Un vinculo grabado a medianoche (Cuentos de hadas de la manada 2) Capítulo 9 Decir lo que quiero
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Capítulo 9 Decir lo que quiero

Liora

Eché el pestillo de la puerta de servicio antes de pensarlo dos veces.

Era de hierro negro y estaba duro por falta de uso. Tuve que empujarlo con la base de la mano, igual que le había enseñado a Darian a empujar la masa. Cuando entró en la argolla, el golpe sonó más fuerte de lo que esperaba.

Me quedé con la mano encima.

Nela se había llevado la bandeja del desayuno hacía un rato y sus pasos ya no se oían en el pasillo.

Detrás de mí, Darian no se había movido.

Estaba sentado junto a la ventana, en la silla que yo había elegido para mí, con la taza de barro entre las manos y el sol de media mañana en un lado de la cara.

No había bajado a la sala de mapas. Llevaba la camisa abierta en el cuello y la venda limpia sobre la marca.

—Nela no vuelve hasta media tarde —dije.

—Lo sé.

Me volví despacio.

La frase la tenía preparada desde la terraza, y ahora se me deshacía en la boca.

Durante el desayuno, Darian me había contado lo del pliego de Odran: una primera línea sobre la lealtad de la casa Valen y el resto sin leer, en un cajón.

Yo me había reído. Después me había quedado pensando en otra cosa.

Durante diez años me había tragado cada mañana una pastilla que sabía a tiza y a hierro.

Se quedaba pegada al paladar hasta media mañana, y con ella se iba todo lo que yo podía oler de mí misma.

Aprendí a no tener hambre delante de nadie, a no tener frío, a no querer nada que se notara.

Si algo me gustaba, me lo guardaba donde no pudieran quitármelo.

Y la ley de la Corona no escondía por qué hacía falta: a una Omega que quería algo se le podía poner un tutor.

Odran lo sabía mejor que nadie. Lo había intentado una vez.

—Anoche me dolió la marca —dije.

Darian dejó de beber. Me miró la clavícula, después la cara, y los hombros se le pusieron rectos, listos para algo.

—¿Mucho? ¿Llamo a Iven?

Ya tenía la mano en el brazo de la silla para levantarse. Lo vi y me dio vergüenza, una vergüenza caliente que me subió por el cuello.

—No —dije—. Es mentira. No me dolió.

Se quedó con la mano donde estaba, sin entender.

—Quiero decirte una cosa —seguí— y no sé decirla sin que suene a que necesito algo.

—Dila como te salga.

—No te estoy pidiendo que me cuides. Ni que me alivies la marca, ni nada que tenga que ver con Iven. —Tragué saliva—. Te quiero en esa cama, conmigo. Ahora.

Darian dejó la taza en el alféizar. El barro sonó contra la piedra. Tardó un momento en contestar, y cuando lo hizo tenía la voz más baja.

—Yo también te quiero ahí.

No se levantó.

—¿No te levantas? —le pregunté.

—Estoy esperando a ver qué haces tú.

Crucé la habitación. Me detuve delante de él, entre sus rodillas. Tenía las manos abiertas sobre los brazos de la silla, quietas. Le tomé la derecha y me la puse en la cintura.

—Aquí —dije.

La dejó donde yo la había puesto. Me incliné y lo besé.

Tenía la boca caliente de té. Me agarré a su camisa y tiré, y él se levantó conmigo, y la silla rozó las losas hacia atrás. Estábamos a medio camino de la cama cuando me frené.

—Tengo miedo de una cosa.

Darian se detuvo. Me sostuvo la cintura sin apretar.

—¿De qué?

—De que después me mires como me miraría Odran si se enterara. —Se lo dije a su clavícula, porque no podía decírselo a los ojos—. Como a una Omega que no puede decidir nada porque quiere algo.

—Te voy a mirar como te miro ahora.

—¿Y cómo me miras ahora?

—Como a la que echó el pestillo.

Me reí contra su pecho. Todavía me temblaban las manos, pero me reí.

Me solté yo los lazos de la camisa. Se me enredó el segundo nudo y tuve que tirar dos veces. Darian no hizo ademán de ayudarme; esperó con las manos en mis caderas hasta que el nudo cedió, y cuando cedió y la tela se abrió, no miró enseguida hacia abajo. Me miró a la cara.

La marca rosada quedó al aire sobre la clavícula izquierda. Él la rozó con el pulgar, una sola vez, y siguió hacia el hombro.

En la cama, las sábanas estaban frías. Él no. Me llegó su olor, cedro y humo de la chimenea, y debajo algo mío que subía con el calor, fresco como la lluvia sobre piedra.

Me quedé rígida. Diez años de mañanas con la pastilla pegada al paladar me cerraron la garganta antes de que pudiera pensar. Me aparté un poco de él.

—Perdona —dije—. Huele...

—Huele a ti.

Darian me sujetó la nuca y respiró hondo junto a mi cuello, despacio, como si quisiera aprendérselo. No se le arrugó la cara ni apartó la nariz.

Volví a acercarme. No pensé en taparlo.

Cuando me recostó sobre las almohadas, el costado izquierdo me dio un tirón.

—Espera.

Se quedó quieto al instante, apoyado en los antebrazos, sin moverse ni un dedo.

—El costado —dije.

—¿Paro?

—No. Así no.

Le empujé el hombro. Él se dejó caer de espaldas y yo me fui detrás, y el tirón se apagó. Me quedé sentada sobre él, con el pelo cayéndome a los dos lados de la cara y el corazón golpeándome en los oídos.

—Así —dijo Darian. Tenía la voz ronca—. Quiero verte.

Me tomé mi tiempo. Nadie iba a llamar a la puerta; nadie iba a necesitarme en ninguna parte.

—Quiero tocarte —dije.

Lo dije en voz alta. Nunca se lo había oído decir a nadie, y menos a mí. Se me encendió la cara hasta las orejas, y aun así no bajé la vista.

—Tócame —dijo Darian.

Le abrí la camisa botón por botón, porque podía. Tenía en las costillas un moretón viejo que no le había visto a la luz del día, amarillo en los bordes, y se lo toqué antes de preguntar. Me dijo que era del patio, de la noche del humo. Le besé el borde.

Del pecho le salió el mismo sonido de la terraza, bajo y ronco. Esta vez no se apartó. Le puse la palma encima para sentirlo, y lo sentí, y me gustó tanto como la tarde anterior.

Cuando se incorporó para besarme el cuello, su boca bajó hasta la clavícula y se quedó sobre la marca. Noté el borde de sus dientes, apenas, y un tirón hondo bajo la piel, como si la marca empujara hacia algo que yo no había elegido todavía.

Darian se detuvo. Yo también.

—Eso no —dije—. Todavía no.

—Todavía no —repitió contra mi piel.

Apartó la boca de la marca y me besó más arriba, en el cuello, donde no había nada pendiente.

De su ropa quedaba lo mismo que de la mía: todo a medias.

Le bajé los pantalones lo justo, con sus manos encima de las mías cuando los dedos se me atascaron en un botón, y cuando lo tuve fuera lo sostuve un momento entero en la palma: caliente, pesado, con el pulso latiéndome contra la yema de los dedos.

—¿Sí? —me preguntó.

—Sí.

Me acomodé sobre él, con las rodillas hundidas en la colcha, y bajé despacio. El primer empuje me abrió por dentro con una estrechez que me quitó el aire. Me quedé a la mitad, con las manos en su pecho, respirando como si hubiera subido corriendo las escaleras.

—Espera —dije, aunque él ya se había quedado quieto.

—No me muevo.

Y no se movió. Cuando bajé el resto fue un tirón hondo, distinto del del costado, que se aflojó solo en cuanto lo sentí entero.

Lleno. Empecé a moverme y las frases se me quedaron en palabras sueltas: «aquí», «así», «no pares».

Él obedeció cada una, con las manos en mis caderas y la boca abierta, y una vez se le escapó mi nombre como una pregunta y le contesté que sí sin saber a qué.

Él me pidió que no cerrara los ojos, y no los cerré.

Fue lo más difícil de todo, más que el resto: estar quieta dentro de su mirada mientras se me deshacía por dentro todo lo que yo tenía ordenado.

Llegué de golpe, con la marca ardiéndome en la clavícula y su nombre en la boca, y él me siguió un momento después, con los dedos clavados en mis caderas y el sonido ronco de la terraza saliéndole del pecho otra vez.

En algún patio sonaron las campanas del mediodía. No las conté.

Me desperté con la sábana enredada en las piernas y el sol ya en la otra mitad de la habitación.

Darian dormía boca arriba, con un brazo debajo de mi cuello y la otra mano abierta sobre el estómago. La venda se le había corrido un poco. Respiraba hondo y despacio, con la boca entreabierta, y tenía una línea roja en la mejilla de la costura de la almohada.

Me quedé quieta, esperando.

No sabía bien qué esperaba. Algo que se me hubiera quedado dentro torcido, como después de tragar el supresor. La sensación de haber firmado algo. Me repasé por dentro igual que repasaba la despensa de Valen después de una cena de Maevra con invitados, estante por estante.

No faltaba nada.

Me dolía un poco el costado, de otra manera. Tenía hambre. Tenía ganas de reírme sin motivo, y me reí, bajito, contra su hombro. Esta vez se despertó.

—¿De qué te ríes? —preguntó sin abrir los ojos.

—De nada. Tengo hambre.

—Queda pan. —Se frotó la cara—. El de la cruz torcida. Lo guardé en el estudio.

—¿Lo guardaste?

—Era el mío.

Fue a buscarlo descalzo, con la sábana arrastrando detrás, y volvió con la media hogaza envuelta en un paño y el tarro de membrillo debajo del brazo. Comimos sentados en la cama, dejando migas por todas partes. El pan se había puesto duro por fuera. Nela tenía razón: le faltaba sal.

Cuando terminamos, le pasé los dedos por el borde de la venda, que se le había corrido.

—Antes —dijo—. Cuando te toqué la marca.

—Ya lo sé.

—Me costó parar.

—A mí también.

Lo miré. Tenía migas en el pecho y la cara todavía blanda de sueño, y me estaba mirando con una seriedad que no le había visto en toda la mañana.

—Quiero hacerlo —dije—. Pero no así, a medias, un día cualquiera. Quiero que Iven diga que estoy entera. Y quiero que lo de Harek esté cerrado antes.

—¿Por qué lo de Harek?

—Porque no quiero que nadie pueda decir que me mordiste para quitarme de encima a los Sarrat. Ni que yo me dejé para escaparme de ellos. —Aparté una miga de su piel—. Cuando lo haga, quiero que sea porque sí. No para que me salve de nada.

—Nadie lo diría delante de mí.

—Lo dirían detrás. Y yo lo pensaría.

Darian se quedó callado un momento. Después me tomó la mano y me besó los nudillos, donde tenía todavía las rozaduras del Juncal.

—Entonces esperamos —dijo.

Me levanté despacio. Me vestí sola, la camisa y la casaca gris, mientras él se quedaba recostado mirándome con el tarro en el regazo.