Capítulo 9 Decir lo que quiero #2
Me senté a la mesa junto a la ventana. Durante el desayuno, entre el pliego de Odran y lo demás, me había acordado de otra cosa: Darian había querido que Vael estudiara lo que yo recordaba de la minuta de Harek, y nadie lo había hecho todavía.
Cada día que pasaba, se me borraba otro renglón.
Escribí dos líneas en un papel: que Vael subiera cuando pudiera y que trajera con qué escribir. Firmé con mi nombre.
—¿A quién escribes? —preguntó Darian desde la cama.
—A Vael. Quiero dictarle lo que recuerdo de la minuta antes de que se me olvide más.
Descorrí el pestillo de la puerta de servicio. Cuando Nela subió con la leña de media tarde, le di la nota. Nela miró la nota, miró la cama, donde Darian seguía recostado entre migas con el tarro de membrillo, y volvió a mirarme a mí.
—Sí, señora —dijo, y se fue.
Darian dejó el tarro en la mesilla.
—¿Quieres que me vaya?
—Quiero que te vistas —dije—. Puedes quedarte. Pero va a hablar conmigo.
Mientras él buscaba la camisa entre las sábanas, me puse a estirar la colcha. Sacudí las migas al suelo, remetí una esquina, alisé la almohada donde se veía todavía el hueco de dos cabezas. Iba por la segunda esquina cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo y de para quién.
Solté la colcha. Quedó medio hecha, torcida hacia la ventana.
Darian me miró desde el otro lado de la cama, con la camisa a medio abotonar.
—Déjala así —dije, aunque él no había dicho nada.
Vael llegó con la escribanía bajo el brazo y la cara tan pálida como siempre, como si viviera en un sótano. Se inclinó en el umbral.
—Señora Valen.
Darian se había sentado junto a la chimenea con las botas sin atar. Vael lo saludó con otra inclinación, breve, y vino directo a la mesa. Abrió el tintero, alisó dos pliegos con el canto de la mano y levantó la vista hacia mí.
—Empiece por lo primero que vio, señora. Aunque le parezca que no sirve.
—El estuche —dije—. Harek lo sacó de un estuche de cuero, de debajo de la capa. El pliego venía doblado en tres.
La pluma rascó el papel.
—Siga.
Le conté los sellos rotos. Los derechos de pesca, la brea, las doce balandras. Le conté la cláusula matrimonial escrita al margen, y cómo la letra era distinta de la del resto.
—¿Distinta en qué?
Cerré los ojos para ver otra vez el papel en la mano de Harek, la luz sucia del aserradero.
—Más apretada. Como de alguien que escribe con poco sitio. El resto tenía mucho aire entre las líneas.
—¿Y el nombre de su madre? ¿Figuraba en el cuerpo del documento?
Lo pensé. Lo pensé mucho rato, y Vael esperó sin mover la pluma.
—No me acuerdo —dije al fin—. Me acuerdo del hueco donde tenía que firmar. No me acuerdo de si su nombre estaba escrito más arriba.
—Entonces escribo eso. —Mojó la pluma—. Lo que no recuerda también sirve, señora. Así nadie podrá decir después que usted lo afirmó.
Siguió preguntando: el color de la cinta del estuche, si Harek leyó en voz alta o solo mostró el papel, cuánto rato lo tuve delante. Algunas respuestas las tenía y otras no. Al final leyó en voz alta todo lo que había escrito, despacio, y me preguntó si había algo que corregir. Corregí una palabra.
—Veré si la cancillería guarda algo con el sello Sarrat —dijo mientras secaba la tinta con arenilla—. No le prometo nada, señora.
Asentí.
Vael casi sonrió. Recogió los pliegos, se inclinó otra vez y salió.
En toda la visita no había mirado ni una sola vez hacia la chimenea. Ni hacia la cama.
Darian se levantó y vino hasta la mesa. Se quedó de pie a mi lado, mirando el tintero.
—Recuerdas más de lo que me contaste en el barco —dijo.
—Vael pregunta mejor que tú.
—Eso es verdad.
Le tomé la mano sin levantarme. Tenía tinta en los dedos y se la dejé en los nudillos.
Esa noche, ya acostados, Darian me besó el hombro por detrás. Tenía la mano en mi cadera y la boca tibia, y supe hacia dónde iba antes de que moviera los dedos.
—Esta noche no —dije.
La mano se le quedó quieta donde estaba.
—¿Te duele el costado?
—Un poco. Y adolorida de otro modo —admití, y se me calentó la cara a pesar de todo lo que habíamos hecho—. De hoy.
—Lo siento.
—Yo no —dije—. Me gustó.
—Durmamos, entonces.
Apartó la boca de mi hombro y se tumbó de espaldas, y tiró de mí hasta dejarme la cabeza en el hueco de su brazo. Me quedé esperando el silencio largo y ofendido que conocía de otras casas.
—Mañana tengo que bajar a la sala de mapas —dijo en cambio, a oscuras—. Galen va a pensar que me he muerto.
—Galen sabe perfectamente dónde has estado.
—Por eso.
Le pellizqué el costado. A los pocos minutos roncaba contra mi pelo, muy flojo, con un silbido al final de cada respiración que no le conocía. Me quedé un rato escuchándolo.
Me desperté a oscuras, a la hora de siempre.
Los pies buscaron las losas frías y no las encontraron. Darian respiraba contra mi espalda, con el brazo cruzado sobre mi cintura. La chimenea se había quedado en brasas y el cuarto olía a leña apagada.
Oí las bisagras de la puerta de servicio.
Nela entró con la cesta en la cadera. La oí dejarla en el suelo, arrodillarse, mover el tiro con aquel giro corto de muñeca. Una astilla prendió. Después otra. El fuego empezó a sonar.
No me levanté.
—Buenos días, Nela —dije.
—Buenos días, señora.
Recogió la ceniza sin levantar polvo y salió con el balde. Me di la vuelta hacia Darian, le metí los pies fríos entre las pantorrillas y volví a dormirme.