Parte II Aprender a estar juntos
Capítulo 7 Una mañana sin permiso
Liora
Tenía las manos negras hasta las muñecas cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo.
La ceniza de la noche ya estaba amontonada junto al morillo y yo soplaba sobre las brasas con la mejilla casi pegada a la piedra, como en la cocina de Valen antes de que Maevra bajara y encontrara el fuego apagado.
Había sacado de la cesta tres astillas de manzano y las había cruzado encima.
Una prendió. El calor me subió a la cara y la punzada del costado izquierdo me avisó de que llevaba demasiado rato doblada.
Nadie me lo había pedido. Me desperté a oscuras, a la hora de siempre, con los pies buscando unas losas frías que no estaban junto a aquella cama, y el cuerpo hizo el resto.
Detrás de mí, Darian dormía boca abajo, con un brazo fuera del colchón y la venda del cuello torcida sobre la almohada.
La puerta de servicio se abrió con un roce de bisagras engrasadas.
Entró una mujer mayor con una cesta de leña apoyada en la cadera y un balde de latón en la otra mano. Tenía los hombros anchos y el pelo gris recogido bajo una cofia. Se detuvo a medio paso. Miró el fuego y luego a mí, arrodillada en camisón sobre la alfombra, con las manos tiznadas.
Me levanté tan deprisa que se me nubló la vista. Las manos se me fueron solas detrás de la espalda.
—Perdone —dije—. Se estaba apagando.
—Señora. —Dejó la cesta en el suelo sin quitarme los ojos de encima—. Eso me toca a mí.
—Lo sé. Lo siento. Si quiere, le llevo el balde de la ceniza...
—No, señora.
Lo dijo con tanta firmeza que cerré la boca. Se arrodilló donde yo había estado, añadió dos leños, movió la palanca del tiro con un giro corto de muñeca y el fuego empezó a sonar como un fuego de verdad. Luego pasó la ceniza al balde con una pala pequeña, sin levantar polvo.
—Me llamo Nela —dijo al incorporarse, con una mano apoyada en la rodilla—. Subo la leña de la cocina de abajo al amanecer y otra vez a media tarde. Si la señora tiene frío antes, basta con tirar del cordón.
Señaló una borla de seda que colgaba junto al dosel. Había dormido toda una noche a su lado sin preguntarme para qué servía.
—Gracias, Nela.
Hizo una inclinación breve, echó una mirada a la cama y salió con el balde. Sus pasos se alejaron por el pasillo de servicio, sin prisa.
—Treinta años. —Darian no había despegado la cara de la almohada—. Treinta años lleva encendiendo las chimeneas de esta ala. Nadie aquí se atreve a tocarle un leño.
—¿Estabas despierto?
—Desde que soplaste la primera vez. —Se dio la vuelta, con la sábana enredada en la cintura, y se apoyó en un codo. Tenía el pelo aplastado de un lado—. Creí que ibas a ver si seguía respirando. Luego te vi con el atizador.
Me miré las manos. La ceniza se me había metido en las rozaduras de los dedos y debajo de la uña rota.
—No sabía qué hacer con ellas —dije.
Darian no se rio. Me miró un momento y después apartó la sábana del lado vacío.
—Aquí no hay nada que hacer hasta que suban el desayuno.
—Tengo las manos sucias.
—Hay una jofaina detrás del biombo.
El agua estaba helada y la ceniza tardó en soltarse de los nudillos. Cuando volví, él estaba sentado contra el cabecero, esperándome. Me metí a su lado y le apoyé los pies fríos en la pantorrilla. Dio un respingo, pero no la apartó.
—¿Qué harías hoy —preguntó— si nadie te esperara en ninguna parte?
Abrí la boca para contestar y no me salió nada.
El desayuno subió a media mañana, con Nela y un muchacho flaco de librea gris que cargaba la bandeja con los codos pegados al cuerpo. Pan blanco, mantequilla en un cuenco de loza, huevos envueltos en un paño y una tetera de porcelana con flores azules. Lo dejaron sobre la mesa baja, frente al fuego.
Nela se marchó. El muchacho se quedó de pie a un paso de la mesa, con la tetera en la mano.
Me senté y Darian se sentó frente a mí. El chico sirvió mi taza, luego la de Darian, y volvió a su sitio con la espalda recta y la tetera contra el pecho.
No toqué el pan.
Conocía ese lugar exacto, a un paso de la silla y un poco detrás del hombro de quien come. Había pasado años allí viendo a Maevra partir la mantequilla, atenta a su taza para rellenarla antes de que tuviera que levantar la vista. Desde ahí se oye todo y no se come nada.
Darian miró mis manos, quietas junto al plato. Luego miró al muchacho. Esperé que le diera la orden de salir.
No la dio. Volvió a mirarme a mí.
—Deje la tetera en la mesa, por favor —le dije al chico—. Nos servimos nosotros.
El muchacho dudó y buscó a Darian con los ojos.
—Ya has oído a la señora —dijo Darian.
La tetera quedó sobre el mantel y la puerta se cerró. Solo entonces arranqué la punta de la hogaza, la parte más tostada.
—¿Siempre haces eso? —preguntó él.
—¿Qué?
—La punta. En el barco también te la quedaste.
—En Valen era lo que sobraba. —Unté mantequilla hasta el borde—. Mina me la guardaba porque decía que la gente fina la dejaba en el plato. Ahora me gusta más que el resto.
Darian partió la otra punta y me la dejó junto a la taza. Para él tomó un trozo del medio.
—Anoche no me dejaste llegar a la hogaza —dijo.
—Anoche ya habías comido bastante.
Probé el té. Era suave, casi dulce, con un perfume de flores que se quedaba pegado al paladar. Dejé la taza.
—No te gusta —dijo Darian.
—Me gusta fuerte. Que amargue un poco. —Levanté la tapa: las hojas apenas habían soltado color—. En las cocinas aprovechábamos las que bajaban de arriba. Para cuando llegaban a nosotros había que dejarlas mucho rato en el agua para que supieran a algo.
—Se lo diré a Nela.
—Se lo diré yo.
Me salió sin pensarlo. Darian se echó hacia atrás en la silla con media sonrisa y yo noté que se me calentaba la cara.
—Hay otra cosa —dije, antes de perder el valor—. La lavanda.
—¿La del baño?
—Y la de las sábanas, y la del arcón. —Me acerqué la muñeca a la nariz; todavía olía al agua de la tina—.
El romero me gusta. La lavanda no. Maevra perfumaba con lavanda los armarios de la ropa blanca, y yo planchaba esa ropa.
Ayer, al meterme en el agua, me encontré otra vez en el cuarto de plancha con las muñecas quemadas.
Darian se quedó con el pan en la mano, sin morderlo.
—Entonces te digo una cosa yo —dijo al fin, y apoyó los antebrazos en la mesa—. No soporto el vino especiado. Lo suben todas las noches desde hace años porque alguien lo pidió una vez y nadie cambió la orden. Me lo bebo para no discutir con la cocina.
—¿Quién lo pidió?
Tardó más de la cuenta en contestar.
—Hace mucho de eso. —Tomó un huevo y lo descascaró con el pulgar—. ¿Qué más no te gusta?
Lo dejé pasar.
—Ayer, en la rampa —dije—, me tomaste del codo.
Dejó el huevo a medio pelar.
—Estabas cansada.
—Lo estaba, y me apoyé en tu brazo porque quise. —Me limpié los dedos en la servilleta—. Pero el codo... Así me llevaba Maevra delante de las visitas. Dos dedos aquí. —Me toqué la cara interna del brazo—. Parecía que me ayudaba a caminar. En realidad me decía por dónde.
—No lo sabía —dijo Darian.
—Ya sé que no. Por eso te lo digo.
Se frotó la mandíbula con el dorso de la mano, pensándolo.
—¿Y lo del barco? La manta sobre los pies.
Me acordé del camarote, de Iven quitándome las botas mojadas y de la lana que Darian subió hasta taparme los dedos sin decir una palabra.
—Eso sí —dije—. Eso puedes hacerlo siempre.
Soltó una risa corta por la nariz. Después giró la tetera sobre el mantel hasta dejarme el asa a mano. Le puse la tapa y la dejé reposar.
Cuando terminamos me quedé mirando la mesa. Estaba donde la habían puesto los criados: de cara al fuego y de espaldas a la puerta.
—Quiero moverla —dije—. Junto a la ventana.
—¿Ahora?
—Ahora.
Yo tomé un extremo y Darian el otro. Lo levantó tan de golpe que el mío se me escurrió de los dedos y la bandeja entera resbaló hacia mí. Salvé la tetera. El cuenco de la mantequilla cayó boca abajo sobre la alfombra.
—Despacio —le dije.
—Eso ha sido despacio.
—Para un lobo, puede ser.
La colocamos en ángulo junto al ventanal, de modo que desde mi silla se veían a la vez el jardín de los sauces y la puerta. Me senté a probarla. Darian se quedó de pie con el cuenco vacío en la mano, mirando la mancha de grasa en la lana.
—Nela va a matarme —dijo.
—Se lo dirás tú.
Iven pasó después del mediodía. Me hizo respirar hondo tres veces con la oreja pegada a mi espalda, me apretó el costado izquierdo hasta arrancarme un respingo y dijo que podía caminar por el jardín si no cargaba nada y si me sentaba antes de cansarme, no después.
Luego se fijó en la mancha de la alfombra y después en Darian, y se fue cojeando sin preguntar nada.
Los jardines del ala oeste bajaban en terrazas hacia el desfiladero.
Había vuelto a llover por la mañana y las losas del sendero estaban oscuras y resbaladizas; los sauces soltaban agua fría cada vez que soplaba el viento.
Del flanco sur llegaba el golpe de los martillos sobre los andamios, amortiguado por la piedra.
Caminé despacio, con la casaca gris abrochada hasta el cuello. Darian iba a mi lado con las manos a la espalda y, cada vez que tenía que esperarme, fingía interesarse por un muro.
En la segunda terraza había un bancal olvidado contra la pared, cercado de ladrillo. La maleza se había comido la mitad. En una esquina crecía una mata de romero que nadie había podado en años: las ramas de abajo convertidas en madera gris y solo las puntas verdes.
Me agaché. La punzada me pinchó el costado y me senté en el borde de ladrillo antes de que Darian pudiera decir nada. No dijo nada. Se sentó a mi lado, sobre el ladrillo mojado, y el paño de sus pantalones se oscureció enseguida.
Partí una punta de romero y la froté entre los dedos. Olía a resina y a lluvia.
—Esto se está muriendo por abajo —dije—. Si lo cortas por aquí, a un palmo, rebrota. Hay que hacerlo pronto o no aguanta otro año.
—¿Cómo sabes eso?
—En Valen me mandaban a la huerta cuando Mina no me quería en la cocina. —Le tendí la ramita—. Huele.
Se la acercó a la nariz y frunció el ceño.
—¿Es lo del baño?
—Es romero.
—Para mí es la planta verde que ponen con el cordero.