Un vinculo grabado a medianoche (Cuentos de hadas de la manada 2) Capítulo 4 La orilla posible
20%

Capítulo 4 La orilla posible

Darian

El río Siel se tragó el eco de las piedras altas cuando entramos en el delta bajo.

Por la madrugada, los acantilados de caliza que habían encajonado el cauce durante leguas quedaron atrás, y el agua se abrió en un plano negro y silencioso donde la corriente perdió su furia para convertirse en una marea espesa.

La niebla fluvial no descendía del cielo: brotaba del fondo cenagoso, arrastrándose sobre la superficie en jirones blancos que se enredaban en los cabos de cáñamo y apagaban el resplandor de los fanales de proa hasta reducirlos a un halo turbio de sebo húmedo.

Olía a fango podrido, a hojas de sauce fermentadas por las heladas y a esa acidez metálica que el agua salobre deja en la lengua cuando empieza a mezclarse con las corrientes del mar.

Me mantuve de pie sobre la roda de la balandra capitana, con una mano apoyada en el pescante del ancla y el cuerpo inclinado hacia delante. El aire helado me calaba la túnica de paño y la cota de malla, pero yo apenas sentía el frío en las manos.

Toda mi atención estaba fija en la base del cuello.

La marca latía contra mi carótida. Había aprendido a soportar las punzadas durante el viaje, pero seguía llevando la mano hacia ella cada vez que el pulso cambiaba. Aparté los dedos. Liora vivía; para encontrarla necesitaba ver algo más que niebla.

La bestia empujaba contra mis músculos al percibir el olor de una hoguera en la orilla. Quería desembarcar y buscar su rastro entre las chozas.

Me afirmé en la borda.

Si alertábamos a los centinelas antes de saber dónde estaba, podían llevársela en cualquiera de los queches. Esperé a que Brand terminara de tomar sonda.

La balandra cabeceó cuando el fondo de fresno rozó una restinga de grava fina.

A popa, Brand manejaba la caña del timón mientras su ayudante hundía una pértiga en el agua. El muchacho le mostró la marca húmeda en la madera.

—Tres brazas y media, excelencia —susurró Brand—. Si nos acercamos más a babor, encallaremos. La canal de servicio entra por ese corte de juncos.

Me volví hacia él con pasos mudos sobre las tablas enjabonadas por la humedad:

—¿Tienen vigías en la entrada del corte?

—Tendrán hombres en los queches, pero la entrada es demasiado somera para esas naves cargadas —respondió Brand—. Apagando los fanales y con los remos recogidos al pasar las cañas, podemos llevar la capitana por el canal de servicio. La otra deberá quedarse en agua abierta.

Miré hacia la segunda balandra, que nos seguía a una eslora. Sus diez arqueros llevaban las armas enfundadas para protegerlas de la humedad. Los remeros habían forrado los toletes con arpillera, igual que los nuestros.

—Que fondeen al abrigo del sauce grande —ordené—. Cuando nos vean salir, cubrirán la retirada. Si un queche intenta seguirnos, fuego a sus velas.

Brand repitió la orden a un marinero. Este la pasó de boca en boca hasta la popa, desde donde pudieron avisar a la nave que nos seguía.

Me agaché junto a la regala y desenvainé cuatro pulgadas de la espada corta que llevaba al cinto. El acero estaba frío, pero la hoja corría suave en la vaina aceitada.

Estábamos a menos de media legua del Muelle del Juncal.

El silencio de la marisma se rompió con un crujido leve a diez varas de nuestra proa.

Una pértiga golpeó el fondo de barro. Después llegó el roce de un casco pequeño entre las cañas.

En una fracción de segundo, tres infantes de Vhal levantaron las ballestas cortas hacia la niebla, apuntando a ras del agua.

—¡Alto! —susurré, levantando el brazo para congelar las cuerdas tensadas.

El aire traía olor a pescado seco, ropa mojada y mimbre pelado. Entre la niebla apareció el extremo de una pértiga; no llevaba el brillo del hierro ni la pluma de una flecha.

Una pequeña chalana de fondo plano, apenas más larga que un ataúd de madera tosca, emergió despacio de una cortina de cañas altas. En ella iba un solo hombre, encorvado sobre una pértiga larga, con un capote de arpillera gris cubriéndole los hombros y un gorro de lana calado hasta las cejas.

Al ver la proa afilada de nuestra balandra y los filos de bronce de los cascos que se asomaban sobre la borda, el anciano se quedó inmóvil como una estaca clavada en el lodo.

Abrió la boca para gritar, con los ojos desorbitados por el espanto de quien se topa de bruces con una aparición de guerra en medio de la noche.

Antes de que pudiera soltar un alarido, salté desde la roda.

Caí en la franja de fango junto a los sauces. Alcancé la chalana en dos pasos, sostuve su borda con la izquierda y levanté la mano derecha para que el hombre no gritara.

—Silencio —le advertí—. Nadie va a disparar si bajas esa pértiga.

El viejo seguía temblando. Detrás de mí crujió una ballesta y levanté dos dedos hacia el soldado hasta que bajó el arma.

Aflojé la mano sobre la borda:

—¿Quién eres?

El hombre tragó saliva con un esfuerzo visible, mirando de reojo las figuras armadas que custodiaban la balandra detrás de mí y la capa oscura ribeteada con el cordón dorado de la casa Corven que cubría mis hombros:

—Soy... soy jornalero del mimbre, señor —balbuceó con voz temblorosa, apenas un susurro que el rumor del agua casi tapaba—. Corto caña y ato fardos para los almacenes bajos del aserradero. No llevo armas, por la memoria de las aguas. No llevo nada de valor.

—Busco a los hombres de capa gris que han llegado al Juncal —respondí.

El jornalero abrió los ojos aún más, parpadeando con una mezcla de pavor y asombro repentino:

—Usted... usted es el señor de Vhal. El rey de la meseta.

Me mantuve inmóvil, observando cada arruga de su rostro curtido:

—¿Cómo sabes quién soy?

El viejo dejó caer la pértiga sobre el fondo de la chalana con un golpe hueco y se llevó las manos huesudas al pecho, como si temiera que su propio corazón fuera a delatarlo:

—La señora me lo dijo. La señora del cabello como la noche.

Me agaché hasta quedar a su altura:

—Háblame de ella.

El anciano miró hacia la oscuridad del cañizal antes de atreverse a continuar:

—Ayer por la tarde estaba en la dársena —dijo—. Harek nos hacía descargar grano para los dos queches. La muchacha iba con una arquera. Se me acercó mientras yo ataba mimbre, fingiendo que se le caía un saco.

El jornalero respiró hondo, sacudiendo la cabeza con un respeto que no tenía nada de fingido:

—Me dijo que era Liora Valen y que la habían secuestrado en Vhal. Que usted vendría a buscarla y podía estar aquí antes del alba. Nos pidió que nos apartáramos hacia los cañizales.

Miré las manos vacías del viejo. Liora había arriesgado aquella conversación para apartarlas del combate.

«Liora».

—¿Qué más te dijo? —pregunté, inclinándome hacia él.

—Eso hemos hecho. Mi gente está en las chozas de la laguna desde que anocheció. En el aserradero solo quedan los marineros. Harek mandó las otras dos barcazas al brazo sur después de descargarlas; vi cómo se alejaban con sus remeros. Los soldados se quedaron con los queches.

Quedaban dos barcos cargados, una escolta concentrada en el muelle y una puerta de servicio que todavía no había visto. Al menos los trabajadores estaban fuera.

Saqué la bolsa que llevaba en el cinturón y se la puse en la palma.

—Esto es para tu gente. Cuando vuelva a Asteria, daré orden al prefecto de las esclusas de que puedan cortar mimbre sin que se lo requisen en nombre de mi casa. Pregunta allí por un despacho de Vael para los trabajadores del Juncal.

—El prefecto tiene escribanos que leen las órdenes como les conviene —murmuró el viejo.

—Por eso llevará mi sello.

El jornalero guardó la plata bajo el capote.

—La tienen en el secadero del fondo —continuó—. La puerta grande está trancada por fuera, pero detrás hay una compuerta de pescadores. Sale al camino de sirga. La vi mirar ese cierre antes de que la encerraran. Desde la orilla sur pueden llegar sin pisar el muelle.

—¿Cuántos hombres vigilan el secadero?

—Dos con ballesta, junto a la hoguera del frente. Mara, la arquera, le lleva las mantas. Harek está con los demás en el queche grande. Terminan de cargar para salir con la pleamar.

—Vuelve con tu gente —le dije, soltando la borda—. Si empieza la lucha, no salgan de las chozas hasta que termine. Ni por las naves ni por el mimbre.

El hombre empuñó la pértiga y su silueta se desvaneció en la niebla como si nunca hubiera existido.

Volví a la balandra de un salto.

Brand me esperaba junto al estribor, con la pértiga en la mano y los ojos brillantes de tensión contenida:

—¿Ha hablado, señor?

—Ha hablado —respondí, sintiendo cómo el plan de ataque cobraba forma con una claridad geométrica y letal—. Liora está en el secadero del fondo y nos ha dejado el camino de sirga despejado.

Iven Ardel subió desde la pequeña cámara de popa, cojeando sobre la cubierta húmeda con el morral de médico colgado en bandolera.

A la luz temblorosa de un farol sordo que Brand mantenía oculto bajo un cubo de madera, el rostro del médico mostraba la palidez del cansancio acumulado, pero sus ojos pardos conservaban una lucidez implacable:

—Darian, déjame cambiarte esa compresa —dijo Iven—. La piel del cuello vuelve a estar en carne viva de tanto rozarte.

—Vamos a desembarcar.

—Tú vas a desembarcar. Yo me quedo a recibirla —replicó—. Baja la cabeza un momento.

Lo hice. Mientras buscaba la venda limpia, Iven me apartó los dedos de la marca.

—Has dormido a ratos desde el asalto y vuelves a temblar. Respira antes de bajar. Te necesitará capaz de escucharla.

Apoyé la mano en el mamparo hasta que dejó de temblarme.

Incliné la cabeza y permití que Iven colocara sobre la marca una tira de lino empapada en una solución fría de sales de zinc y extracto astringente.

El alivio fue instantáneo y punzante: un frío medicinal que anestesió la superficie de la piel, aplacando el escozor externo sin apagar la pulsación profunda que me unía a Liora.

—¿Qué tenemos preparado en el camarote? —pregunté mientras Iven fijaba la venda con un nudo rápido.