Un vinculo grabado a medianoche (Cuentos de hadas de la manada 2) Capítulo 6 Quedarse
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Capítulo 6 Quedarse

Darian

El crujido acompasado de los remos contra el agua marcaba el paso de las horas en la penumbra del camarote.

Dentro de la cámara la humedad del río había sido derrotada por el calor seco del brasero de hierro y el aroma denso de las mantas de lana.

Abrí los ojos antes de que el sol despuntara sobre los desfiladeros.

Liora dormía con la mejilla sobre mi hombro derecho y un brazo cruzado sobre mi pecho. Su respiración era lenta, sin el esfuerzo que había hecho al subir a bordo. El pelo, todavía con olor a río, se me enredaba bajo la mandíbula cuando la nave cabeceaba.

En la base de mi cuello, la marca se encontraba en paz.

El pulso era tibio. Aún me escocía la piel bajo la venda, pero podía mover el cuello sin que el dolor me alcanzara las sienes.

Tenía un brazo entumecido y ganas de ir a preguntar a Brand cuánto habíamos avanzado. Permanecí quieto.

Liora había dormido con la mano cerrada sobre mi camisa. Cuando intenté apartarme un poco, sus dedos tiraron de la tela y volví a acomodar el hombro bajo su cabeza.

Junto al arcón estaban las botas mojadas, con barro en las costuras. Tendría que pedir que las secaran lejos del brasero para que el cuero no se endureciera. Por primera vez desde el ataque, pude pensar en una cosa tan pequeña sin tener que apartarla enseguida.

Un temblor suave recorrió el cuerpo de Liora.

Sus párpados se abrieron despacio. Los ojos grises, limpios de la turbidez del beleño, me miraron en la penumbra con una calma inmediata, sin sobresalto ni miedo.

—Darian —susurró, con la voz pastosa por el descanso.

—Sigo aquí —respondí en voz baja, levantando la mano izquierda para apartarle con un roce suave un mechón de pelo de la frente—. Sigue durmiendo si lo necesitas. Todavía faltan dos días de remo para ver las almenas de Asteria.

Liora no cerró los ojos.

Dejó que su frente descansara contra la curvatura de mi cuello, respirando hondo justo donde la venda de Iven cubría la marca:

—Hueles a humo de leña y a agua limpia —dijo, cerrando los dedos sobre la tela de mi casaca—. En esa bodega de salazón creí que me saldrían agallas de tanto respirar pescado rancio.

Dejé escapar una risa ahogada que me sacudió el pecho:

—La intendencia real tiene muchos defectos, pero el jabón de ceniza de cedro no escasea en la corte. Cuando lleguemos a Asteria, podrás sumergirte en una tina de agua caliente hasta que se te arruguen los dedos.

Liora sonrió levemente contra mi piel, pero el brillo de sus ojos se tornó serio al cabo de unos segundos:

—El agua caliente puede esperar. La guardia de Harek no.

El maestro Brand gobernaba el timón buscando los remansos de la orilla norte, donde las corrientes de retorno permitían a los remeros avanzar sin desgarrar los remos contra la fuerza del deshielo.

Las dos balandras navegaban a corta distancia, con los vigías en las crucetas escudriñando las crestas de caliza por si los arqueros rebeldes intentaban tender una emboscada desde los riscos.

Liora salió a la pequeña cubierta de popa vestida con la camisa de lino claro, la casaca de paño gris y las botas forradas de borrego que yo le había preparado.

Tenía el pelo recogido en una trenza limpia sujeta con una tira de cuero y la manta de lana sobre los hombros, pero la palidez de sus mejillas había retrocedido, reemplazada por el color vivo que el aire frío de la montaña devolvía a la piel.

Se apoyó en la regala de babor, mirando el curso del río que se curvaba hacia el este.

Iven Ardel subió desde la escotilla cojeando con su morral de cuero, seguido por un marinero que traía una jícara de té caliente.

—Señora Valen —dijo el médico, deteniéndose a dos pasos de ella con una reverencia que ya no tenía nada de protocolo cortesano—. El pulso de esta mañana ha mejorado notablemente. ¿Persiste la opresión en el pecho al respirar hondo?

Liora inspiró el aire húmedo del río, llenando los pulmones con una lentitud meticulosa antes de soltarlo despacio:

—El aire entra limpio, Iven. Solo queda una punzada seca en el lado izquierdo cuando me estiro, pero no arde como en el patio.

—Puede ser dolor muscular de la carrera —dijo Iven—. Avísenme si cambia o si le cuesta respirar. Los quelantes ayudan con los residuos que inhaló, pero la baliza de Soren sigue allí. No hay que confundir que se sienta mejor con haberla eliminado.

Miré a Iven con los ojos entrecerrados, sintiendo una punzada de frialdad en la boca del estómago:

—¿Puede volver a activarse?

—Otro catalizador marino puede activarla —respondió—. No podemos darla por inofensiva. En Asteria mantendremos las revisiones y el tratamiento suave; también necesita comer, dormir y recuperar fuerzas. El vínculo puede aliviarles el dolor de separación, pero no hará ese trabajo por su cuerpo.

—Mandaré revisar cuanto llegue de la costa —dije.

Liora me miró de reojo, con una sombra de reproche burlón en las comisuras de los labios:

—Incluye las cartas de tu tío —respondió Liora—. Odran no se alimenta de comida; se alimenta de decretos y chismorreos.

Iven disimuló una sonrisa y tomó del marinero la jícara de té.

—Les dejo un rato —dijo—. Voy a ver las ampollas de los remeros antes de que entremos en el paso de las esclusas.

El médico bajó hacia la cintura del barco con su paso rengo, dejándonos solos junto a la caña del timón.

Liora apoyó los codos en la madera de la regala, contemplando las riberas escarpadas que comenzaban a cerrarse sobre el cauce:

—Hay algo más en ese pergamino, Darian. La letra de la cláusula matrimonial era distinta de la del resto.

—Ayer me dijiste que no pudiste volver a leerlo. ¿Qué recuerdas?

—Doce balandras y derechos de pesca. Los sellos estaban rotos. —Se frotó la palma con un pulgar—. He visto documentos de Maevra que parecían decir una cosa hasta que encontraba el renglón que faltaba. No quiero fiarme de lo que Harek decidió ponerme delante.

—En ese pliego no estaba la firma de tu madre.

—No. Pero tampoco estaba su voz. Mara la vio partir, Harek dice que dejó una deuda... Todos hablan de ella como si yo tuviera que escoger a quién creer. Quiero saber qué dijo Elayne.

Apreté los puños sobre la madera, sintiendo la rabia de mi bestia latiendo en la garganta:

—Lo primero será impedir que usen ese papel para retenerte otra vez. Vael puede estudiar lo que recuerdas, mientras buscamos una copia que se pueda comprobar.

Liora sonrió con tristeza.

Le subí la lana hasta el hombro y ella se acercó lo suficiente para que su brazo quedara contra el mío.

Antes de alcanzar las esclusas redacté el despacho para Vael.

Liora me recordó el sitio donde trabajaba el jornalero y se quedó a mi lado mientras añadía el aviso sobre Mara.

Entregamos el pliego en el puesto de ribera para que lo llevaran a Asteria por tierra, más rápido de lo que nosotros podíamos remontar el cauce.

Dos días después, las dos balandras cruzaron el arco de la poterna del río y entraron en los muelles bajos de Asteria.

Las murallas colosales del Alcázar de Vhal se alzaban sobre nosotros como una montaña de piedra oscura y granito.

Desde el agua se podían ver todavía las huellas del asalto: cornisas calcinadas por el fósforo blanco, andamios de madera levantados a toda prisa sobre las almenas del flanco sur y estandartes rasgados que los soldados reemplazaban bajo la lluvia fina que caía sobre la capital.

Cuando atracamos junto a los peldaños de granito, veinte alabarderos formaron a ambos lados de la rampa.

El capitán Galen bajó los escalones de piedra a zancadas firmes, con la coraza de hierro bruñido reluciendo bajo el agua y la mano apoyada en la empuñadura de la espada:

—¡Mi señor! —exclamó el oficial, cuadrándose ante mí mientras yo saltaba a los adoquines—. Las aguas lo devuelven con victoria.

—Informe, Galen —ordené, tendiéndole la mano a Liora para ayudarla a descender a tierra firme.

La presencia de Liora sobre el muelle provocó un rumor contenido entre los alabarderos; los soldados abrieron los ojos con asombro al verla de pie, entera, vestida con el paño de la meseta y caminando con la cabeza alta sin muestras de quebranto.

Galen desvió la mirada hacia ella con un respeto inmediato antes de volver a mirarme:

—La fortaleza está asegurada. Sofocamos los últimos incendios la noche que partió; los desertores huyeron hacia las colinas del sur.

Hay dos cuadrillas buscando en los vados y no hemos tenido nuevas incursiones desde el río.

—Galen bajó la voz—. Vael recibió su despacho sobre el Juncal.

La orden de proteger el trabajo de los cortadores ya salió hacia las esclusas, con su sello.

Los puestos tienen aviso de que comuniquen cualquier noticia de la arquera. Todavía no ha llegado ninguna.

—¿Y el Consejo? —pregunté, subiendo la rampa con Liora a mi lado.

El rostro de Galen se endureció con una mueca de desagrado:

—Lord Odran y los procuradores llevan tres días atrincherados en la galería de los tapices.

Han convocado una sesión extraordinaria de emergencia para cuando pusiera el pie en el alcázar.

Exigen que la señora Valen sea conducida de inmediato a la sala de audiencias para ser interrogada sobre su parentesco con los asaltantes de la Marea Gris y sobre la brecha de seguridad de la poterna.

Dicen que el reino necesita comprobar si su lealtad sigue intacta.

Sentí cómo la sangre se me encendía en las sienes con una furia helada.

Liora tenía la barbilla alta, pero había aflojado el paso al subir la rampa. Dejé que se apoyara en mi brazo antes de responder.

—Galen —dije con una voz que cortó el aire húmedo del patio como un golpe de hacha—. Lleva este mensaje a la galería de los tapices.

El capitán se cuadró de inmediato:

—A sus órdenes, excelencia.

—La señora Valen ha vuelto de un secuestro. Hoy la verá su médico, no un tribunal. Odran puede entregar por escrito sus preguntas a Vael. Nadie del Consejo entrará al ala oeste sin convocatoria. Si intentan forzar el paso, los detienes.

Galen sonrió con un brillo feroz en la mirada:

—Será un auténtico placer transmitírselo, señor.

El capitán giró sobre sus talones y subió la escalinata hacia el palacio principal seguido por la mitad de la guardia.