Capítulo 10 Lo que viene con el cuerpo
Darian
El olor me alcanzó en la puerta del estudio.
Volvía de la sala de mapas con el cuello rígido de estar inclinado sobre los partes.
La puerta entre las dos habitaciones seguía abierta, como siempre, y el aire que salía de la de Liora no era el de la mañana.
Era su aroma, pero más hondo, más caliente, como la piedra mojada cuando le da el sol después de la lluvia.
Se me tensaron las encías. El calor me bajó al vientre antes de que pensara nada.
Y detrás del calor, frío. La última vez que su aroma había subido así, de golpe, ella se estaba muriendo en el fango del patio bajo, con la fórmula de Soren rompiéndose dentro de ella a medianoche.
Crucé el umbral.
Liora estaba junto a la ventana, con los dos batientes abiertos al aire de invierno.
Llevaba solo la camisa, con las mangas subidas hasta los codos y el cuello desatado.
El fuego que Nela encendía a media tarde estaba reducido a brasas; alguien lo había dejado morir a propósito.
En la mesa había dos jarras de agua vacías y el tarro de membrillo sin tapa, con una cuchara dentro.
La manta estaba en el suelo, a los pies de la cama, hecha un ovillo.
Me quedé en la puerta y la miré como miraba a un soldado herido antes de dejarlo subir a una balandra. Los ojos: claros, sin turbiedad. La respiración: rápida, pero regular. Las manos: quietas en el alféizar.
Ella se volvió.
—Me estás mirando como me miraba Iven en el barco —dijo.
—Quiero mandar a buscar a Iven.
—Eso ya lo veo.
—Ahora mismo. —Oí mi propia voz, la de dar órdenes, y me obligué a bajarla—. Dime si hace falta.
Liora cerró uno de los batientes. El otro lo dejó abierto.
—No tengo fiebre. Tengo calor, que no es lo mismo.
—¿Frío de golpe? ¿Sabor a sal en la boca?
Eran las dos señales que Soren le había dado antes de la Gala, las que Iven me había repetido después. Por cómo me miró, ella también se acordaba.
—No —dijo—. Aquello fue frío. Esto es otra cosa. Tengo calor, tengo hambre y estoy de mal humor desde el mediodía. Le he dicho a Nela que no volviera a encender el fuego y casi me pide perdón.
Se acercó a la mesa, sacó la cuchara del tarro y se la metió en la boca. Masticó mirándome.
—Creo que es el celo —dijo después.
No contesté enseguida. El olor me llegaba ahora más de cerca y tuve que poner la mano en el respaldo de una silla.
—No sé si lo es —siguió ella, más bajo—. No me acuerdo de haber tenido ninguno. Con las pastillas, nunca...
No terminó.
—Mando a buscar a Iven —dije otra vez.
—Mañana por la mañana voy yo a verlo. —Dejó la cuchara en el tarro—. Hoy quiero cenar. Y quiero que dejes de mirarme así.
Solté el respaldo de la silla.
Cenamos con la ventana abierta. Ella comió el doble que otras noches: pan, cordero frío, tres naranjas que peló con las uñas y cuyas cáscaras fue dejando en fila sobre el mantel.
Yo me senté enfrente, no a su lado. Me dijo que parecía un embajador.
No le dije la verdad: que su olor me llegaba desde el otro lado de la mesa, embriagador, y me costaba toda la fuerza de voluntad no darle la vuelta a la mesa, hundirle los dientes en el cuello y devorarla.
Esa noche no dormí.
Liora se durmió pronto, destapada hasta la cintura, con el pelo pegado a la nuca.
Yo me quedé de espaldas, a su lado, oyéndola respirar.
Cada vez que el ritmo cambiaba un poco, se me levantaba la cabeza de la almohada.
Dos veces le puse el dorso de la mano en la frente.
Estaba caliente, pero húmeda. No seca, como en el patio.
La tercera vez, me agarró la muñeca sin abrir los ojos.
—Deja de contarme la respiración.
—No la estaba contando.
—Me has tocado la frente diez veces.
—Ocho.
Se le escapó una risa ronca contra la almohada. No me soltó la muñeca. Me bajó la mano hasta dejármela sobre su cadera, encima de la sábana, y volvió a dormirse así.
Me quedé mirando el dosel. La bestia no tenía palabras, pero sí tenía cuerpo, y el cuerpo me decía dos cosas a la vez: acércate y vigila. Ninguna de las dos me dejaba dormir. Hacia la madrugada me levanté, fui al estudio, me eché agua fría en la cara y en la nuca, y volví. Ella no se había movido.
Por la mañana fuimos juntos a la consulta de Iven, en el ala oriental.
Había que cruzar dos galerías y un patio. En la segunda galería, dos guardias de ronda se volvieron al pasar ella. No la miraron a la cara; levantaron la nariz, los dos a la vez, como perros que huelen lluvia. Se me erizó la nuca y noté que el paso se me alargaba para ponerme delante.
Liora me tomó del brazo. Del brazo, no del codo.
—Déjalos oler —dijo en voz baja—. No les va a pasar nada. A mí tampoco.
Los guardias bajaron la vista. Seguimos andando. No me puse delante.
En el patio nos cruzamos con un procurador del Consejo, uno de los de Odran, con la cadena de plata sobre el pecho y un legajo bajo el brazo. Se detuvo. Hizo una reverencia correcta, a mí primero y a ella después, y al incorporarse aspiró por la nariz de un modo que no tenía nada de correcto.
—Excelencia —dijo—. Quizá la señora Valen debería guardar reposo lejos de las galerías, en su estado. Por su propio bien.
La bestia me subió a la garganta de un salto. Tenía la frase lista, una de las que terminan en calabozo.
—La señora Valen va a ver a su médico —dijo Liora antes que yo—. Buenos días.
Y siguió andando. Yo fui con ella, porque llevaba mi brazo. El procurador se quedó en medio del patio con el legajo apretado contra la cadena.
No dije nada hasta que cruzamos la puerta del ala oriental. Allí noté que tenía la mandíbula tan apretada que me dolían los dientes.
—Esa frase la llevará a Odran antes del mediodía —dije.
—Que la lleve —dijo Liora—. Es verdad que voy a ver a mi médico.
La consulta todavía tenía tablones clavados en la ventana grande, desde la noche del ataque.
De la base de piedra donde había estado el resonador de cuarzo quedaban unos dientes de cristal lechoso que nadie había arrancado.
Olía a alcohol de romero y a hierbas cocidas.
Iven cojeaba entre las mesas con una lupa en la mano y la venda de la ceja ya reducida a una tira.
Levantó la cabeza al vernos entrar. Olió el aire una vez, sin disimulo, y dejó la lupa.
—Siéntese, señora Valen.
Liora se sentó en el taburete alto junto a la mesa de piedra. Yo me quedé de pie junto a la puerta. Iven le tomó el pulso, le miró los ojos a la luz de la única ventana sin tablones, le puso dos dedos en el cuello, debajo de la mandíbula, y después el dorso de la mano en la frente.
—¿Qué comió ayer?
—Tres naranjas, medio tarro de membrillo y casi todo el cordero de la cena. —Liora me señaló con la barbilla—. Él lo vio.
Iven no me miró.
—¿Qué día es hoy?
Liora se lo dijo. Iven le preguntó quién le había cambiado la venda a Darian la última vez, qué barco los había traído de vuelta y cómo se llamaba el patrón.
Ella contestó todo. Cuando le preguntó cómo se encontraba, dijo que como si tuviera el invierno fuera y el verano dentro, y que el verano estaba ganando. Iven casi sonrió.
Se apoyó en la mesa para descargar la rodilla mala.
—Le voy a decir tres cosas distintas, señora, y quiero que las distinga igual que yo.
La primera es lo que tuvo en el patio. La fiebre tóxica.
Empieza con frío, no con calor. Confunde: una deja de saber dónde está o con quién habla.
El aroma no sube, salta, a golpes, sin orden.
Puede forzar la transformación. Usted no tiene nada de eso.
Liora asintió.
—La segunda es la incapacidad. Da igual la causa.
Si no puede seguir una conversación, si no reconoce a quien tiene delante, si no puede decir lo que quiere o lo dice y al momento no lo recuerda, si vomita o tiembla sin frío, eso es incapacidad.
Entonces se para todo lo demás y me llaman. Todo lo demás —repitió.
Esa vez sí me miró. Le sostuve la mirada.
—La tercera es un celo. Calor, hambre, inquietud, deseo.
Viene por oleadas; entre una y otra, cansancio.
Pero usted sigue siendo usted. Sabe lo que quiere y lo que no.
Y eso, por lo que veo, es lo que tiene. Empezará del todo mañana o pasado.
Dos o tres días, más o menos. No le puedo decir cuántos ciclos le taparon los supresores; puede que este sea el primero que su cuerpo termina.
Liora se miró las manos.
—Un procurador me ha dicho en el patio que debería guardar reposo lejos de las galerías. En mi estado.
—Lo imagino.
—¿Pueden usar esto? —Levantó la vista—. Odran. Para lo de la curaduría.
—Un celo no es incapacidad —dijo Iven—. Certifiqué su lucidez una vez delante del Consejo, señora, y lo haré otra vez si hace falta. Lo que acaba de pasar aquí lo voy a escribir hoy, con fecha y firma.
Liora soltó el aire despacio. Yo también.
—¿Y qué hago? —preguntó ella.
—Agua. Mucha, con una pizca de sal y otra de miel; se lo diré a Nela.
Coma lo que le apetezca. Duerma cuando pueda.
Si quiere un baño, que sea tibio, no frío.
—Contaba con los dedos manchados de tinte—.
Nadie entra en su habitación sin que usted lo pida.
Tampoco yo. Tiene el cordón de la campanilla, tiene a Nela y me tiene a mí aquí.
Si aparece cualquier cosa de la segunda lista, me llaman a cualquier hora.
Yo tenía la respuesta a la mitad de sus preguntas en la boca. Qué habíamos cenado. Cuánto había dormido. Me di cuenta de que había abierto la boca para contestar por ella, y la cerré.
Iven se volvió hacia mí por fin.
—Y tú no eres un remedio.
—Lo sé.
—Lo digo igual. Si ella no te quiere en el cuarto, sales. Si te quiere, no es porque te necesite para que se le pase. Se le pasa sola.
Liora cruzó los brazos sobre el pecho.
—¿Y si hoy digo que lo quiero allí?
—Entonces que esté —dijo Iven—. Pero vale lo que usted diga entonces, señora. No lo que diga hoy. Lo de hoy no la obliga a nada, ni a él tampoco.
Me aclaré la garganta.
—¿Y yo?
Iven arqueó la ceja buena.
—¿Tú qué?
—Su olor. —Lo dije mirando los dientes de cuarzo roto—. Anoche no dormí.
—Vas a pasarlo mal —dijo Iven, sin ninguna compasión en la voz—. Eres adulto y sabes dónde está la puerta. Si te cuesta, te vas a otra habitación y vuelves cuando puedas. Y duermes. Si no duermes, me sirves igual de poco que ella con fiebre.
Por la tarde bajé yo mismo a la cocina de abajo a por las jarras.
Nela estaba limpiando pescado en el barreño. Me vio llenar la primera en la tinaja y no se ofreció a hacerlo por mí.
—Iven dice que con sal y miel —le dije.
—Ya ha mandado recado, mi señor. —Siguió con el cuchillo, sin levantar la vista—. Y la señora me ha pedido pan.
—Lo sé.
—En los días que lleva aquí no me había pedido nada para ella. Ni una manta. —Echó unas escamas al cubo—. Hoy me ha pedido pan, naranjas y que no le encienda el fuego.
Lo dijo como quien da un parte. Me quedé con la jarra llena en la mano, sin saber qué contestar, y ella tampoco esperaba que contestara.
Subí cuatro jarras, en dos viajes. Nela me miró cargar la segunda pareja sin ofrecerse a ayudarme; luego subió detrás de mí con un cuenco de sal, un tarro de miel y una pila de sábanas limpias sobre el brazo. Olían solo a jabón.
Liora estaba sentada a la mesa de la ventana, escribiendo. Cuando dejé las jarras en el suelo junto a la cama, me tendió el papel sin decir nada.
Era una lista. Membrillo. Té fuerte, «no el de Darian». Pan de Mina, «con más sal, que Nela tenía razón». Naranjas. La ventana abierta. Que nadie me hable de Odran. Que Galen no suba. Al final, con otra tinta, más reciente: Que Darian duerma.
La leí dos veces y me reí en voz alta, con la lista en la mano.
—Nela —dije sin volverme—, ¿has oído lo del pan?
—He oído, mi señor. —Nela dejó las sábanas en el arcón—. Lo haré yo. Con sal.
Se fue. Liora esperaba con la pluma en la mano.
—Falta algo —dijo.
—¿Qué?
—Lo que quieres tú.
Me senté en la otra silla, la de enfrente. La ventana estaba abierta y aun así su olor llenaba la habitación hasta las vigas. Me costaba ordenar las palabras.
—Primero dime tú —dije—. Esos días. ¿Qué quieres de mí?
Liora dejó la pluma.
—A ti —dijo—. No sé cómo será todo esto.
—Ya me tienes.
—Y tú a mí.
Asentí. Tenía las manos juntas sobre la mesa y me las miré mientras hablaba.
—Quiero que sepas que respetaré tus límites —dije—. Si me noto perder pie, me voy al estudio y cierro la puerta. No porque no te quiera. Porque no quiero que lo que me empuja decida por mí.
—Bien.
—Y no te voy a morder esos días. —Levanté la vista—. Aunque me lo pidas. Sobre todo si me lo pides.
Liora no apartó los ojos.
—Ya te dije por qué quiero esperar —dijo—. No voy a cambiar de idea porque me apriete el celo. Y si la cambio, no me hagas caso.
—No te haré caso.
Se levantó, rodeó la mesa y se me sentó en las rodillas, de lado, con un brazo alrededor de mi cuello. Tenía la piel de la nuca húmeda y el olor me subió de golpe a la cabeza. Le puse la mano en la espalda y la dejé allí, quieta.
—¿Tienes miedo? —me preguntó.
—Sí.
—Yo también. Un poco. —Apoyó la frente en mi sien—. Y un poco no.
Me besó despacio. Era un beso corto, de los de antes de dormir, pero me dejó el pulso en las orejas.
No se apartó del todo: se acomodó de frente sobre mis rodillas y notó enseguida lo que ya no podía disimular.
Se quedó quieta un momento, con una ceja alzada; después se removió una vez, despacio, a propósito.
—Ya —dijo.
—Desde el postre.
Se rio por la nariz y volvió a besarme, y esta vez no fue un beso de antes de dormir. Le subí la mano por la espalda hasta la nuca, donde la piel le estaba húmeda, y la otra se me quedó en el borde de su camisa, sin entrar. Ella me la tomó y la metió dentro, sobre la costilla desnuda.
—Más arriba —dijo contra mi boca.
Subí la mano. La tela se le enredó en la muñeca y la apartó con impaciencia, y cuando le tomé el pecho entero, con el pezón duro contra mi palma, se le escapó contra mis labios un sonido que me habría levantado de la silla si hubiera podido moverme.
No me moví. Ella se apartó lo justo para mirarme, con los labios rojos y los ojos brillantes, y ninguna turbiedad en ellos. La miré de todos modos. Ella se dio cuenta y me dejó mirar.
—Creo que esto va a ser difícil —dijo.
—Lo va a ser.
Se durmió antes que yo, otra vez destapada, con la ventana entornada y las jarras en fila junto a la cama. Me quedé despierto un rato, pero no para contar nada. Oía a Nela abajo, en la cocina, golpeando una masa contra la mesa.
Liora tenía los pies fuera de la sábana, desnudos sobre el colchón.
Esta vez no se los tapé.