Capítulo 4 La orilla posible #2
—Quelantes para los residuos del catalizador, tónico si tiene dificultades para respirar y vendas —respondió—. Las mantas están secas. Tendré caldo caliente cuando entre. Lo demás lo sabré después de verla.
—Bien —dije, volviéndome hacia el patrón mayor—. Brand, escúchame.
—A sus órdenes, excelencia.
—En cuanto Liora esté a bordo, remontamos hacia Asteria —le dije a Brand—. Sin perseguir a nadie ni ocupar el aserradero. Si los queches intentan cortarnos el paso, la otra balandra nos cubrirá.
—¿Y si la muchacha está herida y no puede correr por el camino de sirga? —preguntó Brand con la franqueza brutal de los hombres de río.
La pregunta me golpeó en el pecho, pero no me hizo vacilar.
Miré el tramo de orilla entre la nave y el cobertizo. Había raíces donde un hombre cargado podía tropezar.
—La llevaré en brazos. Cuatro infantes vendrán conmigo; los otros seis se quedan a cubrir la cubierta. Brand, lleva la proa a la orilla del canal ciego, a veinte varas de la compuerta. Si oyes el silbato, prepara la retirada.
—Así se hará, señor —asintió el viejo marinero, ajustándose el cinturón de cuero sobre la panza.
Me acerqué a los cuatro infantes que aguardaban junto a la borda.
Llevaban sayos de cuero, rodelas y botas forradas de fieltro. Uno ajustaba la correa del escudo para que no le chocara contra la rodilla al agacharse.
—Nada de antorchas. Fila cerrada hasta la compuerta —les dije—. Si hay centinelas, los reducimos sin gritos. Y si la puerta cede desde dentro, esperen a ver quién sale.
Pensé en los dedos de Liora examinando un cierre. El jornalero había dicho que se había fijado en aquella puerta.
—Puede ser ella.
Los cuatro comprobaron sus armas antes de acercarse a la borda.
Descendí al fango de la orilla sur a las cuatro de la madrugada.
La noche estaba en su momento más oscuro y gélido, esa hora muerta que precede al amanecer en la que el aire parece congelarse sobre las aguas y el cansancio vence a los centinelas más alertas.
La niebla se había espesado hasta convertirse en un muro de lana gris que amortiguaba los sonidos de la marisma.
Solo se escuchaba el murmullo continuo del agua deslizándose entre los pilares de roble y, muy a lo lejos, en la dársena exterior, el golpeteo rítmico de un martillo remachando un pasador en la arboladura del queche grande.
Nos deslizamos entre los sauces llorones como sombras nacidas del mismo limo.
La sirga era una franja de tierra apisonada y raíces que bordeaba el canal. Caminé con una mano extendida, apartando las ramas para que no golpearan los escudos detrás de mí.
A cincuenta varas por la proa, la mole oscura del aserradero emergió de la niebla.
Era una construcción colosal y ruinosa: muros de tablas descoloridas por el sol y la lluvia, un voladizo inmenso sostenido por vigas de pino carcomidas y una gran rueda hidráulica que colgaba inmóvil sobre el canal muerto, cubierta de lianas secas y líquenes plateados.
Detrás de la nave principal, medio oculta bajo las ramas caídas de un fresno centenario, se alzaba la estructura alargada del secadero de madera.
Nos agazapamos entre los juncos a veinte pasos de la fachada sur.
Observé el terreno con los ojos entrecerrados, permitiendo que mi visión de lobo leyera las sombras en la penumbra.
En el extremo opuesto del edificio, hacia el muelle principal, el resplandor anaranjado de una hoguera de leña verde recortaba la silueta de dos hombres sentados sobre barriles de brea.
Llevaban capotes grises y sostenían las ballestas apoyadas en los muslos, con las cabezas inclinadas hacia el pecho, cabeceando por el sueño y el relente.
No había nadie en la pasarela lateral.
El silencio en el secadero era absoluto.
Me arrastré dos varas más adelante, hasta quedar pegado al zócalo de tablas del edificio.
La madera olía a serrín viejo, a resina reseca y a polvo de carpintería. Pero pegado a ese olor rancio, filtrándose entre las rendijas de los listones con una pureza que me golpeó en el centro del pecho como un puño de fuego, estaba su aroma.
Me detuve a respirar aquel rastro. Después de cuatro días de humo y agua estancada, tuve que obligarme a no decir su nombre todavía.
Oí una respiración al otro lado de la pared.
Apoyé la palma abierta contra los maderos húmedos.
A través de las tablas llegó un roce apenas perceptible. Dejé la palma apoyada para comprobar si se repetía.
Llevé los dedos al cuello y toqué la venda fría de Iven.
El lazo dio un latido más fuerte. Esperé, sin saber si ella habría oído nuestros pasos.
Algo rozó la madera por dentro.
Retiré la mano de la venda y volví a apoyarla contra las tablas.
Me deslicé hacia el rincón del cobertizo donde se abría la compuerta baja de pescadores.
Era una puerta de tablas toscas, encajada entre dos jambas de abeto podrido, que daba acceso al sendero de sirga. Me arrodillé en el fango y examiné la rendija entre la hoja y el marco.
El pasador de hierro tosco estaba corrido hacia atrás media pulgada.
La cabeza de un alambre fino sobresalía de la armella, sujetando el cerrojo en un equilibrio precario que apenas sostenía el batiente cerrado.
Me quedé un instante con los dedos sobre el hierro torcido.
Había dejado el cierre a punto de ceder. Miré atrás y señalé el umbral para que los infantes se apartaran de la hoja.
Me puse en pie despacio, apoyando el hombro contra la jamba exterior.
Los cuatro tomaron posiciones a ambos lados, con los escudos listos para cubrir la retirada.
En el muelle sonó una campana: cuatro golpes espaciados.
Brand nos había advertido del relevo de las cinco. Los dos centinelas se levantaron junto a la hoguera.
El agua borboteaba contra los pilotes al subir la marea. Desde el queche grande empezaron a llamar a los hombres que quedaban en tierra.
Era la hora.
Acerqué la boca a la rendija y susurré:
—Liora.
El roce del otro lado se detuvo. Me llegó una inhalación corta, tan cerca que apoyé la mano contra el marco para no buscarla a través de las tablas.
Detrás del secadero sonaron pasos. Apreté la espada en la mano derecha y retrocedí para dejarle espacio a la puerta.