Capítulo 8 El hombre sin audiencia
Darian
La masa se me pegaba a los dedos como brea tibia.
Cada vez que la levantaba de la mesa, la mitad se quedaba en la madera y la otra mitad en mis nudillos.
La harina se me había metido en las grietas de la piel despellejada y escocía.
Liora me miraba desde un taburete junto al horno, con los codos en las rodillas y el tarro de membrillo cerrado a su lado.
—La estás estrangulando —dijo.
—La estoy amasando.
—La estrangulas. Empuja con la base de la mano, dóblala hacia ti y gírala un poco. No te ha hecho nada.
Empujé con la base de la mano. La masa se estiró, se rompió por el medio y me dejó un jirón colgando de la muñeca.
Liora se tapó la boca.
En aquella cocina mandaba ella. Lo supe en cuanto entramos: Nela le entregó a Liora el gancho del horno, a mí un delantal que no me llegaba a las rodillas, y se marchó con el muchacho de librea sin preguntarme nada.
La cocina de abajo era una bóveda baja de ladrillo ennegrecido, con un horno de leña encendido desde el mediodía y una ventana estrecha a ras del jardín por la que se veían las raíces de los sauces.
Tenía dos puertas. Las había mirado al entrar, por costumbre.
Nadie iba a cruzar ninguna. Los guardias se habían quedado en la cancela exterior y ningún escribano esperaba mi firma al otro lado.
Antes de bajar me había quitado el sello y lo había dejado en el cajón del estudio.
Liora me miró la mano desnuda cuando me até el delantal y no preguntó.
A mediodía, con los partes de los vados todavía extendidos en la sala de mapas, estuve a punto de mandar recado a la cocina grande para que alguien me enseñara a amasar antes de la tarde. No lo hice. Me pareció trampa.
Liora había amasado el primer rato, con las mangas subidas hasta el codo. Al tercer pliegue se llevó la mano al costado izquierdo y me pasó la masa sin decir nada. Yo la tomé sin preguntar.
—Otra vez —dijo ahora—. Más despacio.
Bajó del taburete y se puso a mi lado. Me cubrió el dorso de las manos con las suyas, más pequeñas y más frías, y empujó conmigo.
Base de la mano, doblar, girar. La uña rota seguía mellada y me raspaba un poco los nudillos.
Olía a harina y a lluvia. Su hombro me tocaba el brazo cada vez que se inclinaba sobre la mesa, y durante unos pliegues pensé más en ese hombro que en el pan.
—¿Ves? —dijo—. Ya no pelea.
—Porque la estás amasando tú.
—Porque has dejado de apretar.
Retiró las manos. Seguí solo. La masa empezó a ceder, lisa y tibia, y la bola salió redonda por primera vez. La levanté para enseñársela, demasiado deprisa; la harina que la cubría me saltó a la cara y me entró en la boca.
Liora soltó una carcajada. Yo también me reí, fuerte, con la boca llena de harina, una risa que chocó contra la bóveda y volvió de los ladrillos más grande de lo que había salido.
La oí volver. Me callé.
Liora dejó de reírse un momento después que yo.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Nada. —Dejé la bola en el cuenco—. ¿Ahora qué?
Me miró un poco más de la cuenta. Después echó un paño húmedo sobre el cuenco y lo arrimó al horno con el pie.
—Ahora esperamos. Una hora, más o menos. Mina decía que el pan no se mira mientras sube.
Nos sentamos en el banco de piedra adosado al horno, con la espalda contra el ladrillo caliente. Liora abrió el tarro y metió el dedo sin pedir permiso a nadie.
—¿Quién te enseñó? —pregunté.
—Mina. —Se chupó el dedo—. Hacía el pan de la cocina de madrugada. Yo bajaba cuando no podía dormir y me subía a un cajón para llegar a la mesa. Me dejaba amasar el que no iba a nadie importante.
—¿Y este?
Liora miró el cuenco tapado junto al horno.
—Este tampoco va a nadie importante —dijo—. Va a nosotros.
Nos quedamos un rato oyendo el fuego. El ladrillo me calentaba la espalda a través de la camisa.
—Esta mañana hablé con la cocina grande —dije—. No van a subir más vino especiado.
—¿Te lo has quitado de encima tú solo?
—Mandé que lo quitaran. Viene a ser lo mismo.
—No es lo mismo. —Volvió a meter el dedo en el tarro—. ¿Quién lo había pedido?
El fuego chascó dentro del horno. Me limpié la harina de la mano contra el delantal hasta que no quedó nada que limpiar.
—Mi padre.
Liora esperó, con el dedo quieto sobre el borde del tarro.
—Lo bebía aquí, en esta ala. Todas las noches, junto al fuego del estudio que ahora es mío. —Se me hacía raro oírmelo decir—. Cuando yo era pequeño me dejaba mojar el dedo, como tú con eso. Decía que olía a invierno.
—¿Y a qué huele?
—A clavo. A cáscara de naranja quemada. —Me encogí de hombros—. A él.
Liora giró el tarro entre las manos.
—Se reía muy fuerte —seguí—. Los perros ladraban en el patio cuando se reía. Yo me subía a sus rodillas para sentírselo aquí. —Me toqué el esternón—. Me acuerdo de eso antes que de lo otro.
No hacía falta decir qué era lo otro. Todo Asteria conocía la historia del emisario y de la torre baja. El Consejo me la había recitado tantas veces que podía repetirla con sus mismas palabras. Liora la habría oído de ellos también.
—Cuando me río así, lo oigo a él —dije—. Me pasa con todo lo que viene de golpe. Con la rabia, que es lo fácil de entender. Pero también con lo demás. Si algo me alegra mucho, me pongo a mirarlo desde fuera hasta que se me pasa. Así sé dónde estoy.
—Hace un momento —dijo Liora.
—Hace un momento.
Dejó el tarro en el banco, entre los dos.
—Te he visto furioso —dijo—. En el muelle, cuando Galen habló del Consejo, se te puso roja la cara.
Y lo que hiciste fue mandar a Odran que escribiera sus preguntas.
La noche que llegamos me contaste lo de la torre.
—Me miró de lado—. ¿Tu padre le decía a alguien lo que se le pasaba por la cabeza antes de hacerlo?
Pensé en él junto al fuego del estudio, en lo poco que hablaba cuando no se reía.
—No lo sé —dije.
—Yo tampoco. No lo conocí. —Se limpió el dedo en el paño—. A ti sí. Y lo único que ha pasado hace un momento es que te has comido media libra de harina.
Me reí otra vez, más bajo. Esta vez dejé que la risa terminara sola.
—En el Consejo nunca me preguntan por él —dije—. Me preguntan si voy a acabar igual.
—Yo te he preguntado por el vino.
Tenía harina en la mejilla. Se la quité con el pulgar y me dejó hacerlo.
Cuando la masa hubo crecido hasta levantar el paño, Liora me hizo volcarla en la mesa y darle forma. Me salió un bulto torcido, más alto por un lado que por el otro. Ella lo empujó con dos dedos hasta que pareció una hogaza y me puso un cuchillo pequeño en la mano.
—Un corte encima —dijo—. Para que respire. Mina les hace una cruz.
—¿Por qué una cruz?
—Porque es la suya. Así sabe cuál es su pan cuando hay otros en el horno.
Hice el primer corte demasiado hondo. El segundo salió torcido y cruzó al primero muy cerca del borde. Liora inclinó la cabeza para mirarlo.
—Esa es la tuya —dijo.
La metió en el horno con la pala antes de que pudiera arreglarla.
El pan salió del horno con la corteza agrietada por un costado y más oscura de lo que yo esperaba. Liora lo golpeó por debajo con los nudillos y se lo acercó al oído.
—Suena hueco —dijo—. Está hecho.
—¿Eso es bueno?
—Es pan.
Nela entró en ese momento con la cesta de leña de media tarde apoyada en la cadera. Se detuvo en la puerta, miró el delantal, me miró la cara y dejó la cesta junto al horno sin hacer ningún comentario. Después tomó el pan de manos de Liora, lo golpeó igual que ella y partió un extremo.
Masticó despacio. Liora y yo esperamos.
—Le falta sal —dijo Nela.
—Mina no le pone más —contestó Liora.
—Pues Mina se equivoca, señora. —Nela le devolvió la hogaza y se volvió hacia mí—. Y eso, mi señor, se friega con arena, no con las uñas.
Señaló el cuenco que yo había dejado en el barreño. Tenía la masa seca pegada al fondo como argamasa.
—Me toca fregar —le dije.
—Ya lo veo.
Sacó un puñado de arena de un cajón bajo la mesa, me lo puso en la palma y se quedó en la puerta con los brazos cruzados hasta que el fondo del cuenco quedó limpio.
La arena se me metía en las grietas de los nudillos, donde antes había estado la harina.
No me quejé delante de ella. Cuando Nela se marchó, Liora soltó la risa que había aguantado todo ese rato.
Comimos el pan caliente con membrillo, de pie junto a la mesa, sin platos. Me quemé la lengua con el primer bocado y seguí comiendo. Liora partió la punta y se la quedó. A mí me dio la otra.
—Mañana —dije.
Levantó la vista. Tenía la boca llena y esperó a tragar.
—¿Mañana qué?
—Otra tarde. Esta vez elijo yo el sitio.
—¿Ya sabes qué haremos?
—Sí —dije—. Es una sorpresa.
Esa noche, en la bandeja que subieron al estudio, había una jarra de agua donde durante años había estado el vino. La miré más rato del que merece una jarra de agua.
Liora ya estaba acostada cuando crucé la puerta entre las dos habitaciones. Apagué la palmatoria y me metí en la cama a su lado. El fuego de su chimenea se había quedado en brasas; Nela lo avivaría al amanecer.
No me dormí. Ella tampoco; su respiración no terminaba de alargarse.
—Liora.
—¿Mm?
Tenía la frase entera en la boca. Llevaba con ella desde la cocina. En la sala de mapas podía pedir un batallón sin pensarlo dos veces.
—Nada —dije.
Liora se dio la vuelta hacia mí. En la penumbra solo le veía el brillo de los ojos.
—Eso ya me lo has dicho hoy en la cocina —dijo—. Y era mentira.
Me quedé mirando el dosel.
—¿Me abrazas?
Lo dije demasiado bajo. Ella no me pidió que lo repitiera. Se acercó, me pasó el brazo por encima del pecho y me atrajo la cabeza hasta su hombro. Tenía los dedos metidos en mi pelo y apretaba.
La almohada olía a jabón. Sin lavanda.
—¿Tan difícil era? —murmuró.
—Sí.
Noté que sonreía contra mi frente. Seguía abrazándome cuando me quedé dormido.
Pasé la mañana siguiente en la sala de mapas.
Galen trajo los partes de los vados: nada nuevo en el sur.
Vael dejó sobre la mesa un pliego con las preguntas de Odran, escritas con su letra de siempre, apretada y recta.
Leí la primera línea, que hablaba de la lealtad de la casa Valen, y noté el calor subiéndome al cuello.
Lo dejé subir y bajar. Guardé el pliego en el cajón.
Galen esperaba junto a la puerta con el yelmo bajo el brazo.