Un vinculo grabado a medianoche (Cuentos de hadas de la manada 2) Capítulo 6 Quedarse #2
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Capítulo 6 Quedarse #2

Me volví hacia los cuatro infantes que habían entrado conmigo al secadero:

—La guardia, en la cancela exterior. Si viene alguien a ver a la señora Valen, se le pregunta a ella. Los procuradores no pasan.

Tomé a Liora por el codo con un gesto suave y la guié hacia la poterna que conducía a las dependencias privadas del ala oeste.

El ala oeste del alcázar era la parte más antigua y serena de la fortaleza.

Alejada del bullicio de los patios de armas y de las salas de audiencia, sus muros de sillería gruesa daban a los jardines colgantes de los sauces y al desfiladero profundo por donde el Siel abandonaba la meseta.

No había soldados en los corredores; solo criados ancianos de mi estirpe personal que se inclinaban en silencio al vernos pasar y faroles de cobre que iluminaban las bóvedas con una luz tibia y dorada.

Me detuve ante una puerta doble de roble tallado con la flor de montaña de los Valen. Antes de partir había pedido que colocaran aquel emblema en las habitaciones que preparaban para Liora.

Empujé el batiente y me aparté para dejarla pasar.

La estancia era amplia, luminosa y cálida.

Un fuego de leña de manzano crepitaba alegremente en una chimenea colosal de piedra blanca, llenando el aire con un aroma dulce y hogareño; sobre el suelo de losas pulidas descansaban gruesas alfombras de lana teñida de añil y verde musgo.

Al fondo, junto a los ventanales que daban al valle, se alzaba una cama grande con dosel de madera de cerezo y sábanas de lino blanco; a la derecha, una puerta de servicio daba acceso a un baño privado donde una tina de cobre despedía ya el vapor perfumado de sales de romero y lavanda.

Sobre una mesa baja descansaban bandejas con fruta fresca de los invernaderos, pan recién horneado, queso de la meseta y un jarro de vino especiado.

Liora se quedó parada en el centro de la estancia, mirando a su alrededor con una mezcla de desconcierto y alivio que no supo disimular.

—Estos aposentos... —empezó a decir, volviéndose hacia mí—. Darian, esto no son las habitaciones de huéspedes de la corte.

—Son tus estancias. Había ordenado prepararlas antes de la ceremonia —respondí desde el umbral—. Mientras estábamos en el río terminaron de arreglarlas. Están lejos de los salones del Consejo y dan a los jardines.

Me acerqué despacio a una puerta lateral que comunicaba con la galería contigua:

—Esa puerta da a mi estudio y a mis aposentos privados —le expliqué, señalando el batiente de roble—. Mira el cerrojo, Liora.

Ella se acercó y miró la jamba.

El cerrojo de hierro forjado estaba colocado en el interior de su cámara. El pasador solo podía ser accionado desde su lado; desde mi estancia, la puerta era una pared lisa sin tirador ni cerradura exterior.

—Desde aquí decides cuándo abrir —le dije—. Tienes baño propio, tu fuego y criados que responderán ante ti. Puedes quedarte en estas habitaciones mientras quieras estar en Asteria.

Liora se quedó inmóvil, mirando el cerrojo de hierro durante un largo minuto.

Pasó la mano por el hierro antes de mirarme. Tenía los dedos marcados por pequeñas rozaduras.

—En casa de Maevra había que escuchar si se acercaba por el corredor —dijo—. No servía de nada cerrar. Siempre tenía la llave.

—El cerrojo de esta puerta solo lo puedes echar tú.

Liora dio dos pasos hacia mí, acortando la distancia que nos separaba, y me tomó de las solapas de la túnica:

—No será necesario el seguro, Darian.

Mi corazón dio un vuelco sordo en el pecho:

—Liora—

—Solo quiero que sepas que mi puerta siempre estará abierta. Confío en ti —insistió con una firmeza serena que me desarmó—. Pero ahora mismo necesito quitarme el fango de este río de encima antes de que se me pegue a los huesos.

Dejé escapar una sonrisa llena de alivio y di un paso hacia atrás, inclinando la cabeza con respeto:

—El agua de romero te está esperando. Estaré al otro lado de esa puerta. Llama cuando estés lista.

Cerré el batiente despacio, dejándola en la intimidad tibia de su nuevo hogar.

La noche cayó sobre Asteria con un silencio denso y apacible.

La lluvia había cesado sobre los tejados del alcázar y un viento limpio del norte barría las nubes, dejando al descubierto una luna creciente que brillaba como una hoz de plata sobre los pinares del desfiladero.

A las ocho de la tarde, la puerta divisoria se abrió sin ruido.

Me levanté del sillón de mi estudio, donde intentaba en vano concentrarme en los informes de intendencia que Vael me había dejado sobre el escritorio.

Liora estaba en el umbral.

Llevaba un vestido de lana fina verde botella y el pelo suelto, todavía húmedo del baño. Al entrar dejó olor a romero y lavanda entre las dos habitaciones. La marca rosada seguía visible sobre su clavícula izquierda; la tela del escote no llegaba a rozarla.

—He pedido que suban la cena —dijo—. Tu plato de mediodía sigue intacto.

Miré hacia la bandeja que había apartado para extender los informes.

—El asado se enfrió.

—Por eso he pedido otro. Ven antes de que también se enfríe.

Cenamos junto al fuego de su chimenea, en una mesa baja iluminada por dos palmatorias de cera virgen.

No hubo criados sirviendo copas ni heraldos anunciando platos; solo una fuente de asado de cordero con hierbas silvestres, pan tierno de la meseta, manzanas asadas y vino tinto de las colinas bajas que bebimos en jarras de barro.

Comimos despacio. Liora se rio al recordar cómo Brand había intentado comer sin soltar el timón y me preguntó si todos los hombres de la Corona eran igual de tercos. Le pasé el pan sin contestar. Ella partió un trozo para mí y dejó la hogaza fuera de mi alcance.

Cuando terminamos la comida, Liora apartó su copa y se quedó mirando las ascuas que crepitaban en el hogar, con las manos apoyadas en el regazo.

Me acerqué a ella y me senté en el suelo de losas, apoyando la espalda contra el lateral del sillón, a escasa distancia de sus rodillas:

—Liora.

Ella bajó la vista hacia mí, con una ternura tranquila en los ojos:

—¿Sí?

Llevaba desde el muelle buscando cómo decirlo. Allí, sentado a sus pies, no encontré una forma mejor:

—Tuve miedo. Cuando estalló el fósforo y desapareciste... —Apoyé las manos sobre las rodillas—. Yo estaba a tu lado. Después no podía verte entre el humo. Seguí buscándote incluso cuando ya sabía que te habían llevado al río, pero te fallé.

Liora no respondió de inmediato.

Deslizó la mano por mi hombro hasta rozar el borde de la venda. Le cubrí los dedos con los míos un momento, antes de dejarlos ir.

—En el río me agarraba a tu pulso —dijo—. No sabía qué estabas haciendo. Intentaba imaginarte ocupado, buscando una forma de llegar, porque pensar que te habías quedado herido en el patio era peor.

Me volví hacia ella y apoyé mi frente contra su rodilla, cerrando los ojos mientras sus dedos me acariciaban el pelo con una suavidad infinita:

—Quise llevarte a la torre más alta —admití—. Todavía se me ocurre cuando pienso en que alguien vuelva a acercarse a ti.

Su mano dejó de moverse en mi pelo.

Levanté la cabeza y la miré a los ojos.

El fuego le calentaba un lado de la cara. Me quedé mirándola, con su mano quieta contra el cuello y el recuerdo de la puerta que acabábamos de dejar abierta.

—Hoy no quiero subir a ninguna torre. Quiero que me dejes quedarme aquí.

Liora se inclinó hacia mí.

Deslizó sus manos sobre mis muñecas, bajó la cabeza despacio y unió sus labios a los míos en un beso que no tuvo la prisa desesperada de la huida ni la quemadura febril del peligro.

Tenía los labios tibios, con sabor a manzana y vino. Le sostuve la nuca y ella me rozó la mandíbula con el pulgar. El beso duró hasta que tuve que apartarme para respirar; cuando abrí los ojos, seguía tan cerca que volví a buscarla.

Nos separamos despacio, con las frentes unidas y la respiración entrecortada.

—Quédate esta noche —me pidió en un susurro, mirándome a los ojos con una claridad luminosa que no admitía dudas—. No en tu estudio, ni en la cubierta con Brand. Quédate aquí, conmigo.

Me levanté despacio. La marca seguía tibia bajo la venda, pero no necesitaba pedirle nada más a su cuerpo aquella noche.

Ella retiró la colcha y me dejó sitio.

Me quité la casaca, la camisa y las botas, y me acosté a su lado. Liora buscó con los pies el hueco caliente de las sábanas antes de acomodarse contra mi pecho.

Liora apoyó la cabeza sobre mi pecho desnudo, suspirando con un deleite profundo mientras el calor del hogar y la paz de la noche la arrastraban hacia el descanso.

Acaricié su espalda con una lentitud infinita, sintiendo el pulso sereno de su sangre fundiéndose con el mío en la oscuridad de Asteria.

Del estudio llegó el crujido del fuego al asentarse la leña. Había papeles esperándome sobre la mesa, pero Liora ya dormía y yo tenía su mano abierta bajo la mía. Cerré los ojos.