debajo, su marca estaba roja y caliente, del mismo tono que la mía.

No la toqué. La miré, y él me dejó mirarla, y luego volví a cubrírsela con el lino limpio que Iven había dejado en la mesilla, porque él no sabía hacerlo solo y yo sí.

—Háblame —le pedí cuando terminé—. La próxima vez. Mientras. No te quedes callado.

—¿Qué te digo?

—Lo que sea. Lo que estés pensando. Así sé dónde estás.

Asintió. Cuando llegó la siguiente oleada, una hora después, lo hizo. No dijo nada que pudiera repetir delante de nadie. Pero supe todo el rato dónde estaba.

Esa noche fue más difícil.

La oleada llegó después de cenar, más fuerte que la del alba, y con ella algo que no esperaba.

Estaba tumbada de espaldas con Darian encima, apoyado en los antebrazos, y de pronto el techo me pareció más bajo.

Las cortinas del dosel estaban corridas; alguien, Nela o él, las había cerrado para quitar la corriente.

El corazón empezó a golpearme igual que antes, pero peor, más arriba, en la garganta.

Se me cerraron las manos sobre la sábana.

No era deseo. Lo supe por las manos. Cuando lo quería a él, las manos me buscaban su espalda. Estas se agarraban a la tela como en el secadero, cuando tiraba del pasador en la oscuridad y no sabía si alguien iba a abrir la puerta desde fuera.

—Para —dije.

Darian se quedó quieto. No se apartó de golpe; se quedó donde estaba, sin cargar peso, esperando.

—¿Qué pasa?

—No lo sé. —Tragué—. Sí lo sé. Abre las cortinas. Y la puerta del estudio, del todo. La del pasillo no.

Se levantó sin decir nada. Oí las anillas de las cortinas correr por la barra, una por una, y después el crujido de la puerta del estudio al abrirse del todo contra la pared.

El aire del invierno entró por la ventana y llegó hasta la cama.

Desde la almohada podía ver las dos salidas: la puerta abierta al estudio, con la luz de su chimenea al fondo, y la del pasillo, con el pestillo corrido desde mi lado.

Darian no volvió a la cama. Se quedó de pie junto a la puerta del estudio, desnudo, con una mano apoyada en el marco.

—¿Mejor? —preguntó.

—Sí.

—¿Quieres que me quede aquí?

Me quedé mirándolo. El corazón me bajaba poco a poco desde la garganta hasta el pecho, a su sitio. Y cuando llegó a su sitio, volvió el otro calor, el bueno, el que me había despertado al alba.

—No —dije—. Ven.

Volvió. Esta vez me puse yo encima, sin que me lo pidiera el costado, porque así veía la puerta por encima de su hombro. No se lo expliqué. No me lo preguntó.

Más tarde, mucho más tarde, fue él quien se detuvo.

Lo noté antes de que dijera nada. El sonido de su pecho, el de la terraza, había cambiado: más grave, más largo, casi continuo. Tenía los dedos clavados en la almohada, no en mí, a ambos lados de mi cabeza. Los nudillos blancos.

—Tengo que salir —dijo con la voz rota—. Un momento.

—Vete.

Se levantó y cruzó al estudio. No cerró la puerta del todo; la dejó entornada, con una rendija de luz. Oí el agua de la jofaina, el golpe de algo que dejaba en la mesa, sus pasos yendo y viniendo sobre la madera. Luego nada durante un rato largo.

Me quedé tumbada mirando la rendija. Una parte de mí, la que había vivido diez años con la cabeza gacha, esperaba sentirse abandonada. No llegó a sentirlo.

Volvió con el pelo mojado y la nuca chorreando agua fría. Se sentó en el borde de la cama.

—Ya —dijo.

—¿Seguro?

—Seguro. —Me buscó la mano—. Lo que me empujaba quería algo que no habíamos decidido.

No le pregunté qué. Lo sabía. Tenía la marca de la clavícula caliente desde hacía una hora.

El segundo día fue de agua, de pan y de sueño.

Las oleadas venían y se iban, más espaciadas, y entre una y otra me dejaban vacía y pesada como después de una fiebre, aunque no era fiebre.

Dormía a trozos. Me despertaba con sed y la jarra estaba siempre llena; no vi a Darian llenarlas ni una vez, pero estaban llenas.

Nela subió por la mañana el pan de Mina, redondo, con la cruz bien hecha.

Tenía sal. Me comí la mitad sentada en la cama, con la sábana sobre los hombros, y le dije a Nela que tenía razón.

Hacia el mediodía me quedé mirando a Darian, que leía en la silla de la ventana sin pasar las páginas.

—Quiero estar sola un rato —dije.

Cerró el libro.

—¿Cuánto?

—No lo sé. Una hora. Quiero bañarme sin que nadie me mire.

Se levantó, me dio un beso en la frente y se fue al estudio. Esta vez cerró la puerta del todo. La miré un momento, cerrada, y no me pasó nada.

Nela me preparó la tina tibia, como había dicho Iven, y se marchó.

Me metí en el agua con cuidado. El costado izquierdo me tiró al sentarme, igual que antes del celo, igual que llevaba tirando desde el río.

Me quedé con el agua hasta la barbilla, mirando la luz moverse en el techo, y dejé que llegara la siguiente oleada sin hacer nada con ella.

Subió, me apretó el vientre, me puso la piel de gallina en el agua tibia. Bajó. Seguía siendo yo cuando bajó.

Al salir me mareé.

Fue un momento: me levanté demasiado deprisa, se me oscureció la vista por los bordes y tuve que agarrarme al borde de la tina.

Me senté en el taburete, envuelta en la toalla, con la cabeza entre las rodillas, hasta que se me pasó.

No me pasó nada más. Pero me acordé de la lista de Iven, la segunda, y tiré del cordón de la campanilla.

Cuando Nela asomó por la puerta del pasillo, le pedí que avisara a Iven.

Iven subió él mismo, cojeando. Se quedó en el umbral de la puerta del pasillo, sin entrar, con la mano en el marco, igual que Darian la noche anterior.

—Señora.

—Me he mareado al salir del baño —le dije desde el taburete—. Un momento. Ya se me ha pasado. ¿Es de lo malo?

—¿Sabe qué día es?

Se lo dije. Le dije que me había comido medio pan de Mina y que Nela le había puesto la sal que le faltaba. Iven me escuchó con la cabeza un poco ladeada.

—¿Frío? ¿Temblor? ¿Náuseas?

—No.

—Entonces es el agua caliente y levantarse deprisa. Beba y levántese despacio. —Hizo una pausa—. Ha hecho bien en llamar.

Se fue sin haber puesto un pie dentro.

Cuando Darian volvió del estudio, pasada la hora, me encontró vestida con una camisa limpia, sentada en la cama con el pelo mojado y el resto del pan en el regazo.

—Ha venido Iven —le dije.

Se le paró el paso a mitad de la habitación.

—Me he mareado al salir del baño. Ya está. Dice que es el agua caliente.

Le vi en la cara la pregunta, por qué no me has llamado a mí, y lo vi tragársela. Se sentó a mi lado y tomó un trozo de pan.

—Muy bien hecho —dijo. Sin saber que Iven me había dicho casi lo mismo.

La peor oleada llegó al anochecer de ese segundo día.

No sé bien cuánto duró. Sé que en algún momento estaba sobre él, con la boca en su cuello, justo encima de la venda, y que el olor de su marca me llegaba a través del lino como si no hubiera tela. Sé que la mía me ardía en la clavícula. Y sé que lo dije.

—Muérdeme.

Darian se quedó muy quieto debajo de mí.

—No.

—Darian. —Le agarré la cara con las dos manos—. Muérdeme. Ahora. Quiero...

—Me pediste que no lo hiciera. —Tenía la voz ronca, pero no le temblaba—. No lo haré así.

—¡Lo necesito!

—Lo haremos, pero no por tu celo. Tú misma me lo dijiste.

Me aparté de su cuello de golpe. Estaba furiosa, una furia caliente y sin forma, y tenía ganas de llorar al mismo tiempo, y no sabía cuál de las dos cosas era del celo y cuál era mía.

—Te odio —dije.

—No es verdad.

—Ahora mismo sí.

—Ahora mismo puede ser.

Me dejé caer a su lado, de espaldas, con el brazo sobre los ojos. Él no se movió. No me tocó hasta que yo le busqué la mano, un rato después, y entonces me la apretó.

La oleada bajó. Cuando bajó del todo, me quedé mirando el dosel con la respiración todavía agitada, y lo que había querido un momento antes me pareció de otra persona. No de otra persona. Mío, pero de otro día.

—Gracias —dije.

—No me des las gracias por eso.

—Te las doy igual.

Se volvió hacia mí. Tenía en el hombro la marca roja de mis dedos, cuatro medias lunas. Se las toqué.

—Te he hecho daño.

—Me has agarrado —dijo—. No es lo mismo.

Me desperté de madrugada con sed. La chimenea del estudio daba algo de luz por la puerta abierta, y a esa luz vi a Darian sentado contra el cabecero, con la cabeza caída hacia un lado y un brazo todavía extendido hacia mí sobre la sábana, como si se hubiera dormido a mitad de comprobar algo.

Tenía el cuello torcido en un ángulo que mañana le iba a doler.

En mi lista, al final, con otra tinta, había escrito: Que Darian duerma.

Bebí. Después le puse la mano en el pecho y empujé, despacio, hasta que se fue escurriendo hacia abajo. Abrió los ojos a medias.

—¿Qué...?

—Túmbate.

—Estaba...

—Estabas durmiendo sentado. Túmbate bien.

Obedeció sin terminar ninguna frase. Le coloqué la almohada debajo de la cabeza, le subí la manta hasta el hombro, porque él sí tenía frío, y me acomodé contra su espalda. Antes de que yo cerrara los ojos ya respiraba hondo. Esta vez fui yo la que se quedó oyéndolo.

El tercer día amaneció más suave.

Las oleadas seguían llegando, pero más cortas y más lejos unas de otras, como la marea cuando se retira: cada vez se espaciaban más. Me desperté con hambre de verdad, no con aquella hambre rara de los días anteriores, y con ganas de hablar.

Darian estaba despierto, mirándome. Tenía ojeras y barba de tres días, y el pelo de un lado todavía aplastado contra la almohada. La venda del cuello se le había despegado en una esquina.

—Hueles distinto —dijo.

—¿Mejor o peor?

—Menos. —Lo pensó—. Más como antes.

Me estiré con cuidado. La punzada del costado seguía allí, en el mismo sitio, igual que antes del celo.

La marca de la clavícula estaba rosada, un poco más caliente al tacto, pero no había cambiado de forma ni de tamaño.

Me la miré en el espejo de mano de la mesilla.

Era la misma marca de la noche en que la elegimos, antes de la ceremonia.

—Iven dijo que esto no arreglaba nada —dije.

—No lo arregla.

—Ya lo sé. Pero creía que lo notaría. —Dejé el espejo—. No noto nada arreglado. Noto que tengo hambre.

Nela subió huevos, pan del día anterior y té fuerte en la taza de barro. Desayunamos en la cama, los dos, con la bandeja en medio y las piernas enredadas por debajo. Le robé la punta del pan. Él me dejó.

Después se quedó tumbado con la cabeza en mi regazo y yo le fui desenredando el pelo con los dedos, despacio, sin prisa por terminar.

—Te conozco más que hace tres días —dijo, con los ojos cerrados.

—¿Qué sabes?

—Que cuando tienes miedo agarras la sábana. Que cuando quieres algo me agarras a mí. —Abrió un ojo—. Que dices «te odio» igual que dices «pásame el pan».

—No es verdad.

—Un poco sí.

Le tiré del mechón que tenía entre los dedos. Él se rio sin moverse de mi regazo.

—Yo también sé cosas —dije.

—¿Cuáles?

—Que te vas al estudio antes de hacer algo que no quieres hacer. Que vuelves. —Le pasé el pulgar por la ceja—. Que cuando me deseas mucho aprietas la almohada en vez de apretarme a mí. Eso lo vi.

Se quedó callado. Le noté la garganta moverse bajo mi mano.

—No sabía que se notaba.

—Se nota.

Me quedé mirando la ventana. Hacía un día blanco, sin sol, y el viento movía los sauces del jardín. En algún lugar de Valen, una yegua torda estaba dando de mamar a un potro negro que todavía no tenía nombre.

—Tengo que contestarle a Barek —dije.

—¿Lo del potro?

—Dije que necesitaba un nombre de caballo.

Darian cerró los ojos otra vez.

—Liora —propuso.

—No se le puede poner eso a un caballo.

—¿Por qué no?

Me incliné sobre él hasta que mi pelo le cayó por la cara. Olía a sueño, a cedro y a pan, y yo olía a mí.

—Membrillo —dije—. Se va a llamar Membrillo.