Capítulo 8 El hombre sin audiencia #2
—Mi señor, si esta tarde va a bajar al jardín, puedo despejar las terrazas. Que no haya jardineros ni criados.
Lo había preguntado Vael en voz baja, dos horas antes, con otras palabras. En aquel alcázar todo el mundo sabía ya dónde iba a estar yo por la tarde.
—No despejes nada —dije—. Si hay jardineros, que trabajen.
Galen se cuadró. Antes de girarse vi que se le escapaba media sonrisa, y fingí no haberla visto.
A mediodía, Iven me paró en el pasillo para decirme que la punzada de Liora cedía, que comía mejor y que seguía sin querer verla cargando nada.
Elegí la terraza más baja del jardín.
Nadie bajaba allí. Era una franja de losas entre el último muro y el parapeto que daba al desfiladero, con un banco de piedra comido por el liquen. De niño me escapaba a esa terraza para tirar piedras al vacío y contar hasta oír el golpe en el agua. Nunca pasé de ocho.
Llevé yo la bandeja: dos tazas de barro y una tetera que había llenado en la cocina de abajo con mis propias manos, sin preguntarle a Nela cuánto tiempo se dejaban las hojas.
Bajé despacio por el sendero, con el vapor dándome en la barbilla, y aun así el té se salió por el pico de la tetera y me quemó los dedos.
La manta la había bajado antes, doblada sobre el banco.
Liora llegó con la casaca gris abrochada hasta el cuello y se sentó.
El sol ya se había escondido detrás de los montes y el aire subía frío del desfiladero, con olor a piedra mojada.
Le extendí la manta sobre los pies. Ella miró la lana, me miró a mí y metió los pies debajo. Serví. El té salió casi negro.
Bebió un sorbo. Se le arrugó la cara entera.
—Está fuerte —dijo.
—Te gusta fuerte.
—Me gusta fuerte. Esto es otra cosa. —Bebió otro sorbo, por testarudez—. Con esto se podría curtir cuero.
Me reí. Ella me miró reírme y no dijo nada.
Busqué un guijarro entre las losas, lo tiré por encima del parapeto y conté en voz baja. A los siete lo perdí de vista y no oí nada. Liora tiró otro y contó conmigo, hasta seis, antes de rendirse.
—¿Te escapabas a este lugar cuando eras niño? —preguntó.
—De los maestros de protocolo, al principio. —Busqué otro guijarro y lo sopesé en la mano—. Después de lo de mi padre bajaba casi todas las noches. Nadie venía a buscarme aquí. Contaba hasta ocho y volvía a subir.
No lo tiré. Lo dejé en el parapeto, entre los dos.
—Y hoy me has traído a mí —dijo ella.
—Hoy te he traído a ti.
—No sé hacer esto —dije después.
—¿Tirar piedras?
—Cortejarte.
Lo dije mirando el desfiladero. Liora giró la taza entre las manos.
—Pensé en traer músicos —seguí—. Luego pensé que acabarías sirviéndoles el vino.
—Seguramente.
—A mí me enseñaron a recibir candidatas. En una sala, con el Consejo detrás. Se dice algo del tiempo y se espera. —Miré el té negro en mi taza—. No sé qué se hace después. Cuando la persona ya está aquí.
Liora dejó su taza en el banco.
—Se trae un té horrible —dijo— y se tiran piedras.
Se inclinó y me besó.
Fue ella, y fue despacio, con la boca amarga de té. Le puse la mano en la cintura, por encima del paño gris. Ella me agarró la camisa y tiró hacia sí, y el beso dejó de ser despacio.
El calor me subió desde el vientre. Los dedos se me cerraron sobre su cintura más de lo que yo había decidido, y del pecho me salió un sonido bajo y ronco que no había elegido hacer. Se me erizó la nuca. Conocía esa subida: era la misma que me empujaba a transformarme.
Me aparté un palmo. No más. No le solté la cintura.
—Eso —dije. Tenía la voz rota—. Eso no lo he decidido yo.
Liora respiraba deprisa. Bajo la venda, la marca me latía caliente.
—Ya lo sé —dijo—. Lo he oído.
—¿Te ha asustado?
—No. —Me puso la mano abierta en el pecho, justo donde había nacido el sonido—. Me ha gustado.
No me moví. Su mano subía y bajaba con mi respiración.
—A mí también me pasa —dijo, más bajo—. Desde el barco. No sabía si podía decirlo.
—Puedes decirlo.
—Te lo estoy diciendo.
Arriba, en la primera terraza, alguien empezó a sacudir una alfombra contra el muro: golpes secos, uno detrás de otro. Liora miró hacia arriba y se rio contra mi hombro.
—Aquí no —dijo.
—Aquí no.
Se apartó lo justo para mirarme. Tenía las mejillas rojas, de frío o de lo otro; no le pregunté cuál. Seguía con mi camisa retorcida en los puños.
—Arriba —dijo.
No esperó respuesta. Me tomó de la mano y tiró de mí hacia el sendero. La bandeja y la manta se quedaron en el banco, y el guijarro en el parapeto, con la cuenta sin terminar.
En el pasillo del ala no había nadie. Liora abrió la puerta de su cuarto, tiró de mí hasta dentro y la cerró detrás de nosotros. En la chimenea quedaba el fuego bajo de la noche, y el aire olía a leña y a piedra fría, igual que abajo; pero aquí nadie sacudía alfombras.
Se quitó la casaca y la dejó sobre la silla. Se quedó quieta delante de mí, con los lazos de la camisa flojos en el cuello, esperando.
Le desaté el lazo hasta el fondo. La tela se abrió y la marca rosada asomó sobre la clavícula, y la mía me latió bajo la venda con un pulso que no era solo mío. Le puse las manos en las costillas, sobre la lana fina, y soltó el aire como si lo hubiera estado guardando todo el día.
—Espera —dijo.
Me quedé inmóvil. Se llevó la mano al costado izquierdo y respiró dos veces.
—¿Te duele?
—Si me tumbo de espaldas, me tira. —Se sentó en el borde de la cama—. Aquí no.
Me arrodillé entre sus rodillas, sobre la alfombra. Nadie me había visto nunca en el suelo a propósito. Liora me miró con la boca entreabierta y no dijo nada.
Le bajé la ropa interior por los muslos. La prenda se enredó en las botas y ahí se quedó; ninguno de los dos se molestó en descalzarla. Olía a lluvia y a sal. Le separé las piernas con las manos, despacio, y le pasé la lengua por el sexo de abajo arriba, una vez, entera.
—Otra vez —dijo. Cuando lo hice, ya no dijo nada con letras.
Me puse a aprenderla como se aprende una costa: dónde se tensaba, dónde se le quebraba el aliento, qué presión le sacaba los dedos de la sábana y se los llevaba a mi pelo. La uña rota me raspaba la nuca. Era bueno en esto, pensé; podía ser bueno en esto si medía cada—
—Darian.
Me había levantado la cabeza tirándome del pelo. Me miraba con las mejillas encendidas.
—Te has ido otra vez —dijo.
—¿Cómo lo sabes?
—Se te nota en la lengua.
Me reí contra su muslo, con la cara caliente, y dejé de medir. Volví a mi cuerpo: la alfombra dura en las rodillas, sus piernas calientes a los lados de la cara, su sabor en la boca, la marca latiéndome en el cuello con nuestros pulsos enredados.
Después me guio sin palabras: la mano en el pelo, las caderas, un «despacio», un «ahí».
Cada acierto me subía del pecho una gana de sonido que me tragaba contra su piel.
Cuando encontré el punto exacto con la lengua y no lo solté, se vino apretándome la cabeza con los muslos y mi nombre roto en la garganta, y la marca me quemó con algo que no era dolor. Era ella pasándome por dentro.
Subí besándole el vientre por encima de la camisa y me dejé caer de lado junto a ella, con la cara en su cuello. Liora me buscó entre la ropa, me abrió los pantalones con dedos impacientes y me tomó el sexo en la palma. Firme. Sin preguntar.
—Sí —conseguí decir, por si hacía falta.
Quise advertirle que no iba a durar. No salió nada útil.
—Ya lo sé —dijo, mirándome a la cara—. Llevas todo el día.
Todo el día encima: la risa en la cocina, la boca amarga de té. No duré. Cuando me vine me tapó la boca con la suya y se tragó el sonido, el bajo y ronco de la terraza, el que no había elegido.
Después se limpió la mano en la sábana sin ninguna ceremonia, se dio la vuelta y se encajó de lado contra mí, con la espalda en mi pecho. Le subí la colcha hasta el hombro.
—Aquí sí —dijo, ya con la voz a medio dormir.
Me reí bajito contra su pelo.
—Mañana no bajes a la sala de mapas —dijo.
Cuando su respiración por fin se alargó, me levanté despacio, crucé la puerta comunicante hasta el estudio y mandé recado a Galen: al día siguiente no bajaría. No le di motivo. Galen contestó con tres palabras: «A sus órdenes».