Capítulo 5 Volver a sus brazos
Liora
El susurro atravesó la madera podrida como una aguja de plata viva.
—Liora.
Reconocí su voz antes de encontrar aire para responder. Llegaba baja y áspera por la rendija, a la altura de mi cara.
La marca en mi clavícula izquierda dio un salto. Había pasado tres noches despertando con aquella quemadura; por un instante temí que el sonido fuera otro de mis sueños en la bodega. Apoyé la mano en la madera.
Mi loba se agitó con la urgencia de salir.
Estaba allí.
Por la holgura entraba su aroma: cedro oscuro, hierro frío y humo de enebro, mezclado con barro de ribera.
Dejé que mi frente tocara la puerta un segundo.
—Te oigo —susurré.
No alcancé a decir más.
El último golpe de la campana se apagó bajo unas pisadas apresuradas. Oí el choque de una vaina contra la puerta delantera y la voz de Harek retumbó dentro del aserradero:
—¡Abran ese secadero! ¡La marea está en la cresta! ¡Traigan a la muchacha antes de que los prácticos pierdan la canal!
El sonido de una tranca de roble siendo levantada al otro lado de la nave principal me heló la nuca.
Venía por mí. Si alcanzaba la compuerta mientras yo seguía junto a la rendija, me encerraría entre Darian y su escolta.
No había tiempo para tanteos ni para susurros de alivio.
Apoyé las dos palmas contra el batiente de la compuerta baja de servicio, clavé las suelas de mis botas en la tierra apisonada del suelo y empujé con todo el peso de mi cuerpo hacia afuera.
El pasador de hierro oxidado, desquiciado por el trozo de alambre que yo misma había forzado en la oscuridad, no ofreció resistencia.
La madera carcomida de la armella estalló con un chasquido seco y la puerta se abrió de par en par hacia el aire helado del amanecer.
La niebla me envolvió la cara como una sábana húmeda.
Y frente a mí, recortado contra la penumbra grisácea del camino de sirga, apareció Darian Corven.
Llevaba la túnica negra cubierta de barro y la capa recogida sobre el hombro izquierdo para que no se le enredara en los juncos.
Sostenía la espada en la derecha. Tenía una venda en la base del cuello, barba de varios días y los nudillos despellejados.
Sus ojos ámbar bajaron a mis manos y volvieron a buscarme la cara.
Dio un paso hacia el umbral, con la mano izquierda extendida hacia mí, los dedos abiertos y temblorosos por la urgencia de tocarme.
—Liora—
—¡Por aquí! —le dije, agarrándolo de la muñeca izquierda—. ¡Harek viene por el frente! ¡No entren en la nave!
Detrás de nosotros, en el interior del secadero, la puerta principal se abrió de golpe con un estruendo brutal.
—¡¿Qué demonios...?! —rugió Harek desde el otro extremo—. ¡La compuerta! ¡Están en la sirga! ¡Mátenlos!
Cuatro infantes de Vhal con rodelas de bronce y cotas de cuero negro se cerraron en abanico alrededor de nosotros dos, cubriendo el sendero estrecho con los escudos trabados borde con borde.
Darian me apretó la mano y miró el sendero.
—¡Columna hacia el canal! —ordenó Darian—. ¡Escudos altos!
Salimos al sendero de sirga a la carrera.
El aire se llenó del zumbido seco de dos virotes de ballesta que se clavaron con un crujido sordo en el barro a escasas pulgadas de mis pies.
Al volver la vista por encima del hombro vi a Harek salir por la compuerta rota del secadero.
El veterano traía la rodela abollada en el brazo izquierdo y una espada corta de abordaje en la diestra, con la cicatriz de su ojo tuerto amoratada por la furia.
A su espalda salían tres marineros de la costa armados con hachuelas de mano y dos ballesteros que recargaban apresuradamente las nueces de sus armas.
—¡Deténganla! —bramaba el comandante, con la saliva salpicándole las barbas de plata—. ¡Esa mujer no sale de estas aguas!
En la pasarela superior del aserradero, sobre la gran rueda hidráulica parada, apareció la figura enjuta de Mara.
Llevaba el arco de fresno tensado al pecho y una flecha con punta de caza apuntando directamente hacia el sendero donde nosotros corríamos.
Nuestras miradas se cruzaron a través de la niebla.
Recordé lo que me había dicho el día anterior: «Tampoco voy a ponerte zancadillas si encuentras una rendija propia».
Mara desvió el arco una fracción de pulgada hacia el muelle y soltó la cuerda.
La flecha pasó por encima de nuestras cabezas y cortó el cabo fino que mantenía el queche separado de los pilotes. La proa derivó y chocó contra el embarcadero; los hombres que preparaban otra pasarela tuvieron que sujetarla para que no cayera al agua.
—¡Comandante! —gritó Mara—. ¡Hay otra nave de Vhal en la canal! ¡Nos cierran la salida!
Harek se detuvo en seco en medio del sendero, vacilando entre perseguirnos a nosotros por el lodazal o salvar las dos naves que contenían el botín y la tripulación de su linaje.
En lo que tardó en volverse hacia los barcos, ganamos el último trecho de sirga.
Darian me ayudó a saltar una zanja y me sostuvo por la cintura hasta que puse los pies en la tabla tendida desde la balandra. La pasé agarrada a su mano. Uno de los soldados de cubierta me sujetó el brazo al llegar a la borda.
—¡Arriba los remos de estribor! —gritó Brand—. ¡Pértigas a proa! ¡Saquen la nave!
Caí de rodillas sobre las mantas de la cubierta, con los pulmones ardiéndome por la carrera y los dedos cubiertos del limo pegajoso de la marisma.
Darian subió detrás de mí. Los cuatro infantes llegaron a la tabla sin bajar los escudos; el último la recogió apenas saltó a bordo.
Un virote golpeó la rodela que Darian había alzado de la cubierta. El impacto le torció el brazo. Soltó el escudo junto al mamparo, envainó la espada y se volvió hacia los remeros.
Dos infantes de Vhal empujaron la nave con largas pértigas de fresno apoyadas contra las raíces de los sauces. La balandra de fondo cobreado se deslizó hacia atrás con un crujido suave de limo cediendo bajo la quilla, salió del canal ciego y entró de golpe en la corriente abierta del río Siel.
A cien varas de distancia, en la boca que comunicaba la dársena con la canal profunda, la segunda balandra de la Corona cumplió su cometido con una eficacia despiadada.
Cuatro flechas incendiarias surcaron la niebla del alba trazando arcos de fuego amarillo sobre el agua y se clavaron en la vela mayor del primer queche de Harek.
La lona alquitranada prendió en una llamarada súbita que iluminó las marismas con un resplandor cobrizo y ahumado; los gritos de los marineros rebeldes tratando de apagar el fuego con cubos de salmuera resonaron por toda la cuenca del delta.
El primer queche había soltado amarras para seguirnos. Al perder el gobierno de la vela, atravesó la canal. El segundo quedó detrás, sin espacio para adelantarlo. En el muelle, los hombres de Harek corrían con cabos y cubos; ninguno alcanzó la orilla donde acabábamos de embarcar.
—¡Veinte remos al agua! —gritó Brand—. ¡Fuerza, muchachos! ¡Hacia Asteria!
Los remeros de Vhal clavaron las palas en la corriente marrón del río con un movimiento sincronizado, rítmico y colosal.
La balandra cabeceó sobre una ola de fondo, hendió la superficie espumosa y comenzó a ganar velocidad, alejándose de los pilotes carcomidos del Muelle del Juncal.
Me puse en pie despacio, aferrándome a la barandilla de madera para no perder el equilibrio.
Entre los jirones de niebla vi a Harek en el extremo del muelle, con la espada baja. Mara seguía sobre la pasarela del aserradero. No levanté la mano para despedirme; había hombres junto a ella que podían verlo.
El humo de la vela incendiada se fue quedando atrás. La segunda balandra recogió a sus arqueros de la borda y viró para seguirnos río arriba.
Estaba libre.
El cautiverio había terminado.
Un temblor súbito e incontrolable me sacudió los hombros desde la nuca hasta los talones.
Todavía llevaba el vestido empapado. Me agarré a la regala para detener el temblor, pero me castañeteaban los dientes y las palmas resbalaban sobre la madera.
Las piernas me flaquearon bajo el peso de mi propio cuerpo.
Darian me sostuvo antes de que volviera a caer de rodillas.
—Liora —dijo.
Le costó pronunciar mi nombre. Dejé la barandilla y me volví entre sus brazos.
Tenía hollín en la frente y una marca roja donde el borde del guante le apretaba la muñeca.
La venda de su cuello se había manchado de hierbas.
Al acercarme, el dolor del lazo empezó a ceder; seguían ardiéndome los pulmones y temblándome las piernas, pero pude respirar sin que cada latido me hiriera la clavícula.
Le apoyé las manos sucias contra las mejillas.
Después hundí la cara en el hueco de su cuello. Había buscado aquel olor entre la salmuera y el cáñamo de la bodega, aun sabiendo que no podía estar allí.
Darian cerró los brazos alrededor de mi espalda. Durante unos segundos solo oí su respiración junto al pelo y el agua golpeando la borda. Le agarré la casaca cuando amagó con separarse para mirarme.
—Déjame verte —murmuró.
—En un momento —respondí contra su cuello—. Ahora no me sueltes.
Me sostuvo hasta que pude aflojar los dedos. Cuando levanté la cabeza, sus ojos seguían fijos en mí.
—Vamos a casa —dijo.
—Quiero volver contigo, Darian. —Tenía la boca tan fría que tuve que repetirlo—. Contigo.
Una sonrisa débil y cansada me asomó a los labios:
—El oeste solo tiene barro y barcos viejos —susurré, dejando que mi frente descansara contra la suya un segundo.
Darian dejó escapar una risa breve, ronca y cargada de un alivio tan inmenso que por primera vez en cuatro días pareció tener veintiséis años y no el peso de una corona sobre las espaldas.
—Ven —dijo, rodeándome los hombros con el brazo y guiándome hacia la escotilla de popa—. Iven está esperando abajo. Tienes los labios azules de frío y no pienso permitir que la humedad del Siel deshaga lo que tanto nos costó salvar.
La cámara de popa de la balandra era estrecha y olía a madera encerada, a tomillo seco y al calor reconfortante de un brasero de hierro colado que chisporroteaba en un rincón.
Sobre la litera de tablas clavadas al mamparo descansaba una pila de mantas de lana gruesa de la meseta, limpias y secas; sobre el arcón de castaño había una muda de ropa de lino claro,