Un vinculo grabado a medianoche (Cuentos de hadas de la manada 2) Parte II Aprender a estar juntos #2
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Parte II Aprender a estar juntos #2

Me reí tan fuerte que me dolió el costado y tuve que apretármelo con la mano. Darian puso cara de ofendido, pero no le duró.

Volví a mirar el bancal. Me picaban las manos por empezar: arrancar la maleza y recortar el romero hasta la madera viva.

Podía hacerlo en una tarde si no me doblaba demasiado.

Iven diría que no. Y debajo de las ganas estaba la cuenta de siempre, la de Valen: cuánto trabajo valía cada cosa que me daban.

—Lo quiero —dije.

—¿El bancal?

—El romero. En una maceta, en mi ventana. —Me sacudí la tierra de los dedos—. Y el bancal, cuando pueda agacharme sin que Iven me mire así. Pero no para que dé nada. Solo para que esté bonito.

Darian observó la mata gris y retorcida como si le costara aplicarle esa palabra.

—Haré que suban una maceta —dijo. Y antes de que yo abriera la boca—: La poda es tuya.

A la mañana siguiente, Darian bajó a la sala de mapas antes del desayuno. Me lo había dicho la noche anterior: Galen traía partes de los vados y Vael tenía una pila de pliegos que no podían esperar más. Volvería después del mediodía. Me besó la sien al salir y dejó abierta la puerta del estudio.

El té subió cargado, casi negro. Nela no dijo nada al dejarlo, pero había cambiado la porcelana por una taza de barro. Las sábanas limpias que traía al brazo olían solo a jabón.

Desayuné junto a la ventana.

Después no supe qué hacer.

Ordené los cojines del banco y luego volví a desordenarlos, porque antes estaban bien.

Abrí el arcón: la ropa estaba doblada mejor de lo que yo la habría doblado.

Fui hasta la puerta de servicio y me quedé con la mano en el pomo, pensando en la cocina de abajo, en Nela, en si alguien necesitaría que le pelaran algo.

Solté el pomo.

La maceta había llegado a primera hora. Alguien había trasplantado el romero sin partirle la raíz y había cubierto la tierra con musgo húmedo.

Estaba en el alféizar. Me senté en la silla de al lado con las piernas encogidas, como nunca me había sentado delante de nadie, y me puse a mirar los sauces.

Una bandada de estorninos cruzó el desfiladero.

Los martillos del flanco sur paraban y volvían a empezar.

El sol entraba de lado por el cristal y me calentaba las rodillas a través de la lana.

Me desperté con el cuello torcido y un hilo de saliva en la comisura.

Darian estaba sentado en el borde de la cama, todavía con las botas puestas, con un paquete envuelto en tela sobre las rodillas y una carta en la mano.

—Perdona, me... —empecé.

—Ya sé qué harías si nadie te esperara en ninguna parte —dijo Darian.

—¿Qué?

—Dormir en una silla con la boca abierta.

Le tiré un cojín. Lo atrapó con la mano libre, lo dejó a su lado y me tendió la carta.

—Vael la tenía guardada. Llegó de Valen mientras estábamos en el río. El paquete venía con ella. —Hizo una pausa—. De Mara, nada todavía.

Asentí. Reconocí la letra antes de romper el lacre. Oria hacía las aes muy abiertas, como si tuvieran que caberle más cosas dentro.

La leí para mí primero.

«Liora: aquí dicen que se te llevaron por el río. Lo trajo el carretero del molino, que lo oyó en el mercado, y dos días después lo confirmó el correo. No voy a escribir lo que pensé. Voy a escribirte como si ya estuvieras de vuelta, porque cuando leas esto vas a estar de vuelta,

y no acepto otra posibilidad».

Me detuve ahí. Volví a leer la última frase antes de seguir.

«La casa está bien. Barek dice que el tejado del desván aguanta otro invierno si le quitamos peso, así que estamos bajando los baúles viejos al cuarto de las cuentas. Hay más papeles que ropa; me va a llevar semanas. La yegua torda parió un potro negro con una estrella en la frente.

Barek quiere ponerle tu nombre. Le dije que primero te preguntaría».

—¿Qué pasa? —preguntó Darian.

—Barek quiere llamar Liora a un potro.

—¿Y vas a dejarlo?

—Todavía no lo sé. Espera.

Seguí, y esta vez lo leí en alto:

—«Mina no ha dejado de cocinar desde que llegó la noticia; llevamos días comiendo pan de más. Dice que te mande membrillo con esta carta, y que si el soberano piensa venir, avise con tiempo, porque no piensa guisar dos veces ni aguantar a nadie en su cocina metiendo los dedos en las ollas».

Darian bajó la vista hacia el paquete.

—¿Por qué iba yo a meter los dedos en sus ollas?

—Porque la que los metía era yo. —Me reí, y la risa se me atascó un poco en la garganta—. De niña. Me daba con el cucharón en los nudillos.

Terminé la carta en silencio. Al final, antes de la firma, Oria había escrito: «Tu cuarto está como lo dejaste. Nadie lo ha usado».

Doblé el papel por sus pliegues y me quedé con él en el regazo, el pulgar sobre el nombre de mi hermana.

Darian deshizo el nudo de la tela. Dentro había un tarro de barro sellado con cera y un paño de cocina a cuadros que yo conocía, zurcido en una esquina con hilo de otro color. Arranqué el sello con la uña sana. El olor del membrillo llenó el hueco entre los dos, espeso y dulce.

Lo probé con el dedo. Después le acerqué el tarro.

—Con el dedo —le dije—. Mina no está mirando.

Lo hizo. Masticó despacio, muy serio, y luego alargó la mano hacia el tarro otra vez.

—Mañana por la tarde —dije—. Cuando termines con Galen. ¿Tienes que estar en algún sitio?

—Puedo no estar.

—En la cocina de abajo. La de Nela. Voy a hacer el pan de Mina para comerlo con esto, y tú me vas a ayudar.

Darian dejó el tarro sobre la cama.

—No sé hacer pan.

—Ya lo sé.

—¿Y no es otra tarea? —preguntó—. Como lo de la chimenea.

Lo pensé. Afuera, los martillos habían parado.

—No, si la elijo yo —dije—. Y si fregar te toca a ti.

Esa noche, junto a la ventana, le contesté a Oria. Le dije que dormía mucho y que tenía un romero para mí sola. Que a Barek le diera las gracias, pero que el potro necesitaba un nombre de caballo. Y que le dijera a Mina que iríamos los dos, y que esta vez avisaríamos con tiempo.