Un vinculo grabado a medianoche (Cuentos de hadas de la manada 2) Capítulo 5 Volver a sus brazos #2
29%

Capítulo 5 Volver a sus brazos #2

una casaca de paño gris de corte amplio y un par de botas forradas de borrego del mismo número que yo solía calzar en los jardines de Asteria.

Me detuve en el umbral, mirando aquellas cosas sencillas bajo la luz dorada de un farol de aceite.

Toqué el lino doblado sobre el arcón. Tenía los dedos tan sucios que dejé una sombra de barro; los aparté enseguida y busqué un paño.

Darian se quedó a dos pasos de mí, observándome con una cautela respetuosa que no invadía mi espacio:

—Las subí desde Asteria antes de zarpar —dijo en voz baja, como si temiera que su presencia pudiera incomodarme—. Pensé que necesitarías ropa seca si el río te mojaba el vestido. Me quedaré en la cubierta con Brand mientras te cambias.

Me volví hacia él despacio.

El paño se me enganchó en una uña rota. Darian esperó mientras me limpiaba. No intentó quitarme la tela ni seguir preguntando por heridas que ni yo sabía que existían.

Miré la ropa seca y luego el hueco estrecho junto a la cama.

—No te vayas —le pedí, extendiendo la mano para rozar sus dedos—. Quédate.

Asintió, cerró la puerta para cortar la corriente y me pasó la manta. Se volvió hacia el arcón mientras yo dejaba caer el vestido mojado y me ponía la camisa limpia. Me envolví en la lana antes de sentarme.

La lana olía a hogar, a hierba seca y a calor limpio. Me senté en el borde de la litera, dejando escapar el aire en un suspiro prolongado que aflojó cada nudo de tensión en mis hombros.

La puerta se abrió un instante después e Iven Ardel entró cojeando con una jícara humeante en una mano y una caja de madera de boticario en la otra.

El médico traía una venda limpia sobre la ceja y el rostro cetrino por la falta de sueño, pero cuando me vio sentada al abrigo de la manta, sus facciones se relajaron en una sonrisa paternal y sincera:

—Señora Valen —dijo, acercando el taburete—. Déjeme verle las manos.

—Iven —respondí, agradeciendo el calor de la jícara que me puso entre las manos—. No pensé que Darian te arrastraría al río con la pierna herida.

—No me arrastró nadie —replicó, abriendo el estuche—. Me preocupaba lo que pudieran darle durante el traslado. ¿Le hicieron beber algo?

Me tomó la muñeca izquierda con dos dedos firmes, midiendo la cadencia de mi pulso mientras observaba el fondo de mis ojos bajo la luz del farol:

—El latido es regular, aunque acelerado por la fatiga. Las pupilas reaccionan bien a la luz; no hay parálisis residual en los músculos de la cara ni inflamación en las encías.

—No que yo recuerde. El manto que me echaron encima olía a narcótico —le expliqué—. Cuando desperté apenas podía sostenerme sobre las rodillas. Después pude comer y caminar, pero me quedó este temblor.

Iven me observó mientras intentaba dejar la jícara en el arcón.

—Entre el frío, el esfuerzo y la falta de sueño hay motivos suficientes. Lo que le administraron ha ido perdiendo efecto, pero eso no significa que su cuerpo se haya repuesto. Vamos a quitarle estas botas mojadas y a vigilar la respiración.

Me ayudó a sacármelas y las dejó sobre un paño, junto al arcón. Darian acercó la manta hasta cubrirme los pies.

Aparté un poco el cuello de la camisa limpia para que Iven pudiera examinar la marca.

—La piel está irritada —dijo—. ¿El dolor de aquí ha bajado desde que están juntos?

Asentí.

—Eso corresponde al lazo. El cansancio y lo que ha respirado son otra cosa. Ahora no tiene fiebre tóxica; volveré a verla cuando haya descansado.

Iven extrajo un frasco de ungüento verdoso y me aplicó una capa fina sobre la quemadura. El frío del bálsamo calmó el escozor externo con un alivio delicioso.

—Beba el caldo y mantenga los pies calientes —dijo, levantándose con una mueca de dolor en la rodilla—. Brand calcula tres días de regreso. Tendremos tiempo para examinarla de nuevo antes de llegar.

—Gracias, Iven —dijo Darian desde la sombra del mamparo.

El médico se detuvo en el umbral, miró a Darian con una seriedad cómplice y añadió antes de salir:

—Y descansa tú también. Apenas has dormido desde el ataque.

La puerta se cerró tras él, dejándonos de nuevo en la penumbra dorada del camarote.

Darian retiró del brasero el cazo de caldo que Iven había dejado caliente y llenó un cuenco.

Me lo entregó con las dos manos, sentándose a mi lado en la orilla de la litera.

Bebí despacio. El caldo estaba caliente, salado y denso, y a cada trago sentía cómo una corriente de energía limpia iba disipando el entumecimiento de mis articulaciones y el dolor sordo que me pesaba detrás de los ojos.

—Harek tenía un documento —dije de pronto, rompiendo el silencio que nos envolvía.

Darian me miró, con las cejas fruncidas por la atención:

—¿Qué documento?

—Una minuta de la casa Sarrat —respondí—. Harek dice que mi madre les debía un matrimonio y que ahora tengo que cumplirlo yo. Vi sellos, cláusulas sobre barcos y un espacio vacío donde debía firmar Elayne.

Sentí cómo el cuerpo de Darian se tensaba a mi lado, la rigidez del Alfa primal despertando en sus hombros con una frialdad peligrosa:

—Nadie va a obligarte a casarte con nadie, Liora. Ni en la costa, ni en Asteria, ni en ningún rincón de este reino.

—No te lo cuento para que vayas a buscarlos ahora. —Le apoyé la mano en la rodilla—. Harek guardó el pliego antes de que pudiera leerlo otra vez. No tengo una copia. No sé quién lo escribió ni si mi madre llegó a verlo alguna vez.

Darian bajó la vista hacia mi mano.

—Cuando estés descansada, lo pondremos por escrito para Vael. Lo que recuerdes.

—Hay un nombre que sí recuerdo: Mara. La arquera que disparó al cabo.

—El hombre del mimbre me habló de ella.

—Me dejó salir al muelle —dije—. No sé qué le hará Harek cuando lo descubra.

Darian miró hacia la puerta del camarote.

—Avisaré al prefecto de las esclusas. Si alguien de la ribera trae noticias suyas, quiero recibirlas.

No me prometió que estuviera a salvo. Agradecí que no lo hiciera.

Dejé el cuenco vacío sobre el arcón y me deslicé hacia atrás sobre la litera, apoyando la espalda contra el mamparo de madera.

El cansancio de aquellos días me vencía. Dejé que la cabeza descansara contra las tablas; el agua rozaba el casco al otro lado, mucho más cerca de lo que parecía desde cubierta.

Darian tiró de la manta de lana para cubrirme hasta la barbilla y amagó con ponerse en pie para regresar a la cubierta:

—Duerme —susurró, rozándome la frente con los nudillos—. Me quedaré afuera con Brand.

Estiré la mano por debajo del embozo y le sujeté la manga de la túnica con fuerza:

—No —le dije con la voz ya pastosa por el sueño, pero con una firmeza que no admitía réplica—. No te vayas a cubierta. La litera es ancha y tú apenas te tienes en pie.

Darian miró hacia la puerta y después hacia el espacio que yo le dejaba en la litera.

Se quitó el cinturón de la espada, las botas y la cota de malla. La dejó doblada en el suelo para que no golpeara el arcón con el balanceo.

Se tumbó a mi lado sobre las tablas, por encima de la manta, acomodando su cuerpo grande y pesado junto al mío sin invadirme, ofreciéndome su costado como un muro caliente contra el frío del río.

Pasé un brazo sobre su pecho acorazado por la lana, apoyando la mejilla contra su hombro.

Bajo la camisa, su corazón golpeaba contra mi mejilla. Me acomodé hasta que la clavícula dejó de rozar una costura y él movió el brazo para dejarme sitio.

La balandra remontaba las aguas del Siel hacia el este, cortando la niebla del amanecer con veinte remos leales que bogaban rumbo a casa.

Antes de dormirme, le busqué la mano bajo la manta. Sus dedos se cerraron alrededor de los míos.